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Bitácoras de
Rebelión digital
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Últimas anotaciones Irshad Manji. Mis dilemas con el islam Los médicos judíos. El antisemitismo en la URSS A vueltas con la memoria histórica Desordenado paseo por el tiempo
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Bitácora "Meditaciones ociosas" Por Fco. Javier Bernad Morales |
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Por Fco. Javier Bernad MoralesJueves , 27 de agosto de 2009Los que susurran de Orlando Figes ha sido de mis lecturas de verano. Es un libro largo, de casi mil páginas edificado sobre cientos de entrevistas a supervivientes de la represión soviética. Desfilan en él toda suerte de personajes, desde humildes campesinos desconocidos a miembros destacados del Partido, cuyas vidas se entrelazan en ocasiones de manera sorprendente y, que con sus testimonios, nos permiten adentrarnos en los efectos del terror sobre la vida diaria. Conocemos así un mundo regido por la desconfianza, en el que nadie habla en voz alta por temor a que le escuche un informante y en que todos ocultan sus pensamientos y a menudo su pasado. No existe ninguna intimidad, en unas ciudades en que varias familias se ven obligadas a compartir una misma vivienda y en que generalmente las cocinas, los baños y otros servicios son de uso comunitario. Ni siquiera en el dormitorio pueden los esposos estar seguros de que en la habitación vecina no se escuchan sus palabras. Es un hacinamiento que no nace tan solo de las dificultades económicas, sino que sobre todo resulta de una política deliberada, tendente a debilitar los vínculos familiares y a romper así el más fuerte lazo de solidaridad entre los seres humanos. Los dirigentes revolucionarios comprenden que la familia es el más formidable enemigo de la utopía en construcción, algo que ya habían señalado Platón, Moro o Campanella, y por eso contra ella dirigen una gran parte de su esfuerzo. La convivencia forzada en un espacio mínimo es campo abonado para disputas, envidias y enemistades, que fácilmente pueden dirimirse con denuncias ante la policía por los motivos más triviales: el vecino ha contado un chiste o ha hecho un comentario antisoviético, ha escuchado una emisora de radio extranjera o en una ocasión recibió la visita de alguien que posteriormente fue detenido por trotskista o bujarinista; quizá se le ha escapado una sonrisa mientras se escuchaba por un altavoz un discurso de Stalin. No hace falta más para que una persona sea detenida y deportada durante años a un campo de trabajo. En realidad, ni siquiera es preciso que se haya cometido una de estas faltas, pues el Gulag se rige por sus propias normas y precisa un aporte continuo de mano de obra esclava. Las repúblicas, las regiones y los distritos deben contribuir con una cuota fijada por las autoridades. Otro tanto ocurre con las condenas a muerte. Es preciso alcanzar los objetivos marcados en el plan, lo mismo que con la producción de acero o de algodón. Nadie está a salvo de que un día se le señale como enemigo del pueblo. Todos miden cuidadosamente sus gestos y palabras. El pertenecer a una familia estigmatizada como zarista, kulak o contrarrevolucionaria, cierra las puertas de la universidad e impide el acceso a los mejores puestos de trabajo. Por eso muchos ocultan su pasado, incluso a sus cónyuges. En compensación, la policía parece extrañamente ineficaz. Es posible vivir con documentación falsa u obtener una nueva, aunque persiste siempre el temor a ser descubierto. Pero la detención llega en cualquier momento, sin que a menudo sea dado discernir un motivo mínimamente objetivo. Son muchas las víctimas que aceptan, con todo, una culpabilidad que les lleva a escrutar en sus acciones y palabras en busca de aquello que deberían haber evitado. Aún más son los que piensan que en su caso particular quizá se haya cometido un error, pero que eso no invalida el sistema, convencidos de que es necesario mantener la vigilancia contra unos omnipresentes enemigos de la Revolución. La sospecha envenena las relaciones humanas hasta extremos apenas concebibles. Una noche la policía se presenta en el diminuto apartamento compartido, lo registra y se lleva a alguien. De algunos no vuelve a saberse. Son muchos los casos en que se dan informaciones falsas a las familias. Quizá, mientras sus hijos creen que está recluida en un campo, la madre ha sido ejecutada. En otras ocasiones se permite el envío de correspondencia e incluso de paquetes. La vida de los que quedan en libertad tras el arresto de un familiar no es fácil. A menudo se ven expulsados de la vivienda y del trabajo o se les imponen limitaciones en los estudios, puede que incluso se les niegue la cartilla de racionamiento. Convertidos para siempre en sospechosos, muchos desarrollan como estrategia para sobrevivir una adhesión inquebrantable al Partido, que puede llevarles a renegar públicamente de sus padres, a sumarse al coro de acusadores, en un intento de mantenerse a salvo, de lavar la mancha de ser hijos de un enemigo del pueblo. Son muchas las escenas estremecedoras relatadas en el libro. Para que el lector pueda hacerse cierta idea reproduciré una poco truculenta, más bien vulgar. Así recuerda Sofía Ozemblovskaia su expulsión de los Pioneros (organización soviética para niños de diez a catorce años) tras haber sido vista en una iglesia: De repente publicaron un anuncio −un “avance informativo”− en el periódico mural del corredor de la escuela: “¡Todos a formar filas inmediatamente!”. Los niños se apresuraron a salir de sus aulas y formaron en el patio. A mí me hicieron parar frente a ellos para avergonzarme. Los niños gritaban: “¡Qué vergüenza ha causado a nuestra brigada por haber ido a la iglesia!”, “¡No es digna de llevar el pañuelo!” [un pañuelo rojo era el distintivo de los Pioneros], “No tiene derecho a usarlo!”. Me arrojaron tierra y polvo. (p. 67)
