|
Bitácoras de
Rebelión digital
|
|
|
Últimas anotaciones Cuando nace un niño, nace un mundo nuevo La magia del Festival de Granada La oculta filosofía de la laicidad Qué difícil es defender el honor de Dios
|
Bitácora "El espectador" Por César Valdeolmillos Alonso |
|
La ética de la conveniencia Por César Valdeolmillos AlonsoMartes, 16 de marzo de 2010 “Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes fueron de oro puro, sino de oropel y hoja de lata” Miguel de Cervantes Saavedra Príncipe de los Ingenios
Solo la gran insignificancia del ser humano y la inmensa ruindad que es capaz de albergar en su interior, me permiten entender las felicitaciones y los aplausos de los parlamentarios socialistas, cuando el pasado 24 de febrero, el Senado español dio luz verde a la nueva ley del aborto. ¿Alborozo y satisfacción por los cientos de miles de criaturas inocentes e indefensas que esta injusta Ley va a permitir que nunca lleguen a ser? Decía el gran sofista griego Protágoras, que: “El hombre, es la medida de todas las cosas” y por tanto, también del mal. La vida es el supremo bien que estamos obligados a preservar y defender. Consecuentemente, ningún crimen, sea cualquiera la causa que nos indujese a cometerlo, puede encontrar fundamento razonable para realizarlo y por ende, por ninguno de los supuestos que contempla la nueva Ley. No es cuestión ahora de entrar en la falaz discusión de en que momento comienza la vida humana, por cuanto la ciencia ha demostrado de forma irrefutable que este hecho se produce en el mismo instante de la concepción. Desde el momento que una mujer queda embarazada, lo que hace es albergar en su seno una vida independiente de la de sí misma y sobre la cual, aun cuando pudiera existir grave riesgo para su vida o salud, no tiene la menor potestad. De ahí que cualquier acción que lleve a cabo contra esa vida, constituya un asesinato sin ningún tipo de atenuante. El otro supuesto que contempla la nueva norma, el de que existan graves anomalías en el feto, tampoco nos otorga el menor derecho a disponer de ese ser. La vida de un ser humano, es algo infinitamente más grandioso que un cuerpo con todas sus limitaciones, al estar dotada de una inteligencia para pensar, razonar, crear y desarrollarnos y que nunca podremos saber lo que será capaz de aportar al verdadero progreso de la humanidad. Si se hubiese producido esta circunstancia en el caso del gran físico, cosmólogo y divulgador científico inglés, Stephen Hawking, sus conocimientos y sabias aportaciones, jamás hubieran visto la luz, de haberle sido aplicada la nueva legislación española que sobre el tema que nos ocupa y que entrará en vigor el próximo cinco de julio. Pero es que no hace falta ninguno de estos supuestos, porque la mayor perversión de esta Ley, es que permite la degradación de que, a partir de los dieciséis años y “sin intervención de terceros”, una madre destruya a su propio hijo a su libre albedrío. La inconmensurable indignidad y egoísmo del ser humano, es lo que al filósofo y escritor indio, Rabindranath Tagore, le hizo afirmar que: “El hombre es peor que una bestia, cuando la bestia domina en él”. La mayor de las maldades, se produce cuando la hipocresía, la falsedad y los intereses bastardos, se ocultan tras la máscara de la legalidad, pero la verdad es que un aborto provocado siempre será un asesinato y seguirá siendo verdad, aunque se piense o nos quieran hacer ver lo contrario y el mal seguirá siendo el mal, aunque todo el mundo lo practique, mientras que el bien seguirá siendo el bien, aunque nadie lo hiciera. Se ha presentado este inconcebible contrasentido, como un progreso en el derecho de la mujer, cuando la va a convertir de por vida, en esclava de su propia acción. ¿Qué progreso femenino es el que proporciona al hombre carta blanca sin responsabilidad alguna, ya que ni siquiera se tiene en cuenta su paternidad a la hora de decidir el futuro de la vida que él ha promovido? Decía Albert Einstein que: “La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices” y cabría añadir: cuanto más, si los matamos cuando son absolutamente