Bitácoras de Rebelión digital | ||
Últimas anotaciones
| Bitácora "La Torre del Alpechín" Por Antonio Pavón Leal | |
|
Por Antonio Pavón Leal Viernes, 12 de marzo de 2010 Me cuenta una amiga que, en el fondo, le dan pena.”¿Quiénes?” pregunto. “Esos fanfarrones, arribistas, vividores e ineptos que son lobos con las ovejas y ovejas con los pastores. Esos parásitos de variado pelaje, aguijoneados por un deseo loco de medrar. Empresa que podrían acometer en sus respectivas actividades privadas aunque ello conllevase mayor esfuerzo, escasa influencia y ningún relumbrón. “Esa gente ancha de conciencia, apegada a diezmos y primicias, licenciada en taimería. Esos defensores del lecho de Procusto, jugadores de ventaja, aves de rapiña que, en cuanto se sienten amenazadas, corren a refugiarse en la razón de estado, madre de tantas sinrazones. “Esos hijos de militares con destino en Ceuta y esas señoras que estudiaron con las monjas cuando pocos estudiaban, y que tan mal lo pasaron, al parecer, en el cuartel o en el colegio de pago. “Esos concejales arrufianados que, en tiempos de crisis, no tienen reparo en engullir mariscadas de 875 euros abonadas con dinero público. Esos políticos de mal agüero que, incluso habiendo sido expulsados de Cuba, justifican con sus palabras o con su silencio el putrefacto régimen castrista. “Y esos otros, con vocación de ombligo del mundo, que no están contentos si no son el niño en el bautizo, el novio en la boda o el muerto en el entierro, y cogen un berrinche si no cuentan con ellos para farandulear allende y aquende el Atlántico. Capaces de hacerse el harakiri (de mentirijillas, por supuesto) para que las cámaras los enfoquen. “Esos sexagenarios que, con tal de mantenerse en la cresta de la ola, adoptan en la tabla de “windsurfing” cualquier postura pertinente o impertinente. Lo importante es seguir encumbrado, declarando o firmando lo que se tercie, aguantando carros y carretas si llega el caso. “Y esos siniestros Fouché que flotan como los corchos, aquejados de alergia a la verdad, equis de ecuaciones insolubles, embaucadores natos. Todo lo cual, seguramente, les importa un comino”. “Muy compasiva te veo” “Pero eso no quita que esté también asustada”.
El mal Por Antonio Pavón Leal Martes, 9 de marzo de 2010 Una de las peligrosas simplificaciones de la izquierda consiste en identificar, abierta o veladamente, el mal con la derecha. Ocurre incluso en las novelas (y sus correspondientes versiones cinematográficas) que se ponen de moda, como el ciclo “Millenium”. En el primer tomo, “Los hombres que no amaban a las mujeres”, queda claro que la maldad y la depravación caen del lado derecho. Este planteamiento, que tiene poco de ingenuo y mucho de doctrinario, es tan temerariamente pueril como la visión contraria. En la coyuntura actual, son muchos los que, por diferentes razones, sucumben a esa tentación. Uno de ellos, el Doctor Sutil, en un balance reciente de la situación económica, culpó a los mercados de la crisis que sufrimos. No tuvo una palabra para la gestión del gobierno del que forma parte ni para su partido. El “problema de dificultades” se circunscribe a “la avaricia y a la codicia” de los otros. Éste, sin duda, debe ser el gran triunfo del mal, que no se ubica ni arriba ni abajo, ni a la derecha ni a la izquierda. Que está en todos sitios y se puede manifestar en cualquier momento. Identificarlo exclusivamente con un sector social es hacerle el juego. Sin embargo, numerosos políticos y medios de comunicación están empecinados en restringir el poder del mal a un determinado grupo, porque eso es lo que conviene a sus intereses. La funesta consecuencia de este sectarismo es que el barco va cada vez más escorado y el riesgo de naufragar aumenta de día en día. Pero una ecuación como ésta (la izquierda es buena y la derecha mala, los sindicatos son buenos y los empresarios malos, los ecologistas son buenos y las personas críticas o cautas, malas) no puede aspirar a otro resultado. Aplicando esas matemáticas, se ha creado una situación perversa en la que los que están a favor de la vida son también los malos, y los promotores de una cultura de muerte los buenos. Sin duda, se trata de un gran éxito del diablo, aunque tal vez el mayor sea haber conseguido que nieguen su existencia. Que pregonen que él es un invento de mentes calenturientas y pacatas. De esta forma, puede campar por sus respetos y seguir realizando impunemente su obra, que estriba en emponzoñar principios éticos y religiosos, sociedades e individuos.
Dos visiones Por Antonio Pavón Leal Sábado, 27 de febrero de 2010 Oriente y Occidente ofrecen dos visiones distintas de la realidad, que es algo conocido por todos pero harto difícil de definir, puesto que, al igual que el tiempo, no es ni materia ni espíritu. Alan Watts resuelve este problema afirmando que la realidad no es un conceptum sino un perceptum. Y cada cual, al igual que cada cultura, tiene el suyo propio basado en su propia experiencia e idiosincrasia. En lo que concierne a la política, la tradición oriental, y concretamente el taoísmo, entiende esta cuestión en términos de equilibrio. Se trata de establecer un ten con ten entre las diferentes fuerzas. La ruptura de ese estado armónico supone el advenimiento de un periodo de caos. Según esta doctrina, es ese contrapeso de poderes el que proporciona y garantiza la estabilidad social, así como la concerniente al orden natural. En Occidente, este asunto es abordado como un conflicto entre el bien y el mal. De este combate se espera que sea el bien quien salga victorioso. O, cuando menos, que las huestes del mal sean mantenidas a raya. El objetivo no es volver a un estatus primigenio e ideal, sino triunfar. Éste es el camino marcado por el cristianismo. En cierta forma, la misión de Jesucristo consistió en asestar un lanzazo en el costado del paganismo (atrapado, como las filosofías orientales, en el eterno retorno) para que la historia pudiera enderezarse y dirigirse a su consumación en vez de zahondar en el fango. La visión oriental es circular. Hay que volver adonde mismo, a un punto perdido que es necesario reencontrar, a una situación óptima de estabilidad. Su aparente dinamismo encubre su tendencia a la inmovilidad. La occidental es lineal. Hay que seguir avanzando hacia el cumplimiento total, hacia la victoria definitiva del bien. Esta visión es genuinamente progresiva y dinámica. Y al ser teleológica, está dotada también de sentido.
