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Bitácoras de
Rebelión digital
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Últimas anotaciones No siempre el consenso es bueno La rehabilitación de los visigodos El debate de las ideas y las respuestas a las situaciones Reflexiones sobre el Dos de Mayo Los territorios "españolistas" Nacionalismo español (III). El voto
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Bitácora "En las estepas de Iberia" Por Eucarionte |
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No siempre el consenso es bueno Por EucarionteLunes, 29 de junio de 2009 Observamos hoy un hecho muy frecuente, pero no por ello menos insólito. Cuando se observan las entrevistas que a la gente de la calle se le hacen sobre cuestiones políticas, muchos dicen. “Lo que tienen que hacer los políticos es unirse para este asunto y ya está”. Ello no tendría más trascendencia si no fuera porque invariablemente los entrevistados prefieren la unión de los políticos para todos los temas, lo cual no deja de ser una incongruencia de mucho cuidado. Quizás algunos se refieran con esto a que los partidos no anden todo el día a la gresca, pero en la opinión de quien esto escribe no van por ahí los tiros, pues son cosas distintas. Una de las características de la democracia es la discrepancia de opiniones y la distinta manera de resolver los problemas en función de la ideología, por lo que este empeño unificador podría entrar en contradicción con lo anterior. Si todos los políticos se unen entonces no hacen falta partidos políticos. Una cosa es el acuerdo para temas puntuales y otra bien distinta llegar a una especie de pensamiento único consensuado, lo cual no traería buenas consecuencias a la larga. Ya existe un precedente en el nefasto proceder de eso que se ha venido en llamar “Lo políticamente correcto” para que encima ese ente tenga un poder en sí mismo. Lo más lógico es que cada gobierno ejerza como tal —mejor si lo hace bien, que no es el caso actual— que tiempo habrá para renovarlo en futuras elecciones. Más preferible es esto que votar siempre a los mismos (porque son “los míos”), y luego pedir que todos se unan, otra incongruencia muy frecuente. Este rasgo no indica precisamente una madurez democrática, sino un mal entendimiento de lo que es el sistema. Las coaliciones y los pactos se deben reservar para aquellos casos que sean estrictamente necesarios y no considerarlos como una panacea. Mucho tenemos que aprender todavía.
¿Nuclear? Pues ahora, sí Por EucarionteSábado, 20 de junio de 2009 A principios de la década de los ochenta gastaba recia melena y aspecto de estudiante antisistema con un ligero toque mod y otro punk, es decir una amalgama indecible pero dentro de los cánones estéticos de la época. La carpeta de apuntes era un mural donde se agolpaban pegatinas de lo más variado: desde un escudo de la Complutense hasta una bandera castellana de las que hoy se asocian con grupos de la izquierda extraparlamentaria (no existía entonces la Comunidad de Madrid o estaba en sus albores) y, cómo no, una enorme pegatina de aquellas que rezaban laicamente “Nuclear no, gracias” y que daban un carisma especial al que la portaba por considerarse un símbolo de modernidad, ecologismo e izquierda, todo junto y bastante revuelto. Cierto día, un compañero de la Universidad vio mi pegatina y a cuenta de ello entablamos un debate sobre el tema nuclear, él a favor y yo en contra. Frente a sus argumentos sobre la necesidad de esta energía, yo replicaba con las consignas aprendidas que había asimilado de las fuentes progres de la época y de otros condiscípulos de mi cuerda. Nos llevábamos bien y fue amigable la cosa aunque ninguno convenció al otro, como es lo habitual. Él estaba enfermo e iba en silla de ruedas. Me dijeron poco tiempo después que había muerto. Quizás por eso, estos días que se reabre el tema a cuenta del posible cierre de la central de Santa María de Garoña, quisiera rendir con este artículo un pequeño homenaje al compañero fallecido que, si entonces no me convenció, hoy tengo que darle la razón y la victoria dialéctica tras treinta años de aquella conversación. De hecho, hace ya mucho tiempo que cambié de opinión, como ocurre con tantas ideas juveniles que se van modificando con el tiempo y que hacen verdad el refrán que alude a la rectificación de los sabios. Otros sin embargo, siguen aún estancados en ese ecologismo mal entendido que pregona los peligros de la energía nuclear sin pararse a pensar que la seguridad de las centrales nucleares es hoy día muchísimo más avanzada que hace años y la posibilidad de un accidente grave es mínima. Prefieren seguir glosando las virtudes de los molinillos esos tan horrorosos que producen un impacto ambiental terrible, estropeando el paisaje y que generan una energía cuyo precio es altísimo (un megavatio/hora de energía eólica cuesta más del doble que otro de energía nuclear); eso por no hablar de las placas solares cuyo kilovatio/hora es doce veces más caro y llena nuestros campos de artilugios metálicos tampoco muy agradables a la vista La instalación en los dogmas de lo políticamente correcto hace que compremos gran cantidad de electricidad a Francia —procedente en su mayoría de las centrales nucleares galas— y se sigan fomentando enormemente las energías renovables, que no están mal, pero que son hoy día claramente insuficientes a todas luces para satisfacer las demandas de un país avanzado como es España. Todo ello se traduce en un coste alto a pagar por los ciudadanos en las facturas de la luz, que siguen reflejando además el coste de las centrales paralizadas que nunca llegaron a entrar en funcionamiento a causa de la moratoria nuclear. Zapatero sigue con esa política demagógica que vende mucho electoralmente de momento. Veremos hasta cuando aguantamos con este modelo; quizás hasta el día en que nos quedemos a oscuras.