indefensos. La realidad es que la nueva norma fue aprobada por mayoría en las Cortes Españolas y tal y como señala la Constitución, le fue presentada a la firma a Su Católica Majestad, Juan Carlos I. La Constitución española, dice que el Jefe del Estado, sancionará las leyes que hayan sido aprobadas por el parlamento, pero no cita “obligatoriamente”, lo que le permite negarse en un caso como este, en el que supuestamente la norma, como cristiano católico, contradice lo que se presume que son sus propias creencias y principios. No se puede ignorar que, ciertamente, una negativa a firmar, produciría una crisis institucional, que podría costarle al monarca la corona. Pero tampoco un católico puede desconocer y hacer caso omiso de que la Ley Divina, está por encima de las leyes de los hombres. Volvemos como siempre al eterno contencioso entre Becket y Enrique II Plantagenet, Rey de Inglaterra. Me vienen ahora a la memoria las figuras de los presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República Española, Nicolás Salmerón Alonso, político y filósofo español, que dimitió por negarse a firmar una pena de muerte y la de Estanislao Figueras y Moragas, que presidiendo un Consejo de Ministros, harto de debates estériles, mostrando toda la delicadeza y finura de su espíritu, llegó a gritar en catalán: «Senyors, ja no aguanto més. Vaig a serlos franc: estic fins als collons de tots nosaltres!». «Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!». Tan harto que el 10 de junio dejó disimuladamente su dimisión en su despacho en la Presidencia, En aquel tiempo en la actualmente desaparecida Casa de los Heros, en la calle Alcalá número 34,.se fue a dar un paseo por el parque del Retiro y, sin decir una palabra a nadie, tomó el primer tren que salió de la estación de Atocha. No se bajó hasta llegar a París. La moral no es nuestras creencias, sino la forma que damos a nuestra vida con nuestros hechos. Es preciso saber lo que se quiere; hay que tener el valor de decirlo y cuando se dice, es menester tener el coraje de hacerlo, porque los pueblos son grandes, no por el tamaño de su territorio, ni por el número de sus habitantes. Ellos son grandes, cuando sus hombres tienen conciencia cívica y fuerza moral suficiente, que los haga dignos de una civilización y cultura que los conduzca al progreso del perfeccionamiento moral y humano. En España se ha pasado de la ética de los principios, a la ética de la conveniencia y lo cierto es que, evocando el Evangelio, cuando el Gran Sanhedrín o lo que es igual, nuestro parlamento, sometió a la decisión del Prefecto, nuestro Rey, la suerte del inocente indefenso, no hubo un Poncio Pilato que tratase de salvarlo.
La ceguera de Europa Por César Valdeolmillos AlonsoLunes, 11 de enero de 2010
"Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven." José Saramago
La separación e independencia del poder temporal y el poder divino fue establecida cuando los fariseos, intentando sorprender a Jesús, le enviaron a sus discípulos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. (Mateo 22:16 a 22:21). Es precisamente esta filosofía la que promueve la libertad religiosa, entendiendo por ella no sólo la libertad de cada ciudadano para profesar la religión que crea verdadera, sino también la “libertad frente a la religión” misma, que ampara incluso a quienes no deseen profesar ninguna. Esta concepción de la libertad de la persona, es tan amplia y absoluta, que hace evidente que la profesión de una fe religiosa, bajo ningún concepto puede constituir un agravio para quienes profesan otro credo o para quienes no profesan ninguno. El litigio entre la autoridad secular y la religiosa —que jamás ha dejado de estar vigente— ha adquirido notoria relevancia con el pronunciamiento de la Corte de Derechos Humanos europea, al establecer el pasado 4 de noviembre que la presencia de crucifijos en las escuelas públicas de Italia, viola las libertades religiosas y de educación. Este fallo, fue criticado por el Vaticano y generó la reacción del gobierno italiano, ya que el mismo contempla la laicidad, no como neutralidad del Estado