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          Bitácora "Meditaciones ociosas"  Por Fco. Javier Bernad Morales

 

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Desde el blog Meditaciones Ociosas

 

 

Nostalgia del Paraíso

Por Fco. Javier Bernad Morales

Miércoles, 25 de febrero de 2009

El pasado, contra lo que pueda parecer, no es inmutable, no consiste en una masa de hechos acaecidos que podamos conocer con mayor o menor detalle, sino que, por el contrario, resulta extremadamente dúctil. Indudablemente, en él han ocurrido cosas o, mejor dicho, todo ha ocurrido en el pasado. Ahora mismo, estas líneas según las escribo caen irremisiblemente en el reino del pasado. Es éste un inagotable depósito, caótico e informe, de toda clase de objetos. De entre ellos, como un trapero que rebuscara en el más rico de los vertederos, el historiador selecciona aquellos que le atraen por su brillo o por su presunta utilidad, los recoge con mimo, los limpia y pule con esmero y los eleva a la categoría de acontecimientos. Martínez Marina tras bucear largamente en polvorientos legajos, retornará a su siglo convencido de que los liberales del Trienio no hacen más que actualizar un régimen constitucional vigente ya en la monarquía visigótica y en los reinos altomedievales. Los juriconsultos influidos por el Derecho Romano, así como los reyes que escucharon sus consejos y, muy especialmente Carlos V y sus sucesores, quedan condenados como adalides del despotismo y conculcadores de las libertades ancestrales. Otros glorificarán a Carlos V y a Felipe II, en tanto que defensores de la verdadera religión frente a la herejía protestante, y artífices de un imperio en el que no se ponía el sol. Condenarán estos la Constitución como funesta novedad imitada de regicidas extranjeros. Cada uno hallará en el pasado aquello que desea para el futuro. Unos admirarán a Carlos V y otros a Francisco Maldonado; unos a Felipe II y otros a Juan Lanuza. El héroe será ya Merino, ya El Empecinado.

El mismo Engels encontrará en las investigaciones de Morgan sobre los iroqueses, un valioso material en que fundamentar su idea de un primitivo comunismo, prefiguración del que ha venir a culminar una historia, que de este modo, se torna no exactamente circular, sino más bien espiral −quizá a la manera de Vico−, pues el punto de retorno, aunque guarde similitudes con el de partida, queda fijado en un lugar más elevado. El comunismo originario, fruto de la escasez, debía desaparecer a fin de que la propiedad privada hiciera posible el aumento de la producción, pero indefectiblemente llegará el día en que se hará necesario un nuevo comunismo fundamentado esta vez en la abundancia. Todo parece indicar que los seres humanos sentimos angustia ante lo inesperado y, para liberarnos de ella, tratamos de asimilarlo a lo que ya conocemos. Como afirma el Eclesiastés (1, 9): “lo que fue eso será, lo que se hizo eso se hará. Nada nuevo hay bajo el sol.”

Nos sentimos inseguros ante el futuro, porque es el ámbito de lo imprevisible, porque intuimos que en él acecha algo que escapa a nuestro control. Eso nos empuja a imaginarlo como repetición del pasado, al modo cíclico del pensamiento antiguo, o de manera más moderna −arrojados ya a un tiempo irremisiblemente lineal− como su consecuencia inevitable. Se trata, en cualquiera de los casos, de negar la irrupción de lo nuevo en la historia, de considerar el futuro contenido en el pasado. Pero por más que nos aferremos a esta solución determinista, la inseguridad no deja de embargarnos. El pasado, como arriba decía, es proteico y multiforme. Nunca conoceremos todo lo ocurrido y la mera idea de que un hecho sea causa de otro, no dejará de ser una ingenua conjetura. Ignoramos lo que ocurrirá, pero nuestros conocimientos sobre lo que ya ha ocurrido serán siempre insuficientes. Aún más incierta será la cadena causal con que pretendemos ligar unos acontecimientos con otros. El marxismo se pretendía científico, porque aseguraba haber dado con las claves del devenir histórico. La sociedad sin clases, en la que todos los seres humanos serían iguales, y generosamente darían a los otros el fruto de su capacidad, a fin de satisfacer sus necesidades, no nacería de un anhelo de justicia, de un principio moral, sino que sería la culminación necesaria de fuerzas que trascienden la voluntad humana. Para justificar este milenarismo dialéctico marcado por una impronta positivista, Engels se sintió obligado a teorizar sobre los estudios de Morgan; en suma, a partir de un atisbo parcial y quizá incorrecto, de una sociedad reciente, se creyó autorizado a inventar un pasado humano, que justificara su idea del futuro. Quizá no advirtió que su interpretación no era sino una versión desacralizada del viejo esquema bíblico: inocencia, caída, redención; en que los viejos términos teológicos son sustituidos por otros pretendidamente históricos: comunismo primitivo, propiedad privada, revolución.

La visión marxista, al menos tal como la entendió Engels, no es más que una transposición mundana del cristianismo. Quizá por eso haya calado en algunos sectores sedicentemente católicos, en particular en los agrupados bajo la calificación genérica de teología de la liberación. La caída ya no es un hecho situado en el mítico Jardín del Edén, fuera por tanto del tiempo y en cierto modo del espacio, sino un acontecimiento ocurrido en la historia; el ser humano deja así de ser portador de una culpa innata, para convertirse en la víctima de unas fuerzas que escapan a su voluntad y su control. La caída no es consecuencia fatal de un acto libre, sino ineludible fruto de la necesidad. El hombre se rebela de este modo contra Dios hasta el punto de negarle la existencia y, sin embargo, se siente capacitado para ocupar su lugar y edificar su reino sobre la tierra. En suma, se considera autorizado a reconquistar por la fuerza el Paraíso. Si Adán y Eva comen deliberadamente del fruto prohibido, los seres humanos imaginados por Engels, establecen la propiedad privada sin conciencia de su acción. No desobedecen una prohibición, sino que son arrastrados por un devenir que se rige por sus propias leyes, ajenas a la voluntad humana. No hay culpa, pues no existe la libertad. En un artículo anterior señalaba que, para el marxismo la humanidad no es algo dado, un punto de partida, sino un horizonte al que solo se llegará cuando la revolución borre la escisión entre los poseedores de los medios de producción y los proletarios, y de este modo reconcilie al ser humano consigo mismo; lo que explica el comportamiento amoral de una izquierda influida en mayor o menor grado por el pensamiento de Marx, a través de sus vulgarizadores, entre los cuales ocupa Engels el primero y más digno lugar; ahora señalo que por la misma razón, la libertad es, para ellos, una ilusión. Si no existe la humanidad y si, por tanto, la moral no es más que un instrumento del que se valen unos hombres para mantener su dominio sobre otros, no queda tampoco lugar para la libertad. Esta es algo que solo podrá existir en el futuro, cuando la revolución haya forzado la entrada del Paraíso. Mientras, todo está permitido, pues no hay normas universales, cuyo cumplimiento deba ser exigido a todos, y nadie es responsable de sus actos.

 

 

 

Dos varas de medir

Por Fco. Javier Bernad Morales

Martes, 27 de enero de 2009

No pretendo ser original, pues soy consciente de que no hago sino repetir una idea mil veces expresada y quizá tan vieja como nuestra civilización. Esa que San Lucas formuló en los términos: “saca primero la viga que hay en tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano” (Lc, 6, 42). Parece algo obvio y, sin embargo, ¡qué frecuentemente lo olvidamos! Quizá haya que buscar la causa en la secularización de nuestra sociedad, en el olvido y hasta desprecio en que han caído las enseñanzas religiosas en este rincón del mundo occidental. Vino primero el intento kantiano de fundamentar una moral autónoma, deducida del puro uso de la razón. No es posible poner en duda la pureza y vigor de las ideas de Kant, como tampoco podemos pensar que en él alentara un espíritu antirreligioso. Abrió, sin embargo, un camino por el que otros se adentrarían hasta extraviarse. Para él, las normas éticas eran forzosamente universales, pero al desacralizarlas cavó, aunque ese no fuera su deseo, una fosa en la que terminarían por desaparecer. Marx dio el paso decisivo. A partir de él la moral no es sino una superestructura, una construcción ideológica al servicio de la explotación, del dominio de unas clases sociales sobre otras, en suma, una justificación de la opresión. En el pensamiento marxista, la humanidad no es algo dado, un presupuesto del que partir, sino algo que solo se alcanzará una vez que la revolución haya terminado con la escisión de los seres humanos, con su alienación. Si la humanidad aún no existe como tal, no es posible una moral universal. Es lícito, pues, todo aquello que puede facilitar el advenimiento del hombre nuevo, el cual solo existirá una vez que se haya liquidado la sociedad de clases. El engaño, el crimen incluso, están justificados si su finalidad es acelerar la revolución. Dado este paso, la aparición del Gulag y de los Lager solo es cuestión de tiempo, pues ya ningún principio ético puede oponérseles.

