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| Bitácora "La Torre del Alpechín" Por Antonio Pavón Leal |
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Por Antonio Pavón Leal Miércoles, 9 de diciembre de 2009 Emma me cuenta la cena a la que no tuvo más remedio que asistir. “Habría quedado feo excusarme y no ir. Me lo tomé como una obligación” “Pero comisteis bien, supongo” “Ya te puedes imaginar. De entrada nos pusieron unas brochetas de langostinos y una crema de berberechos exquisitas”. “Y la compañía, ¿qué tal?” “De eso prefiero no hablar” “¿Seguro?” No hizo falta que le insistiera porque la irritación le duraba todavía. “Tuve mala suerte. Caí en la misma mesa de quien no quería caer por nada en el mundo”. Se refiere a un alto cargo socialista que no tolera las críticas a los suyos. Y aquella noche, entre bromas y veras, mientras daban cuenta de los huevos de codorniz y de las tortillitas de camarones, las hubo. Sus autores, invariablemente y en el acto, eran calificados de antisistema. Lo de antisistema es un insulto con el que esa gente fulmina a todo aquel y a todo aquello que percibe como un peligro para su estatus. Emma se complació, pues, en hacer varias alusiones a El Mundo, periódico que, en Andalucía, saca de quicio al partido reinante. Y cuando el capitoste se puso pesado con lo de ése es un antisistema y el otro también, Emma, con toda la frialdad posible, replicó: “¿Es que en esta región se puede ser otra cosa?”. A la altura del solomillo al Pedro Ximénez, el alto cargo cambió de estrategia y, cuando se hizo alusión a los áticos de lujo en primera línea de playa, a los palacetes en Niza y a los fastuosos chalets en la sierra, repelió los avances al grito de: “Ignominia, ignominia, eso es una ignominia”. Alguien quiso saber si era cierto que Chaves tenía en El Rompido una mansión con acceso directo desde el mar, como los jeques árabes. Nadie estaba seguro, pero se sugirió que El País, un diario nada sospechoso de antistema, en lugar de a Italia para ver qué hace o deja de hacer Berlusconi, que también, podía mandar a sus reporteros a esa hermosa playa onubense y averiguar la verdad. “¡Ignominia! ¡Ignominia!” clamaba el pollo socialista, sin por ello dejar de embaular el plato correspondiente. Uno de los presentes confesó haberse quedado estupefacto cuando leyó la declaración patrimonial del gobierno y vio que Chaves figuraba el penúltimo. En total, 70.000 euros mal contados. Otra vez casi al borde de la indigencia. Para el comensal sólo había dos posibilidades: o el preboste andaluz era un manirroto de mucho cuidado o pasaba otra cosa, porque lo de que estaba pegado a la pared a causa de la larga y costosa educación de sus hijos ya no colaba. Y lo de las herencias providenciales tampoco. Según Emma, es un hecho que a esa tropa la pierde su desmesurado amor al dinero, sólo comparable a su igualmente desmesurada ansia de poder. De cortar el bacalao ahora y siempre, por los siglos de los siglos. “Fue una cena terrible. ¿Sabes qué fue lo peor de todo?” Niego con la cabeza y ella me explica: “Que ese individuo no parase de farfullar con la boca llena”.
El poder Por Antonio Pavón Leal Mart es, 1 de diciembre de 2009Este artículo se podría titular también el arte de aparentar, en honor a tantos impostores y a messer Nicolás Maquiavelo, quien enseñó que el príncipe, si así conviene a sus intereses, fingirá la virtud, puesto que ésta, en determinadas circunstancias, es un medio excelente para la consecución o el mantenimiento en el poder. Con la virtud, sin embargo, hay que tener cuidado. El perspicaz estadista florentino dejó este aviso a navegantes políticos: “Muchas cosas virtuosas arruinan la autoridad del príncipe y otras culpables la afianzan”. De lo cual se desprende que el poder debe actuar a discreción y sin pararse en barras. De cualquier modo, por más que se recubra con piel de cordero, el poder no tarda en mostrar su fea catadura y su dimensión demoníaca. En su presencia, se suele experimentar, cuando menos, inquietud. En este sentido, se le podría definir también como el arte de estremecer. Cuando el poder se expande sin otras fuerzas que lo contrapesen, dominado por la soberbia y espoleado por el engreimiento, sobrevienen inevitablemente, por mucho que se hable de progreso y conquistas sociales, los tiempos oscuros. El poder tiene todas las coartadas y no hay fechoría ni mezquindad que no pueda justificar. Es un monstruo que se alimenta de sus propias mentiras y embrollos. Hoy alego unas razones y mañana las contrarias, sin asomo de rubor. Su capacidad de viciarlo todo está fuera de discusión. En esta tarea, los sátrapas y sus adláteres son unos expertos. Unos malabaristas de las grandes palabras que lanzan al aire, manipulan y escamotean a su antojo. Unos artistas del juego “te pillé, ladrón” y ahora quedas eliminado o pagas una prenda o te conviertes en mi servidor. Al principio, el poder da el pego y hace creer que actúa movido no por su propia comezón interior, sino por filantrópicos ideales. Aunque se manifiesta a todos los niveles sociales, su campo de acción predilecto es la política, pudiendo recaer en individuos con disfunciones importantes que lo utilizarán para poner en marcha compensaciones personales de nefastas consecuencias.