El español, nuestra lengua Por EucarionteMiércoles, 10 de junio de 2009 No hay que ser muy avispado para reconocer que la tan alabada Transición adoleció de numerosos errores que ahora estamos pagando, y cuyas consecuencias pueden ser funestas para la Nación española a favor de los separatismos periféricos. Uno de ellos fue la cesión en cuanto a la denominación de la lengua común e idioma materno de la mayoría de los españoles. La Constitución consagró el término “castellano” para referirse a la misma, minusvalorando de este modo su importancia y situándola en condiciones más cercanas con respecto a otras lenguas, respetables, eso sí, pero minoritarias con respecto a ella. Esta cesión no ha servido para una mejor convivencia, como lo demuestran las numerosas discriminaciones que sufren los que la hablan en algunos territorios e intentan escolarizar a sus hijos en español. El argumento que algunos usan acerca de que las demás lenguas habladas en España son españolas, si bien cierto, se cae por su propio peso, pues carecen de la característica del uso común por toda la población y no se pueden catalogar como español aun siendo españolas. En Francia, por ejemplo, existen más lenguas que en España y nadie discute que la lengua oficial se llama francés, siendo la misma además un motivo de orgullo para los franceses que la miman como pocos. Aquí, sin embargo, todavía es denostada por algunos que la consideran un idioma opresor contra el que hay que pugnar en una lucha inútil, ya que el español es hablado cada vez más en el resto del mundo; eso sin contar los cientos de millones que la hablan en Hispanoamérica. Asimismo, el considerar castellano a la lengua que hoy hablamos es un error histórico y lingüístico considerable, puesto que tal idioma ya no existe hoy día. El castellano era la lengua romance nacida a partir del latín y que hablaban los habitantes de gran parte de la España no musulmana en los primeros tiempos del Medievo. Su evolución hizo que se trasformara en otra lengua muy distinta que incorporó vocablos árabes primero y de las lenguas indígenas americanas después, además de sufrir grandes transformaciones en la ortografía de las palabras. El Diccionario Panhispánico de Dudas recomienda precisamente el término “lengua española” para referirse a nuestra lengua por entender que se ajusta bastante más a la realidad que el castellano. Asimismo la Academia que vela por la pureza del idioma se llama Real Academia Española, no Real Academia Castellana, que se sepa. Soy madrileño y, por tanto, castellano. No creo en la entelequia autonómica que nos convirtió en un ente aparte del común de Castilla, aunque hay que reconocer que la Comunidad de Madrid es de las pocas que justificarían este dislate que es el estado de las autonomías. Sin embargo, mi lengua es el español, el que hablaban Cervantes y los grandes escritores del siglo de Oro, pero también Machado y los poetas modernos tras haber seguido evolucionando y enriqueciéndose, lo que demuestra un buen estado de salud que pone de los nervios a separatistas diversos. El idioma que surgió de San Millán de la Cogolla y en el que se expresaba el Cid Campeador pasó a la historia gloriosamente hace mucho tiempo.
La rehabilitación de los visigodos Por EucarionteLunes, 1 de junio de 2009 Mucho se ha hablado de los visigodos en España considerándose esta etapa como generalmente negativa o, cuando menos, errática. Es frecuente poner el acento en las debilidades de su monarquía, cuyo carácter electivo en vez de hereditario originaba frecuentes luchas intestinas entre las distintas familias de la nobleza visigótica, de tal modo que la corona pasaba en pocos años de una cabeza a otra y los reyes solían terminar su mandato asesinados, siendo la muerte natural un bien bastante escaso en la época. Fueron asimismo las pugnas internas entre los partidarios del depuesto Witiza y el rey don Rodrigo las que propiciaron la invasión musulmana, otra de las piezas de esa leyenda negra que acompaña a los visigodos. Las razones de la pérdida de España hay que buscarlas en un cúmulo de traiciones y ambición de poder, comenzando por el conde Don Julián que permitió desde Ceuta el paso de los ejércitos de Tarik, y concluyendo con la deserción y el consiguiente pase a las filas enemigas de Sisberto y don Opas con sus huestes en plena batalla del Guadalete, Actualmente, los historiadores se hallan en revisión de este período histórico y tienden a poner más luz y menos sombras en el mismo. Es innegable que, pese a sus errores y la debilidad de su sistema, los visigodos fueron los que alumbraron un primer reino español independiente y unido, cuyo territorio era prácticamente similar al actual y que, de no ser por la invasión islámica, posiblemente habría llegado hasta nuestros días, evitándose la posterior proliferación de reinos cristianos y moros que constituyen uno de los orígenes remotos —aun cuando sea indirecto— de las divisiones y hechos diferenciales que ahora padece España. Mérito es también de los visigodos hacer suya la herencia romana y cristiana, que constituyen las raíces más poderosas de la cultura española, mucho más sin duda que la musulmana, no tan abundante ni maravillosa como algunos paladines de la Alianza de Civilizaciones quieren hacer creer. Fue en esta etapa de la antigüedad tardía que constituye el reino de Toledo cuando se implanta el catolicismo oficial y el Liber Iudiciorum, posiblemente el cuerpo jurídico más antiguo promulgado para un país independiente de Roma, y que adapta la lex romana al nuevo reino. Dos símbolos de unidad en los que se reconoce uno de las naciones más antiguas del mundo. A la par que el sentimiento de unión surge también el de orgullo nacional, que se refleja en los escritos y crónicas de la época, como los de San Isidoro, que llama a España "la más hermosa de todas las naciones que se extienden desde Occidente hasta la India." La sensación de pertenencia a una patria común perdura tras la derrota y fueron los visigodos supervivientes a la catástrofe quienes se encargaron de mantenerla, organizándose pronto la resistencia frente al invasor en las tierras del Norte y fundándose los primeros reinos cristianos, como es el caso de Asturias cuyo primer monarca fue el mítico don Pelayo, noble visigodo y vencedor de Covadonga. Fueron ellos quienes iniciaron el proceso de Reconquista, único en el mundo, pues de todas las naciones conquistadas por el Islam ha sido España la única recuperada por los descendientes de la población premusulmana. A lo largo del medievo ese deber ineludible pervivió y fue la causa de la victoria final y de la reunificación de la Nación española. Merece, pues, la pena rehabilitar en su justa medida a aquellos bárbaros, dicho sea en el buen sentido, que entraron en España por el puro azar del expansionismo pero que descubrieron y amaron esta tierra, dándola un sentido que perdura hasta nuestros días y que no debe perderse nuevamente para retrotraerse a una nueva Edad Media que nos sumerja en las tinieblas de la Historia.