Varsovia 1944 Por Fco. Javier Bernad MoralesLunes , 3 de agosto de 2009Al cumplirse el 65 aniversario de la insurrección de Varsovia contra la ocupación nazi, me parece oportuno traer al blog esta recensión que publiqué hace tiempo en Estudio agustiniano. DAVIES, Norman, Varsovia, 1944. La heroica lucha de una ciudad atrapada entre la Wehrmacht y el Ejército Rojo, Planeta, Barcelona, 2005, 23,5 x 16, 888 pp. En Europa Occidental generalmente entendemos ―incluso en un país como el nuestro, que se mantuvo al margen de la guerra y para el que la paz no supuso el fin de la dictadura― la derrota del nazismo como una liberación. No nos faltan motivos para ello. Sin embargo, nuestra visión egocéntrica del mundo nos hace olvidar a menudo que lo ocurrido en Europa Oriental y gran parte de la Central nada tuvo que ver con la recuperación de la libertad o la instauración de la democracia, sino que simplemente consistió en la sustitución de un totalitarismo criminal por otro. El Ejército Rojo no liberó Varsovia, ni Praga ni Budapest; sólo sustituyó a Hitler por Stalin. No faltaron combatientes de la resistencia que viajaron directamente de los Lager al Gulag, que cambiaron Auschwitz por Vorkutá. Lo que nos presenta Davies en este libro, apoyado en un vasto y riguroso trabajo investigador, que desgraciadamente no puede ser exhaustivo porque muchos documentos soviéticos aún son secretos, es la historia heroica y trágica de Polonia, la asombrosa y olvidada resistencia de una nación dispuesta a mantenerse viva frente a la barbarie. El libro se estructura en tres grandes apartados, que vienen a constituir una grandiosa obra dramática. En la primera parte, expone Davies los antecedentes de la insurrección de Varsovia, buceando para ello en la breve historia de la Polonia independiente de entreguerras y en sus relaciones con la Unión Soviética, con Alemania y con los países occidentales, en particular con el Reino Unido, para continuar con el pacto germano soviético, la ocupación del país y la organización de la resistencia. Nos adentramos así, de un lado en el complejo marco de las relaciones internacionales de la joven república y de otro, en la fascinante existencia de un auténtico estado clandestino en la Polonia ocupada. No falta, como es natural, una detallada exposición del levantamiento del gueto de Varsovia en abril de 1943. Una y otra vez, Davies sale al paso de las calumnias propagadas por los soviéticos desde los primeros momentos de la guerra, que presentan al Ejército Patriótico poco menos que como inactivo, indiferente ante la situación de los judíos y hasta colaboracionista con el nazismo. La segunda parte se centra en la sublevación encabezada por el Ejército Patriótico, cuando las tropas soviéticas han alcanzado ya la orilla derecha del Vístula en las proximidades de Varsovia. Mientras la resistencia se hace con el poder en algunos barrios y emprende contra la Wehrmacht y las SS una lucha desesperada, que se prolonga durante dos meses, el Ejército Rojo suspende su avance y desvía su ofensiva en dirección a Hungría, dando así tiempo a que los alemanes recuperen el control de la ciudad. No sólo eso, la NKVD en la zona de Polonia bajo control soviético desarma a las unidades del Ejército Patriótico y encarcela, deporta o fusila a sus integrantes, sin que los aliados occidentales intervengan ante Stalin para defenderlos. Finalmente, los insurgentes polacos, abandonados por todos, no tendrán más salida que rendirse, aunque al menos habrán logrado unas condiciones mínimamente honrosas y el reconocimiento por el mando alemán de que son una fuerza combatiente, protegida por tanto por la Convención de Ginebra, y no un grupo de bandidos. Mucho más de lo que les otorgaban los supuestos liberadores soviéticos. La tercera parte cuenta el triste destino de los insurgentes y los años de olvido y de tergiversación de la historia durante el régimen comunista. Vemos como los héroes de la Resistencia, en lugar de ser glorificados como en Francia, padecieron, con la excepción de los que pudieron escapar a países occidentales, una persecución inmisericorde que a menudo terminó en la horca o ante el pelotón de fusilamiento. Los supervivientes hubieron de sufrir una historia inventada que convertía a los luchadores por la libertad y por la independencia en esbirros de los nazis y por el contrario hacía pasar por salvadores del país a quienes había colaborado con la ocupación soviética.
