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Bitácoras de
Rebelión digital
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Liberales Vs. Totalitarios
Capítulo 2 Paz o libertad / Reagan
En el año 1981 llegó a la presidencia de los Estados Unidos Ronald Reagan un modesto y sencillo político del partido republicano con más fama de liberal que de conservador. Lo que no se imaginaba nadie era lo importante que iba a ser su mandato para, y no exagero, toda la humanidad. Con la perspectiva que proporciona el paso del tiempo es considerado hoy en día, unánimemente, como uno de los mejores presidentes de la historia de su país. El resto del mundo occidental le ha situado ya entre las figuras más relevantes del siglo XX, a pesar de que en su día le dedicaran los mismos calificativos que hoy le dedican al Presidente Bush y los mismos que, probablemente, dedicarán al próximo presidente americano, puesto que en la mayoría de los casos no se basan en el análisis objetivo de los hechos sino en tópicos y fobias antiamericanas. Parece necesario explicar qué es lo que hizo Reagan para ser tan odiado durante sus años de gobierno y por el contrario ser ahora tan admirado por casi todos.
En la actualidad podemos afirmar que el final de esa angustiosa situación de la que tan pronto nos olvidamos —como de todo lo negativo— y esas bondades de la buena vida a las que tan pronto nos acostumbramos —son completamente normales en la España de hoy en día— se deben a las decisiones, tanto en política interior como en política exterior, tomadas por Ronald Reagan. Decisiones que llevó adelante, en muchos casos, a pesar de sus asesores y a pesar de la inercia general de los demás gobiernos, que nunca se plantearon más que acomodarse a la realidad, tranquilizar al coloso invencible y repartirse los despojos. Y lo que le llevó a no aceptar esa realidad existente cuando él tomó el poder fueron sus convicciones. Ronald Reagan creía en la Libertad, y sintió esa obligación moral que no todos los gobernantes sienten, más bien casi ninguno, de luchar por lo que creen más justo aunque sea la opción más difícil y la más desaconsejada. No podía permitir que siguiera esa actitud de aceptación resignada, ese continuo hablar de paz, ese actuar como si no pasara nada, mientras veía que la otra mitad del mundo seguía aplastada bajo la bota del comunismo. No podía dejar que continuara la pretensión de coexistencia del mundo occidental con el totalitarismo puesto que esto le otorgaba legitimidad y él estaba convencido de la superioridad moral del mundo libre. Mientras en las cumbres internacionales todos hablaban de paz, él pensaba en la libertad, pero no sólo en la de los ciudadanos de su propio país sino, como los grandes gobernantes de la historia, en la de toda la humanidad. Mientras todos pensaban en el equilibrio de fuerzas como situación más segura, él mantenía que el desequilibrio de la situación a su favor, lejos de provocar una catástrofe, provocaría la victoria moral de la libertad sobre el totalitarismo y con ello la extensión de la democracia a muchos países.
Por todo ello, el presidente americano se dispuso a intentar cambiar la situación. Y lo consiguió, convirtiéndose en el “gran revolucionario” de la segunda mitad del siglo XX, puesto que los cambios profundos que tuvieron lugar en el mundo tras su mandato, lo fueron para bien, a diferencia de esos otros revolucionarios —desde Lenin hasta Fidel Castro— que sólo causaron dolor y miseria.
Pero veamos brevemente cómo lo consiguió. Vio como nadie que para acabar con el comunismo había que demostrar que un sistema basado en las libertades individuales era muy superior, humillantemente superior, al sistema colectivista o socialista que, como él intuía y siempre pensaron los prestigiosos economistas de la escuela austríaca —Hayek, Mises—, ni siquiera era viable. Hizo reformas fiscales bajando los impuestos, reformó leyes, promovió la libertad de iniciativa y la responsabilidad individual, redujo el tamaño del estado, y consiguió que la economía americana que se encontraba agonizante por la inflación y el estancamiento resurgiera con tal fuerza que se convirtió en el orgullo de unos ciudadanos que no levantaban cabeza desde el abandono de Vietnam. Si a los éxitos económicos añadimos sus famosos discursos en favor de la libertad, como el que pronunció en la Puerta de Brandemburgo1 en 1987 en el que arengaba a Gorbachov a derribar el muro de Berlín, podemos concluir que sirvió de ejemplo a todos los países del mundo, pero sobre todo animó a los ciudadanos de los países sin libertad a que se atrevieran a reclamarla, lo que comenzó a resquebrajar moralmente la confianza que otros ciudadanos de a pie e incluso dirigentes tenían depositada en el sistema totalitario. Esto, unido al colapso económico de la Unión Soviética —producido al intentar estar a la altura de la, otra vez pujante, economía americana— hizo que tuvieran éxito las ideas de Reagan y que se rompiera el terrible equilibrio que tuvo lugar durante la guerra fría, entre el mundo libre y el totalitarismo, en