El reino de los suevos Por EucarionteMartes, 19 de mayo de 2009 Si damos un repaso histórico de los tiempos antiguos, nos encontramos múltiples asuntos en los que merece la pena detenerse por constituir motivo de controversia actualmente. Uno de ellos es el relativo al supuesto reino de los suevos, que dio pie a algunos periféricos para considerarlo el génesis de una primera nación gallega con existencia propia y que justificaría parcialmente sus anhelos separatistas. Los suevos no dejaron de ser unos bárbaros que junto con alanos y vándalos invadieron la Hispania romana a principios del siglo V. Llevaron primero una vida nómada y de rapiña por la Península, para luego llegar a un acuerdo con los romanos por el que éstos les consideraban aliados y les permitían establecerse en una zona del Noroeste que va desde Galicia, (la romana Gallaecia, de origen galo o celta según se puede deducir etimológicamente) hasta las tierras donde pasa el Duero y que incluyen también el norte de Portugal. No parece, sin embargo, que hubiera un gran cariño entre los recién llegados y la población galaico-romana existente en estos lares y que siguió habitando los pueblos ciudades, mientras que los suevos se instalaron en el campo. A la vez, continuaban luchando con vándalos y visigodos en un intento de expandirse por toda España Poco a poco se fueron integrando con la comunidad galaico-romana. Fijaron su capital en Braga —aunque muchos historiadores suponen que la capitalidad era itinerante— y lograron su mayor esplendor en tiempos del rey Reekiario (alrededor del año 450) llegando a conquistar la Lusitania y parte de la Bética. Tras la muerte de Reekiario comienza la descomposición definitiva entre luchas intestinas y guerras contra los visigodos, que los derrotaron finalmente en tiempos de Leovigildo, incorporando los territorios suevos a su reino. Recapitulemos hasta aquí. No se observa mucho afán de fundar un reino en unas gentes que llevan primero una vida errante de saqueo para luego establecerse en un territorio en el que vivían separados de la población original que les era hostil y sobre la que no parecían ejercer autoridad alguna; poco reino podía ser aquel cuyo territorio se hallaba dividido entre dos comunidades enfrentadas. Asimismo, los intentos de derrotar a otros pueblos bárbaros para aumentar su área de influencia tampoco demuestra querencia por una región determinada sino el ansia de dominarlo todo. Sólo en la época de Reekiario se puede hablar de un reino algo organizado, pero unos pocos años son un argumento bastante endeble para justificar una nación gallega que teóricamente incluso llegó hasta Andalucía, aunque fuera por un breve lapso de tiempo. Quizás los andaluces sean también gallegos, que todo pudiera ser.
Reflexiones epidemiológicas Por EucarionteMiércoles, 13 de mayo de 2009 Por si algo le faltaba al pobre marrano, ahora encima se le ha cargado el sambenito de ser el hospedador original del nuevo virus de la gripe, hecho éste que, aun siendo cierto, no es la razón principal del problema clínico que representa la amenaza de pandemia a la que nos enfrentamos y cuyas causas están más allá de las cochiqueras. La gripe porcina es una patología conocida desde hace muchos años. En los cerdos da una sintomatología típica de gripe —fiebre, cansancio, dificultad respiratoria, etc. — pero no suele ser mortal para estos animales. Por el contrario, sí pueden transmitirla al hombre con resultados bastante peores para éste, siendo hasta ahora los ganaderos y personas que trabajan en contacto con cerdos los que tenían más papeletas. Sin embargo, la enfermedad en humanos tenía un ámbito limitado y no solía ir mucho más allá de la granja en la que se había originado. ¿Cuáles son, pues, las causas de la pandemia? Pues simplemente estriban en que el virus ha mutado y ya no se puede afirmar que sea especifico de los cerdos. Varios expertos en el tema afirman que, entre las proteínas de la cápsula viral, se han encontrado tres tipos distintos: Una que sería de origen porcino, otra de origen aviar y una tercera que pudiera ser de origen humano, siendo la aviar la que parece comunicar una mayor virulencia al germen. De esta forma, nos encontramos con un monstruo híbrido altamente contagioso que ya no es exclusivo del puerco. Un aspecto también muy importante a tener en cuenta es que la enfermedad se transmite fundamentalmente por contacto o por vía respiratoria (bien de persona a persona, o de animal a persona) y es altamente improbable que se transmita por comer carne de cerdo, chorizos y jamones pues ése no es el camino de entrada del virus. Así pues, que no piensen musulmanes ni judíos que están libres de peligro, que esto va para todos. Aunque la OMS y los países miembros deben tomar precauciones, es también fundamental no alarmar a la población más allá de lo estrictamente necesario ni que ésta acabe con los stocks de mascarillas que pueda haber en las farmacias españolas. Aunque el peligro es real, los expertos no consideran en principio al virus tan peligroso y todo