Miserables Por Fco. Javier Bernad MoralesLunes, 22 de junio de 2009 De nuevo un asesinato. En esta ocasión la víctima es un inspector de policía que trabajaba en la lucha antiterrorista, un hombre cuya labor consistía en proteger nuestras vidas. Una vez más, le han matado los que colocaron la bomba, pero no solo ellos. También gentes que lo conocían, que se cruzaban con él y con su familia en las calles, pero que al mirarlo no veían a un ser humano, sino a un enemigo a quien aniquilar. Ellos informaron a los asesinos de cuál era su coche, les dijeron dónde solía aparcarlo. Siempre ocurre así. Nunca falta en Bosnia un vecino que te señala como musulmán el día que entran en el pueblo las milicias serbias; tampoco, el que avisa a la Gestapo de que tus abuelos eran judíos. Son personas sencillas, quizá honrados trabajadores, puede que padres de familia preocupados por sus hijos, pero un repugnante mal afecta a su conciencia. Cuando te miran, son incapaces de reconocerte como su prójimo. No ven en ti más que la manifestación en carne mortal de una idea, y por eso no experimentan ningún remordimiento. Puede que se trate, incluso, de seres sensibles, de esos que no pueden contener el llanto ante la muerte de una mascota, o que se emocionen al leer un poema o al escuchar una bella canción. Tu cuerpo mutilado y ensangrentado, el dolor de tu esposa, de tus hijos, tus padres y amigos, no suscitan en cambio en ellos otro sentimiento que el de la alegría por el daño infligido al enemigo. Quizá aún ayer los saludaste en la escalera. Es posible que en alguna ocasión intercambiaras con ellos palabras intrascendentes, que incluso tuvieras un pequeño gesto de amabilidad, de esos que hacen agradable la convivencia. En los campos nazis, grises funcionarios clasificaban a los prisioneros recién llegados: a un lado los destinados a la muerte inmediata en las cámaras de gas; a otro, los condenados a la subalimentación y a un trabajo extenuante. A ti también te han clasificado. Alguien ha tomado tus datos y los ha trasladado a quienes se arrogan la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte. Pero hay más culpables: todos aquellos que sacan provecho de tu asesinato y que, aunque hagan un mohín de disgusto e incluso musiten unas genéricas palabras de condena, afirmarán acto seguido que tu muerte es la prueba de que existe un conflicto, y de que será necesario dialogar para resolverlo. Como buitres se alimentarán de tus despojos y engordarán con ellos, adquirirán nuevo vigor y plantearán nuevas exigencias. Y junto a ellos, quienes están dispuestos a escucharlos, los ingenuos o malvados, siempre prestos a ceder ante la fuerza y los virtuosos de la equidistancia, esos que desde su olímpica altura contemplan con displicencia las querellas humanas, en la convicción de que las culpas se reparten por igual entre víctimas y verdugos. Todos ellos te han matado: los asesinos, la sociedad que no les hace frente, los políticos que aumentan su poder e influencia con cada muerte, y también aquellos otros, siempre prontos a chalanear con la vida y la libertad de los ciudadanos. Dice Zapatero “Mi firmeza y determinación contra ETA son inquebrantables.” ¿Quién puede creerle? Si mañana cambia el viento de las encuestas, volverá el proceso de paz, el diálogo con los terroristas. En tanto, proseguirá su labor de erosionar la autoridad del Estado, continuará restándole competencias, haciéndolo cada vez más exiguo, y colocando al frente de los restos de la administración central a personas sin preparación y sin principios, vacuos remedos de sí mismo.