El impúdico (I) Por Antonio Pavón Leal Mart es, 24 de noviembre de 2009Cultiva una imagen de persona encantadora y carismática, amén de compasiva, hasta el punto de no tener empacho en hacerle la competencia a san Francisco y declarar, como il poverello, que él sólo aspira a servir. Pero pocas cosas hay más alejadas de la política que el espíritu de servicio, que es, por definición, desinteresado, y que se plasma sin esperar nada a cambio. Ese espíritu de servicio es, de hecho, la piedra de toque para desenmascarar a tanto farsante, pues implica un rechazo del poder. El Impúdico, sin embargo, metido en su papel de santurrón, se dedica a pregonar la compasión que, si fuese verdadera, se limitaría a practicar, acusando de insolidaridad y egoísmo a los que se niegan a participar en su mascarada. De la misma forma, se presenta como antijerárquico, o moderadamente jerárquico (como hay también periódicos moderadamente progres), pero ojo con cuestionar sus delirios traducidos en leyes. Es decir, ojo con cuestionar su autoridad. Hay quien entra en trance cuando lo oye, produciéndose una disolución de su individualidad en el cielo laico que El Impúdico pergeña en sus proclamas. No hay por qué dudar de la realidad de estos fenómenos, ni del colapso emocional de los afectados. “Cosas veredes” dijo el clásico. Negador de la trascendencia, sus propuestas tienen un cariz dogmático más en consonancia con la religión que con la política. Fiel practicante de la insinceridad, pretende elevarla a regla de conducta a la que hay que atenerse estrictamente. Diseñador de prohibiciones, planes, impuestos, subsidios, memorias, matracas y chinchorrerías varias, no quiere enterarse de que a más intromisiones, menos honestidad. De que a más intervencionismo, menos prosperidad. Amigo de atizar el fuego y de moralizar a los ciudadanos, su objetivo expreso es la beatitud social, aunque su ideario genere exactamente el efecto contrario. ¿Vale la pena recordar que ese ego endiosado es la fuente principal de las calamidades?
Emma (I) Por Antonio Pavón Leal Miércoles, 18 de noviembre de 2009 Me cuenta Emma un encontronazo que ha tenido con un compañero de trabajo. Se trata de un señor mayor, izquierdoso y resabido. O como él se define: “Yo soy a mucha honra verde, progre y socialista”. Declara mi amiga que no sabe si ha enumerado los adjetivos en el orden correcto. Le respondo que no importa; en esta ocasión, el orden de los factores no altera el resultado. Se pusieron a hablar de política y el compañero empezó a largar la consabida oratio obliqua sobre el capitalismo. Emma, que no se muerde la lengua, replicó que ese denostado sistema, con todas sus lacras, era preferible a los paraísos socialistas. Y la prueba la constituía él mismo, pues, aun despellejándolo a diario, vivía cómodamente en el infierno capitalista, donde, entre otras libertades, se contaba la de ejercer la crítica, no como en Cuba. Y citó el caso de la bloguera Yoani Sánchez. ¡Para qué mentó la isla del monstruo de Birán! El otro se encalabrinó y mezcló la libertad con la justicia en un discurso farragoso, con el que pretendía apabullar y tal vez silenciar a Emma. Ella repuso: “Tu justicia y tu libertad no coinciden con las mías. La diferencia radica en que las tuyas son reductoras, semejantes al siniestro lecho de Procusto, y conducen a un callejón sin salida. O sea, a soluciones totalitarias”. Y prosiguió: “La distancia que separa tu visión política de la mía, se puede resumir así: en mi mundo tú tienes cabida, pero yo en el tuyo no”. Cuando el otro la emprendió con las desigualdades y los privilegios, Emma lo interrumpió y le dijo que unas y otros son la consecuencia y la garantía de vivir en una sociedad libre. Una sociedad donde debe imperar una justicia asimismo libre, que aplique imparcialmente la ley. Y "ésta” concluyó “es la única cortapisa para todos los ciudadanos”.