Quizá hoy ya nadie lea a Marx. En cualquier caso estoy seguro de que no lo hace Carmen Machi, y quizá ni siquiera Rodríguez Zapatero o Pepiño Blanco. A ninguno de ellos lo conozco personalmente, por lo que quizá me precipite al juzgarlos, pero cuando escucho sus intervenciones públicas, tengo la impresión de que sus lecturas son escasas, aunque aún así más abundantes que su reflexión. No cabe calificarlos de marxistas, pues eso exigiría suponerles una formación intelectual que nada en sus palabras nos autoriza a imaginar. Pero de la misma manera en que se ha considerado tradicionalmente católicos a individuos cuyas nociones sobre la Trinidad o sobre la naturaleza de Cristo, a poco que se intentara profundizar, habrían resultado sorprendentes; me atrevo a sugerir que su visión del mundo está, más allá de lo que ellos mismos saben, marcada por la impronta de un marxismo vulgar. Ese que no deriva del conocimiento de la obra de Marx, sino que, por decirlo de alguna manera, flota en el ambiente y, más que con el filósofo alemán, tiene que ver con el plúmbeo y simplificado escolasticismo de Georges Politzer y Marta Harnecker.

¿Qué queda de Marx en los políticos y en los cómicos españoles? Solo la noción de que no hay normas morales absolutas que obliguen a todos los seres humanos. La convicción de que diez mil o veinte mil muertos georgianos o chechenos (incluso aunque estos sean musulmanes), son algo intrascendente, siempre que los maten unos rusos, que, pese a la desaparición de la Unión Soviética, siguen siendo enemigos de los Estados Unidos y de Israel; la indiferencia ante los caídos por la hambruna o por la guerra en Corea del Norte o en Sudán; pero eso sí, la indignación ante un gobierno democrático que no hace otra cosa que defender a sus ciudadanos de la amenaza terrorista. Israel, junto a los Estados Unidos, es el opresor, el obstáculo que impide el advenimiento de la auténtica humanidad. Por eso, los progresistas deben aliarse con todos los que aspiran a su destrucción: Hamás, Hezbolá, Ahmadineyad, Chávez, Morales, Castro… Cuando triunfen las fuerzas que estos encarnan, al fin podremos morir de hambre en un campo de concentración, a menos que tengamos la fortuna de que antes nos ahorquen en un estadio deportivo o, si somos mujeres, nos lapiden por adulterio. Nuestra muerte habrá sido tan solo un daño colateral en la marcha ascendente del progreso.

 

 

 

La izquierda ante Israel

Por Fco. Javier Bernad Morales

Lunes, 12 de enero de 2009

Cuando a finales del siglo XIX estalló en Francia el caso Dreyfuss, se produjo un claro alineamiento de la opinión pública y de las fuerzas políticas. En contra del oficial judío falsamente acusado e injustamente condenado se alinearon las fuerzas tradicionalistas; mientras que a su favor, lo hicieron los progresistas. Como suele decirse, mucho ha llovido desde entonces. El antisemitismo desembocó en el inconcebible genocidio de la Shoah, en la condena a muerte de unos seres a quienes dejó de reconocérseles el carácter de humanos. La sentencia no se produjo por lo que hacían, pensaban o creían, sino por lo que en la mente de sus vesánicos perseguidores eran. El crimen fue tan atroz que a menudo las víctimas no fueron capaces de creer lo que ocurría, pues nunca antes en la historia de la humanidad se había dado algo semejante.

Ha pasado el tiempo y los judíos han podido construir un Estado próspero y democrático. Sin embargo, la hostilidad hacia ellos no ha decrecido. Las masas árabes, condenadas a la miseria por la corrupción de sus dirigentes, claman por su destrucción, jaleadas −aquí está la relativa novedad− por la izquierda de Occidente, inesperadamente aliada con unos islamistas fanáticos que imponen la sharia allá donde triunfan y que no se recatan en decir que aspiran a terminar no solo con Israel, sino con todo lo que implica una tradición cultural, nacida de la unión fecunda entre el helenismo y el judaísmo, y que ha dado, entre otros espléndidos frutos la democracia y los derechos humanos.

En realidad, al menos en España, el antisemitismo nunca ha estado ausente del pensamiento de la izquierda. Nada similar a un caso Dreyfuss podría haber ocurrido en nuestro país, debido a lo extremadamente reducido de la presencia judía y al confesionalismo católico del régimen de la Restauración. La neutralidad, escorada hacia el Eje, en los años de la Segunda Guerra Mundial, permitió la acción humanitaria de algunos diplomáticos, como Ángel Sanz Briz, gracias a la cual, un considerable número de judíos pudo escapar a la muerte, pero sobre todo hizo que España no se sintiera concernida por la Shoah. Falta así en nuestra conciencia colectiva todo sentimiento de culpa en relación con el destino de Israel, a menos que queramos remontarnos a épocas tan lejanas como el reinado de los Reyes Católicos. Y son precisamente estos, uno de los pilares del mito, ciegamente creído por los meapilas de la izquierda −que esta especie no es exclusiva del catolicismo−, que justifica su angélica posición inmune al mal.

En el imaginario progresista, los Reyes Católicos habrían terminado con una armónica convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos, algo así como una prefiguración de la Alianza de Civilizaciones, propugnada por la preclara mente del nunca bien alabado Rodríguez Zapatero, y secundada por hombres de bien como Ahmadineyad (no tengamos el mal gusto de mencionar que este señor ha amenazado en repetidas ocasiones a Israel con lo destrucción, o que en el país que tan dignamente preside se castiga a las mujeres adúlteras con la lapidación y, ya puestos, olvidemos que no se reconoce el derecho de los homosexuales a la vida). La intolerancia católica terminó con aquel edén, cuyo ejemplo más acabado se había manifestado en Al-Ándalus, quizá en el momento en que Maimónides se vio obligado a abandonarlo para escapar de la persecución almohade. ¡Por Dios, me he equivocado! Todo el mundo sabe que un judío no tenía motivos para huir de ese paraíso. Otra cosa eran los mozárabes. Ya se sabe, mala gente que creía que Jesús era el Mesías, y que, llevada por el fanatismo, prefirió, antes que sufrir el martirio o cuando menos el expolio a manos de los simpáticos príncipes musulmanes, marchar a los bárbaros territorios del norte, regidos por reyezuelos cristianos. La solución progresista a los problemas de nuestro país está clara: retornemos a la situación anterior a los Reyes Católicos y a sus predecesores, al momento en que cada reino era independiente de los demás, reconstruyamos incluso, hasta donde sea posible, el califato de Córdoba. Con la sharia implantada en la península Ibérica, excepto en los territorios de la Marca Hispánica y de los reinos de Asturias y de Pamplona (¡Qué casualidad! Cataluña y el País Vasco quedan fuera del ámbito islámico), recuperaremos aquel espíritu de tolerancia que nunca debió perderse.

Sé que no faltará quien diga que llevo la caricatura hasta el disparate, pero doy mi palabra de que esta visión de nuestro pasado refleja fielmente lo que durante años he escuchado a muchos compañeros, algunos de ellos, como yo, profesores de historia. Para nuestros izquierdistas el mundo es fácil de entender: de un lado están las fuerzas reaccionarias y opresoras, básicamente los Estados Unidos, Israel, la Iglesia Católica y algunos más; y de otro, quienes frente a su dominio enarbolan valientemente la bandera de la libertad: Hamás, Hezbolá, Ahmadineyad, Chávez, Morales, Ortega, los Castro, incluso, aunque no todos se atrevan a confesarlo, los chavalotes de ETA. Los prejuicios son mucho más tozudos que la realidad. Hay un hecho que hace mucho me llama la atención. Franco, aunque no sabemos en qué medida ignoró o consintió la labor de algunos diplomáticos españoles a favor de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, contó en sus filas con tropas marroquíes y gustó de rodearse de la Guardia Mora; se opuso, asimismo, al reconocimiento de Israel y durante muchos años, pese a la guerra de Ifni y otros incidentes, hizo de la retórica de la amistad con los pueblos musulmanes un lugar común. Esto es bien sabido, lo curioso, incluso extraño, estriba en que es precisamente la izquierda, la continuadora de los planteamientos franquistas. Vivir para ver.