depende de su mutación en los próximos meses, siendo fundamental ver la evolución de la pandemia en el invierno que viene. Es muy posible que uno de cada dos europeos pueda coger la enfermedad en el futuro, pero la mayoría de los casos serían benignos; un trancazo de los habituales que pillamos todos los años. Se dice, sin embargo, que el virus del miedo es el más contagioso de todos y esta es una afirmación muy cierta, teniendo en cuenta además que en el inconsciente colectivo está todavía instalado el recuerdo de la famosa gripe española que se llevó por delante a unos 50 millones de personas en los principios del siglo XX, entre 1.916 y 1.918. Este asunto de la gripe española, por cierto, no deja de ser parte de una leyenda negra totalmente infundada. Las razones hay que buscarlas en la neutralidad de España, aunque parezca un contrasentido. En esa época, la prensa europea se hallaba sometida a una férrea censura a causa de la Gran Guerra, mientras que en nuestro país no había esas restricciones y se comentaba ampliamente sobre la enfermedad. El resultado de tal hazaña es que nos quedamos con la propiedad nominativa del trágico evento. También se nos han atribuido históricamente otras miasmas como el caso de la sífilis, que franceses y portugueses llamaban en siglos pasados “el mal español”, pues ya se sabe que el de al lado siempre tiene la culpa de todo y, si no, basta acudir a una reunión de vecinos. Asimismo, en los Países Bajos se recurría a tal epíteto pues ya se sabe que antaño no nos apreciaban mucho por aquello del Imperio y los Tercios de Flandes. No cabe duda, por tanto, de que a nuestra vieja y querida Nación se le han achacado males de los que poca o ninguna culpa tenía, pero al final nos hemos comido el marrón. Sin embargo, en otros asuntos sí tenemos cierta responsabilidad. Mejor no poner ejemplos, pero entre los políticos hay montones.
El debate de las ideas y las respuestas a las situaciones Por EucarionteViernes , 8 de mayo de 2009Se discute mucho en estos tiempos sobre las personas y las ideas, pero más interesante, a mi parecer, es el segundo aspecto; en el asunto de las personas, al fin y al cabo no puede uno guiarse ahí más que por sus filias o fobias. A cuenta del debate ideológico afloran multitud de adscripciones que para los que no estamos en la política nos suenan a veces extrañas: liberales, progresistas, conservadores, democristianos, reformistas, mediopensionistas, etc. La gente de a pie asiste confusa a este desfile de conceptos en los cuales es difícil encajarse, debido a la sutileza en las diferencias de los mismos. Véase el ejemplo de un servidor. Si bien puedo ser un liberal, no estoy acuerdo con esa máxima acuñada por algunos de “cuanto menos Estado, mejor” y que posiblemente no corresponda ni al liberalismo, sino mas bien a lo que se podría denominar ultracapitalismo, aunque sea defendido por algunos que se autoproclaman liberales . En mi opinión, es necesario un Estado eficaz —bien es cierto que esto pocas veces ocurre en la práctica— y creo, por ejemplo, en una Educación y en una Sanidad públicas de calidad y con medios suficientes, no reducidas a una mínima expresión cuasi rayana en la beneficencia para los más menesterosos. Sin embargo y, por otra parte, hay que huir de un excesivo intervencionismo estatal, porque entonces ya estaríamos como mínimo en la socialdemocracia, o incluso en el progresismo zapateril. He oído por ahí que también existe un liberal-progresismo, lo cual me proporciona un cierto alivio, pues lo mismo soy uno de esos y yo sin enterarme. Viene esto a cuento porque si bien el debate sobre las personas puede resultar al final baldío y sujeto únicamente a las preferencias personales, la controversia ideológica puede inducir asimismo a confusión. La clave del problema español, no obstante, no se halla ni en las personas ni en las ideas sino cómo respondemos a las situaciones. A este respecto me parece muy adecuada la pregunta que planteó Alejo Vidal Cuadras hace unos meses y que oí en una tertulia radiofónica "¿Está el PP dispuesto a adaptarse al cambio de régimen perpetrado por otros en los últimos años e integrarse en el mismo o, por el contrario, ha de proponer alternativas estructurales para oponerse a dicho cambio y defender la Nación y la Constitución?". En el caso de los que no pertenecemos al PP, habría que reformular la pregunta en términos análogos, de modo que podría quedar más o menos así: "¿Estamos dispuestos a adaptarnos al cambio de régimen o, por el contrario, seguiremos defendiendo la Nación y la Constitución?" La respuesta es evidente. España vive momentos difíciles que la han situado al borde de la desmembración, por lo menos “de facto”, y la Carta Magna se ha convertido en un papel mojado que sería mejor reformar en sus aspectos mejorables que hacer interpretaciones retorcidas para no cumplirla en su esencia. Las teorías políticas y la situación económica son importantes, pero mucho más el concepto e integridad de España, pues ello trae todo lo demás por añadidura. Fuerza y Honor.