La enseñanza (VI) Por Antonio Pavón Leal Sábado, 27 de febrero de 2010 A principios de febrero, en un instituto de un pueblo onubense (Aljaraque), una profesora fue agredida por cuatro alumnos de los que no llevan material escolar a clase (total, para qué). Dichos alumnos acorralaron a la profesora, la insultaron e incluso colocaron ante ella una valla del gimnasio para inmovilizarla, pues ella quería impedir que esos elementos, una vez finalizado el recreo, fuesen a los servicios más lejanos, puesto que durante los treinta minutos de descanso no habían tenido tiempo de hacer sus necesidades. La profesora no les prohibió nada (hasta ahí podía llegar la broma). Ateniéndose al criterio imperante en el centro, les indicó que fuesen a los servicios más cercanos. Fue entonces cuando se produjo la algarada. A finales de enero, otra profesora sufrió otra agresión, esta vez perpetrada por una madre. La profesora había intervenido para separar a la hija de esta mujer de otros alumnos, enzarzados todos en una pelotera en la misma clase. En ambos casos, la sanción, a lo sumo, se limitará a una expulsión temporal. Unos días en casa o callejeando por ahí. Luego otra vez al instituto y vuelta a las andadas. La administración socialista suele calificar estos incidentes como hechos aislados (no significativos) y a los que los denuncian como alarmistas. Su política al respecto consiste en minimizar, ignorar o menospreciar este estado de cosas. Hay que hacerse cargo de que la Consejería de Educación está aplicando una gran parte de sus esfuerzos en el desarrollo y posterior aplicación, si los propios docentes no le paran los pies, de su último invento: el ROC (reglamento orgánico de los institutos). Con este reglamento, la enseñanza secundaria en Andalucía sigue avanzando hacia su reconversión en una macroguardería (o como ellos dicen tan finamente: en centros dinamizadores de zona), en la que la transmisión de conocimientos, por constituir un verdadero incordio, pasa a un segundo o tercer plano. Como para muestra un botón basta, en el ROC se contempla la reagrupación (en la práctica, supresión) de los catorce departamentos de siempre (matemáticas, lengua española, dibujo, etc.) en seis. Esto se consigue creando, por ejemplo, un nuevo departamento lingüístico que engloba todas las lenguas (español, inglés, francés, latín, griego y otras si las hubiere).
¿Quiere esto decir que va a haber menos departamentos? No, va a haber los mismos o más, porque se instaurarán otros nuevos como el departamento de evaluación, calidad y mejora en la educación, el departamento de formación, investigación y desarrollo, el departamento de coeducación y convivencia y el departamento de coordinación didáctica. Si el ROC se materializa será el tiro de gracia a la enseñanza secundaria, su total hundimiento durante varias generaciones. Parece, no obstante, aunque esto no sea motivo suficiente para echar las campanas al vuelo, que se está produciendo una cierta reacción popular, al menos en lo referente a las vejaciones que sufren los profesores. Así parece probarlo este pasodoble que obtuvo el segundo premio en los carnavales de Cádiz.
Sobre la impudicia Por Antonio Pavón Leal Martes, 23 de febrero de 2010 Quien no se quiere, quien está a disgusto consigo mismo, quien encubre sus carencias con un discurso filantrópico, no puede hacer el bien porque lo ignora precisamente en la instancia en la que tendría que experimentarlo. La que tendría que servirle de base y modelo para sus actuaciones. Aunque ese individuo exhiba un altruismo que induzca a pensar que tiene madera de santo, o que es un líder capaz de solucionar las injusticias sociales, esa imagen es engañosa. Como lo demuestra su falta de empatía en numerosas ocasiones, hasta el punto de hacer que uno se pregunte si se trata de la misma persona. En realidad en estos casos, habría que hablar de insensibilidad, cuando no de desprecio. Una sospecha empieza a insinuarse. ¿Hubo malos tratos, humillaciones infantiles, arrinconamiento, penosas experiencias que, por ser incapaz de asumirlas, se ignoran o se niegan? ¿Hubo una sofocación del componente lúdico y del amor a la vida, de suerte que más tarde se hace perentorio para la propia supervivencia recurrir a esos expedientes? Se persigue, se fustiga o se ataca aquello que da miedo. Quien se jacta de ser un campeón de la tolerancia, está revelando lo que le falta. Está testimoniando que con él tuvieron poca paciencia. Cuando a alguien de estas características le llega su hora, la tentación de hacer pagar el ninguneo de que se fue objeto, es irresistible. La tentación del desquite. Cuando uno es el fuerte, se puede permitir el lujo de ser todo lo tolerante que quiera con quien decida que es merecedor de dicho trato. O sea, con unos sí y con otros no. Él verá. Sólo hay que tomar la precaución, por aquello de salvar las apariencias, de arroparse con un manto humanitario. Pero esta estratagema no es más que un medio de encauzar e imprimir honorabilidad a sentimientos e intenciones conflictivos. De despersonalizarlos y conferirles una respetable dimensión social. Una necesidad imperiosa es encontrar un chivo expiatorio al que apalear y endosar nuestras desgracias. Los judíos lo fueron durante el nazismo. Sobre ellos, en particular, se abatió una venganza abierta y brutal. Pero igual de peligrosa es la que, solapada e insidiosamente, apunta al reducto más íntimo del ser humano: su conciencia.