No es el único caso en que los sedicentes progresistas se mantienen fieles a las líneas trazadas por su histórico enemigo, al que terminarán por derrotar cualquier día de estos. La dictadura nunca ocultó sus simpatías por la revolución castrista, en la que, sin duda, veía una cierta revancha por la derrota del 98 frente a los Estados Unidos. Recuerdo que en el colegio muchos de mis profesores hablaban con abierta admiración, y sin que nadie se lo reprochara, del Che Guevara. Se diría que el odio a la libertad une a extraños compañeros de cama. Nada que pueda sorprendernos pues mucho antes se había firmado el pacto germano-soviético.

 

 

 

La vida sigue igual

Por Fco. Javier Bernad Morales

Martes, 16 de diciembre de 2008

Imagine usted que durante años todos los miércoles se reúne con otros tres amigos para jugar unas partidas de tute, hasta que un día, a eso del mediodía, recibe una llamada telefónica:

-Oye, ya sabrás lo de Ignacio…

-Sí. Me he enterado. ¡Qué putada!

-Es verdad. No hay derecho. ¿Conoces a alguien que pueda sustituirlo esta tarde?

-No te preocupes. Eso está solucionado.

-Gracias a Dios. Creí que se nos había jodido la partida.

El diálogo precedente es, sin duda, ficticio y solo una persona malintencionada podría relacionarlo con acontecimientos ocurridos tras el asesinato de Uría. Imaginemos que Ignacio hubiera fallecido súbitamente de un infarto. Sus apesadumbrados amigos, sin duda, habrían acudido a su domicilio o al tanatorio para acompañar a la familia en tan difíciles momentos. En cambio, a Ignacio le arrebató la vida ETA. Era un buen hombre, pero, sin darse cuenta, andaba en actividades peligrosas y, claro, eso termina por pagarse, que aquí nos conocemos todos y cada cual sabe lo que hacen los demás. Mira que se lo advertí. No te metas en líos. Tú a lo tuyo, a ganar dinero para mantener a tu familia, que lo primero son los hijos y los nietos. Eso del ferrocarril está bien, pero acabará por traerte complicaciones. Dedica tu tiempo a otra cosa. Hay negocios que no dan problemas, pero en otros se cruza la política y ya sabes… Ignacio no me hizo caso, erre que erre, siguió en lo suyo y ahora ya no puede jugar la partida con nosotros. Lo siento porque le quería. No iré al entierro ni al funeral, y bien que lo lamento, pero estoy casado y tengo hijos, ¿para qué significarme? El pobre Ignacio nada ganará con mi presencia, si ya ni siente ni padece, y en cuanto a la familia, ya les daré el pésame en privado. Yo no puede devolverles al difunto y no quiero atraer miradas sobre mí. De alguna manera, Ignacio, Dios me perdone, se lo había buscado. Si lo habían avisado una y otra vez. No será que no habían destruido maquinaria, que no lo habían escrito en sus papeles. Todos sabíamos que esto acabaría por suceder. La pena es que le ha tocado a Ignacio y casi nos quedamos sin partida.

No es posible meterse en la piel de otra persona y conocer los motivos de sus actos, pero hay algo estremecedor en el hecho de que el día del asesinato, los compañeros de Ignacio Uría se reunieran, como cada miércoles, para jugar su partida de tute. La sociedad vasca o, al menos, una parte muy grande de ella, padece una grave enfermedad moral: el terror se ha instalado en las conciencias y las incapacita para distinguir el bien del mal. Se ha llegado así a un extremo en que el crimen entra en la normalidad, y ya no alcanza a alterar las rutinas cotidianas. Hubo un tiempo, cuando el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, en que las gentes aún fueron capaces de reaccionar y, por unos días, quienes sintieron miedo fueron los matones y mafiosos, pero aquello pasó. Los partidos políticos, incluidos el Socialista y el Popular, frenaron la movilización ciudadana o, por utilizar uno de esos eufemismos a que son tan aficionados, la recondujeron. Los heroicos gudaris, orondos émulos de aquellos que se rindieron en Santoña, y que, siguiendo su ejemplo, decidieron ocultarse, volvieron a gallear orgullosos por pueblos y por barrios, recuperados los aires de chulos y perdonavidas  (cuando las perdonan). Luego vino el malhadado proceso de paz, que permitió la reorganización nacionalsocialista. Ahí está la consecuencia de tanta cobardía y de tanto desatino: un reducto totalitario en el corazón de la Europa Occidental; un lugar en el que asesinan a alguien que te creía su amigo y finges que no ha ocurrido nada.

 

 

 

A vueltas con la memoria histórica

Por Fco. Javier Bernad Morales

Martes, 25 de Noviembre de 2008

Memoria histórica es uno de esos sintagmas que, recordemos el estomagante “voluntad política”, periódicamente se ponen de moda y repiten hasta la náusea los medios de comunicación. Si el segundo parece designar un tipo de voluntad característico de los profesionales de la política, cuyo principal rasgo distintivo consiste, al menos en apariencia, en ser tan extraordinariamente débil y flexible, que solo por azar o inadvertencia alcanza a lograr sus objetivos; el primero encubre, bajo el aspecto de un pleonasmo, tan inocente como pedante, un peligroso significado que intentaré desentrañar.

La memoria es, obviamente, recuerdo del pasado y por eso en una primera aproximación podemos decir que siempre es histórica. ¿Por qué añadirle entonces este adjetivo? La respuesta es clara: para referirse a otra cosa que nada tiene que ver con la memoria. Esta es personal y cada cual tiene la suya propia construida a partir de sus particulares experiencias. Cuando se habla, en cambio, de memoria histórica se hace referencia a algo que se pretende objetivo y común, por tanto, a todos los ciudadanos. Yo, dada mi fecha de nacimiento, no puedo tener memoria de la Guerra Civil, recordaré, a lo sumo, lo que me hayan relatado sobre ella testigos a los que he conocido al albur de mis circunstancias personales, o lo que haya podido leer sobre el asunto. Por alguna razón que se me escapa, mis familiares hasta dónde sé, no sufrieron otros males en la guerra y la posguerra que el miedo y la miseria. Mis abuelos no cayeron asesinados, ni murieron heroicamente en combate, siquiera sufrieron las crueles represalias del vencedor. Bien es cierto que tampoco se mancharon las manos con sangre. Debieron de ser gente mediocre ocupada en sacar adelante a sus familias de la mejor manera posible en aquellos trágicos tiempos que les fue dado vivir. Hasta ahí llega el recuerdo de lo que me han contado. Naturalmente, a ese relato del círculo más próximo puedo añadir otros testimonios orales y numerosas lecturas, pero con eso me alejo cada vez más de la memoria y me adentro en otro tipo de conocimiento.