De comunicadores e insultos Por EucarionteMiércoles , 6 de mayo de 2009Aquellos que ven bien la posible salida de Federico de la COPE utilizan, entre otros, el argumento de que insulta. Mucho habría que discutir sobre el tema, pues se presta a controversia tanto el hecho de si el célebre locutor insulta o simplemente ejerce una crítica dura, así como el concepto del insulto en sí y quien lo pronuncia. En estos tiempos, afortunadamente, la violencia física es rechazable y condenable de modo unánime y perseguida de acuerdo a la Ley. Sin embargo, las personas necesitan descargar su adrenalina hacia aquellos que son o puedan ser sus adversarios en cualquiera de los órdenes de la vida, pues si no moriríamos todos de un ataque de apoplejía. No es que el insulto sea una actitud que se deba fomentar, pero muchas veces se exagera el tema. Los grandes clásicos y los más afamados hombres de letras como Quevedo, Benavente y otros han hecho uso de este recurso para descalificar a sus rivales e incluso eminentes escritores consideran el insulto un arte. Se afirma que el insulto va en contra del honor, cuando éste es un derecho cuanto menos discutible, por lo menos en su valoración. A todos nos han insultado en la calle o en el trabajo y no andamos todo el día de tribunales ni nos rasgamos las vestiduras; más fácil es devolver los denuestos o criticar la actitud del insultador. Y ello, con diferencias, vale también para los medios de comunicación, aun cuando su trascendencia sea mayor que la de una discusión privada. Sin embargo, vivimos en una sociedad tan políticamente correcta que llegará el día que incluso decirle a un vecino que ha engordado mucho últimamente sea motivo de querella por constituir un posible delito contra el honor o la propia imagen, sobre todo si el denunciante puede sacar tajada económica o personal. Otro aspecto a tener en cuenta es el de las distintas varas de medir. Es frecuente que periodistas, presentadores —como aquel que es “…mmmmuy bueno…”—, titiriteros y subvencionados por la izquierda despotriquen muy frecuentemente en los numerosos medios que disponen contra todos aquellos que no comulgan con el pensamiento único, Federico incluido. Pero a ésos, en cambio, no se les juzga duramente e incluso se les ríen las gracias cuando ofenden a la Iglesia o a las personas de derechas (“fachas”, en su argot) e incluso a aquellas de izquierdas (“fachas”, también en su argot) que no se pliegan a sus designios. De Federico se podrá no coincidir con sus formas, lo cual es absolutamente legítimo, pero tiene el valor de decir lo que piensa, por eso le seguimos tantos e iremos a donde él vaya.
Reflexiones sobre el Dos de Mayo Por EucarionteSábado, 2 de mayo de 2009 Una vez más ha llegado la fecha que conmemora la gesta gloriosa que aún reside en las almas y los corazones de los españoles de bien y que nos recuerda que, aun con nuestros defectos, somos un gran pueblo y una gran Nación. Conviene recordar esto a aquellos que se empeñan en cuestionar nuestra existencia y catalogan a España como una entelequia, cosa que jamás se plantearon nuestros antepasados, gentes sencillas, humildes y, en muchos casos, analfabetas, pero de gran nobleza y coraje que suplen con mucho las otras carencias. El aniversario nos recuerda también la fortaleza de la unidad, que va estrechamente asociada a la idea de Nación. Durante seis años, nadie se cuestionó si había hechos diferenciales por ser vasco, catalán o madrileño, pues todos luchaban codo con codo contra el invasor y sentían un destino común que trasciende mucho más allá del estrecho concepto de "territorio" al que ahora nos hallamos demasiado acostumbrados, por desgracia. Otra lección a considerar es que el pueblo está muchas veces por encima de sus dirigentes, y cuando no puede ser manipulado gracias a las armas mediáticas es capaz de ver más allá de las simples luchas intestinas por el poder y advertir cuál es la realidad inmediata y las decisiones a tomar. Afortunadamente no había televisión en 1.808, pues de ser así, es muy probable que todos hubieran terminado afrancesados y los hechos hubieran sido otros. Desgraciadamente, el espíritu del Dos de Mayo tampoco parece ser correcto a los ojos de algunos que, instalados en los parámetros ideológicos del progresismo, vienen a gustar poco del verdadero sentido de Nación —ese concepto “discutido y discutible”—, sustituyéndolo por esa ridiculez de la España plural, tan absurda y tan acomodaticia a ojos de los separatistas, para los cuales hablar de la Independencia de España es poco menos que mentarles la bicha. Quizás por eso, las mentes de los malpensados no cesan de trabajar y algunos se plantean el interrogante que subyace tras la polémica ¿De qué lado habrían estado algunos si hubieran vivido en 1.808? Polémicas y afrancesados aparte, no viene mal hoy recordar aquellos tristes acontecimientos, que si bien enormemente sangrientos, fueron los que asentaron los cimientos de dos conceptos que hoy asumimos como irrenunciables: España y la Libertad. Fuerza y Honor
Los territorios "españolistas" Por EucarionteMiércoles, 22 de abril de 2009 Los presuntos nacionalistas españoles, es decir los que creen en España suelen asentarse en zonas bien definidas. La mayoría viven en lo que sí fueron auténticas naciones o reinos durante épocas pretéritas, mientras que los genuinos separatistas periféricos suelen morar curiosamente en territorios antaño dependientes de los anteriores en mayor o menor grado, pero que jamás fueron naciones independientes, salvo la breve etapa del reino de Galicia. Es por ello que estos parajes donde predomina la idea de España suelen ser clasificados como fascistas o similares, como es el caso de Madrid, “ciudadela de la extrema derecha”, según algunos ideólogos de la progresía. Nuestra Villa y Corte también es denostada a menudo por haber sido la capital del franquismo; sin embargo también fue la capital de la segunda República —un régimen franquista a todas luces— y asimismo, la de una cultura fascista en la que florecieron numerosos escritores como Quevedo, Lope de Vega, Cervantes y otros reaccionarios que aquí escribieron sus mejores obras aun a sabiendas de su residencia en el odioso “Madrit”, bestia negra de los separatistas. Sin embargo, la "caverna españolista" se extiende también a otros lares del solar patrio. Nobles