A buenas horas Por Antonio Pavón Leal Jueves, 18 de febrero de 2010 Con meses de retraso (por higiene mental no frecuento ciertos medios de comunicación), me ha llegado este editorial tan esclarecedor de la hipocresía imperante, que vale la pena reseñar a pesar del tiempo transcurrido y porque el tema abordado es y seguirá siendo de actualidad. Se trata de la situación de la enseñanza en España, y a este asunto dedicó el obispo progre por antonomasia la homilía desde su púlpito de la Cuatro. Constataba la realidad del fracaso educativo y traía a colación la actuación de un juez de menores que había condenado tres meses sin salir después de las diez de la noche a unos adolescentes. Los padres habían protestado por esta decisión judicial, actitud que provocaba el escándalo de este eximio periodista. Y se despachó a placer. A los chicos los llama primero cachorros y luego bestezuelas. ¿Cómo no recordar, por cierto, cuando llamaba esos chicos a los delincuentes de Jarrai y jóvenes etarras a los terroristas? De lo anterior deduce que los principios educativos están siendo triturados. Gracias a la LOGSE y leyes similares miles de profesores pueden contar historias de padres que los culpan de los desmanes de sus hijos, y que, en lugar de respaldarlos, los abroncan y les exigen responsabilidades. Es verdad que nadie o pocos se atreven a decir no porque las leyes socialistas impiden o restringen ferozmente ese sana posibilidad, o la complican de tal forma que trae más cuenta (los profesores son humanos) no meterse en ese berenjenal. Porque la cuestión es ésa: los límites. Ponerlos no es ninguna arbitrariedad, capricho o abuso de poder sino una necesidad para el crecimiento de la persona y para la convivencia social.
Ahora que el señor Gabilondo ha reconocido que la disciplina se ha volatilizado, e incluso que antes que la tropa de profesores, psicólogos, pedagogos y otros especialistas ad hoc están los padres, ¿cómo no recordar que él, los suyos y sus numerosos medios de comunicación, entre los que destaca PRISA, han contribuido muy activamente a crear esta situación? ¿No eran ellos los que llamaban valores trasnochados a la autoridad, al esfuerzo, al compromiso individual? ¿No eran ellos los defensores acérrimos del aprender a aprender como única solución a todos los problemas de la enseñanza? Es para preguntarse cómo tienen el valor de rasgarse las vestiduras los mismos que con su apoyo, aportaciones y descalificaciones de quien pusiera en entredicho un sistema tan insensato como éste, han consolidado un conflicto que se arrastra desde hace años. Pues resulta que este prelado de voz atabacada habla de desastre educativo, y de que nos dirigimos al analfabetismo social. ¿Qué ha ocurrido? ¿Se ha caído del caballo y ha visto la luz? De seguro, el siguiente paso será descubrir la sopa de ajo.
El impúdico (II) Por Antonio Pavón Leal Domingo, 14 de febrero de 2010 Ha renunciado a la búsqueda de la verdad. Incluso ha calificado esa tarea (el mero intento de encontrar una respuesta) como pura vanidad. Es decir, lo único que justifica al hombre, lo único que puede proporcionarle un sentido a su vida es apartado desdeñosamente. Éstas son sus campanudas palabras: “Estoy en paz con el más allá (…), ni siquiera persigo el intentar saber”. El discurso de este embaucador podría resumirse así: “El Absoluto no es nada. Un cuento chino. La Verdad, como está demostrado hasta la saciedad, es discutible y cambiante. La Belleza es algo subjetivo. En cuanto a la Justicia, está expuesta a continuos reajustes. Tenéis que confiar en mí”. Semejante proclama conduce al escepticismo y al nihilismo en una primera etapa. Más tarde al fanatismo y sus secuelas. A menudo aparece como un charlatán de la feria de los ideales, de la que cada visitante debe irse provisto de un buen lote. Detrás del mostrador de su caseta, con el micrófono pegado a la boca, pregona su mercancía: “¡Lo que ustedes necesitan es una buena visión del mundo y aquí la pueden encontrar! ¡Acérquense y escojan la suya!”. Algunos analistas señalan que estamos viviendo un proceso de disgregación a varios niveles, el cual tiene su más cumplida corroboración en el relativismo vigente. El Impúdico es uno de los abanderados de esta tendencia. Su objetivo es alcanzar el cero total y a partir de ahí edificar una sociedad radiante. Aquejado de adanismo, con él la historia protagonizaría un garboso quiebro que nos abocaría al paraíso o, cuando menos, a una edad de oro. La realidad, tozuda e indócil como tiene por costumbre, nos sirve otros resultados. Un país al borde de la bancarrota, un deterioro de la convivencia, una profundización del doctrinarismo, un afianzamiento de la cultura de la muerte. Y el instigador de esta situación, el promotor de las razias laicistas, el atizador del fuego constitucional, vive pendiente del mandatario mulato, por quien bebe los vientos, expuesto a las decepciones de un enamorado cuando le dan un plantón, y presto a acudir a su llamada. El 4 de febrero, en Washington, el Impúdico realizó otra de sus piruetas. Fue ponente del Desayuno Nacional de Oración. Rezó, desafiante, con la cabeza bien alta. Sermoneó, citó la Biblia, se postuló como el profeta de los nuevos tiempos.