La satrapía (II) Por Antonio Pavón Leal Sábado, 14 de noviembre de 2009 En las satrapías del sur, la pobreza es un serio problema que afecta al 38,4% de los extremeños y al 28,9% de los andaluces, a lo que hay que añadir uno de los índices más altos de fracaso escolar. Pero, eso sí, ambas regiones están en la vanguardia de la estulticia. En Extremadura han organizado una campaña para enseñar y fomentar la masturbación, bajo el lema El placer está en tus manos. En Andalucía ha gustado la idea e igual la copian, corregida y aumentada. Mientras tanto, la señorita Aído ríe las gracias. Teniendo en cuenta sus propias ocurrencias, ¿qué otra cosa puede hacer? Hace poco la inefable Junta de Andalucía sacó una canción infantil, para mayor regodeo. Éste es el enlace para escucharla http://www.andaluna.org/. Un coro de niños proclama en ella que es lo mismo ser criado por dos padres o por dos madres, que lo importante es que te quieran. Las declaraciones demagógicas de este tipo son difíciles de refutar, pues a los argumentos aducidos se les opone una feroz emotividad contra la que se estrellan los razonamientos. Es evidente que de la misma forma que existe el derecho a la vida, existe también el derecho a tener un padre y una madre. Puede ocurrir, por supuesto, que el padre muera o desaparezca y el niño sea criado sólo por la madre. O que la que fallezca o haga mutis (como en la película Las Horas) sea ella y el padre tenga que hacerse cargo del pequeño. O que los dos pierdan la vida en un accidente y el crío pase a manos de una tercera persona: los abuelos o una tía soltera o un orfanato. Sin entrar en esa casuística real, el recién nacido tiene derecho a esos dos referentes necesarios para su desarrollo que son el padre y la madre. Arrebatarle, de entrada, ese derecho es una jugarreta. Y ese niño, cuando tome conciencia de la faena, puede pedir cuentas a la sociedad por no haber recibido el mismo trato que cualquier hijo de vecino desde que el mundo es mundo. Una cuestión es que en la práctica, por motivos funestos, se den casos como los señalados y otra, de distinto cariz, la institucionalización de un desafuero. Habrá quien, mirándote como a un bicho raro, responda inmediatamente: “¿Por qué no?”. Y coreen el estribillo de la canción de marras: “Lo importante es que el niño reciba cariño”. Incluso tendrán el descoco de citar a San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, sacando sus palabras de contexto y utilizándolas sesgadamente. Tal vez uno calle, aunque en su fuero interno se quede pensando que quien ama de verdad se abstiene de hacer ciertas cosas.
La eutanasia Por Antonio Pavón Leal Martes , 10 de noviembre de 2009Asisto a la conversación entre dos padres sobre el tema de la eutanasia. Uno de ellos se manifiesta como un ferviente partidario de esta escalofriante medida. Habla a boca llena. Para él no hay dudas al respecto. El otro padre, con estupor, replica: “¿Cómo puedes decir eso? Precisamente tú, que tienes, al igual que yo, un hijo que es un firme candidato a la aplicación de ese remedio cuando llegue su momento. O sea, cuando ni tú ni yo, porque estemos arrinconados o muertos, podamos impedirlo. ¿Es eso lo que deseas para tu hijo cuando alguien, un pariente o un funcionario, decida que hay que darle pasaporte porque es una onerosa carga?”. “Estos muchachos, diagnosticados de enfermedades invalidantes a perpetuidad”, prosiguió el segundo padre “no serán nunca productivos desde el punto de vista social. Ahora los llaman grandes dependientes; así los han bautizado los mismos que proponen la eutanasia y la defienden públicamente, a ella y a quienes la practican. Da que pensar”. “Pero estás tergiversando mis palabras”, repuso el primer padre “yo no he dicho eso” “Ya sé que no estabas pensando en tu hijo. Pero yo sí, en el tuyo y en el mío”. Es inquietante y da una idea de lo que está calando esta propuesta a nivel popular, que incluso padres con hijos afectados de graves deficiencias psíquicas y físicas están a favor de esa otra legalización del homicidio. Nadie en su sano juicio puede suscribir el encarnizamiento sanitario. Muchas personas han firmado un testamento vital para evitar esa contingencia. Pero la eutanasia no es más que una forma cómoda y barata de solucionar un problema engorroso que exige tiempo, energía y dinero. Tres requisitos que, en estos tiempos presuntamente humanitarios, absorbe con avidez el carpe diem.
La enseñanza (IV) Por Antonio Pavón Leal Domingo 1 de noviembre de 2009Como no estoy por resistir tentaciones, no me voy a privar de transcribir este otro documento que me ha llegado a través de internet. Me lo envía una persona de mi confianza. El título que figura en el asunto es: Demagogia en acción (otro no puede ser). Se trata de la carta que ha escrito una alumna de 5º de Primaria tras recibir su flamante ordenador portátil, regalo de la espléndida Consejería de Educación andaluza. Dice así: “Hola, me llamo Marta. La semana pasada nos trajeron un montón de ordenadores, para todos menos para el profesor. Nos pusimos muy contentos porque pensamos que también nos traerían una pizarra nueva, sillas nuevas, un telescopio, material nuevo de laboratorio y que nos arreglarían la calefacción. Pero no, sólo trajeron ordenadores. El profe también dijo que eran para nosotros y que nos los podíamos llevar a casa. Yo cogí el mío y lo guardé en la mochila, pero a mi amiga Mati se le cayó y se le rompió todo -el profe le hizo una foto-. A Luis se lo robaron unos gamberros mientras volvía a casa y a Santi se lo rompió Mateo, el niño que nos pega a todos. En clase los que más usan el ordenador son Toni y Andrés. Son dos niños un poco retrasados y que antes no hacían más que molestar. Ahora con el portátil les ponen una película de dibujos y están más callados. Ayer nos explicaron cómo sacar información de internet y nos mandaron deberes para buscar en casa. Mi papá, que ahora no trabaja, dice que no tenemos dinero para internet, por eso no he podido hacer los deberes esta semana. A mi hermano mayor también le van a dar uno y él está muy contento pues dice que podrá colgar fotos y chatear con las chicas. También me ha dicho que, a partir de ahora, no tendrá que fijarse en las faltas de ortografía pues el ordenador las corrige automáticamente”. Habrá quien diga que este documento es un montaje o una falsificación. Aunque así fuera, esas líneas reflejan de forma fidedigna la política educativa andaluza.