Irshad Manji. Mis dilemas con el islam Por Fco. Javier Bernad MoralesDomingo, 14 de junio de 2009 He encontrado mientras revisaba papeles antiguos esta recensión que publiqué en su momento en la revista Estudio Agustiniano: MANJI, Irshad. Mis dilemas con el islam, Maeva, Madrid, 2004, 24 x 16,5, 239 pp. Es tan sorprendente como esperanzador que una mujer musulmana se haya atrevido a publicar este duro alegato contra la interpretación dominante y casi única del islam. Frente a las tan bienintencionadas como necias aseveraciones multiculturalistas tan de moda en un Occidente que reniega de su pasado, Manji pone al descubierto los aspectos más opresivos de unas sociedades islámicas atenazadas por el totalitarismo, y desenmascara la complicidad de todos aquellos que, aunque nieguen compartir las tesis más extremistas, guardan silencio ante el terrorismo o lo justifican como una reacción, quizá equivocada, pero en todo caso comprensible, contra supuestas agresiones neocoloniales. Para Manji está claro. Los culpables de la situación de los países musulmanes no son los Estados Unidos, Israel o Europa, sino el anquilosamiento interno propiciado por una determinada interpretación del Corán, que condena todo esfuerzo de pensamiento crítico y justifica la falta de libertad y la sumisión de la mujer. Se trata de un apasionado esfuerzo de autocrítica, en que las experiencias personales ─la expulsión de una madrasa en Canadá, el esfuerzo por acercarse al Corán y a la tradición, las relaciones con amigos cristianos y judíos─ propician una construcción dominada por la convicción de que, frente a lo que llama el islam del desierto, rigorista y apegado a una interpretación literal del libro sagrado, es posible un islam reformado, abierto al mundo y a la democracia, en el que las mujeres vivan en pie de igualdad con los hombres. Por el camino, desmiente tópicos caros al pensamiento progresista, tales como la supuesta tolerancia del islam medieval ante otras religiones. Es, en suma, un libro polémico y valiente, que desdichadamente es poco probable que lean quienes, prisioneros de la más perversa de las formas del eurocentrismo, persisten en negar a otras culturas la posibilidad de ser responsables en alguna medida de su situación y se obstinan en culpar a la civilización occidental de todos los males de la tierra.
Los médicos judíos. El antisemitismo en la URSS Por Fco. Javier Bernad MoralesLunes, 25 de mayo de 2009 No es esta la primera ocasión en que mis reflexiones giran en torno a la obra de Vasili Grossman. Ahora me centraré en un episodio ocurrido en los últimos tiempos de la vida de Stalin, tal como aparece narrado en la novela Todo fluye. Un día, en algún periódico aparece, entre otros muchos, un artículo en que alguien denuncia que determinada persona, cuyo nombre es inequívocamente judío, ha obtenido un título académico de forma fraudulenta. Hasta aquí nada anormal. Pero pronto se multiplican noticias similares en más y más diarios. En todas aparecen el nombre y el patronímico de los falsarios. En ocasiones, estos parecen rusos, pero en ese caso, se aclara su origen judío. Lo que había comenzado de una manera aparentemente casual, se convierte en una campaña en que constantemente judíos, en su mayoría médicos, son acusados de negligencia en el cuidado de sus pacientes, de indiferencia ante sus sufrimientos o de aceptar sobornos. Es solo un aspecto de la cuestión. Estudiantes con antecedentes académicos irreprochables ven como se les niega de manera incomprensible la posibilidad de cursar el doctorado. Suelen llamarse algo así como Jaim Abrámovich o Izraíl Mendelevich. El científico Nikolái Andréyevich siente como esta situación comienza a afectar a algunos de sus compañeros, pero se niega a compartir sus aprensiones. Si en una reducción de personal, los despedidos son casi exclusivamente judíos, lo achaca a la hostilidad que sienten hacia ellos ciertos cuadros del Partido, pero él tiene la íntima certeza de que Stalin no es antisemita y de que todo aquello se hace sin su conocimiento. En tanto, gentes anónimas, personas de la calle, que en algún momento, quizá muchos años atrás, perdieron a un familiar enfermo, recuerdan que lo trató un médico judío. Lo que hasta entonces les había parecido un desdichado desenlace natural, se les muestra ahora envuelto en la sospecha, y corren a ponerlo en conocimiento de la policía. Cuando se ha creado un ambiente adecuado, estalla la bomba: médicos judíos de reconocido prestigio y el famoso actor Mijoels, se han confesado autores del envenenamiento de eminentes dirigentes del Partido, entre ellos Zdhánov. Para Nikolái Andreyévich, que conoce personalmente a algunos de los inculpados, es un duro golpe. No puede imaginar que esas personas a las que ha tratado y por las que siempre ha sentido respeto, hayan sido capaces de crímenes tan monstruosos. Pero si la acusación es falsa, queda como única posibilidad que los auténticos criminales sean los máximos dirigentes del Partido, incluido el propio Stalin. Comienzan a correr rumores de que en las maternidades hay judíos que inoculan la sífilis o de que en las farmacias suministran medicamentos envenenados. El director judío del instituto de investigación en que trabaja Nikolái Andreyévich es sustituido y, aunque, Riskov, el recién llegado le inspira repugnancia, no puede evitar que cuando se dirige a él como “un gran científico ruso” le invada un sentimiento de enorme satisfacción. Riskov le ha reglado a Nikolái un elogio envenenado y este lo ha aceptado complacido. Ruso no es un adjetivo inocuo. Todo lo contrario, actúa como signo de identificación. Señala que tú eres de los nuestros, en tanto que los otros, los judíos, son el enemigo. No transcurrirá mucho tiempo antes de que Nikolái intervenga en un mitin y pida un castigo ejemplar para los autores de los crímenes. Cunde la idea de que los médicos serán ejecutados en público en la Plaza Roja, y se dice que a continuación estallarán pogromos en diversos lugares del país, por lo que las autoridades han dispuesto ya la deportación de los judíos a algunos lugares de Siberia, a fin de protegerlos de la ira popular. Y de repente, el 5 de marzo de 1953, muere Stalin. Solo un mes después, se anuncia que los médicos son inocentes y que su confesión ha sido arrancada bajo tortura. Nikolái experimenta alivio en un primer momento, pero enseguida le asalta la idea de que él mismo se ha prestado con excesiva facilidad a dar por buena una visión oficial, cuya falsedad debería haberle resultado evidente. Así, por primera vez en su vida se enfrenta con su propia conciencia y comprende que él, no el Estado, es responsable de sus propios actos.