ante el hecho religioso o ideológico, sino como ausencia de visibilidad de la religión. El veredicto crea una situación falsa y engañosa que posibilitará un escenario carente de toda concepción creyente, pero no, sin embargo, libre de otras filosofías antirreligiosas de impacto ético equiparable, orientadas a desencadenar la eliminación de las conciencias. Una posición que está siendo alentada por poderosos sectores con extraordinario poder mediático, interesados en moldear la opinión pública conforme a ideologías que se ajustan sus particulares intereses, comprometidos con los egoísmos políticos y económicos y no con la búsqueda de la verdad y del bien común. Es esta una sentencia histórica, al ser la primera vez que el tribunal se pronuncia sobre la presencia de símbolos religiosos en las escuelas. En ella, concede razón a una ciudadana italiana de origen finlandés, enérgica defensora de su libertad, a la cual ofende la presencia de una Cruz colgada en la pared o puesta sobre la mesa de una escuela pública. Y ante tal decisión de la Corte Europea de Derechos Humanos, cabe preguntarse: ¿Qué derechos humanos y de quien, son los que defiende esta corte? ¿Qué instancia vela la tutela de la libertad religiosa en el mundo? ¿Dónde queda la libertad de millones de europeos a los cuales en modo alguno ofende la Cruz en las escuelas, porque —con independencia de las creencias religiosas individuales— la misma, recuerda y constata la identidad de todo el mundo occidental. Una identidad enraizada en la tradición histórica, filosófica y cultural del humanismo judeocristiano. Si la causa por la que la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo ha sentenciado que la presencia de un Crucifijo en una escuela es «contraria a la libertad religiosa», se debe a que el símbolo se encuentra ubicado en un lugar público, en virtud de ese mismo principio, cabe deducir que es «contraria a la libertad religiosa» la exhibición cualquier símbolo confesional —no solo los cristianos— en cualquier espacio público de cualquier país europeo y consecuentemente, en base a este veredicto, habrían de eliminarse los mismos, para que nadie se sienta agraviado. Como si de una historia de ciencia ficción se tratase, de aplicarse finalmente los fundamentos de esta inverosímil sentencia —jurídicamente muy discutible y en la práctica, de irrealizable aplicación— Europa mudaría su faz de tal suerte que quedaría irreconocible y convertida en suelo yermo, a merced de los ocultos y bastardos intereses que se esfuerzan en que de la civilización occidental, se adueñe un falso y fingido laicismo. El pronunciamiento es muy discutible, porque la libertad de la ciudadana italo-finlandesa, termina donde comienza la de otros muchos millones de ciudadanos que sí quieren mantener la presencia de la cruz, porque ésta constituye la evidencia reveladora de sus señas de identidad heredadas de sus antepasados. A la sombra de las mismas han nacido, crecido, jugado, educado y desarrollado y las sienten como parte de sí mismos, porque irremisiblemente y para siempre, forman ya parte de sus vidas. ¿En que calle o plazuela no hemos jugado de pequeños, ante la presencia de la imagen de una virgen o una cruz? Decían los griegos que no es humana una vida inanalizada. Si observamos los principios fundamentales de las cinco grandes religiones del mundo conocido: Budismo, Judaísmo, Cristianismo, Islamismo e Hinduismo, observaremos, que salvo particularidades propias de las características sociológicas de los pueblos y las épocas en las que éstas encuentran su origen, todas ellas intentan dar respuesta a los enigmas de la existencia del ser humano: su naturaleza; el sentido y propósito de su vida; el concepto del bien y el mal; la causa y el fin del sufrimiento; el camino hacia la felicidad, la muerte y el misterio que envuelve su origen y su destino. Consciente o subconscientemente, el sentimiento religioso impregna y da sentido a la existencia de cada uno de nosotros, incluso de aquellos que se declaran agnósticos, porque la propia negación de Dios, constituye la implícita afirmación de su existencia. El