Izquierda (II) Por Antonio Pavón Leal Miércoles, 10 de febrero de 2010 La demagogia y el populismo son los puertos en los que más pronto que tarde acaba recalando la izquierda. Un ejemplo reciente es el reparto gratuito de ordenadores portátiles en la escuela. Lo correcto sería que los padres de esos niños tuviesen un trabajo que les permitiera comprar un ordenador cuando lo decidiesen. Pero el socialismo pervive gracias a los votos cautivos, los estómagos agradecidos, los vasallajes y los compromisos. Sabe que le trae más cuenta repartir peces que enseñar a pescar. Está convencido, al igual que Celestina respecto a que no había virgo inexpugnable (aunque, una vez conquistado y sometido, podía ser recompuesto cuantas veces fueran necesarias), de que todas las voluntades se compran. Éstas son su política y su filosofía. Esto es lo que considera más rentable para sus intereses de consecución y mantenimiento en el poder. El objetivo es crear un cuerpo social dócil que, cuando lleguen las elecciones, sepa a quien tiene que votar, porque, si no deposita su óbolo en la urna, el grifo se cierra, la mamandurria se acaba. Esta amenaza, más o menos velada, es la sombra que proyecta el socialismo. Ordenadores portátiles, PER, cursos, subsidios, enchufismo, píldoras del día después… son todas medidas encaminadas a encadenar a los individuos. Ésta es la deriva actual de la izquierda, muy difícil de corregir porque eso sería reconocer los errores y las vilezas. Eso sería reconocer que ése no es el camino hacia una sociedad más libre y equitativa, sino más sometida e infantilizada. Una sociedad regida por una nomenclatura a la que la justicia le produce urticaria. Éste es también el sentido de las sucesivas reformas de la enseñanza en España: crear generaciones acríticas, fácilmente manipulables. Crear individuos dependientes a los que haya que decir en todo momento lo que tienen que pensar, cómo tienen que comportarse e incluso lo que tienen que sentir. El continente hacia el que vira la proa de esta nave es el totalitarismo. La madre Celestina, esa vieja flaca, barbuda, hechicera y astuta, volviéndose con la boca entreabierta y mirando de soslayo, habría respondido: “A mí quieren dármela. A mí con ésas”.
El buenismo Por Antonio Pavón Leal Sábado, 6 de febrero de 2010 Es un engendro que se ha desarrollado monstruosamente al calor de la posmodernidad. Su punto de partida es, seguramente, el mito del buen salvaje. Esa falacia roussoniana que, en el mejor de los casos, es una ingenuidad. Y, en cualquier otro, un peligro para el desarrollo individual y social, puesto que lo que propone es una regresión a un supuesto estadio paradisíaco. Se ajusta mucho más a la realidad afirmar que, en mayor o menor grado, somos egoístas y mejoramos si nos lo proponemos. Es decir, que la bondad es una conquista y no una dádiva de la naturaleza. El fruto de nuestro compromiso. El resultado de la implicación en nuestro propio crecimiento. Nada o poco que ver con ese panfilismo que lo acepta todo, lo tolera todo y lo justifica todo en nombre de una presunta bondad primigenia. De una bondad que puede entender e incluso asumir los actos terroristas, los cuales son perpetrados por individuos que han sufrido los efectos de una mala pedagogía, quedando así desvirtuado su hermoso fondo natural. Se podría alegar que son muchos los que han tenido esa desgraciada experiencia y no por ello han ingresado en un grupo terrorista. Aun siendo verdad que hay una tendencia a reproducir los antiguos patrones (lo que se llama la compulsión a la repetición), lo cierto es que la mayoría de los damnificados resuelven el problema de un modo más civilizado. En nuestra sociedad, el fenómeno del buenismo está relacionado con la relativización de los valores, que es una cuestión intocable. Un auténtico tabú. Escudándose en la defensa de las minorías y de los débiles, esa doctrina está reformulando todos los parámetros vitales. Pero el respeto brilla por su ausencia. El buenismo es un ataque frontal, digno de cualquier ideología totalitaria, al ser humano, a su individualidad y a su creatividad. El pasado y los sentimientos negativos de odio, rabia o malestar asociados a él no desaparecen pronunciando una palabra mágica. Ni promulgando leyes. Ni negando el pan y la sal a los que discrepan. Ni instaurando nuevas prohibiciones. Ni discriminando positivamente. Todas esas medidas propias de un gobierno buenista sólo sirven para enconar los abscesos. Se trata, por el contrario, de comprender. No sólo de comprender, sino sobre todo de integrar y trascender. Y esto no tiene nada que ver con el buenismo, esa especie de compasión idiota, barata e interesada. Tan alejada de la verdadera, que no manipula ni va pregonando sus sedicentes logros. Que se limita a acompañar y callar. En la actualidad, el pensamiento crítico ha sido sustituido por otro de carácter débil, que domina el ámbito social. Un pensamiento que presume de tolerancia, pero que no admite la disidencia. Pero, así y todo, son cada vez más los que se niegan a ingerir ese aguachirle. Son cada vez más lo que ven el buenismo como lo que es: una coartada política.