La enseñanza (III) Por Antonio Pavón Leal Domingo 1 de noviembre de 2009Hojeando un número atrasado de una revista de profesores andaluces de instituto, hallé en la contraportada esta perla que no resisto la tentación de transcribir punto por punto. El autor es un orientador malagueño. El dato de su procedencia es anecdótico, pues podría ser igualmente cordobés o riojano. La condición esencial es ser progre y logsiano, valga la redundancia. Por si alguien no lo sabe, un orientador es, según una definición que circula en los centros docentes entre el sector crítico y descreído, un representante de esa brujería disfrazada de medicina o de esa pseudociencia tan ignorante que ignora su propia ignorancia, llamada pedagogía”. Este espécimen en concreto redactó el siguiente decálogo dirigido a los profesores, en el que les indica cómo deben enseñar (no tendría nada de extraño que él no hubiese dado una sola clase en su vida) y comportarse. Por cierto, no son diez mandamientos sino veinticuatro. Helos aquí: 1.-Afectuoso sin ser sobreprotector. 2.-Educador sin dejar de ser un amigo. 3.-Amigo sin dejar de ser un educador. 4.-Tolerante sin ser débil. 5.-Comprensivo sin ser ingenuo. 6.-Atento sin ser zalamero. 7.-Vigilante sin ser policía. 8.-Confidente sin ser entrometido. 9.-Valiente sin ser agresivo. 10.-Libre sin huir del compromiso. 11.-Seguro sin ser arrogante. 12.-Juvenil sin dejar de ser adulto. 13.-Ayudar sin sustituir ni anular. 14.-Esperar sin desesperar. 15.-Poseer y ejercer la autoridad sin ser autoritario. 16.-Inquietar sin llegar a angustiar. 17.-Educar evitando manipular. 18.-Sugerir sin tener que imponer. 19.-Exigir sin tener que castigar. 20.-Hablar cuando se debe, sin ignorar cuando es necesario callar. 21.-Vivir la inquietud y contradicciones del joven de hoy, esperando la seguridad del mañana. 22.-Curar la herida causando el menor dolor. 23.-Valorar sin llegar a adular. 24.-Educar sin renunciar a enseñar. Se le olvidó el mandamiento veinticinco: Y vestir arreglado pero informal.
La satrapía (I) Por Antonio Pavón Leal Jueves, 29 de octubre de 2009 Su modus operandi es lisa y llanamente la cara dura. Si alguien va al ayuntamiento a plantear un problema, ellos le responden desvergonzadamente con una consigna. Esto fue lo que sucedió a un ciudadano que además, en lugar de agachar la cabeza, tuvo la osadía de protestar. El concejal del PSOE le espetó que no había motivos para alterarse porque llevamos Diez años de progreso. En una gran pancarta que cubre los dos balcones de la sede local de ese partido, eso es lo que se lee en letras bien grandes: 1999-2009: diez años de progreso para X (el nombre del pueblo). Así que antes de ellos no había ni se hizo nada. Todas las mejoras son obra suya. Si uno se aventura a hablar de un tema político con alguno de esta especie, lo normal es que oponga el eslogan de turno a cualquier razonamiento. Emma apunta que son la impudicia y la indecencia personificadas. “¿Y ese vecino no replicó nada? ¿No le dijo al concejal que lo que llevamos en el pueblo son diez años de demagogia y mangoneo, y en Andalucía cerca de treinta” “Le dijo que ese progreso que su partido exhibía como una condecoración, era el resultado de proyectos financiados por la Unión Europea y por el Fondo Europeo de desarrollo regional” “¡Qué didáctico!” ironiza Emma “¿Y tú qué le habrías contestado?” “Que el PSOE lo único que ha hecho y hace, al modo de los que trabajan con la miel, es chuparse los dedos”. A mi amiga se le ocurren otras respuestas para estos administradores de la riqueza generada por otros. Para estos manufacturadores de consignas que hacen y deshacen, levantan y derriban, ponen y quitan a su antojo. Para estos émulos de aquel famoso sacristán: el de los dineros que cantando se vienen y cantando se van.
La enseñanza (II) Por Antonio Pavón Leal Viernes, 23 de octubre de 2009 Actualmente no se trata de transmitir conocimientos sino de auspiciar competencias. Un alumno no tiene por qué saber la regla de Ruffini ni la capital de Polonia, no digamos la de un estado reciente como Zambia que poca gente conocerá. En última e incluso en primera instancia qué importancia tiene eso. Lo que se debe valorar es que no se deje engañar en el cambio si, pongamos por caso, va a comprar una caja de preservativos normales o con sabores. En lengua española, como en geografía o en matemáticas, ocurre tres cuartos de lo mismo. Los acentos, por ejemplo, son un incordio. Siempre lo han sido. Hoy en día, sin embargo, con eso de que todo el mundo estudia inglés desde el parvulario (rebautizado Educación Infantil), o desde antes, se está al cabo de la calle de que en esa lengua no existen esos signos diacríticos y les va tan ricamente. A ver por qué aquí se somete a los estudiantes a esa vejación. Por fortuna, este asunto se puede desviar a los ordenadores, y que ellos se encarguen de resolver esta papeleta. Ahora bien, hay imberbes que se ponen a rebatir al profesor y lo dejan callado. Algún enseñante ha confesado que no le importaría pagar en dinero contante y sonante con tal de no tener que sufrir esa situación perversa, en la que además lleva las de perder. La guinda que corona el pastel se coloca más tarde, en la sesión en evaluación, cuando hay que reconocer que el zagal o la zagala en cuestión tiene una capacidad expresiva digna de un sobresaliente, que es la merecida nota que obtendrá. Los contenidos son mirados con suspicacia y se les relega a un segundo o tercer plano (ojalá se les pudiera dar una buena patada, porque de esa forma se acabaría de un plumazo con el elevado porcentaje de fracaso escolar). Hay que primar, pues, las competencias, como la indicada más arriba. O como saber interpretar con un razonable margen de error el recibo de la luz. A nadie, por muy crítico y reticente que sea, se le escapa la importancia de ambas habilidades en la vida cotidiana.