regiones como Murcia, la Comunidad Valenciana o Castilla y León son nidos de patriotas y repudian mayoritariamente el nuevo orden nacionalprogresista. Hay que señalar aquí que algunas regiones de las que se citan (salvo la veja Castilla) eran mayoritariamente feudos de la izquierda, pero una aceptable gestión del Partido Popular en esas tierras y el manifiesto atropello que con ellas ha cometido el zapatérico gobierno al negarles el agua que necesitan y que sobra de otros territorios ha hecho que rectifiquen su postura, sabia costumbre como afirma el correspondiente refrán. A causa de ello, los ingresos, ayudas y subvenciones por parte del Estado en dichas comunidades son cada vez más magros, destinándose en cambio ingentes sumas de dinero a territorios más afines al régimen. Esto debe ser, sin duda, lo que algunos llaman federalismo asimétrico y que otros prefieren calificar de injusticia. Por otro lado, en los “territorios amigos” se ha producido en los años que van desde el comienzo de la Transición hasta nuestros días un espectáculo que a cualquiera puede dejar atónito. Unos partidos de escasa implantación, salvo en su región, se permiten el lujo de decidir en los destinos de la Nación, sometiendo a continuo chantaje a los partidos nacionales que, por otra parte, parecen a veces estar de acuerdo con este despropósito, pues no parecen urgidos a plantear una reforma de la nefasta Ley Electoral que, recordemos, sólo tenía carácter provisional. Pero eso, con ser muy grave, no es lo único. Lo más irritante es la prepotencia con que algunos taifeños se dirigen al resto de España como si fueran superiores. Frases como “Nosotros somos los únicos que tenemos derecho a decidir nuestro futuro”, “No tenemos porqué tener en cuenta lo que diga Madrid” (siempre el mismo coñazo con lo de Madrid) y otras de este tipo son frecuentes en su verborrea habitual. Incluso se han permitido durante mucho tiempo desobedecer las órdenes judiciales que les conminan a cumplir la legalidad vigente y colocar los símbolos nacionales en las fachadas de sus edificios oficiales, a veces con las más peregrinas excusas como por, ejemplo, que se le ha acabado el presupuesto para banderas y mástiles. Tales actuaciones no deberían consentirse en un Estado que se precie de serlo. Por comportamientos menores, en Gran Bretaña les habrían quitado la autonomía y en otros países democráticos seguramente muchos de estos partidos serían probablemente ilegales, ya que su fin último—la independencia—es manifiestamente anticonstitucional y supone un torpedo en la línea de flotación de los Estados modernos. De veras tienen suerte de estar en España, pero el dicho popular afirma que todos los chollos se acaban (véase el reciente ejemplo en las Vascongadas). Ténganlo en cuenta los interesados, pues, o bien consiguen la secesión —y con ello, su probable ruina económica, porque fuera de la Unión Europea hace bastante frío— o algún día el resto del pueblo español votará que se vayan. Incluso el hartazgo de la situación también podría generar en el futuro una nueva casta de políticos “nacionalistas españoles” que sustituya a los actuales, planteándose entones la supresión o modificación del taifeño sistema del que antes se trató, causa de casi todos los males que nos afligen.
Nacionalismo español (III). El voto Por EucarionteLunes, 13 de abril de 2009 Una de las problemáticas que asolan a aquellos que defienden la Nación es encontrar un partido que les represente, para así depositar su confianza en él y apoyarle electoralmente con el objeto de que llegue al poder y ejerza políticas acordes a la unidad, cohesión y prosperidad de la Patria. El Zapartido socialista está descartado de antemano, dadas sus amistades y veleidades nacionalistas, pues actuando de esta manera ha encontrado un buen filón de votos, sobre todo en Cataluña. Hasta el momento no quedaba pues otra alternativa que apoyar al Partido Popular. De este modo, todos los calificados como “nacionalistas españoles” votaban al PP, pues es el único que tiene una idea de España y el principal partido nacional en el que puede enmarcarse todos aquellos ciudadanos que rechacen la supuesta ideología progre. Sin embargo, votantes no quiere decir simpatizantes, por lo menos en términos absolutos, resultando difícil coincidir muchas veces con un partido que sorprende a veces con erráticas propuestas que descolocan al personal que en él había puesto sus ilusiones. Es notorio el afán del PP por intentar que no le tilden de “facha”, inútil esfuerzo, pues la progresía siempre le descalificará con ese apelativo, además de otros (“derechona”, etc.). Esto podría explicar erróneas actitudes tendentes a acercarse al nacionalismo “moderado”, como la defenestración en su día del señor Vidal Cuadras para contentar al pujolismo, sustituyéndolo por el señor Piqué, que tan escasos réditos electorales produjo. Asimismo, no es comprensible que el PP rechace el estatuto catalán pero casi a la vez se embarque en aventuras similares en otros territorios como Andalucía (“realidad nacional”), Baleares o Valencia. Más valdría profundizar en aquella propuesta del señor Rajoy para blindar las competencias del Estado e incluso recuperar aquellas que se han administrado pésimamente por parte de las comunidades autónomas. Tampoco es fácil entender la nueva y aparente deriva hacia el centrismo que parece haberse instalado en Génova tras la derrota del 9 de Marzo, muy aplaudida en medios y ambientes adversos como el diario prisaico y otros similares, pudiendo interpretarse como una bienvenida a un adversario más “light”, por lo menos en apariencia y si los hechos no lo desmienten (lo cual sería de agradecer). Mal camino se lleva cuando los enemigos felicitan, pues cabe suponer que ellos también se llevarán su regalo de esta fiesta. Muchos claman por seguir creyendo en el PP, aun con desazón; otros, por el contrario, ponen sus ojos en Unión, Progreso y Democracia que, aun siendo un partido de izquierdas, es el que presenta a día de hoy un mensaje más inequívocamente nacional y antinacionalista, huyendo de la nefasta corrección política que tanto gusta hoy en los ambientes modernos. El tiempo, juez inexorable, decidirá si los “nacionalistas españoles” (la mitad de la población al menos de este sufrido país) se decantan por una opción o por otra. Fuerza y Honor.