Posmodernidad (VI) Por Antonio Pavón Leal Martes , 2 de febrero de 2010En conjunto, cabría definirla como una cáscara brillante. Como un crujiente envoltorio de papel de celofán. Pero dentro hay poco o nada. La posmodernidad sólo puede afirmar postulados del tipo: “Las mujeres de los amigos no tienen culo”. O esta otra perla en boca de un hombre: “Si fuera mujer, sería lesbiana”. La posmodernidad no da más de sí. Para comprobarlo, basta con examinar la obra cinematográfica y literaria de uno de sus máximos gurús: don Woody Allen, al que algunos consideran pasado de rosca. Lo cual es otra razón que avala su representatividad. Don Woody se ha convertido en un auténtico director de conciencia, capaz de resumir la vida en una serie de sagaces aforismos. He aquí una muestra: “Morir es como dormir, pero sin levantarse a hacer pis”, “Hoy en día la felicidad sólo se da en los equipos de sonido”, “Algunos matrimonios acaban bien, otros duran toda la vida”, entre otros. Para la posmodernidad, el emblema de la vida podría ser un helado de chocolate. Y puede ocurrir incluso que, cuando se aproxime la hora definitiva, uno se arrepienta de no haber comido muchos más, a lo mejor porque no quería engordar, pero al enfrentarse al supremo tránsito lo que cuenta es no haberse atiborrado. Se podría afirmar, pues, que la existencia humana se reduce al número de helados de chocolate que se han comido o de revolcones que se han dado. A una frecuencia más alta corresponde, lógicamente, una mayor plenitud. O, sensu contrario, mientras menos puntos se hayan acumulado, más birriosa es la vida. Encarnan de forma ejemplar este movimiento presentadores como Sardá, Buenafuente, el Wyoming o Mercedes Milá, a la que recordamos dando un bochornoso salto y encaramándose en el ganador del reality show “Gran Hermano”, y también, dicho sea en su honor, abandonando con muy buenas palabras un programa de TeleCinco, que se llamaba La Caterva o algo parecido, por cuestiones de audiencia, arguyó, lo cual sería verdad, aunque haber dicho por cuestiones de decencia habría resultado más ajustado a la verdad. La posmodernidad podría adoptar como nombre de guerra el de un personaje de Apollinaire llamado Alexine Mangetout, que de tantos desarreglos y burradas no sabía dónde tenía la cabeza. El bolsillo, sí. Exactamente como le ocurre a este tinglado, que si no se ha venido abajo, es porque lo sostienen los buenos negocios. El muy denostado sistema capitalista, al que todas las noches le abre la puerta de su alcoba. Todo está impregnado del tufo posmoderno. En esta sociedad, en la que sólo se valora la extroversión y el petardeo, no hay lugar para vivir en profundidad, como en la infancia, cuando los días eran interminables y daba tiempo hasta de aburrirse.
Posmodernidad (V) Por Antonio Pavón Leal Jueves, 28 de enero de 2010 Hanna Arendt diagnosticó: “La decadencia de Occidente consiste en la declinación de la trinidad romana: religión, tradición y autoridad”. Parece, en efecto, que Occidente ha renunciado al Absoluto, al Infinito, a Dios y, en consecuencia, a las exigencias de verdad, belleza, justicia y bondad que ello conlleva. Occidente ha optado por arrellanarse en el relativismo, que no es más que una negación de la propia condición humana. Otro filósofo alemán, Nietzsche, realizó grandes aportaciones en ese sentido. En particular, que la suprema libertad radica en volver a la Gran Madre Tierra (la Pachamama de Evo Morales), que es de donde todo procede y adonde todo ha de regresar. Esto es lo que estamos viviendo actualmente. Mas para alcanzar ese objetivo hay que matar primero al Padre. La muerte de éste es condición sine qua non para la instauración de esa utopía. Como resulta que la civilización occidental, desde Grecia a Roma, pasando por el judaísmo y el cristianismo, ha marchado en otra dirección, no queda otro remedio que ponerla patas arriba para dejar expedito el camino a la quimera. Lógicamente, el diagnóstico de Nietzsche fue muy diferente al de Arendt. Nuestra cultura era para él la de la debilidad y la trascendencia. Algo que había que cambiar por la mundanalidad y la autosuficiencia. Cabría replicar que la debilidad no es un rasgo de nuestra cultura, sino del propio ser humano. Sólo hay que mirar la dependencia de Nietzsche de los demás al final de su vida para constatarlo. La posmodernidad conduce a un callejón sin salida. En el mejor de los casos, se limita a hacer una confesión de ambigüedad. Pero lo normal es que defienda la inexistencia de códigos de honor o políticas de costumbres. Aunque nos agarremos con mayor o menor desesperación a algunas ideas o conceptos, lo cierto es que sólo se trata de palabras fetiches. Los tiempos posmodernos abocan así al masoquismo, en sentido metafórico y literal. Y a su complementario. Nuestra sociedad tiende a convertirse en una casa de dominación, en la que todo está permitido, aunque lo que realmente predomina son los espectadores. La felicidad es el lema que figura grabado en el frontispicio de este pandemónium. Aparentemente impera una incitación a la felicidad, de la que Kiss FM es un buen ejemplo radiofónico. En la práctica, se observa más bien una tendencia a la automatización y el envilecimiento.