hecho religioso trasciende de la persona; se proyecta a través de sus deseos y objetivos, y se manifiesta en la totalidad de sus acciones. Es de este modo como se forja un concepto de la vida y con ella un modelo de sociedad. Nadie que profundice en el hecho religioso con rigor y conocimiento, podrá negar la penetrante y decisiva influencia que este ha tenido en el desarrollo de la civilización humana. De hecho, toda cultura se constituye y articula, en sus elementos principales, en referencia al núcleo religioso de la misma. Prueba de ello es que, como tal, históricamente no se conoce ninguna cultura atea o agnóstica. Es una realidad incuestionable, que desde el comienzo de los tiempos, la religión ha arraigado, cual vigorosa raíz, en las profundidades de ese campo rico y fecundo que es el espíritu del hombre, soplo de Dios que nos hace humanos y nos distingue del resto de los seres vivos de la Creación. Es una raíz que se adhiere a nuestras entrañas y de nuestra propia esencia, toma la savia que genera el tronco vigoroso de nuestra vida, dando respuesta a la eterna cuestión del sentido de nuestra existencia, de nuestro origen y pertenencia; la pertenencia de la que brotarán las ramas que trascienden a la esfera social y pública, a través de nuestra obra que es la que configura los profundos surcos de la historia. Quienes pretenden reducir la religión –o la ética– al ámbito exclusivamente “privado” de la existencia humana, no han entendido su verdadera dimensión. Aristóteles sí lo entendió: “Ninguna de estas dos cosas puede privatizarse”. La religión no puede circunscribirse al ámbito material de los centros de culto, como la política no puede ser encerrada en el ámbito estrictamente material de los foros oficiales, porque una y otra tienen una proyección e incidencia tan profunda sobre todos y cada uno de los miembros de la sociedad, que entrambas configuran nuestro pensamiento y modelo de vida. Resultará una empresa estéril pretender ignorar nuestros orígenes greco romanos, de los que hace más de dos mil años nació el humanismo cristiano, que es la concepción de vida y modelo de sociedad en que se basan nuestras leyes –Derecho Romano- nuestra historia, costumbres, rituales, tradiciones, fiestas, arte, cultura y hasta la propia arquitectura de nuestras ciudades. ¿Con cuantas hornacinas, pequeñas ermitas, imágenes y cruces nos encontramos por los caminos de Europa —lugares públicos— dispuestas para que caminantes y peregrinos pudiesen orar durante el desarrollo de sus largas y duras jornadas? ¿Qué haremos con nuestros cementerios que están plagados de cruces e imágenes? Al ser lugares públicos, ¿habremos de arrasar con todas ellas? Quizá convendría recordar en este punto la interesada y desmedida resonancia mediática que en diversos países ha alcanzado la persistente pretensión de alguna niña musulmana, de asistir a clase en un colegio público, con el chador, foulard o hiyab islámico. No creo que la defensa de estas creencias por parte de quienes las practican, sean compatibles con el laicismo rampante que se yergue sobre Occidente. Sin embargo, incongruentemente, para defender la libertad de ateos, agnósticos, masones y seguidores de otras religiones y no ofenderles, se pretende que los cristianos circunscribamos nuestra confesión al ámbito de lo estrictamente privado. ¿Habremos por consiguiente de desguazar nuestros museos que son lugares públicos plagados de célebres obras de arte de carácter religioso? ¿Eliminaremos de nuestras bibliotecas públicas toda obra inspirada o que haga referencia al humanismo cristiano? ¿Las eliminaremos de las librerías que son establecimientos públicos? De nuestros teatros, que son recintos públicos, ¿eliminaremos la representación de toda joya teatral o musical para no ofender a los no creyentes o devotos de otras confesiones? A las fiestas de Navidad y Semana Santa —que se celebran en todo el mundo occidental— ¿habremos de llamarles “fiestas del solsticio de invierno o de primavera” para no incomodar a quienes no compartan nuestras creencias? ¿Habremos de eliminar, procesiones y romerías, consustanciales