Años de plomo Por Fco. Javier Bernad MoralesLunes, 27 de abril de 2009 Para la mayor parte de los países europeos y americanos la década de los setenta constituyó una pesadilla a la que cuadra como a pocas la expresión, ampliamente difundida, de años de plomo. A poco que buceemos en la memoria, evocaremos la actividad de las Brigadas Rojas, de la Fracción del Ejército Rojo, del IRA, de ETA, del FRAP, de los GRAPO, incluso del Ejército Simbiótico de Liberación; también del Ejército Revolucionario del Pueblo, de los Montoneros, los Tupamaros, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria o Septiembre Negro. Se trata tan solo de un muestreo sin ánimo exhaustivo. Muchos otros grupos recurrieron a la violencia, con el pretexto de terminar con el imperialismo o el capitalismo. ¿Por qué tantos jóvenes se sintieron fascinados por la revolución? Se mantenía reciente la memoria de las revueltas del 68 y de su fracaso. La Unión Soviética hacía mucho que había perdido toda capacidad de seducción, pero su lugar lo ocupaban los mitos de China, de Cuba y de Vietnam. Incluso en un país como España, sometido a la dictadura franquista, se miraba con simpatía apenas disimulada la victoria de Castro sobre unos Estados Unidos a quienes la derecha no perdonaba la humillación del 98. Quizá poca gente recuerde a estas alturas libros como Libertadores USA o Los usacos, de Carlos María Idígoras, pero su visceral antiamericanismo tuvo profunda repercusión en aquellos tiempos. Los diarios e incluso la televisión reflejaban la guerra de Vietnam desde una actitud que no dejaba de traslucir admiración por el Vietcong, cuyo enfrentamiento con una gran potencia mediante el recurso a la guerrilla, remitía a nuestra guerra de la Independencia, y a su interpretación mítica por el nacionalismo del régimen. En cuanto a China, la absoluta ignorancia de lo que ocurría dentro del país, contribuía a que se extendiera la idea de que su socialismo era, por decirlo de alguna manera, más puro que el de la Unión Soviética. Frente a esta, gobernada por unos burócratas envejecidos y carentes de todo atractivo, China ofrecía la imagen juvenil y llena de frescura de una sociedad en marcha, en la que el pueblo, movilizado en la Revolución Cultural, había impedido el adocenamiento de los dirigentes. Tardaríamos aún muchos años en saber lo que realmente sucedía. Quizá visto retrospectivamente, uno de los fenómenos más llamativos de aquellos tiempos, sea la incapacidad de los Estados Unidos para imponer una visión positiva de su actuación internacional. Debería bastar eso para desmentir la omnipotencia de la CIA y el supuesto control de los medios de comunicación por unas agencias de prensa al servicio del capitalismo. Claramente, la batalla de la propaganda, incluso en España, la ganaban los comunistas. De este hecho no se beneficiaban, sin embargo, los partidos comunistas tradicionales, sino un maremágnum de movimientos situados a su izquierda: maoístas, trotskistas e incluso consejistas y situacionistas; cada uno de ellos dividido a su vez en múltiples ramas hostiles entre sí. Baste citar dentro del trotskismo el enfrentamiento entre pablos y lambertos, o el estupor que produjo en las filas maoístas la ruptura entre China y Albania. A esto se sumaba la afluencia de gentes procedentes de movimientos católicos, en muchos casos desorientadas por extrañas interpretaciones del concilio Vaticano II. Personas que, como los anabaptistas de Münster, aspiraban a construir el Reino de Dios sobre la tierra y que a menudo confundían a Cristo con Ernesto Che Guevara. Pero no es eso todo, aún había más