Ególatras Por Antonio Pavón Leal Lunes, 25 de enero de 2010 Dos alternativas que encantan a los progres son la transgresión y la transformación exterior. La primera suena a sus oídos a música celestial. La segunda, de la que no se libra ni el lucero del alba, ha derivado en neurosis obsesiva. Dominados por los impulsos transgresores y transformadores que tanto tiempo y energía consumen, apenas les queda ni uno ni otra para una tranquila reflexión. A lo mejor, si ésta se produjese, lograban identificar y etiquetar correctamente esos dos cuelgues. En la diana a la que apunta la transgresión, se encuentran la responsabilidad personal, la familia, las tradiciones, la religión, los convencionalismos necesarios para la convivencia, así como las virtudes asociadas a lo anterior. Es decir, lo que constituye el cimiento de cualquier sociedad. Así que los progres se lo pasan en grande subvirtiendo (los más cursis dicen deconstruyendo), por un lado. Y por otro, transformando a su antojo. No obstante, la gran perversidad concierne al lenguaje, al que maltratan de variados modos. Y en particular al diálogo, del que se declaran fervientes partidarios. Hay que dialogar siempre y en todo lugar, con ganas y sin ellas, se tenga o no se tenga algo que decir. Ahora bien, estos campeones del hablando se entiende la gente sólo escuchan en tanto les regalen los oídos. Pregonen lo que pregonen, a lo que aspiran es a imponer sus puntos de vista que, en definitiva, piensan, son los únicos que valen la pena. Su actitud se podría resumir así: “Por favor, dialoguemos, pero que nadie saque los pies del plato”. Como se trata de un diálogo por el bien de la humanidad, si surge un discrepante hay que culpabilizarlo en el acto, llamándolo, por ejemplo, insolidario. Y si se pone tonto, cosas peores. El diálogo es un buen medio de arreglar las diferencias, pero no siempre funciona, ni siquiera es siempre recomendable. Esa absolutización del diálogo encubre, aparte de intereses concretos, una negativa a salir del atolladero narcisista. Los progres creen, pongamos que de buena fe, que el mundo sólo se arreglará cuando todos y todas acepten sus valores. Esa convicción da la medida de su egolatría.
La enseñanza (V) Por Antonio Pavón Leal Miércoles, 20 de enero de 2010 La autoridad legítima de la que está, o debe estar, investido el profesor, se traduce en órdenes, recomendaciones, indicaciones…dentro de la clase. En el sistema actual, sin embargo, incluso las explicaciones de la materia en cuestión pueden ser rebatidas o convertirse en objeto de debate. Y esto no sólo en asignaturas que, dado su carácter hermenéutico, pueden prestarse a ello, sino que también afecta, por ejemplo, a cuestiones gramaticales que, en principio, parecían inmunes a este contagio. Ahora hay que argumentar para todo. Y a las argumentaciones siguen las negociaciones. Este círculo infernal se puede romper con suerte en algún caso diciendo: “Esto es así y no hay nada que discutir sino mucho que estudiar y comprender. A Platón no se le enmienda la plana sin antes conocerlo a fondo. Y cuando se le conoce a ese nivel, lo más probable es que se le admire por su inteligencia”. Pero enseñar ha pasado a un segundo término. Hoy, no sólo a los niños sino a los adolescentes y a los jóvenes cada vez más talluditos, se les pretende mantener encerrados en esas grandes guarderías en que se han convertido los centros escolares, con el propósito de retrasar todo lo posible su incorporación a la vida adulta. Y para ello, es necesario retenerlos en el estadio infantil o adolescente. Incluso se tiene la impresión, esperemos que errónea, de que el objetivo es que permanezcan así de por vida. “Encerrados y distraídos” podría ser el lema de esta política educativa que se asienta, entre otras insensateces, en las de hacer creer a los alumnos que la felicidad es el estado natural de los seres humanos, que todo les va a venir rodado, que el esfuerzo individual es un anacronismo que debe ser erradicado mediante el trabajo en equipo. Incluso que la libertad no es una conquista personal sino una graciosa dádiva. De esta forma, se está dificultando el desarrollo de los jóvenes, a los que no se está preparando para la vida ni para las relaciones humanas, porque ni una ni otras se basan en experimentos con plastilina ni en ceder continuamente. Pero el ministro Gabilondo no comparte este punto de vista y ya tiene en mente dar otra vuelta de tuerca y ampliar la obligatoriedad de la enseñanza hasta los dieciocho años.
La posmodernidad (IV) Por Antonio Pavón Leal Jueves, 14 de enero de 2010 La lengua es lo que deja en evidencia más rápidamente. Si, además, uno sucumbe a la tentación de meterse a profeta, el ridículo está asegurado. Alan Watts (1915-1973), uno de los padres de la contracultura y partero de la posmodernidad, vaticinó la desaparición de los EEUU para el año 2000 y dio sus buenas razones: guerra nuclear o biológica, exceso de población, polución atmosférica, etc. Puesto a profetizar, declaró también que para ese mismo año nadie pagaría impuestos. Para redondear este panorama arcádico, añadió que los servicios serían gratuitos y todo el mundo dispondría de un carnet de crédito general. Resumiendo, en la práctica el dinero desaparecería. Estos patinazos no quitan que mostrara su perspicacia en temas como el sindicalismo. Tras afirmar que en cierta época los sindicatos fueron necesarios, concluye que en la actualidad son fuerzas reaccionarias. Y está hablando de su actualidad, no de la nuestra en la que se han convertido en apéndices del poder, a condición de que éste lo desempeñe esa nebulosa indefinida de la izquierda. El señor Watts, por cierto, no se muerde la lengua. Afirma que dichas organizaciones “constituyen el potencial peligroso del fascismo americano”. La solución que propone a nuestros problemas, puede resultar extravagante, pero no hay que olvidar que pertenece a la época del LSD, con el que experimentó. ¿Dónde está la clave para que todo vaya como una seda? Ni en la educación, que es una alternativa demasiado intelectual, ni en la religión, que ya ha demostrado su inoperancia, ni en la psicoterapia, que es una buena opción pues se trata de la vía del autoconocimiento, del auténtico cambio, pero que tiene el grave inconveniente de ser lenta. Y no sólo lenta sino tan larga como la vida. Para él, una solución rápida y eficaz es la psicofarmacología. O sea, un buen tratamiento a base de pastillas que nos liberen de nuestras lacras como, de hecho, pueden hacerlo de un dolor de cabeza. La premisa de partida es que marchamos en derechura al infierno, y algo hay que hacer para evitar ese desenlace. Se podría empezar señalando uno de los grandes pecados de la izquierda, que tantas desgracias ha traído consigo. A saber, la creencia de que el hombre, en un alarde de soberbia y voluntarismo, puede mejorar radicalmente el mundo hasta reconvertirlo en el edén. Si es tarea ardua transformarse uno mismo, en el sentido de humanizarse, de perfeccionarse, de respetar y algún ítem más, querer hacer otro tanto a escala industrial cae en el ámbito de la irrealidad. Alan Watts es categórico al respecto: “Hemos de abstenernos de predicar cruzadas, de actuar por causas justas abstractas como el bien, la paz, el amor universal, la libertad o la justicia social”. Las buenas intenciones suelen ser excelentes atajos al averno, donde son utilizadas también como empedrado. Y el caso es que las coartadas y los pretextos suministrados por las grandes palabras, a las que la izquierda es tan aficionada, siguen estando vigentes y operativos, a pesar de tratarse de siniestras actualizaciones del aforismo maquiavélico.