Nacionalismo español (II) Por EucarionteViernes, 3 de abril de 2009 Visto lo anterior, debe quedar pues, nítidamente clara la diferencia. El término “nacionalismo español” es totalmente artificial, artificioso y fuera de lugar, pudiendo sólo entenderse en base a su incierto origen. Quizás fuera acuñado por los separatismos periféricos que asolan España, si bien muchos progresistas también se han abonado a la moda aunque sus objetivos sean distintos, como ya veremos. El Diccionario de la Real Academia Española establece las siguientes definiciones del término nacionalismo: 1. Apego de los naturales de una nación a ella y a cuanto le pertenece. 2. Ideología que atribuye entidad propia y diferenciada a un territorio y a sus ciudadanos, y en la que se fundan aspiraciones políticas muy diversas. 3. Aspiración o tendencia de un pueblo o raza a tener una cierta independencia en sus órganos rectores. En cuanto a la primera definición, suponiendo que la única nación sea España (como mayoritariamente está establecido), no cabría entonces la aplicación del término nacionalista a los periféricos. Si se consideran las otras dos, cuadran perfectamente a los secesionistas, pero no a España, ya que el patriotismo no puede considerarse una ideología ni España necesita independizarse de nadie. Por tanto, si existe un nacionalismo español no existen nacionalismos periféricos y viceversa, luego ambos conceptos son incompatibles. La única posibilidad de conjugarlo todo es precisamente la que ellos sostienen: afirmar que son naciones para así equipararse en importancia a España, de ahí el interés en la existencia de un nacionalismo español que además lleva el papel de “malo” en el juego maniqueo que adoptan, mientras que ellos son los “buenos”. Distinto es el uso que aplican los progres. Como ya se ha comentado anteriormente, suelen utilizar el término como despectivo y sinónimo de “facha”. Su falso concepto de la España plural —el mayor disparate inventado hasta la fecha— hace que muchos vean con simpatía y admitan ciertas condiciones de igualdad para con España a los nacionalistas periféricos, lo cual raya en el masoquismo. Por otro lado, y en una ambigüedad que contrasta con lo anterior, equiparan en fanatismo a los que defienden por encima de todo a nuestra Nación con los enemigos de la misma ¿Cabe mayor absurdo? No existe el nacionalismo español, existe España y los patriotas españoles; todo lo demás son invenciones interesadas para la manipulación de las gentes. Recordemos que, desde el fin de los reinos medievales —teniendo en cuenta además que varios reyes de Castilla, Navarra y Aragón se proclamaban a sí mismos como Reyes de España— hasta la muerte de Franco no existía la categoría en estudio; había simplemente españoles. Y así seguimos siendo, mal que les pese a algunos.
Nacionalismo español (I) Por EucarionteMiércoles, 25 de marzo de 2009 La primera vez que me llamaron “nacionalista español” fue hace muchos años en un lóbrego piso compartido de una ciudad del Norte. Sentí entonces una curiosa mezcla de halago y extrañeza. Por un lado, eso de que a uno le llamen nacionalista hasta puede regalar los oídos, dado que esta especie de bípedos está muy bien vista por las gentes modernas de este solar plurinacional. Sin embargo, por otro, me sentí raro, dado que se me calificaba con un apelativo que yo mismo rechazaba abiertamente. Después vinieron más veces, éstas ya protagonizadas por algunos conocidos y familiares que podrían encuadrarse en lo que muchos llaman progresía, y ya el término empezó a antojarse molesto al descubrir que lo que realmente querían decirme estos artesanos del pensamiento único es que un servidor era un “facha”, vocablo que se aplica por extensión a todos aquellos que no siguen las máximas de lo establecido como correcto en esta zapatérica España en la que nos encontramos cuando escribo las líneas que conforman este pequeño ensayo heterodoxo. Muchos de los calificados como “fachas” nunca fueron franquistas, fascistas, falangistas ni nada por el estilo, sino más bien todo lo contrario. Basta leer el libro de Mario Noya y Javier Somalo Porqué deje de ser de izquierdas para comprenderlo. El que esto escribe es un vivo ejemplo de ello si se echa un vistazo a su pretérito currículum: Descendiente de honrados republicanos, activo participante en asambleas y manifestaciones durante la época estudiantil que solían acabar en frenéticas carreras pedestres —ejercicio hoy día impracticable a causa de una prominente barriga y un espolón en el calcáneo que martiriza de vez de cuando—, amenazado por elementos ultraderechistas tras alguna discusión, firmante de manifiestos por la libertad de presos políticos e incluso alguna vez votante del PSOE, aunque esto último queda ya casi en las antípodas de la memoria. No existe esa pretendida conversión al derechismo; se abren los ojos. Sirva como referencia bastante ilustrativa la escena de Matrix —film cuasi premonitorio de los hermanos Wachowski— cuando el protagonista Neo se encuentra en la encrucijada de tener que escoger entre los dos comprimidos que Morfeo, destacado miembro de la Resistencia al sistema, le ofrece. Uno de ellos, azul, le haría olvidar la conversación mantenida para continuar con su vida inalterada y ficticia. Otro, rojo, constituía el ingreso al mundo real. Él se tomó la pastilla roja; muchos de nosotros también. Lo único paradójico es el color de la medicación.