Lo que pretenden, en realidad, los adalides de la memoria histórica es institucionalizar una determinada versión del pasado. Convertir en verdades intangibles sus propios mitos y obligar a los ciudadanos a creer en ellos. Es significativo que esa memoria prefiera olvidar los discursos y actuaciones de Largo Caballero, Dolores Ibarruri, José Díaz −¿recuerdan de quién hablo?−, Companys o Rovira i Virgili, por no hablar de Antonov-Ovseenko u Orlov. Naturalmente, sus violentas diatribas casan muy mal con la visión oficial de la Segunda República como régimen democrático destruido por la agresión fascista. Alcalá Zamora, Lerroux, Miguel Maura o Giménez Fernández tampoco merecen un recuerdo, pues no resulta aceptable la existencia de una derecha democrática. Hay que pasar asimismo por alto la desafección de intelectuales como Ortega y Marañón e incluso Unamuno. Este solo parcialmente redimido por su enfrentamiento final con Millán Astray. No digamos nada sobre la responsabilidad de Santiago Carrillo en las matanzas de Paracuellos y no investiguemos la tumba de Andrés Nin. La memoria personal es selectiva y se fundamenta tanto en el olvido como en el recuerdo. No difiere en eso de ella la memoria histórica, salvo por el hecho de que aquí son las autoridades las que deciden lo que debemos recordar y lo que ha de permanecer ignorado. Con la memoria histórica se pretende imponer una visión maniquea del pasado, fruto no del conocimiento sino de la ideología. La historia queda reducida a un enfrentamiento entre buenos y malos en el que simplemente los papeles se han invertido respecto de la no menos notoria alteración franquista. Si Marx osó afirmar que había vuelto a Hegel del revés (con lo cual evidentemente seguía siendo Hegel), nuestros progresistas que nunca se han distinguido por la profundidad de su pensamiento, se han conformado, de manera más modesta, con darle la vuelta a la historia que aprendieron en el colegio. En ocasiones he pensado que los panegiristas de Francisco Franco gustaban de presentarle como una segunda edición, quizá corregida y aumentada, de Felipe II. El poder siempre tiene aduladores y estos son tanto más serviles cuanto mayor es el despotismo con que se ejerce. Lo cómico del caso es que desde la izquierda muchos aceptaron tal identificación −recuerdo, por ejemplo, al indescriptible Eduardo Haro Tecglen− con lo que no desperdiciaron ninguna oportunidad de descalificar en lo político y en lo personal al Rey Prudente, quizá convencidos de que así socavaban heroicamente el poder del dictador. Unos y otros daban por válida, guiados sin duda por un agudo sentido crítico, una determinada interpretación de la historia, y solo diferían en la atribución de determinados caracteres morales a sus protagonistas. La bondad otorgada a unos era transmutada en perfidia por los otros, y viceversa. Glorificar a Fernando III o a Isabel la Católica, o cantar a los tercios de Flandes o a los conquistadores de América, era cosa de fascistas. Sustituyamos sus nombres por los de Jaime I, Pedro III o los almogávares y entraremos en el ámbito progresista. Podremos, como Rovira i Virgili, añorar un más soñado que real imperio catalán mediterráneo, e incluso quizá alabemos la insensata expedición del capitán Bayo, como primer paso para reconstituirlo. No importa, seremos juzgados no como mentecatos imperialistas reaccionarios, sino como lumbreras intelectuales del renacer nacional. Hasta puede que bauticen con nuestro nombre a una universidad. Bueno, en algunos casos la situación se complica un poco, y en lugar de recurrir a Jaume el Conqueridor no queda más remedio que hacerlo a Breogán o a Jaun Zuria, o elevar la carlistada a precedente de la lucha de liberación. La cara de bobo de don Carlos María Isidro parece ser que le venía de nacimiento y no tenía nada que ver con una premonición de nuestro tiempo.

Temo que estoy yendo demasiado lejos y que es muy probable que al presidente de nuestro gobierno o a Baltasar Garzón (a quien propongo que las Naciones Unidas nombren juez único con jurisdicción universal, mientras aguardamos a que el Señor tenga a bien iniciar el Juicio Final) les traiga sin cuidado que nuestra memoria, ya sea histórica o meramente personal, recuerde a los personajes arriba citados, de cuya existencia ni siquiera me consta que tengan conocimiento. Lo importante, para ellos, es que en este país, a menudo llamado España por los meapilas conservadores y fascistas, se han enfrentado perennemente las fuerzas del progreso y de la reacción, y que al fin estas últimas han sido derrotadas. Es obvio que aún subsisten algunos de sus partidarios y que incluso se aprovechan de la generosidad de los triunfadores para intentar recuperar el poder. A ellos solo cabe decirles una cosa: la guerra no ha terminado y, si es preciso, al conjuro de la memoria histórica, como don Pero y don Nuño al de Azofaifa, en La venganza de don Mendo (¡Vaya! Ya he citado a un autor reaccionario que se hizo asesinar en Paracuellos con el turbio propósito de desacreditar a don Santiago Carrillo), renacerán los muertos de sus tumbas para cerrarles el paso.

 

 

 

Los círculos del infierno

Por Fco. Javier Bernad Morales

Lunes, 10 de Noviembre de 2008

Imagina Dante el Infierno constituido por nueve círculos en los cuales cumplen su eterno castigo los pecadores. Cuando, en plena adolescencia, leí por primera vez la Divina Comedia, recuerdo que me estremeció aún más que la dureza de las penas, el ambiente lóbrego en que unas almas desdichadas arrastran por toda la eternidad una existencia sin esperanza. Han pasado muchos años desde entonces, y hoy, de nuevo me he encontrado con la obra del poeta florentino. En este tiempo nuevas experiencias y lecturas han enriquecido mi visión del mundo y me han hecho perder necias ilusiones. Se ha derrumbado mi fe en Utopía y en su lugar, tras años de búsqueda, ha surgido la convicción de que somos capaces, no ya de crear un mundo perfecto −pues eso es algo que escapa a nuestra limitada naturaleza−, sino de algo solo aparentemente más humilde: aliviar el sufrimiento ajeno.

El inmenso esfuerzo desplegado por los seres humanos en su afán por edificar el reino de Dios, por forzar la entrada a un Paraíso del que, puesto que el sentimiento de culpa ha desaparecido, se creen injustamente expulsados, no ha generado sino sucesivos infiernos sobre la tierra. Los Lager y el Gulag hacen palidecer la pesadilla de Dante. Nada hay en ella que se aproxime al horror de la Shoah. ¿En qué círculo situaríamos las cámaras de gas? ¿En cuál, los procesos soviéticos? Sería fácil alargar la lista −China, Camboya...−, pero no parece necesario multiplicar los ejemplos. A quien conoce la entrada de Auschwitz, ¿cómo va a impresionarle la del Infierno?

Sin embargo, al igual que para Dante cada círculo acoge a un tipo de pecadores y se dedica a un género de suplicios, también cabe establecer una gradación o cuando menos una tipología de los infiernos creados por el hombre. No se trata de catalogar el horror, sino de descubrir las semejanzas y diferencias entre unos y otros.

En una primera aproximación podemos decir que mientras que en el infierno de Dante, los condenados sufren por lo que han hecho, no es este necesariamente el caso de quienes penan en los Lager o el Gulag. Padecen estos su castigo debido a que otros han decidido incluirlos en una determinada categoría −judíos, gitanos, trotskistas, kulaks,…−, definida a priori como enemiga o, para ser más precisos, ajena a la naturaleza humana. No son, sin embargo, pese a sus indudables similitudes, equiparables los campos nazis y los soviéticos, como tampoco lo son los procedimientos seguidos por ambos totalitarismos para definir los grupos que en ellos debían ser confinados.

Comencemos por el caso nazi. Su concepción impúdicamente racista implica que las razas definidas como inferiores no tienen otro destino que servir a la autoproclamada superior. Algunas, clasificadas como subhumanas y peligrosas, quedan condenadas al exterminio. Hay, al contrario de lo que como veremos más adelante ocurre en el caso soviético, una neta distinción entre verdugos y víctimas. Cuando los trenes de deportados cruzan una estación o se detienen en algún lugar, los ocasionales espectadores se apartan horrorizados, como si temieran contagiarse de su miseria. Unos cerdos conducidos al matadero despertarían más compasión que esos infelices judíos a quienes nadie osa mirar. Cuenta, en cambio, Evguenia Ginzburg que al detenerse su tren en una aldea de los Urales, un campesino que, a través de un agujero en la madera del vagón se percató de la peculiaridad de los pasajeros, avisó a sus compañeros de que se trataba de deportados, e inmediatamente el transporte se vio rodeado de gentes que intentaban pasar al interior alimentos y agua, sin que ningún guardia apareciera para impedirlo. En la Alemania hitleriana los definidos como arios podían experimentar en gran medida la certeza de que mientras se mantuvieran fieles al Fhürer y en tanto que obedecieran las consignas del Partido, nada malo iba a sucederles. Los campos no les estaban destinados. Allí no se enviaba a los buenos alemanes. Para estos quedaba la consoladora convicción de que los detenidos, sin duda, eran culpables. Las cosas eran distintas en la Unión Soviética. Comunistas convencidos, revolucionarios de la primera hora curtidos en la Revolución de Octubre o jóvenes incorporados al Partido durante la guerra civil o la colectivización de la agricultura se veían repentinamente señalados como contrarrevolucionarios. El interrogador de hoy podía compartir mañana la prisión con el interrogado o caer ante el pelotón de fusilamiento. Nadie estaba a salvo. Una acción o una omisión, una palabra o un silencio, quizá de años atrás, en su momento totalmente desapercibidos, conductas triviales a las que no se había dado importancia, retornaban exhumados por un acusador que mostraba, ante una víctima desorientada, a menudo incapaz de creer que aquello pudiera ocurrirle, su carácter objetivamente contrarrevolucionario. Sea por efecto de las técnicas de interrogatorio, sea por la fanática fe depositada en un Partido elevado a auténtica deidad en un mundo pretendidamente ateo, muchos aceptan de buena fe una culpabilidad que nunca habían imaginado. Ante la dieta de Worms, Lutero, conminado a retractarse, había respondido: “No es justo ni honrado actuar contra la propia conciencia. Que Dios me ampare”. Estos creyentes, esclavizados por una fuerza demoníaca, prefieren sacrificar su conciencia a poner en duda la infalibilidad del Partido.