Retrato de progre Por Antonio Pavón Leal Sábado, 9 de enero de 2010 Concedía graciosamente una simpática progre que con la edad uno se vuelve más conservador. Hasta le parecía lógico. Uno de los presentes, poco contemporizador, le espetó: “No se trata de que con los años uno se haga más cauto y no comulgue tan fácilmente con ruedas de molino, sino de que se hace más consciente de la manipulación, de la falsedad, de la desvergüenza con que actúa el sector social en el que tú te integras. No se trata tanto de una cuestión de conservadurismo como de amor a la verdad y a la justicia”. Y concluyó: “Así que, por favor, deja de comprender y perdonar la vida a los demás, y ten el valor de mirarte en un espejo”. En el caso improbable de que siguiera ese consejo, vería a una admiradora de Saramago, el santón portugués afincado en Lanzarote, de Sabina, al que adora, de la gentil Almudena Grandes e incluso del marido de ésta, autor de un verso entrañable: “Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi”. Éstos son sus referentes culturales que, junto con algunos más, son los necesarios para estar a la altura de los tiempos. Vería también a una feroz censora del mundo antropocéntrico, androcéntrico y falocéntrico. Todo lo cual se puede resumir en un solo adjetivo: patriarcal. Por fortuna, ese mundo está en trance de extinción, así como la cultura judeo-cristiana que lo sustenta. Para esta encantadora progre, sin embargo, el mayor escándalo lo constituyen las mujeres del tipo Isabel la Católica o Margaret Thatcher, a las que tilda de patriarcales, verdaderos baldones del género femenino, para quienes reserva sus dardos más afilados. Contemplaría a alguien que proclama la existencia de dos únicas realidades: el mundo material y la carne, que cuestiona la familia tradicional y que, como norma de vida, propone la inversión o el trastrueque de las leyes consuetudinarias. En aquella ocasión, un alma cándida osó pronunciar el nombre de Dios. Ella no se tomó siquiera la molestia de replicar. No porque sea atea sino porque ésa es una historia que tiene superada desde hace mucho tiempo. Y ya le cansa enredarse en ese concepto vacío. Como quien no quiere la cosa, suspiró y preguntó si íbamos a ver la próxima gala de los Premios Goya. Para animarnos a presenciar el evento, nos comunicó que este año lo presenta Andreu Buenafuente.
Izquierda (I) Por Antonio Pavón Leal Miércoles, 23 de diciembre de 2009 Leo un artículo sobre la casta política española en el que, como no puede ser menos, se la pone a parir. No hace falta señalar que la peor parte se la lleva el PP. Por desgracia, sinvergüenzas, petimetres, lechuzos, títeres y maniquíes hay en todos lados. En dicho artículo, que se pretende ecuánime, se omite a la práctica totalidad de los altos cargos socialistas. Ni una palabra tiene para Chaves o De la Vega, por poner un par de ejemplos que pone los pelos de punta. En cuanto a Zapatero, sólo lo cita para decir que sus vacaciones y las de su nutrido séquito corren a cargo de las arcas del Estado. De esta forma, el autor del reportaje pone su grano de arena para que las cosas sigan igual de mal. Si su intención era hacer una exposición ponderada, tendría que haber ejercido la crítica por igual en todas las direcciones. Ahora bien, el repaso que le da al PP ocupa las tres cuartas partes de su trabajo. Del PSOE, que es quien se merece ese espacio, se mencionan tan sólo algunos casos y ni siquiera los más sangrantes. Esa parcialidad no es el camino para salir del callejón en que nos han metido los políticos de diferente pelaje. Esa falta de objetividad, vista desde el sur, donde el PP nunca ha gobernado, equivale a una indecencia y hace que cualquier lamento suene hipócrita. Pero esa lamentable exhibición del plumero tiene de instructiva que muestra sin tapujos la tendenciosidad imperante. La mayoría, bien empapada del mensaje izquierdista, se comporta como papagayos que repiten los argumentos y las consignas sin que les tiemble la voz. Seguramente de lo interiorizados que los tienen. Éste es el mundo sectario, impermeable y previsible que ha impuesto la izquierda. Sus verdades dogmáticas incluyen la demonización de Aznar, Bush, Jiménez Losantos (a quien llaman Fede sarcásticamente) y de Esperanza Aguirre. La adoración de Fidel Castro y, ya cada vez en menor medida, de Obama. La explicación de que Andalucía era una de las regiones más atrasadas y por eso no se ha puesto todavía a la altura de las más desarrolladas (el hecho de que los socialistas la lleven regentando la intemerata no tiene nada que ver con este asunto). Y otros perejiles con los que hacer varios manojos. Sabemos, sin embargo, demasiado bien que lo que llaman libertad no es más que un traje medido y cortado sobre el patrón de sus delirios. Y en cuanto a su cacareada igualdad, que está graduada como los termómetros. Un insigne izquierdista diagnosticó que la democracia estaba herida. Esperemos que no de muerte. Bien es verdad que, viéndolos a él y al católico Bono votar a favor de la ley del aborto, no hay motivos para hacerse ilusiones.