con nuestra cultura, historia y tradiciones? En esta misma línea, al Papa y sus pastores, tendrían que recluirse en el recinto del Vaticano y sus parroquias para no irritar a los no creyentes y desde luego habrían de suprimirse las misiones y toda la obra benefactora que han realizado a lo largo de su historia. Como no sea en la intimidad de nuestro hogar, ya no podríamos escuchar en un auditorio público la obra profundamente religiosa de Bach, el Mesías de Haendel o los Requiem de Verdi, Mozart o Brahms —por no citar más que algunos ejemplos de las grandes obras maestras de la música— para no herir la sensibilidad de los que no comulgan con nuestras creencias. Llegando a las últimas consecuencias del absurdo, en virtud de los principios de esta sentencia de la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo, debería de abolirse el actual calendario gregoriano, oriundo de Europa, basado en el origen de la era cristiana, considerado tan extraordinario avance científico, que se ha erigido en uno de los más valiosos patrimonios de la cultura occidental, actualmente utilizado de manera oficial en todo el mundo. Es evidente que el cristianismo ha configurado la cultura y el pasado de Europa. La cuestión es saber si esa herencia cultural pertenece, definitiva y exclusivamente, al pasado, o si puede desempeñar aún un papel configurador en el futuro de nuestro continente. En otras palabras, si el cristianismo declina, lenta, pero inexorablemente, hasta convertirse en un residuo marginal o si, por el contrario, es capaz de revitalizar estas viejas estructuras; si Europa como tal, puede sobrevivir prescindiendo del cristianismo, o no. De llegar a culminarse el proyecto laicista imperante entre el mundo de la progresía, ¿Podríamos realmente llamarnos europeos? Nunca como hasta ahora, estas cuestiones han adquirido tanta fuerza e importancia. Sin embargo, como señala el filósofo italiano Giovanni Reale [1], es precisamente ahora cuando resultan más esquivas. Si no se quiere reducir Europa a un mero desafío político o económico, es necesario tener el valor de lanzar una mirada al origen de nuestra historia, a la posibilidad de renovar al hombre europeo, reviviendo de forma nueva sus raíces históricas, culturales y espirituales. Como ha reconocido el profesor Jürgen Habermas [2], la supervivencia del Estado democrático y liberal únicamente será posible merced a ciertas actitudes y aptitudes morales y cívicas que hoy en día tan sólo atesoran las tradiciones religiosas, y en Europa particularmente el cristianismo, afirmando al mismo tiempo de manera inequívoca, que es contrario a la esencia misma del Estado democrático y liberal, promover el laicismo desde el poder. Mientras que la fe parece ser más sentida que nunca en todo el mundo, Dios parece ser considerado por muchos, un absurdo anacronismo en Europa. Ya en el verano de 1999, el semanario estadounidense «Newsweek» publicaba una interesante y provocadora investigación en la que reconocía que en el final del pasado milenio, en el viejo continente, las estadísticas revelaban una indiscutible crisis de espiritualidad. El 39% de los franceses se declaraba sin religión; el 56% de los ingleses creía en un Dios personal. En algunos países, como en la República Checa, la práctica dominical no llegaba al 3 por ciento, dato que se repetía también en otros países de la Europa occidental. Los maravillosos templos que marcan la unidad arquitectónica de Europa están en buena parte vacíos, hasta el extremo de que en Holanda, se han vendido iglesias que ahora son utilizadas como mezquitas. La fuerza del proceso de integración europea, como vieron lúcidamente sus fundadores (Adenauer, de Gasperi o Schumann), depende de la capacidad para crear «una comunidad homogénea», es decir, de su solidaridad y de su subsidiariedad. Las conclusiones del informe emitido por los cerca de cincuenta intelectuales más prestigiosos de Europa, hombres y mujeres del mundo de la cultura y del pensamiento occidental que intervinieron en el Simposio presinodal europeo, organizado por el Consejo Pontificio para la Cultura, señalan