Trotski, Bujarin, Kamenev, Zinoviev, Rikov, Radek, Tujachevski…, casi la totalidad de los dirigentes bolcheviques, caen condenados como agentes de la contrarrevolución. Parece absurdo y ridículo, pero lo auténticamente absurdo y ridículo es que en Europa Occidental, tantos escritores y profesores hayan creído o, lo que moralmente es peor, fingido creer que aquello era cierto, y que precisamente ellos hayan marcado la atmósfera intelectual durante decenios. Pero dejemos esta cuestión para otro momento. No es infrecuente que en el Gulag el comunista conserve la fe en el Partido, incluso la devoción por Stalin. Evguenia Ginzburg muestra a muchos de ellos, orgullosos de su militancia ─ahora suspendida, pero que en algún momento recuperarán─, que miran con suspicacia y hasta desprecio a cadetes (demócratas constitucionales), eseristas (socialistas revolucionarios) y gentes sin partido, con los que, no obstante, comparten la condena a un trabajo extenuante y una vida infrahumana. Muchos no pueden resistir la miseria, el hambre, el agotamiento o la brutalidad de los guardianes o de otros presos, pero faltan las terroríficas escenas de selección, en que un SS o un médico, de manera rutinaria, como quien ejecuta un trabajo aburrido e intrascendente, con un simple gesto, separa a quienes van a morir de inmediato en las cámaras de gas, de quienes agonizarán durante meses esclavizados por un trabajo absurdo y extenuante.

 

 

 

Desordenado paseo por el tiempo

Por Fco. Javier Bernad Morales

Viernes, 3 de octubre de 2008

Corría el año 1534 y Europa se agitaba en el torbellino de la revolución religiosa. Ya Lutero había desautorizado a los extremistas que, so pretexto de seguir sus pasos reformadores se lanzaban contra las autoridades temporales, dispuestos a edificar el Reino de Dios sobre la tierra. Vientos de jacquerie soplaban sobre Alemania y avivaban rescoldos de viejas herejías. De nuevo se escuchaba la pregunta nunca contestada: cuando Adán araba y Eva hilaba, ¿dónde estaba el señor? Los príncipes católicos y protestantes olvidaban momentáneamente sus rencillas y se unían para ahogar en sangre la revuelta campesina.

Pero la historia no ha terminado. Münster, una pequeña ciudad de Westfalia, es presa de la exaltación. La muchedumbre sigue con fervor a los predicadores anabaptistas y termina por entregar el poder a uno de ellos, Jan Matthys. Los disidentes, católicos y protestantes, tanto da, son expulsados, y comienza la construcción del Reino de Dios. Se presiente la inmediata venida de Cristo, pero ésta sólo se producirá si los justos terminan con los malvados. Matthys decreta la propiedad común de todos los bienes y ordena que los libros, excepto la Biblia, sean quemados. Cuando muere en combate contra las tropas del obispo, le sucede su discípulo Jan Bockelson, antiguo sastre de Leiden, quien se proclama a sí mismo rey y profeta, y establece la poligamia. Sus seguidores luchan con ardor, convencidos de ser los únicos justos sobre la tierra y de que pronto dominarán el mundo, pero su valor y su entrega no logran romper el cerco de la ciudad. El Reino de Dios se sumerge más y más en la locura, hasta que finalmente sucumbe en una orgía de muerte y destrucción ante el asalto de católicos y protestantes:

Retrocedamos unos años. Lutero acaba de publicar sus tesis en Wittemberg, pero la tormenta aun no devasta Europa. Las querellas entre príncipes y la amenaza turca proyectan algunas sombras sobre un panorama que, visto con los cosmopolitas ojos de los humanistas, se antoja risueño. Colón ha mostrado a los europeos un mundo ignorado, un nuevo escenario donde cabe toda fantasía. Erasmo y Vives abanderan una pacífica cruzada contra el fanatismo y la superstición. Moro, inspirado en Platón, esboza la sociedad perfecta.

Su obra, titulada Utopía, es un libro breve, elegante y delicioso. Como un exquisito veneno seduce el gusto para mejor oscurecer el discernimiento; como una ponzoña espiritual apela a los buenos sentimientos para justificar la más despiadada tiranía. En la sociedad utópica, el bien de la colectividad se alcanza mediante el sacrificio de los individuos.

Utopía no es el Reino de Dios imaginado por Matthys y Bockelson. Moro conscientemente la sitúa en un lugar impreciso, quizá fuera del espacio y del tiempo, en el mundo perfecto e inmutable de las ideas. El mismo autor se desdobla: de un lado Moro, es decir, el auténtico, con su verdadero nombre; de otro Rafael Hitlodeo, el viajero que ha vivido en Utopía. El artificio permite al autor mantener la distancia entre lo real y lo ideal. Moro podrá escuchar con interés y hasta apasionamiento la exposición de Hitlodeo y, acto seguido, manifestar sus reservas. Hitlodeo, por su parte, se resistirá a las exhortaciones de Moro para que utilice su sabiduría para mejorar el mundo. No hay puente posible entre lo ideal y lo real, entre Hitlodeo y Moro. Utopía nunca existirá sobre la tierra. Hitlodeo proseguirá sus viajes y describirá Utopía a todo aquel que se muestre dispuesto a escucharle. Moro continuará su labor como consejero del rey. No aspirará en tanto que político a construir esa sociedad perfecta que le ha sido revelada, pero tampoco será un acomodaticio oportunista. Llegado el momento dará una lección de suprema dignidad, al preferir la muerte antes que secundar una decisión que estima injusta. Münster cayó en junio de 1535. A principios de julio, el hacha del verdugo segó la cabeza de Santo Tomás Moro.

Utopía no es Münster. El ensueño de un humanista cultivado, amigo de Erasmo, de Vives y de Budé, elegante latinista, conocedor del griego y admirador de Platón, santo de la iglesia católica, ha de ser por fuerza distinto de la pesadilla mesiánica y milenarista de Matthys y Bockelson. No faltan, sin embargo, puntos de contacto. En Utopía todo es común, incluso las viviendas se asignan por sorteo y por un número limitado de años[1]. No hay poligamia, pero las leyes señalan con claridad el número de miembros de cada familia. El hecho natural de que unas mujeres sean más prolíficas que otras halla fácil remedio mediante la cesión del exceso de hijos[2].

En la sociedad perfecta, según cuenta Hitlodeo, nadie posee nada propio, todos portan ropas sencillas e idénticas, comen siempre juntos y cada cierto tiempo deben dedicarse durante un año a la agricultura[3]. Quizá al lector actual todo esto le suene curiosamente familiar, como si hace poco hubiera visto algo parecido. Se trata, sin embargo, de ideas que ya fueron expuestas por Platón hace unos dos mil cuatrocientos años.

En 1602 el dominico Tommaso Campanella concluye en prisión una nueva visión de Utopía, a la que pone por título La Ciudad del Sol. Poco añade la obra a la de Moro fuera de unas plúmbeas disquisiciones astrológicas y de una curiosa insistencia, una vez más inspirada en Platón, en una estricta regulación de las relaciones sexuales. En la ciudad perfecta de nuestro fraile no existe la familia, sino que unos magistrados, imbuidos, claro está, de una alta sabiduría, determinan qué mujer debe aparearse con qué hombre y en qué momento. Se consiguen así dos objetivos: de una parte, sólo procrearán quienes se hallen en óptimas condiciones para engendrar hijos sanos, robustos y de ingenio despejado; de otra, como ningún hombre sabrá quién es su padre o quién es su hijo, todos se tratarán con tierno amor filial. No se piense, empero, que Campanella es un rígido moralista. Comprende que en ocasiones los varones, aunque por edad u otras circunstancias no se encuentren en el momento adecuado para procrear, sienten determinadas necesidades, cuya falta de satisfacción podría afectar negativamente a su serenidad de espíritu. Para aliviarlas, previa autorización del correspondiente magistrado, copularán con mujeres grávidas o estériles[4].