La satrapía (III) Por Antonio Pavón Leal Viernes, 18 de diciembre de 2009 En Andalucía, aunque hay un nuevo presidente, no ha cambiado nada. De hecho, Griñán ha entrado con mal pie, aceptando solares e inmuebles en pago de la dichosa deuda histórica, cuando aquí lo que su partido y el gobierno regional quieren es dinero contante y sonante. Dinero con el que pagar a sus asesores, cargos de confianza y ex alcaldes volcados en la recuperación del poder, algunos con una pinta de bucaneros que espanta. Dinero para costear la reforma del palacio de San Telmo, decretada por Chaves, que asciende a setenta millones de euros, de momento. Y para los viajes al extranjero, séquito incluido. Al mismo tiempo, haciendo gala de más morro que un oso hormiguero, los mismos que revisten de mármol de Carrara la sede del presidente de la Junta, se atreven a hablar de austeridad y de rigor. Uno de los que así se expresa es Gaspar Zarrías, implicado junto con un primo suyo en un escándalo por las irregularidades en la gestión de una empresa pública. Que se sepa, no ha pasado nada. Andalucía es del PSOE y si no lo fuera, daría lo mismo porque pocos van a levantar la voz y a esos pocos todavía menos los van a escuchar. Esta empresa en concreto se llama Sandetel. Otra más conocida es Mercasevilla, en la que están imputados dirigentes no sólo del PSOE sino también de la inefable Izquierda Unida. En esta ocasión, mintieron Chaves y su consejero de Empleo porque no fue la Junta quien presentó la denuncia sino los empresarios. ¿Pasará algo? Seguramente no. Como tampoco en el caso Matsa. Esta empresa, de la que la hija de Chaves es apoderada, recibió de subvención la friolera de diez millones de euros. Sotto voce, se comenta que habría que ilegalizar durante una temporada a esos dos partidos. Por lo menos hasta que la sociedad se reponga de tantos chanchullos y amaños. Los escándalos y trapacerías se suceden como las cuentas de un rosario infame. Pero aquí no pasa nada. Si no lo creen, echen un vistazo a Canal Sur (“La suya”). Sin esfuerzo, la memoria nos sirve los lances de otras famosas famiglias: la de don Alfonso y la del señor X., barriendo para adentro al más puro estilo napolitano. Y ahora la del “bueno” de Manolo y la de su lugarteniente Gaspar. Es un hecho que la historia se repite corregida y aumentada. Los tentáculos socialistas son largos y sinuosos, de forma que poco escapa a la adherencia de sus ventosas. Escudados, por supuesto, en un discurso de palabras coruscantes, con el cual sólo camelan a quien quiere o le interesa dejarse camelar. En Andalucía no ha cambiado nada. Incluso se teme que antiguos hermanos sigan en activo y sean los encargados de cobrar las comisiones correspondientes por la adjudicación de obras. La imagen rediviva del enviado de una empresa de construcción con su maletín en la mano o un sobre abultado en el bolsillo interior de la chaqueta camino del despacho oficial es todo un emblema.
De perros Por Antonio Pavón Leal Mart es, 1 de diciembre de 2009A veces, sin necesidad de conjunciones planetarias, ocurren estas cosas: las cuatro señoras habían estudiado en un colegio de monjas. Así pues, empezaron a contar historias manidas sobre dicha institución y su personal docente que no es necesario repetir. No hace falta señalar que quienes frecuentaban esos colegios de pago eran gente bien, cuyas familias podían permitirse esos gastos. Estas encantadoras mujeres tuvieron la gran suerte de estudiar el bachillerato y luego una carrera universitaria. Tras lo cual, consiguieron un buen trabajo. Y ahora, cuando miran atrás y hacen balance, se ponen a desgranar uno por uno los tópicos impuestos por el pensamiento dominante de una forma tan acrítica que da lástima. Y, de paso, a hacerle el caldo gordo al gobierno. Aquella enseñanza, tanto la pública como la privada, tenía aspectos negativos, pero el estatus de estas señoras, que hunde sus raíces en aquella época denostada hasta la saciedad, desmiente una sentencia tan implacable como la suya y pone en evidencia su aggiornamento para no desmerecer de la actualidad, que es la que pide a gritos un repaso en profundidad. A continuación, una de las presentes contó que un perro la había mordido, y resultó que las demás habían tenido también una experiencia semejante: a la que no la había mordido, la había atacado o, al menos, ladrado con aviesa intención. Aprovechando este nuevo derrotero, expuse un caso del que fui testigo el día anterior: una mujer iba paseando a su perro, que se detuvo en mitad de la acera e hizo sus necesidades. Un hombre, al observar que la señora no recogía los excrementos del animal, le llamó la atención, suscitándose entre ambos un rifirrafe. Cuando la dueña del perro se vio arrinconada dialécticamente, se revolvió y dijo: “Usted es un acosador”. Y de esta forma quedó zanjada la cuestión. El hombre, ya fuera por temor o porque no tenía nada más que añadir, siguió su camino. Cuando pregunté a las tertulianas qué les parecía este suceso, me miraron con benevolencia y coincidieron en que me lo había inventado.
| ||
All rights reserved © 2006
rebeliondigital.es rebeliondigital.com