organizaciones que tendencias ideológicas. Recuerdo entre los maoístas al PCE (m-l), la ORT o el PTE −primero PCE (i)−; o entre los trotskistas a la LCR, la LC o el PORE. Luego, muchos otros, cuya exacta filiación no me atrevo a establecer: la Organización Comunista de España (Bandera Roja), el Movimiento Comunista o Acción Comunista; y algunos de nombre pintoresco: Larga Marcha hacia la Revolución Socialista o Grupos de Unificación Marxista Leninista. Sé que hubo más de los que cito, pero no es mi intención dar un listado completo de los muchos grupos clandestinos que en los últimos años del franquismo se nutrían básicamente de estudiantes universitarios. Además algún partido como el PCE (m-l), llevado por la estrategia de crear lo que, de manera harto exagerada, consideraba organizaciones de masas (FRAP, FUDE, OSO, UPC, UPM, etc.) sospecho que en algún momento pudo tener más siglas que militantes. Pese a su heterogeneidad y las mutuas enemistades, estos grupos tenían mucho en común. En primer lugar, todos rechazaban el capitalismo y proponían como alternativa la revolución socialista; consideraban que la democracia, a la que solían referirse como formal o burguesa, era en el mejor de los casos una etapa en el camino de la liberación; pero además, coincidían en que en uno u otro momento, la revolución exigiría el recurso a la violencia para terminar con el Estado burgués e implantar la dictadura del proletariado. Diferían, eso sí, en la manera y el momento en que la violencia debería ser utilizada, pero todos estaban de acuerdo en que sin terror la revolución sería imposible. La caída de Salvador Allende parecía demostrar esta aseveración. Nadie negaba que el gobierno de Unidad Popular hubiera intentado alterar la legalidad constitucional de Chile, lo que se le reprochaba es que no hubiera recurrido al fusilamiento de militares y dirigentes de la oposición. Todas estas organizaciones rechazaban a un Partido Comunista que, a estas alturas −recordemos que es la época en que Enrico Berlinguer formuló la estrategia eurocomunista, a la que de manera poco convincente se sumó Santiago Carrillo− parecía defender la posibilidad de hacer la revolución desde el parlamento. A los ojos de la extrema izquierda, el fracaso de Allende mostraba que se trataba de algo imposible. Obsérvese que lo que separaba a los partidos comunistas de esa multitud de disidentes de izquierda no era la valoración de la democracia, para unos y otros meramente transitoria e instrumental, sino la distinta estimación del papel que desempeñaría la violencia en el advenimiento del socialismo. Mientras que los partidos comunistas tradicionales aspiraban a ampliar su base social y alcanzar el poder mediante procesos electorales, para desde allí transformar radicalmente la sociedad −lo cual no deja de recordar, por cierto, la estrategia seguida por el nacionalsocialismo alemán−; la extrema izquierda no concebía una ocupación no violenta del poder. Pero para unos y otros, no había adversarios políticos, sino enemigos a quienes era necesario aniquilar, pues representaban los intereses de la burguesía y del imperialismo. Diferían los métodos, pero no los objetivos. El desenlace de aquel embate revolucionario fue muy distinto en Europa y en América. Mientras que en la primera, la democracia salió ampliada y fortalecida, pese a las dificultades con que se impuso en Portugal, donde en algún momento pareció que las fuerzas representadas por Otelo Saraiva de Carvalho alcanzarían el poder, o a la crisis que en Italia supuso el secuestro y asesinato de Aldo Moro; en la segunda, abrió paso a dictaduras militares.