La posmodernidad (III) Por Antonio Pavón Leal Sábado, 17 de octubre de 2009 Si hubiese que destacar la más feroz de las cabezas de la hidra posmoderna, ésa sería el narcisismo. El proceso de crecimiento e individuación del progre se detuvo antes de producirse la aceptación de sus limitaciones y el recono-cimiento del otro, quedando fijado en la egolatría. Es decir, en la elevación de los deseos a la categoría de dioses, a los que se rinde fervoroso culto. Lógicamente, el progre y la sinceridad están reñidos. La segunda equivale poco menos que a la muerte, y se la sustituye de buen grado por la burla. Y si la situación se pone fea, por el escarnio. Los progres más lúcidos buscan refugio en la ironía, que es una forma de encubrir lo que piensan o lo que sienten con una ingeniosidad. Así, quedan la mar de bien. Justo lo contrario de lo que ocurriría si fuesen francos y dijesen la verdad. Pero esta pobre da poco caché en ciertos ambientes. En el pacifismo, que es uno de los ritornelos más pertinaces de esta tropa, se aprecia esa tendencia narcisista en toda su magnitud. Se trata de una paz que no admite matizaciones, una paz absoluta (lo cual es una paradoja viniendo de quien viene), una paz que hay que imponer a machamartillo, sin sopesar causas ni consecuencias, una paz desligada de la justicia, que debe ser su precio ineludible. Ante la posmodernidad, su filosofía deletérea y sus pautas de comportamiento sólo caben el inconformismo, la resistencia y la rebelión. El mundo progre y los partidos que lo sustentan y sacan tajada, aspiran, cada vez con menos disimulo, al dominio completo de la sociedad. La desmesura y la insensatez son dos atributos de ese narcisismo irredento y de la cultura que segrega, marcada por una conversio ad falsum bonum. Por el entronizamiento de unos ídolos equiparados al sumo bien, cuya veneración exige la creación de un ambiente propicio al aturdimiento y, sobre todo, la manipulación de las conciencias.
La posmodernidad (II) Por Antonio Pavón Leal Martes, 13 de octubre de 2009 La posmodernidad se define también por su nihilismo y por su relativismo, que la abocan irremediablemente a la incertidumbre. Sus lema podría ser: No hay nada en que creer. Una de las nefastas consecuencias de este enfoque es el atrincheramiento en los valores más bajos. Como diría Emma: En el sistema de valores de las chinches. Y, por si esto fuera poco, los progres se divierten horrores atacando las creencias de los demás, aunque no todas con la misma saña. De hecho, esta actividad constituye su deporte favorito. Esta batahola se puede compendiar en una sola palabra: narcisismo. El cual tiene su máxima expresión en ese invento llamado multiculturalismo. La posmodernidad ha decretado que todas las visiones del mundo son iguales. Todas menos la suya que, aun siendo igual, es la más guay. Así pues, no hay visiones mejores ni peores. Sólo visiones que tanto montan, montan tanto (sin olvidar ni por un momento la acotación realizada en el párrafo anterior). Este multiculturalismo o multiculturalidad (la fijación por los vocablos hueros y rimbombantes es otra marca de fábrica digna de estudio) sin relieve ni perspectiva produce una paralización inmediata en cualquier persona con dos dedos de frente. Uno se queda sin movimiento, sin pensamiento y sin aliento. Como el rey pasmado. Cuando uno se recupera del impacto, es posible que su primera reacción sea mascullar esta pregunta: ¿Cómo se puede ser tan cretino?. O, tal vez, mandar al progre más cercano que vaya a ver Apocalyto de Mel Gibson, que es además una película trepidante.