La última parte del libro la dedica Campanella a rebatir previsibles objeciones. Invoca en su favor la autoridad de Platón y de Moro, así como la de diversos padres de la Iglesia. La Ciudad del Sol, al contrario que Utopía, se presenta como posible. De un lado se proyecta en el pasado como la sociedad anterior a la expulsión del Paraíso; de otro se ofrece como promesa de un futuro por todos deseado.

“... diremos que de nuestra parte se encuentra el ejemplo de Tomás Moro, recientemente martirizado, quien escribió su imaginaria República, denominada ‘Utopía’, la cual nos ha servido de ejemplo para las instituciones de la nuestra. Asimismo Platón presentó una idea de República que, aunque no puede íntegramente ponerse en práctica a causa de la corrupción de la naturaleza humana (como dicen los teólogos) muy bien habría podido subsistir en el estado de inocencia”[5].

El mito clásico de la Edad de Oro se empareja en la mente del dominico con la narración bíblica del pecado original y de la consiguiente expulsión del Paraíso. Mas la Redención ha hecho posible la existencia de la República ideal:

“... su posibilidad se demuestra con la vida de los primeros cristianos, entre los cuales la comunidad de bienes se estableció en tiempos de los Apóstoles”[6].

Si no supiéramos que el autor permaneció veintisiete años en la cárcel y que sólo se libró de la pena de muerte gracias al oportuno fingimiento de un ataque de locura, algunos de sus razonamientos nos sorprenderían por lo atrevido:

“Afirmo que semejante República es deseada por todos como el siglo de oro. Todos se la piden a Dios al suplicarle que se cumpla su voluntad en la tierra como en el cielo. Si, a pesar de esto, no se practica, debe atribuirse a la malicia de los gobernantes quienes, en vez de someter a sus pueblos al imperio de la razón suprema, los tienen sujetos a ellos mismos. Además el uso y la experiencia demuestran que es posible cuanto hemos dicho, del mismo modo que (según San Juan Crisóstomo) es más natural vivir conforme a la razón que con arreglo al afecto sensual; y virtuosamente, más que viciosamente. Una prueba de esto son los monjes, sobre todo los anabaptistas, que viven en comunidad y, si profesaran los verdaderos dogmas de la fe, aprovecharían más en este género de vida. ¡Pluguiera al Cielo que no fuesen herejes y practicasen la justicia, como nosotros lo hacemos! Serían un ejemplo de su verdad. Mas no sé por qué necedad rechazan lo mejor”[7]

Casi con seguridad se puede afirmar que Campanella no se refiere al anabaptismo violento de Matthys y Bockelson, sino a la corriente pacífica inspirada por Menno Simmons y David Joris. En cualquier caso, queda la imagen de un futuro consistente en la recuperación del estado de inocencia, es decir, en la construcción de un paraíso en que la conciencia individual quedaría anulada, anegada por la omnipotencia de lo colectivo; un mundo en el que no sólo no existirían las palabras “tuyo” y “mío”, sino en el que incluso “tú” y “yo” habríamos desaparecido sustituidos por “nosotros”.

[1] MORO, Tomás. Utopía. Madrid. Alianza Editorial. 1984. p. 118
[2] Ibidem. p. 128.
[3] Ibidem. p. 114
[4] CAMPANELLA, Tommaso. La Ciudad del Sol. En Utopías del Renacimiento. México. F.C.E. 1975.
p. 160-161
[5] Ibidem. p. 205
[6] Ibidem. p. 208
[7] Ibidem. p. 210

 

 

 

La hora de Tomás Moro

Por Fco. Javier Bernad Morales

Lunes, 29 de septiembre de 2008

También hace tiempo publiqué en Estudio Agustiniano esta breve nota sobre otra biografía de Santo Tomás Moro.

BERGLAR, Peter. La hora de Tomás Moro. Sólo frente al poder, Ediciones Palabra, Madrid, 1998, 22,5 x 14,5, 435 pp.

Un biógrafo no debe contentarse con ofrecernos el relato de lo acontecido a una determinada persona, sino que debe esforzarse por aproximarse a su vida, por penetrar en su intimidad y mostrar ante nuestra indiscreta mirada su ser interior, y así revelarnos sus inquietudes, sus angustias y creencias; ponernos, en fin, ante la riqueza del ser humano. Eso es algo que hace con creces Peter Berglar al narrar la vida de Santo Tomás Moro. En un primer libro, El Ascenso, el autor indaga en las afirmaciones contenidas en el epitafio redactado por el propio Moro. Nos adentramos así en sus relaciones familiares y en su carrera política, terminada bruscamente en lo más alto, cuando en 1532 dimite del puesto de Lord Canciller. Las múltiples y difíciles obligaciones en la corte no impiden a Moro ocuparse de los suyos con permanente y amorosa solicitud. Enternece en particular la atención que dispensa a la educación de sus hijos, sin distinguir entre varones y hembras. De hecho siempre sentirá una especial debilidad por Margaret, cuyas cartas en latín llega a mostrar con legítimo orgullo al obispo de Exeter. Es un hombre austero y modesto en medio de los lujos e intrigas de la corte; ama el estudio, pero opina que “letras sin virtud son perlas en el muladar”; cultiva el valor de la amistad y manifiesta un magnífico sentido del humor; nunca alardea de sí mismo, ni pretende ser ejemplo para otros. Al leer a Berglar no puede uno evitar preguntarse si Cervantes no tomaría a Moro —el amigo de Erasmo— como modelo para el caballero del Verde Gabán.

Pero es en el segundo libro, El Testimonio, donde se revela toda la grandeza del Moro. No desafía al rey, no busca el martirio, pero Enrique VIII no se contenta con un silencio que no puede interpretar más que como desaprobación. Acorrala a Moro para que jure el Acta de Supremacía, pero éste calla. Siempre ha sido un servidor leal de su soberano y en su espíritu no hay cabida para algo que pueda semejar aun lejanamente una traición, pero es de eso precisamente de lo que se le acusa. Como explica a Margaret en una carta “ningún hombre habría prestado con más alegría que yo el juramento, si hubiese visto la posibilidad de cumplir la voluntad del rey sin ofender al mismo tiempo a Dios”. Sometidos a exigencias incompatibles, Moro, Fisher y muchos otros afrontaron la muerte en lugar de doblegarse ante una imposición ilegítima. Es una enseñanza que debemos tener particularmente presente los hombres de nuestra época, supervivientes del nazismo y del comunismo, a fin de que el poder no reclame de nuevo el imperio sobre la conciencia.

 

 

 

Falacias de la memoria

Por Fco. Javier Bernad Morales

Jueves, 18 de septiembre de 2008

Recojo aquí la recensión de un libro de Rovira i Virgili que publiqué en la revista Estudio Agustiniano. Pese a los años transcurridos, pienso que lo que en ella digo no ha perdido actualidad sino que incluso, en estos momentos de falseamiento de la memoria, puede haberla ganado.

ROVIRA I VIRGILI, Antoni, “La guerra que han provocat”. Selecció d’articles sobre la guerra civil espanyola. A cura de Josep M. Roig i Rosich, Publicacions de l’abadia de Montserrat, Barcelona, 1998, 15,5 x 20.5, 336 pp.