que es en este punto en el que se hace presente la aportación cristiana. En el mismo se manifiesta que no será posible la verdadera unidad Europa, si antes no tenemos conciencia de que primero debe producirse una comunión de identidades y principios, evolución que no puede basarse simplemente en el legado histórico y cultural del pasado, sino que debe encontrar su auténtico fundamento en los valores esenciales aportados por el cristianismo al viejo continente: substancialmente, la consideración del ser humano como persona, los conceptos de libertad y de igualdad. Estas concepciones, son ininteligibles si antes no abandonamos la sustitución realizada del telón de acero, por la cultura de la gran ciudad que sumerge al hombre en el materialismo consumista y el anonimato de la secularización, aún más impenetrable que el anterior. La nueva Europa, no se puede construir implantando un laicismo que nos conducirá irremisiblemente hacia el individualismo salvaje y el vacío colectivista, sino por el contrario, creando un modelo social más humano, capaz de abrir espacios para una nueva cultura. Estamos al borde de reducir nuestro viejo continente, al mercado de los analistas de mercado. El profesor Schambeck [3] denunció hace ya más de una década el ocaso de la idea europeísta y su transformación en pura aritmética económica que, si bien la convierte en una potencia comercial, reduce las metas éticas a la mera posesión de bienes materiales, y entierra los valores humanos bajo la lógica implacable del mercado. Se trata de revitalizar el árbol haciendo que se nutra de sus raíces originarias, devolviéndole la savia que le dio vida y forjó su razón de ser, impidiendo que se marchite mediante el ataque de la nueva idolatría del materialismo egoísta. Es vital para nuestro continente reencontrarse con sus raíces. No para recrear la cristiandad medieval, sino para volver a beber de las fuentes que la hicieron fecunda, y sin las cuales corre el grave riesgo de terminar por desaparecer. Una sociedad sin trascendencia no es viable, y la demostración tangible de esta aseveración la ofreció la caída del comunismo en 1989, que tuvo un significado espiritual inmenso. Recordemos que al igual que tras la reconquista de Granada por parte de los Reyes Católicos —al contrario de lo que está ocurriendo en estos momentos— la unidad de España se produjo en base a una profunda unidad espiritual, Europa sólo podrá sobrevivir reencontrándose consigo misma, con sus valores y principios inspirados en el humanismo cristiano. No se puede separar el tronco de sus raíces a partir de las cuales nacieron los frutos —las naciones y las culturas europeas— sin que este muera. Como dice Saramago: "Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”. Por ello, a este continente desilusionado, al que la libertad reencontrada no ha traído la felicidad, Juan Pablo II, en la inauguración del Sínodo de los Obispos de 1999, quiso lanzar este sentido llamamiento: «Europa del tercer milenio; no te quedes con los brazos caídos; no cedas ante el desaliento; no te resignes ante las maneras de pensar y de vivir que no tienen futuro, pues no se fundamentan en la sólida certeza de la palabra de Dios». [1] Giovanni Reale, (2005). Raíces culturales y espirituales de Europa. Herder [2] Filósofo y teórico social alemán cuyo pensamiento entronca con la Teoría Crítica de la Escuela de Fráncfort. Su obra se enfoca en las bases de la teoría social, la epistemología y el análisis de las sociedades del capitalismo avanzado. [3] Herbert Schambeck es un miembro de las Academias de Ciencias de Padua, Madrid, Dusseldorf y Milán, así como la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, consultor del Pontificio Consejo para la Familia y Gentilhombre di Su Santidad en el Vaticano. Miembro Honorario de la Sociedad Checa aprendidas en Praga, y Presidente Honorario de la Comisión de Juristas de Austria. Ha publicado varios libros y también ha participado activamente como editor. Su lista de publicaciones incluye más de 700 publicaciones sobre derecho público, ciencias políticas y filosofía de la ley.