La posmodernidad (I) Por Antonio Pavón Leal Viernes, 9 de octubre de 2009 El punto de vista posmoderno se caracteriza por su materialismo a ultranza y por su formalismo, así como por la aceptación expresa de su incapacidad para un conocimiento en profundidad o sabiduría. En este sentido, no hay nada que hacer, a excepción del estudio del lenguaje y de las arbitrariedades sociales. ¿En qué consiste ese estudio? Mayormente en desmontar a placer las palabras y los convencionalismos para mostrar que detrás sólo subsiste el vacío. Esto es lo máximo que puede brindar la posmodernidad. Está claro, y se trata de otro reconocimiento explícito, que sus instrumentos conceptuales no sirven de gran cosa en este mundo caótico. A lo sumo, son adecuados para corroborar el sinsentido de la existencia, aunque para ese viaje no se necesitan alforjas. Tal vez la solución de este laberinto radique en la reintroducción de la metafísica y de la espiritualidad, pero cualquiera osa proponer semejante alternativa a esta gente, convencida como dice estar de la irrealidad de dichos temas, a los que niega el pan, la sal y el derecho de ciudadanía. Este furor iconoclasta se basa a menudo en prolijos análisis y concienzudas investigaciones. Emma comenta al respecto: “Es una lástima que se tomen tanto trabajo para no ofrecer nada a cambio de una desmitificación tan salvaje. Nada que reconforte al hombre, que lo reconcilie consigo mismo y con el mundo que le ha tocado vivir”. “De todas formas” arguyo, “si consideramos que los seres vivos sólo somos sistemas inestables de corta duración, tomar este asunto a la tremenda es un lamentable despilfarro de tiempo y de energía”. “Eso sí” añado, “tenemos la rareza de desafiar a la entropía” “Vaya” musita Emma “algo es algo”.
La responsabilidad Por Antonio Pavón Leal Lunes, 5 de octubre de 2009 En esta sociedad de quejosos, la responsabilidad se diluye en el maremágnum de los traumas sufridos en la infancia, en la familia, en el trabajo o en el extranjero. Nadie duda de que los traumas existen, así como de que no todos tienen la misma magnitud. Un rasgo de nuestra época es que esas lesiones y agravios se han convertido en un negocio. Los réditos generados no son exclusivamente económicos. Hay otros beneficios igual de apetecibles, los cuales suelen estar en relación directa con la habilidad que se despliegue para vender los problemas. Y no sólo hay especialistas en gestionar estas trapacerías, sino que desde algunos partidos e instancias políticas se fomenta esta actitud. En cualquier centro de salud u hospital públicos se ve un enorme cartel en el que figuran los derechos y deberes del enfermo. Los primeros ocupan la mayor parte. Los segundos, relegados a un rincón, dan un poco de pena. Este detalle refleja fielmente a esta sociedad bajo el imperio progre, en la que todo se resuelve en un cúmulo de derechos sin sus correspondientes obligaciones. Esta situación, que algunos denominan la cultura de la queja y el chip de la víctima, se puede sintetizar así: “Yo no soy responsable de mis problemas, pero tú sí que lo eres de los tuyos”. No es mi intención dar ideas al PSOE, pero no tendría nada de extraño que, habida cuenta de cómo las gasta, en las próximas elecciones martillee a los votantes con este eslogan: “Salgan y quéjense sin reparos”. En el fondo de este asunto subyace una negación de sentido a los actos humanos. Este vaciamiento de contenido o relativización equivale a conceder carta de naturaleza a la irresponsabilidad. Si los actos no tienen valor o éste depende de un tropel de circunstancias, muchas de ellas ajenas al sujeto, entonces estamos abocados al absurdo y a la ley de la jungla. Si aceptamos, por el contrario, que somos responsables de nuestras acciones, que ninguna es indiferente a Dios, la realidad se ilumina con una luz que nos permite seguir avanzando. E incluso aceptar las servidumbres inherentes a la naturaleza humana: la debilidad, el cansancio, la mezquindad y otras. La idea del juicio tras la muerte se fundamenta en estas reflexiones. Los egipcios la representaron bajo la forma de una balanza. En un platillo colocaban el corazón del difunto, en el otro una pluma de avestruz (símbolo de la justicia). Tras la pesada del alma, se emitía un veredicto.
Rodiezmo Por Antonio Pavón Leal Lunes, 28 de septiembre de 2009 Don Alfonso, a pesar de que el tiempo ya lo ha alcanzado, sigue dando guerra. En la XXX Fiesta Minera de Rodiezmo, León, ha vuelto a eructar. Él, que debería tenerla desterrada de su vocabulario, se atrevió a emplear la palabra chorizo (ratero, maleante), referida a los políticos del PP. Quien dijo de Rajoy que era un mariposón, de Luisa Fernanda Rudi la señorita Rottenmeier (en sus tiempos de presidenta del Congreso de los Diputados), de la difunta Loyola de Palacio la Monja Alférez, y quien, al parecer, bautizó al actual inquilino de la Moncloa como Bambi, cuando el PSOE estaba en la oposición, y otros lo llamaban San José Luis Rodríguez Zapatero, exhibió una vez más su habilidad vilipendiadora, para la que está tan dotado, y que lo convierte en un personaje entrañable para sus conmilitones. En sus mítines en Andalucía, arrancaba risotadas con su chiste de Fraga. Va éste paseando con una cabra y se cruza con un obrero que pregunta: ¿Adónde va usted con ese cochino? Fraga responde: ¿Pero no ve que es una cabra? Y el obrero replica: Es con ella con quien estoy hablando. En Rodiezmo no contó ningún chiste. No hizo falta. Allí, él y los otros lo escenificaron. En compañía de Zapatero, que en esta ocasión no lucía el cinturón Hermes de quinientos euros, dos miembras del gobierno (la sobrina de Chaves y la chica de las conjunciones planetarias) y algunos más, con un pañuelo rojo anudado al cuello, el puño alzado y cantando la Internacional, montaron el pintoresco y patético numerito con el que se mondan de risa tirios y troyanos.