La tierra de las mil naciones Por EucarionteMartes, 17 de marzo de 2009 El exótico título de este artículo no hace referencia a ningún lugar idílico ni tampoco a remotos parajes del Oriente ancestral y milenario. Nada más lejos de la realidad; la tierra de las mil naciones no es la antigua Persia de Jerjes, ni tampoco Catay ni Cipango, sino la vieja y maltrecha España, convertida ahora en un mosaico de reinos de Taifas por obra y gracia del nefasto sistema autonómico que padecemos desde 1978 y que constituye, sin duda, el mayor error de aquello que se llamó Transición y que tantos alabaron sin percatarse de las consecuencias que vendrían. Para intentar demostrar la hipótesis de la negatividad de tal sistema, nada mejor que algunos ejemplos de tales consecuencias. Sin ánimo de ser exhaustivos, que diría César Vidal, los hechos son los siguientes: 1) El estado autonómico se creó originariamente para integrar en el nuevo status a los secesionismos históricos, tarea ésta imposible pues ya es conocida su insaciable ansia de exigencias y peticiones que no tienen punto final, salvo la independencia. Al establecer la Constitución la igualdad entre todos los territorios, a algunos se les ocurrió como remedio para compensar la cuestión el implantar el famoso “café para todos”, ocasionando de este modo un desaguisado aún mayor. 2) De este modo, se crearon entonces regiones artificiales de dudosa existencia histórica, mientras que a la vez se marginaban otras. Así, la antaño poderosa Castilla quedó fragmentada en cinco comunidades, lo cual vino bien a algunos para que no hiciera sombra. Madrid quedó asimismo aislado. ¿Se imagina alguien a Barcelona separada del resto de Cataluña por el endeble argumento de que acapararía la mayor parte de los gastos del territorio? Pues eso. 3) Se transfirieron competencias que han de ser exclusivas del Estado en cualquier país medianamente razonable, siendo el caso más notorio el de la Educación. Este nefasto proceder ha favorecido que a miles de jóvenes se les haya inculcado el odio a España para siempre, además de proscribir la lengua común. Añádase a esto el galimatías que origina crear en la práctica 17 sistemas educativos diferentes. El resultado global de tamaño despropósito es que los jóvenes españoles se encuentran entre los de más bajo nivel académico de Europa y en algunos territorios el sentimiento de Patria común está bastante desaparecido. 4) La atomización de la sociedad en compartimentos estancos delimitados por los nuevos territorios ha convertido a los españoles en provincianos, de tal modo que la comunidad vecina es poco más o menos que el extranjero. Las posibilidades de cambiar de trabajo son muy difíciles en algunos casos, sobre todo si existe la barrera idiomática. El derecho a la movilidad geográfica es hoy día prácticamente inexistente, y las posibilidades de traslado muy limitadas. Asimismo existen notorias desigualdades entre los trabajadores según la región en que se hallen, dándose el caso de que el mismo puesto se retribuya de distinta manera en función del territorio (Por ejemplo, un médico de la Sanidad catalana o vasca puede ganar bastante más que los de otras comunidades). 5) El gasto que originan 17 parlamentos, 355 Consejerías, 5200 Direcciones Generales y 17 administraciones con sus correspondientes funcionarios es mayúsculo e insostenible para España, más aún en la crisis en la que nos encontramos inmersos, que reclama una mayor contención en los gastos públicos y menos alharacas presupuestarias. Se pretendió acercar la administración al ciudadano y sólo se ha creado más caos y trabas a las empresas y ciudadanos, que se han añadido a las existentes de ámbito nacional y local. La unidad de mercado se ha roto y numerosas empresas multinacionales han decidido establecerse en otros países con menos trabas burocráticas y lingüísticas. 6) La incongruencia hasta en los detalles más insólitos ¿Saben ustedes que hay 17 modelos de recetas médicas de la Seguridad Social distintas? ¿Qué hay 17 calendarios de vacunaciones distintos? ¿Acaso el virus riojano de las paperas es distinto al euskaldún? 7) La creación de un síndrome nacionalista o regionalista contagioso y la aparición de nuevos centralismos. Hoy Cataluña es una nación, mañana Canarias, quizás Andalucía el mes que viene... Al mismo tiempo, en cada Taifa se origina una administración que tiene una sede principal sobre la que pivota casi todo, ocasionando —sobre todo en comunidades con varias provincias— quejas sobre el excesivo protagonismo de la capital. Para que luego digan del malvado “Madrit”. 8) Todas los demás inconvenientes que se ocurran. Es difícil encontrar ventajas, pero el autor regalará un sillón de gutapercha y una palangana a quien encuentre alguna. Desde tiempos de los Austrias se había olvidado este régimen caótico que pocas ventajas produjo y del que sólo se mantenían algunas excepciones forales remanentes que no dejan de ser privilegios medievales poco solidarios para con los demás. Desgraciadamente dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y como los refranes se cumplen, ya vamos por la segunda y aunque se arreglara, seguro es que habría una tercera e incluso más. Muchos claman ya por reformar la Constitución para suprimir o minimizar el poder de estos nuevos virreinatos y volver a un Estado con más competencias Aunque ello fuera lo lógico en un país normal, en la tierra de las mil naciones no deja de ser utópico, pues casi todos los políticos parecen ser partidarios de las autonomías dichosas que tantos cargos y prebendas originan. Sin embargo, la cuestión clave no es si ellos las prefieren, sino si a los españoles nos agradan.
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