Recoge Joseph M. Roig i Rossich en este volumen una selección de los artículos publicados durante la guerra Civil por el periodista y dirigente de Esquerra Republicana Antoni Rovira i Virgili. Dadas las circunstancias en que fueron escritos sería absurdo buscar en ellos un análisis político mínimamente ecuánime y ponderado. Nos encontramos ante una obra de combate surgida en el fragor de la batalla, y ahí reside su valor y su interés. Rovira i Virgili busca alentar la resistencia, exaltar los ánimos y mantener la tensión de un esfuerzo prolongado, que no halla en ningún momento la recompensa del triunfo. Sus palabras se dirigen, por otra parte, no al conjunto de España, sino a Cataluña y adoptan, como corresponde a la militancia política del autor, un tono nacionalista y revolucionario, que a estas alturas debería resultar tan anacrónico como las referencias franquistas al Cid y a la España Imperial. Qué cabe decir de la exaltación de Jaime I o de Pedro III en los momentos de la expedición a Mallorca del capitán Bayo, o de la obsesión pancatalanista, que le empuja a bucear en el medievo en busca de unas fronteras que incluyan Valencia, Baleares y la franja oriental aragonesa. Pero el nacionalismo es siempre victimista. Su sueño es recuperar una Arcadia perdida por obra de enemigos exteriores, en este caso no la pérfida Albión, ni las ideas ilustradas, sino los invasores castellanos. Menudean así las referencias a la guerra de Sucesión y la asimilación de los militares sublevados a Felipe V. Es significativo que al tratar de la defensa de Madrid presente la guerra como un enfrentamiento civil entre castellanos, en el que los catalanes actuarían como aliados del bando progresista y enemigo del centralismo. Se niega a admitir que la escisión recorre Cataluña al igual que el resto de España, por lo que cuando se refiere a Cambó o a Gomá considera que no son auténticos catalanes, catalanes de corazón. ¿Qué teorías fundamentan las concepciones de Rovira i Virgili? Lo explicita en un artículo de julio de 1938: “En el sentit cientific del mot nació, Espanya no es una nació. Els qui diguin el contrari, estaran d’acord amb Franco, pero no pas amb Stalin, un dels més exactes definidors del mot” (p. 308). La emancipación nacional se da la mano con la revolución social. La Cataluña liberada de la opresión castellana será también una Cataluña socialista. Al leer estos artículos uno no puede por menos de comprender la desconfianza británica ante la república española. Difícil tesitura la de elegir entre aliados de Hitler y devotos de Stalin.

Lo sorprendente es que hoy, pasado tanto tiempo desde el final de la guerra, se quiera hacer pasar a gentes como Rovira i Virgili por defensores de la democracia frente a la agresión fascista, y que personas como Josep Roig i Rossich sigan manteniendo interpretaciones maniqueas obstinadas, contra el testimonio de los hechos, en eximir a los republicanos de responsabilidades en el desencadenamiento de la guerra y en presentarlos como sinceros demócratas, algo que, como demuestran sus acciones y sus escritos, en ningún modo eran. Por el contrario, consideraban a la República y a la democracia como instrumentos para conquistar otros objetivos de índole nacional y social y no estaban dispuestos a permitir el gobierno de quien no los compartiera, y, llegado el caso, como mostró la insurrección de 1934, no vacilaban en recurrir a otras herramientas que podían parecer más adecuadas para conseguirlos.

 

 

 

Escenas del Quijote

Por Fco. Javier Bernad Morales

Viernes, 5 de septiembre de 2008

Se aproxima la noche. Unos humildes cabreros comparten su cena con Don Quijote y Sancho. Tasajo de cabra, queso y bellotas, y, para alegrar el ánimo, un cuerno de vino que sin tregua pasa de uno a otro. El caballero es feliz. No lo fuera tanto si le agasajaran reyes o príncipes con las viandas más escogidas. Saciado el apetito, habla con voz pausada y clara a sus rústicos compañeros que no osan interrumpirle. El amable convite de los que apenas nada tienen ha traído a su memoria viejas lecturas que ahora refiere en obsequio de sus anfitriones. Hubo un tiempo en que no existían las dos palabras de tuyo y mío, en que los hombres todo lo poseían en común y no habían de preocuparse del mañana, pues la tierra generosa proveía a todas sus necesidades. Reinaba entonces la inocencia y no existían agravios ni rencillas. Pero aquellos felices siglos concluyeron y hoy por doquier imperan la ambición y la malicia. Por eso fue necesario instituir la caballería andante: para proteger a los débiles de las crueles asechanzas de los poderosos, para amparar a viudas y doncellas amenazadas siempre por el engaño y la lascivia y, en fin, para restablecer la justicia.

Embobados y suspensos escucharon la arenga los cabreros. Quizá nunca antes oyeran hablar así, o quizá las palabras del hidalgo les recodaran algún sermón en que el cura evocara la vida en el Paraíso antes del pecado original. Es posible que en sus sencillos y generosos corazones brotara una sincera simpatía por los anhelos de Don Quijote. Algo es cierto. Les sonara el discurso extraño o familiar, muy lejos anduvieron de escarnecer al autor; al contrario, uno de ellos entonó, acompañado por el rabel, una canción para deleitarle. Así, durante unas horas al comienzo de la noche, en unas míseras chozas perdidas en el monte volvió a existir la Edad de Oro.

Ha pasado el tiempo y Don Quijote es un caballero famoso más por sus locuras que por sus hazañas. Unos ociosos duques lo toman como bufón u hombre de placer, o, por mejor decir, como simple hazmerreír. En una de sus burlas discurren hacer a Sancho gobernador de una pretendida ínsula Barataria. A solas en su estancia, el caballero alecciona al escudero sobre el modo de conducirse en su nueva posición. Nada hay de arrebatado o de quimérico en sus palabras. Ninguna mención a la Edad de Oro o a la andante caballería. Acomodado a las circunstancias, expone Don Quijote un breviario de sabiduría práctica, unas reglas fáciles de entender, pero harto complicadas de seguir, siempre con la justicia como norte y la modestia como báculo. No se trata de que Sancho altere la vida o las instituciones de la ínsula, de que introduzca nuevas leyes, sino de que en todo momento se comporte como un gobernador honrado y digno, justo sin severidad, antes bien inclinado a la misericordia. Y Sancho, consciente de las responsabilidades que va a contraer, vacila y está a punto de renunciar. Su amo no le anima, no le pinta un camino sencillo, sino que le hace ver sus limitaciones, eso sí, siempre en buen tono, mostrándoselas como manchas cuya limpieza, si no fácil, es siempre posible. En el momento más hermoso dice el escudero: “más me quiero ir Sancho al cielo, que gobernador al infierno”. Don Quijote, emocionado, abandona toda reserva: “por solas estas últimas razones que has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas”.

Retorna Don Quijote a su aldea derrotado por el caballero de la Blanca Luna. Un año de reposo le ha impuesto el vencedor con la piadosa esperanza de que el descanso le alivie la mente de desvaríos. Mas ya durante el camino, la fantasía de nuestro hidalgo esboza una nueva locura. Apartado por fuerza del ejercicio de la caballería imagina crear junto a sus vecinos y amigos una suerte de cofradía de pastores y pasar el tiempo en componer y entonar endechas y canciones. Sueña de nuevo la Edad de Oro no como mítico recuerdo de un tiempo perdido, sino como horizonte posible de una Arcadia poética.

Edad de Oro, Arcadia, mitos clásicos que fingen un tiempo en que los seres humanos fueron felices, en que no tuvieron que preocuparse del sustento ni de emular a sus vecinos, en que cada uno podía mirar confiado a todos los demás, sin temor a asechanzas o traiciones. También el bíblico Jardín del Edén, el Paraíso del que irremisiblemente nos sentimos expulsados, pero que siempre añoramos, que una y otra vez nos esforzamos en construir sobre la tierra. Muere finalmente Don Quijote con la razón recuperada. Consciente de su locura abomina de fantasías caballerescas y pastoriles y así, reconciliado consigo mismo, entrega el alma envuelto en el afecto de los suyos. Dichosa muerte que evoca la de otro caballero, la del maestre Don Rodrigo. En el instante supremo, desechadas las vanas quimeras que nublan el entendimiento, el hidalgo no está solo, le conforta el amor de sus parientes y amigos.

Muchos otros antes y después de Don Quijote han sentido la nostalgia de una perdida Edad de Oro y han fabulado sobre la manera de recuperarla, pero a menudo les ha faltado ese fondo de bondad que en nuestro héroe cautiva y enternece, también ese destello de buen sentido que acota los extravíos de la locura. Esa luz cuyo resplandor, en ocasiones oculto bajo el delirio caballeresco, se muestra en toda su pureza cuando Don Quijote cree a Sancho llamado a gobernar a otros seres humanos. El hidalgo puede tomar por gigantes a los molinos de viento o entablar feroz combate con unos odres de vino, pero, al contrario que muchos cuerdos, sabe que el mundo real está poblado por personas, por individuos de carne y hueso, quizá en ocasiones egoístas o hasta depravados, pero también a menudo generosos y compasivos. Don Quijote no cree en la Edad de Oro, por más que fantasee sobre ella, pues aunque haya perdido la razón, su corazón es noble y le dice que Utopía, por más que se nos pinte con colores seductores, se asemeja no al Jardín del Edén, sino al lecho de Procusto.