Millenium Por Antonio Pavón Leal Domingo, 27 de septiembre de 2009 Emma me habla de sus lecturas de este verano. En una coincidimos: el primer tomo de Millenium del escritor Stief Larsson. “¿Y qué te ha parecido?”, le pregunto. “El protagonista es un verdadero cielo. No sólo es un comprometido periodista de investigación, sino que su disponibilidad y eficacia con las mujeres son ejemplares, casi pasmosas”. Más de uno piensa, en efecto, que esta aptitud es la mayor hazaña que se cuenta en la novela. Mikel Blomkvist, apodado Kalle, detalle que lo mortifica aunque él lo disimula bravamente, es el foco de un ménage a varias bandas digno de figurar en una antología. En principio, mantiene relaciones con Erika Berger, la redactora jefe de la revista, una chica de clase alta y casada. Ningún atranque por ese lado, pues el marido de ésta, que es artista, acepta con naturalidad que su esposa se acueste indistintamente con él o con su amante. Mikel, por pura caballerosidad, también empieza a frecuentar la cama de Cecilia Vanger, una de las implicadas en el caso de desaparición. Y una mujer con problemas para relacionarse con los demás, según confesión propia. Y, como no podía ser menos, Mikel también se lía con su colaboradora, Lisbeth Salander, hacker, a quien no hay red informática que se le resista, y freak, pero con buenas razones para serlo. Resumiendo, una chica más difícil que la anterior. Y hay que añadir, a modo de guinda coronando el pastel, las excelentes relaciones (amistosas) que mantiene con su ex, porque Mikel es divorciado. Nadie podrá negarle el título de campeón de las mujeres. Comentamos que en un país tan aventajado como Suecia esos belenes, siempre y cuando se hagan a cara descubierta, son una honesta actividad más allá de cualquier crítica. El quid radica en que todo el mundo esté al cabo de la calle. Nada de andar de tapadillo que eso sí que sería una inmoralidad. No nos extraña que estas avanzadas relaciones sociales hieran tan vivamente la imaginación de los progres patrios (perdónesenos el oxímoron), quienes, por lo demás, todo lo ven bien. En la novela, el sexo ocupa un lugar preponderante. Freud, que recalcó su poder e influencia, fue tildado de pansexualista, definición que cuadra bien al libro de Larsson y a nuestra época. El sexo, que pronto empezaremos a escribir con mayúscula, se caracteriza por una pérdida absoluta de control. El sujeto es abducido y trasladado al país del éxtasis, al paraíso. En el libro se dice que es tan adictivo como la heroína. En nombre de esta deidad, que recompensa tan espléndidamente a sus devotos, se puede aceptar sin pestañear que tu mujer se acueste con otro hombre. A esto hay que sumar una extraordinaria corrección política (“No existía un solo director de banco o empresario célebre que no fuera también un sinvergüenza”). Y el ateísmo, aunque este rasgo forma parte de la susodicha corrección (para estar a la altura de los tiempos hay que tenérsela jurada a Dios). También queda in situarse por encima de la política partidista y convencional, de esa batahola que tanto disgusto produce a cualquier persona decente, pero vapuleando a diestro y no tocando un pelo a siniestro. “Los suecos son tan civilizados y comprensivos que espantan” dictamina Emma. “¿Eso es lo único que has sacado en claro de la novela?” “No. También he sacado una clave para actuar sensatamente” “¿Cuál?” “La hacker, para evitar hacer una barbaridad, se paraba y recitaba este mantra: análisis de las consecuencias. E inventariaba las nefastas repercusiones que iban a desprenderse de su acción” “¿Y da resultado?”. Emma desvía la mirada y responde: “No siempre”.
La enseñanza (I) Por Antonio Pavón Leal Jueves, 17 de septiembre de 2009 Una señora, que para mayor escarnio pertenece al gremio, aparece en un instituto exigiendo que se apruebe a su hijo. A éste le ha quedado una sola asignatura: química. La nota obtenida en el examen de septiembre es un uno. Durante el curso había suspendido las tres evaluaciones. En otro instituto, un padre bastante alterado, médico de profesión, monta un cirio por el mismo motivo. A su hija le ha quedado filosofía. Tras abroncar a la profesora, acaba diciéndole que ella será la responsable de lo que le ocurra a su hija, a la cual está arruinando la vida. Su hija ha sacado un dos en el examen. Durante el curso no ha hecho gran cosa y ha tenido un comportamiento incorrecto (en el sentido de no atender y distraer a compañeros y profesores). Estos dos casos corresponden a Bachillerato y son significativos del estado en que se encuentra la enseñanza en España. No sólo se culpabiliza al profesor, sino que se le coacciona para que incurra en una grave injusticia. Si se aprueban a alumnos con un uno o con un dos, habría que revisar todas las evaluaciones y hacer otro tanto con los que se encuentren en esa misma situación. Y no sólo con aquellos a quienes haya quedado una asignatura. ¿Por qué a éstos sí y a los que tienen dos o más no? Hay docentes que, ante este dilema esquizofrénico, hacen juegos malabares para subir la nota y no dejar a nadie únicamente con su asignatura. Sólo los adictos al sistema, obviando el agravio que supone, aprueban sin remordimiento sobre la marcha. Esta política, que es moneda corriente en la ESO, se practica cada vez más en Bachillerato. Estos estudios posobligatorios se hallan inmersos en una dinámica de primarización como la sufrida por la ESO, cuyas repercusiones y ramificaciones alcanzan a los ciclos superiores y a las carreras universitarias.