El grito silencioso Por César Valdeolmillos AlonsoMartes, 1 de diciembre de 2009 Yo imagino que el grito de esos pobrecitos que son asesinados antes de nacer, debe llegar hasta Dios Madre Teresa de Calcuta. El doctor Gerome Lejeune, uno de los mayores genetistas de la historia, fue invitado por el Senado de Francia hace unos veinte años, para que ofreciese su documentada opinión sobre el tema del aborto. Una de las opiniones fuertemente arraigada en dicha cámara, era la que sostenía que hay embarazos que deben ser interrumpidos, cuando los antecedentes o el pronóstico parecen ser irreversiblemente malos. Cuando se le otorgó la palabra al Dr. Lejeune, planteó un caso: "Tenemos —dijo— un matrimonio en el que el marido es sifilítico terciario incurable, y además decididamente alcohólico. La mujer está desnutrida y sufre tuberculosis avanzada. El primer hijo de esa pareja muere al nacer; el segundo sobrevive, pero con serios defectos congénitos. Al tercer hijo le ocurre lo mismo y se le suma el hecho de ser infradotado mentalmente. La mujer queda embarazada por cuarta vez. ¿Qué aconsejan ustedes hacer en un caso así?". Un senador del bloque socialista manifestó categóricamente que la única solución para evitar males mayores, era practicar un "aborto terapéutico" inmediato. Lejeune hizo un largo y notorio silencio; bajó la cabeza por unos segundos en medio de su expectante mutismo; volvió a alzarla y dijo: "Señores Senadores, pónganse de pie, porque este caballero acaba de matar a Ludwig van Beethoven". El hecho real al que acabo de referirme, podría aplicarse a otros muchos de similares circunstancias, que tuvieron después por protagonistas a personajes muy célebres en la historia de la humanidad, lo que desmonta de forma irrefutable la justificación de un asesinato bajo el mal llamado “aborto terapéutico”. Y es que, como decía en el primer artículo que dediqué a este tema, “Cuando nace un niño, nace un mundo nuevo”, y su aniquilación, constituye la destrucción irreparable de parte del futuro del universo. Es igual que llegue a ser un genio o no. Lo verdaderamente importante, es que es un ser humano único e irrepetible, que vivirá si le dejamos, en un mundo que puede o no ser exactamente igual al nuestro, pero que siente y que padece, que tiene sus ilusiones y sentimientos, que ama y le gusta sentirse amado y que en el fondo, desea ser aceptado y hará todo lo posible por integrarse en nuestra sociedad. Demagógicamente se suele argumentar por aquellos que fomentan la cultura de la muerte —aborto y eutanasia— que es inhumano no legalizar el "aborto terapéutico"; que este debería realizarse cuando el embarazo pone a la mujer en peligro de muerte o de un mal grave y permanente Terapéutico procede de "terapia", que significa curar y el aborto, no solamente no cura nada, sino que mata directamente a un ser humano inocente e indefenso y produce unas secuelas sicológicas en la madre, que perdurarán durante toda su vida. Por otro lado, el código de ética médica, señala que en el caso de complicaciones en el embarazo, deben hacerse los esfuerzos proporcionados para salvar a madre e hijo y nunca tener como salida la muerte premeditada de uno de ellos, porque eso convertiría a los médicos —cuya misión es preservar la vida curando las enfermedades— en sicarios a sueldo. Pero, de momento, no es mi intención demostrar las falacias del incongruente y ¿mal informado?, “progresismo”. Porque el asesinato, jamás puede constituir ninguna forma de progreso. El objetivo de mis últimos artículos, es concienciar a quien tenga la oportunidad de leerme, del valor que tiene toda vida humana; del decisivo y noble papel que desempeña la mujer en la transmisión de la existencia; concienciarla de que, a quien lleva —no lo que lleva— dentro de su vientre, no es su propio cuerpo —simplemente está alojado en él— y por tanto, no tiene el menor derecho a decidir sobre una vida que no es la propia; del irremediable daño que de por vida se haría así misma, de atentar contra la inocente criatura que ella misma ha creado; de que alumbrando a ese nuevo ser, justifica su propia razón de ser como mujer, que es la más noble misión y la culminación del privilegio de que la dotó la naturaleza. En definitiva, porque la muerte solo significa destrucción, una vez más, quiero transmitir un mensaje positivo de amor, fe, fortaleza y esperanza. Sin embargo, no podemos ignorar la existencia de un opresivo y arbitrario “progresismo” que persigue el logro de una sociedad amorfa, mediante la despersonalización del individuo, la eliminación del “tú” y el “yo”, con todo lo que de excepcional conllevan estos conceptos; la supresión de “marido” y “mujer”, sustituyéndolo