Muchos, en cambio, se han creído capacitados para diseñar la sociedad perfecta. Algunos, muy pocos, lo han hecho con el genio literario y filosófico de Platón o de Moro, otros, como Campanella, de forma más pesada o más pedante; unos y otros han mutilado a los hombres y a las mujeres para encajarlos en su comunidad ideal. Nada grave ocurre mientras el filósofo se limita a plasmar sus ideas en libros más o menos voluminosos, más o menos amenos. Unos estudiosos le rebaten y otros le apoyan, y al cabo del tiempo su obra puede engendrar numerosa descendencia, pero los seres humanos, ajenos a tales lucubraciones continúan viviendo y muriendo, amando y odiando en el imperfecto mundo sublunar. Utopía sólo revela su siniestra faz cuando alcanza el poder un iluminado, no un loco inofensivo y en realidad apacible como Don Quijote, sino un auténtico demente, un ser convencido de que cualquier sacrificio es válido si se encamina a edificar la sociedad perfecta soñada por los filósofos. Cuando para nuestra desdicha ocurre esto, Teseo suele estar ocupado o distraído y sólo acude cuando el hedor de los cadáveres se le hace insoportable.

 

 

 

Presencia de utopía

Por Fco. Javier Bernad Morales

Miércoles, 6 de agosto de 2008

Tenemos los seres humanos la costumbre de acotar el constante fluir del tiempo en eras, edades y siglos. Las fechas dejan a menudo de ser jalones sobre los que situar los acontecimientos de la vida y de la historia, para convertirse en lindes que separan períodos, cada uno de los cuales se nos revela dotado de unas características que lo diferencian de los demás y le confieren una personalidad propia.

Tan humana manía, que sin duda obedece a nuestra necesidad de hacer inteligible el mundo para así poder modificarlo, conduce a que en estos años primiseculares nos interroguemos sobre los rasgos distintivos de un siglo XX hace poco abandonado. Cada cual, según su talante, resaltará unos u otros aspectos. Algunos señalarán que los avances científicos y técnicos no sólo han permitido prolongar la vida humana, sino que han hecho que con menor cantidad de trabajo seamos capaces de producir una cantidad de bienes incomparablemente superior a la que podía obtener cualquier sociedad del pasado. Añadirán, incluso, que gozamos de un grado de libertad nunca hasta ahora conocido. Objetarán otros que en vastas regiones del mundo reinan la miseria y la injusticia, y que nuestro afán por aumentar la producción pone en grave riesgo el equilibrio natural, y vaticinarán inminentes desastres si no ponemos coto al despilfarro. No faltarán quiénes hallen en nuestra opulencia la causa de la pobreza ajena.

En nuestro siglo se ha desarrollado enormemente la capacidad humana para utilizar las fuerzas de la naturaleza. Otro asunto, cuya importancia estamos lejos de negar, pero en el que por ahora no vamos a entrar, es el juicio moral que nos merezca el uso que de tal capacidad se ha hecho. También, y en este caso con resultados inequívocamente siniestros, se han realizado los primeros intentos conscientes a gran escala de construir una sociedad utópica. Fracasó el nazismo y dejó tras sí un abominable reguero de crímenes. El hundimiento de lo que alguien en tiempos no muy lejanos dio en llamar socialismo real ha mostrado la magnitud del desastre originado por el otro gran ensayo utópico de nuestro tiempo.

La utopía, empero, sigue gozando de prestigio. Sus partidarios, a menudo intelectuales progresistas de Europa Occidental, reniegan de Hitler, ofendidos de que alguien pueda asociarles a ellos, consumidos por puros anhelos de justicia e igualdad, con el delirio milenarista del vesánico caudillo alemán. Más embarazosa es la cuestión del comunismo: Stalin, Mao y Pol Pot hace tiempo que perdieron toda capacidad de seducción, pero ahí está ese sujeto pintoresco que se hace llamar con enternecedora humildad subcomandante Marcos —a quien suponemos secundado por una escogida cohorte de vicecapitanes, cuasitenientes, semisargentos y hemicabos— para alimentar la fe de todos aquellos que creen posible e incluso deseable edificar la Ciudad del Sol. No faltan siquiera quienes muestran una bobalicona admiración hacia Fidel Castro o sienten nostalgia por el ilustre guerrillero, auténtico superhombre siempre dispuesto a acudir con su fusil en auxilio de los oprimidos doquiera éstos se encontraran y quisieran o no ser ayudados, comandante Che Guevara. El dictador cubano puede sumir a su país en la miseria, incluso convertirlo en un gigantesco burdel —por cierto, creo que justamente de eso acusaban los revolucionarios a Batista—; no importa, pues ya se sabe que la culpa de todos los males la tiene el imperialismo norteamericano. Es en la luminosa esfera de las ideas donde los utopistas quieren ser juzgados, no en este sombrío mundo sublunar que se obstina en conservar la imperfección. Con perspicaz sentido crítico, los comunistas más o menos vergonzantes desenmascararán las supercherías de lo que agudos progresistas han dado en llamar pensamiento único, colgarán a sus adversarios el sambenito de neoliberales —hermoso e innovador insulto que ha venido a ocupar el lugar del anticuado socialfascistas— y acto seguido creerán sin el menor asomo de discusión todo lo que les cuenten el subcomandante enmascarado o el comandante de la barba florida. La realidad, contra lo que pueda creerse, es mucho menos tozuda que las ideas. El idealista siempre hallará una justificación para sus creencias en la evidente injusticia del mundo, pero si por azar, accidente, o quién sabe si por momentánea debilidad mental de sus adversarios, se encuentra con la posibilidad de llevarlas a la práctica, el subsiguiente fracaso no le mostrará su error. Al contrario, lo interpretará como una muestra de la maldad y del poder de sus enemigos, lo que le reafirmará en sus íntimas convicciones, y le dará fuerzas para proseguir la lucha de una manera más enérgica.

Contra lo que ingenuamente pudiéramos suponer, el utopismo no nace de la aspiración a un mundo mejor. Si así fuera, todos seríamos partidarios de algún tipo de utopía, puesto que no cabe pensar que alguien en su sano juicio pueda desear un mundo peor. El utopismo surge de un rechazo absoluto del presente, visto siempre como etapa de suprema degradación moral. Esta negación se une a la construcción de un pasado mítico en que habrían reinado la igualdad y la perfecta comunión entre los hombres y la naturaleza. Es este pasado que sólo existe en su calenturienta imaginación, lo que el utopista aspira a convertir en futuro. Por eso cualquier reforma es para él un obstáculo en el camino hacia la sociedad perfecta, puesto que se encamina a mejorar y, por tanto, perpetuar un presente definido a priori como injusto. El utopista, que se ve por otra parte a sí mismo como arquetipo del pensamiento crítico, cree ciegamente en el Jardín del Edén, pero no se siente afectado por el pecado original. Se considera expulsado del paraíso a causa de faltas ajenas, y está dispuesto a pagar la readmisión mediante el exterminio de los pecadores. El utopista, en suma, anhela la suspensión del tiempo y el aniquilamiento de la conciencia individual, sumergida en un todopoderoso ser colectivo, pero este deseo supone, como apuntó Kant en 1786, la renuncia a la libertad:

“la salida del hombre del paraíso que su razón le presenta como primera estación de la especie no significa otra cosa que el tránsito de la rudeza de una pura criatura animal a la humanidad, el abandono del carromato del instinto por la guía de la razón, en una palabra; de la tutela de la Naturaleza al estado de libertad”[1].

Es el estado de libertad, con su inevitable secuela de incertidumbre y soledad, lo que espanta al utopista. El mismo Kant nos da pistas sobre el origen de la añoranza del paraíso y nos avisa de la imposibilidad de recuperarlo:

“la dureza de la vida, con frecuencia le fabricará [al hombre] el espejismo de un paraíso donde poder soñar y retozar en tranquilo ocio y constante paz. Pero entre él y ese oasis de delicia se interpone la afanosa e incorruptible razón, que le apremia el desarrollo de las capacidades en él depositadas y no permite que vuelva al estado de rudeza y de sencillez de donde le había sacado”[2].

Naturalmente, el afán utópico, aunque en siglos pasados no haya alcanzado las proporciones aterradoramente apocalípticas del presente, no ha nacido en nuestro tiempo, sino que cuenta con una larga tradición. Tampoco son de ahora los intentos de edificar una sociedad perfecta en la que imperen la paz y la justicia. Por cierto, ¿podemos imaginar algo más pacífico y justo que un cementerio?

[1] KANT, E. Comienzo presunto de la historia humana, en Filosofía de la historia.

Madrid. F.C.E. 1981. p 77 - 78.

[2] Ibidem. p. 77.

 

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