Progres (I) Por Antonio Pavón Leal Martes, 15 de septiembre de 2008 Una pamplina progre que, por fortuna, ha caído en el descrédito (aunque es más prudente no echar las campanas al vuelo), es la revolución. Y otra, igual de peligrosa y en plena vigencia, es la remodelación de la historia o, directamente, la creación de un pasado mítico. Lo último en manipulación es cortar un pasado a la medida de los propios deseos. Que es, además, como han comprobado, un expe-diente más efectivo que los cantos de sirena revolucionarios, pues éstos, en lugar de soliviantar, dejan indiferente o producen fastidio. En esta misma línea, lo que no les gusta, lo niegan o, si no es posible llegar a tanto, lo minimizan hasta arrebatarle cualquier importancia. La posmodernidad concede a los hechos, como cabía esperar, un valor relativo. Existir existirán, pero ya ellos se encargarán de meterlos en cintura. Es decir, de interpretarlos. Y ahí radica el quid, del que deriva esta deletérea consecuencia: si se logra imponer una determinada versión, ésta será la que prevalecerá con independencia e incluso en contradicción con los hechos. Estamos obligados a hacer interpretaciones, no sólo en los ámbitos social y artístico sino también en el científico, pero dentro de ciertos límites. La aberración progre consiste en que sus patrocinadores han decidido ajustar los hechos a sus expectativas e intereses, y no dudan en darles cuantas manos de pintura sean necesarias o, si se ponen farrucos, en disolverlos en aguarrás.
La Torre del Alpechín Por Antonio Pavón Leal Viernes, 11 de septiembre de 2009 El nombre imprime carácter o, cuando menos, crea unas expectativas. No es tarea fácil ni baladí escoger el apropiado. En este caso para una bitácora, que es un cuaderno en el que se anotan las incidencias de la navegación mientras el barco avanza entre balanceos y cabezadas que se multiplican peligrosamente con las tempestades. El primer título que se me ocurrió fue La Espingarda, en honor a un poema escrito en la adolescencia y perdido hace tiempo, pero cuyo recuerdo sigue flotando en la memoria con la persistencia de la densa nube de humo que suelta la pólvora de esa escopeta antañona en el momento de la explosión. Este título, además, venía acompañado de una imagen: la de un lansquenete con la culata de la espingarda apoyada en el hombro y el largo cañón sostenido en una horquilla. Pero mirando en internet, encontré pronto un blog bautizado con el nombre de ese antepasado del arcabuz. Barajando posibilidades en relación con las ideas de otear, analizar e identificar, se perfiló un lugar que facilitaba esta labor: una atalaya. Al hacer las comprobaciones de rigor, descubrí para mi decepción que los Testigos de Jehová se habían adelantado. Su revista, fundada en 1879 nada menos, se llama así: La Atalaya. Pensé en Argos, el de los cien ojos, de los cuales la mitad estaban siempre vigilantes. El nombre no estaba mal, pero resultaba a todas luces excesivo. Yendo en coche y dando vueltas en la cabeza a este asunto, contemplé a lo lejos la solución de este problema. Conforme me acercaba, me pareció evidente que esa construcción aislada era un excelente emblema para la bitácora. Además, tenía no uno sino tres nombres: la Torre del Alpechín, la Torre de San Antonio y, popularmente, la Torre Mocha. En medio de un altozano, al oreo de todos lo vientos, equidistante de los pueblos de alrededor, se alza esta torre, desde la que se divisa un vasto y humanizado paisaje. Este lugar tiene una larga historia. Primero lo ocuparon los cartagineses, luego los romanos. Los árabes edificaron la torre albarrana y las tropas de Fernando III el Santo reconquistaron esta comarca. Fue entonces cuando recibió el nombre de Torre del Alpechín (líquido que Cela define escatológicamente como la fétida meada de la aceituna ya sin aceite). En este enclave ubicado en una feraz campiña que se extiende desde la cornisa del Aljarafe hasta las primeras estribaciones de la sierra, quedan restos arqueológicos de esos antiguos poblamientos. No resulta difícil imaginar caseríos de gruesos muros de tapial enjalbegados, alfices de ladrillos de taco, puertas y ventanas protegidas por esteras de esparto, cántaros rezumando humedad en rincones sombríos… Y macetas de geranio y albahaca poniendo la nota de color. En la actualidad, los únicos habitantes de ese descampado son los cernícalos y los mochuelos. Por la tarde, se ve a los primeros planeando indolentemente y, cuando ya no se distingue un hilo blanco de un hilo negro, entrando en la torre a través de las aspilleras. A esa misma hora y por las mismas aberturas, como si de un cambio de guardia se tratase, salen los mochuelos. Unos se recogen y otros inician su jornada revoloteando y posándose en el borde superior de la torre, desde donde escudriñan los campos de secano y los olivares, y en donde permanecen ojo avizor largo rato.
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