Por caminos de progreso Por Fco. Javier Bernad MoralesMiércoles, 8 de abril de 2009 Menudearon de manera singular en el siglo XIX los descubridores de las más profundas leyes de la naturaleza y de la historia, aunque justo es reconocer que pocos dejaron una progenie intelectual y política tan numerosa como los creadores del socialismo científico. Esta relativa falta de éxito, de la que quizá la Humanidad haya salido beneficiada, no es óbice para que le dediquemos algunas líneas a uno de los más ilustres, siquiera sea para situar en una adecuada perspectiva al materialismo histórico. Con modestia inequívocamente filosófica y francesa, inicia Comte su Discurso sobre el espíritu positivo. La astronomía, hasta entonces considerada según parece un saber demasiado aislado de los demás, no debe constituir en el futuro, sino un elemento indispensable en un nuevo sistema de filosofía creado —no podía ser de otra manera— por el autor. Este sistema, culminación de los avances científicos de los últimos siglos y cuya instauración universal debe ser la finalidad esencial de la enseñanza[1], se distingue por: “… una continua preponderancia, a la vez lógica y científica, del punto de vista histórico o social, para caracterizarla mejor, debo en primer término recordar sumariamente la gran ley que yo he establecido en mi Sistema de filosofía positiva, sobre la completa evolución intelectual de la Humanidad, ley a la que, por lo demás, tendrán que recurrir con frecuencia nuestros estudios astronómicos”[2]. Se trata naturalmente de la “ley de la evolución intelectual de la Humanidad o ley de los tres estados”[3]. Digamos someramente que Comte ha descubierto que todas las especulaciones humanas pasan de manera inevitable por tres estados: teológico, metafísico y positivo. Buscan en el primero los seres humanos esclarecer las cuestiones que resultan más inaccesibles a su capacidad, lo que les lleva a ocuparse de conocimientos absolutos y causas esenciales. Los fenómenos, tanto exteriores como interiores, se atribuyen a la acción de diversos entes invisibles dotados de vida. En el estado metafísico persiste el gusto por la búsqueda de saberes absolutos, pero los seres sobrenaturales quedan relegados por abstracciones personificadas. Es el momento en que, como satiriza Molière, se puede creer seriamente que el opio posee una virtud “dormitiva”. Durante esta fase: “ya no es la pura imaginación quien domina, ni es todavía la verdadera observación, sino que interviene en gran medida el razonamiento y se prepara confusamente al ejercicio verdaderamente científico”[4]. Finalmente, la razón humana alcanza el estado positivo: “la revolución fundamental que caracteriza la virilidad de nuestra inteligencia consiste esencialmente en sustituir en todo la inaccesible determinación de las causas propiamente dichas, por la simple averiguación de las leyes, o sea de las relaciones constantes que existen entre los fenómenos observados”[5]. Hasta aquí, fuera de la petulancia con que se enuncian, las observaciones de Comte no parecen desatinadas y nada hay en ellas que se relacione con el pensamiento utópico tal como venimos caracterizándolo. El esquema de Comte es lineal. En él cada estado representa una fase claramente superior al anterior sin ninguna línea o afán de retorno a una pretérita Edad de Oro. Ni siquiera su tríada obedece a la concepción hegeliana tan cara a Engels, pues el estado positivo no integra a los anteriores en una síntesis superadora, sino que los deja definitivamente atrás, olvidados en el desván de las supersticiones inservibles. La idea de que la sociedad, al igual que la naturaleza, está regida por leyes inexorables, vincula, sin embargo, las concepciones del creador del positivismo con las del filósofo alemán. Ambos consideran que el futuro, y por tanto el presente, se hallan en algún modo contenidos en el pasado, son necesarios desarrollos de éste: “El espíritu positivo, en virtud de su naturaleza eminentemente relativa, es el único que puede considerar convenientemente todas las grandes épocas históricas como fases determinadas de una misma evolución fundamental, en la que cada una resulta de la precedente y prepara la siguiente según leyes invariables que fijan su participación especial en el común progreso, de tal manera que sea posible siempre, sin inconsecuencia ni parcialidad, hacer una exacta justicia filosófica a todas las cooperaciones, cualesquiera que sean. Pues hoy se puede asegurar que la doctrina que haya explicado el pasado en su conjunto obtendrá, inevitablemente, mediante esta sola prueba, la presidencia mental del futuro”[6]. Dejando de lado la obviedad de considerar cada fase como fruto de la anterior y preparación de la siguiente, fijémonos en la desmesurada tarea que se propone y en el premio que se otorga si es capaz de llevarla a buen término: la explicación del pasado en su conjunto y la presidencia mental del futuro. Aunque tan sobrehumana empresa no parece que estuviera reservada a las un tanto endebles fuerzas de Auguste Comte, no han faltado, sino más bien sobrado, pensadores y políticos que han creído, algunos incluso de buena fe, que Marx y Engels habían sido capaces de llevarla a cabo. La incertidumbre, y con ella la angustia que nos produce, es un fruto de las insuficiencias de nuestro conocimiento y, por tanto, desaparecerá a medida que disminuya nuestra