favor del primero. Como muy atinadamente escribía Federico Jiménez Losantos, en su retrato de Ronald Reagan2 titulado “El héroe de nuestro tiempo”, fue “el tiempo en que la libertad demostró que frente al totalitarismo sólo cabe la lucha y que en esa lucha misma está el germen del triunfo”. Pero mientras entre Ronald Reagan y Neville Chamberlain nos demostraron con la tenacidad de los hechos —el primero con sus aciertos y el segundo con sus errores— la inmensa verdad que encierra la cita de Federico, en nuestro país, en la actualidad, tenemos un presidente del gobierno que, en el mejor de los casos, todavía no ha entendido este gran ejemplo que nos proporciona la historia, y prefiere presentarse como el gurú del nefasto apaciguamiento en lugar de cómo el héroe de la lucha por la libertad frente a un grupo terrorista. En una reciente cumbre internacional en Montevideo, Zapatero pronunció unas palabras en las que minimizaba el terrorismo: “el cambio climático ha provocado ya más víctimas que el terrorismo internacional”, “no es la única gran amenaza, ni tal vez la más grave”, y al que además buscaba justificaciones de origen “[el terrorismo es] muy complejo y responde en parte a un proceso de modernización frustrada o inacabada en muchas sociedades, a la incapacidad para encontrar soluciones a conflictos enquistados, a la frustración ante las escasas perspectivas económicas y sociales, particularmente entre los jóvenes”. El presidente de Colombia, Álvaro Uribe, un gran luchador por la libertad de su país, no pudo contenerse y le espetó a nuestro presidente que el gran enemigo de las sociedades libres sí era el terrorismo, que era obligación de los gobiernos preservar el ejercicio efectivo de las libertades y que para llevarlo a cabo sólo se puede hacer desde el ejercicio de la autoridad y nunca desde el apaciguamiento de los terroristas. Sólo alguien tan mezquino como José Luis Rodríguez Zapatero es capaz de ofrecerle a su pueblo una paz negociada con los terroristas en lugar de la libertad, sabiendo que una gran parte de ese pueblo —si no toda— queda bajo la tutela de los totalitarios. Sólo alguien tan miserable como este dirigente socialista, oyendo las duras críticas que recibe por lo que está haciendo —incluyendo a políticos de su propio partido como Rosa Díez, Gotzone Mora o Enrique Mújica— y las angustiosas reclamaciones de las víctimas del terrorismo y de las personas que más directamente sufren el acoso terrorista en el día a día, prefiere mirar hacia otro lado mientras nos habla con voz engolada de la nobleza de sus intenciones. En otro gran discurso Ronald Reagan le dijo a quien le quisiera oír: "A vosotros y a mí se nos dice cada vez más que tenemos que escoger entre izquierda o derecha, pero me gustaría sugerir que no hay tal cosa como izquierda o derecha. Sólo hay arriba o abajo -arriba hacia el viejo sueño del hombre: la mayor libertad individual posible compatible con ley y orden- o abajo hacia el totalitarismo de hormiguero, e independientemente de la sinceridad de sus motivos humanitarios, los que cambiarían nuestra libertad por seguridad nos han embarcado en esta trayectoria hacia abajo."
Pero tenga cuidado señor Presidente, jugar con fuego es muy peligroso, a veces uno se quema, y jugar con terroristas parece más peligroso que saltar en la hoguera de San Juan. Además tengo que recordarle —y se lo recuerdo porque usted sólo tiene “memoria histórica” para la segunda república y la guerra civil— que el muro de Berlín cayó en el Gran Año para la Libertad de 1989, en el año de la retirada de Ronald Reagan3 de la política con la satisfacción del deber cumplido, y desde entonces los ciudadanos hemos aprendido que no debemos permitir que nos quiten de nuevo nuestras libertades, que debemos defenderlas con dignidad y con contundencia porque si las entregamos, detrás, no hay nada. Ha cometido usted un gran error, un doble error, fiarse de los terroristas y pensar que los ciudadanos no tenemos convicciones y los errores se pagan. Escrito por J.S.M. para Rebelión digital el 28 de diciembre de 2006
Después de estas cuatro décadas, entonces, una conclusión inevitable se alza ante el mundo entero: la libertad lleva a la prosperidad. La libertad viene a sustituir los antiguos odios entre las naciones por civismo y paz. La libertad es la vencedora… …Hay un signo que los soviéticos pueden hacer que sería inconfundible, que avanzaría enormemente la causa de la libertad y la paz… …Secretario General Gorbachov, si usted busca la paz, si usted busca la prosperidad para la Unión Soviética y Europa Oriental, si usted busca la liberalización: ¡Venga a este muro! ¡Señor Gorbachov, abra esta puerta! ¡Señor Gorbachov, haga caer este muro!
2 Retrato de Ronald Reagan escrito para La Ilustración Liberal por Federico Jiménez Losantos http://www.libertaddigital.com/ilustracion_liberal/articulo.php/513
3 Lea una pequeña biografía de Ronald Reagan en el siguiente enlace: http://liberalescontratotalitarios.rebeliondigital.es/Ronald_Reagan.htm
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