ignorancia. Siempre ha habido gente que ha creído que el destino estaba escrito y que, mediante la observación de los astros o por otros métodos no menos extravagantes, era posible conocerlo. En el científico siglo XIX, el conocimiento de la astronomía había llegado tan lejos que pocas mentes cultivadas podían creer seriamente que los planetas y las constelaciones influyeran realmente en los acontecimientos humanos. Volvieron entonces sus ojos a la historia. Pensaron que si cuando jugamos al billar, si conocemos la posición, la masa de las bolas y su elasticidad, el coeficiente de rozamiento y las irregularidades del tablero, la fuerza y el ángulo con que golpea el taco y algunas otras variables que quizá en este momento se me escapen, podremos prever el lugar que ocupará cada bola después de cada jugada; igualmente, conocidos los hechos históricos y las leyes que los gobiernan, el futuro dejará de parecernos incierto y azaroso. Los monstruos surgidos del sueño de la razón continúan asolando el mundo. Escribo ahora sentado en una confortable habitación en una casa de la sierra madrileña. Si me levanto y recorro los escasos metros que me separan de la terraza, contemplo un cuidado jardín cerrado por un seto de aligustre. Mi vista se detiene en el risueño espectáculo de las flores del cerezo y luego reposa en la austeridad de los cedros y de los abetos, antes de fijarse en los rosales que, con esta primavera recién iniciada, muestran brotes vigorosos cubiertos de hojas rojizas. El cielo está azul y el aire es cálido, pero las cercanas cumbres de La Peñota, Siete Picos y La Maliciosa aún muestran la nieve caída días atrás. Algo tan trivial como que yo me encuentre ahora aquí y no en otro lugar es el resultado de miles o millones de decisiones y azares que en su inmensa mayoría nada tienen que ver conmigo. Alguien decidió urbanizar este paraje y dispuso del dinero necesario para hacerlo; un ayuntamiento dio los permisos necesarios; mis suegros compraron la casa. No sé hasta donde remontarme. Posiblemente si mis padres no se hubieran trasladado a un nuevo domicilio, yo no hubiera conocido a la que ahora es mi mujer. Si ochenta años atrás, un abuelo a quien no llegué a conocer no hubiera abandonado Elche para instalarse en Madrid, yo ni siquiera habría nacido. Al reflexionar sobre lo extremadamente improbable de mi presencia aquí en este momento, siento tal vértigo que puedo verme tentado de creer que todo el universo se ha confabulado de alguna manera para llegar a este instante. Tonterías, dirá alguno, lo que realmente interesa, a lo que se refieren Comte y Engels, no es el destino individual, sino el colectivo. “Para el espíritu positivo el hombre propiamente dicho no existe, sólo puede existir la Humanidad”[7]. A la Humanidad poco le importa que yo disfrute de unos días de vacaciones en la montaña o que me asfixie en el interior de un pozo. Puede que esto sea enteramente razonable, pero debo señalar, por más que sepa que se trata de un rasgo de egoísmo, que a mí sí que me importa. Examinemos, no obstante, un destino que puede ser más trascendente que el mío. En la tarde del 18 de julio de 1936, despega un avión, el Dragon Rapide, de Las Palmas. Traslada al general Franco que marcha a ponerse al frente de las tropas sublevadas en Marruecos contra la República. Si nos situamos en ese momento podemos creer que el futuro es incierto. Un fallo mecánico, un error del piloto, un fenómeno atmosférico imprevisto, bien pueden ocasionar un accidente, como el que por las mismas fechas cuesta la vida al general Sanjurjo, o meses después, al también general Mola. Si eso ocurre, la guerra, con toda probabilidad, no se detendrá, pero sí variará su curso. No morirán las mismas personas, no se desarrollarán los mismos combates y, sobre todo, no desembocará en los cuarenta años de dictadura del general Franco. Por más que repugne a los deterministas, los individuos existen y toman decisiones cuyas consecuencias tienen un alcance que, a priori, no se puede delimitar. También hay un lugar para el azar, para la casualidad. ¿Podemos acaso creer que si conocemos la situación de todas las partículas del universo y la naturaleza, dirección, intensidad y cualesquiera otras características de las fuerzas que las interrelacionan, sabremos que pasado mañana el presidente de los Estados Unidos, pongamos por caso, seducirá a una jovencita y mantendrá con ella una relación que, a más de desacreditarle, desembocará en una grave crisis institucional en el país más poderoso de la tierra? ¿Tenemos algún derecho a imaginar que la derrota de Marco Antonio era inevitable o que, en cualquier caso, la historia no habría cambiado de haber sido Octavio el vencido? También Aníbal, tras Cannas, podría haber conquistado Roma. Son infinitos los acontecimientos que pudieran haber ocurrido, pero nosotros somos el resultado de los que efectivamente ocurrieron. La perspectiva desde la que contemplamos el universo nos hace suponer que todo se ha encadenado de manera necesaria para llegar al estado presente, y de aquí deducimos que la historia se encamina hacia un fin determinado. [1] COMTE, Auguste. Discurso sobre el espíritu positivo. Buenos Aires. Aguilar. 1980. p. 40. [2] Ibidem. [3] Ibidem. p. 41. [4] Ibidem. p. 50. [5] Ibidem. p. 54. [6] Ibidem. p. 114. [7] Ibidem. p. 131.
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