por cónyuge A y B. Partiendo de este principio, en el trascendente acto de la procreación, ya no seremos “padre” y “madre”, sino progenitor “A” y “B”. Realmente ¿nos estamos dando cuenta de la profunda gravedad que constituye esta perversión del lenguaje y a donde nos puede conducir esta deshumanización en el futuro, si llegamos a aceptarlo como algo normal y cotidiano? Entre otras muchas consecuencias, si con el paso del tiempo, esta forma de pensar prende en la sociedad, se producirá un vacío insensibilizador que nos conducirá a la nada, con capacidad de contagiarlo todo, lo que permitirá al Estado, el adueñamiento de los derechos fundamentales del ser humano, convirtiéndose en señor absoluto y manipulador de cuerpos y conciencias, último fin del totalitarismo laicista. Quienes patrocinan, fomentan y legislan basándose en estos bastardos e insolidarios intereses ideológicos y económicos, están colocando a España en la primera línea del sacrificio infantil, presentando el aborto como un derecho y liberación de la mujer. Una liberación que, al marginar a los padres, deja sola a una niña de dieciséis, diecisiete años —al fin y al cabo una adolescente que necesita la protección de quienes verdaderamente la aman y deben velar por protección y por su bien— aterrada por las consecuencias de una relación sexual inmadura, para que elija sola un futuro en el que solo estará acompañada de por vida, por la angustia, el sentimiento de culpabilidad, la ansiedad, los terrores nocturnos, la depresión, los trastornos de alimentación o de su vida sexual futura, secuelas que habitualmente aparecen y permanecen, incluso años después de haber abortado. La ministra de ¿Igualdad?, Bibiana Aído, dijo el 18 del pasado mes de mayo: "Un feto es un ser vivo, pero no podemos hablar de ser humano". [1] Lo que una mujer lleva en su seno materno desde el mismo instante de la concepción, es un nuevo ser humano en desarrollo y no solamente un ser vivo. Como si de un embrión o un feto humano, pudiese surgir una salamanquesa. El Dr. Bernard Nathanson, ginecólogo norteamericano, cuenta en su autobiografía haber realizado más de 60,000 abortos. En su libro confiesa que era un paria en la profesión médica. “Se me conocía como el rey del aborto… Llegué incluso a abortar a mi propio hijo", declaró el médico en una conferencia llorando amargamente. Ese suceso cambió su vida. Dejó la clínica abortista y pasó a ser jefe de obstetricia del Hospital de St. Luke´s. La nueva tecnología del ultrasonido hacía su aparición en el ámbito médico. El día en que Nathanson escuchó el corazón del feto en los monitores electrónicos, comenzó a plantearse por vez primera "qué era lo que estábamos haciendo verdaderamente en la clínica". Decidió reconocer su error y en la revista médica The New England Journal of Medicine, escribió un artículo sobre su experiencia con los ultrasonidos, reconociendo que en el feto existía vida humana desde el mismo momento de la concepción. Incluía declaraciones como la siguiente: "el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría producido un ciudadano del mundo. Negar esta realidad, es el más craso tipo de evasión moral". Había llegado a la conclusión de que no había nunca razón alguna para abortar: “…el aborto es un crimen”. Con los ultrasonidos hizo un documental que llenó de admiración y horror al mundo. Se titulaba "El grito silencioso". Nathanson había abandonado su antigua profesión de "carnicero humano". Hoy, Bernard Nathanson, es un judío convertido al catolicismo. Por activa y por pasiva, Bibiana Aído, la ministra que ha promovido el nuevo proyecto de Ley del aborto, ha tratado de justificar el mismo, argumentando que es para evitar que vaya a la cárcel aquella mujer que aborte. Ciertamente no se conoce un solo caso en que por este hecho se haya aplicado tal condena, pero sí es cierto que la mujer que aborta, queda para siempre aprisionada entre rejas; las rejas morales de su propia culpabilidad, que en algún recoveco de su alma, le aprisiona y no le deja dormir. En cualquier tipo de circunstancias en las que se produzca un embarazo, la respuesta no está en el raciocinio, si no en las indescriptibles sensaciones de amor y de ternura que ese nuevo ser que la madre alberga dentro de sí misma, le hace sentir. Cuando una mujer se encuentra ante un embarazo en circunstancias adversas, hemos de tener en cuenta que es un ser humano, que tiene que enfrentarse, en medio de su íntima soledad, al dilema de escoger entre la Vida o la muerte; ahora le llaman “Derecho Reproductivo”. Este dilema no lo comparte, lo decide en medio de la desesperación, la angustia y el miedo, y cuando finalmente decide por la muerte del hijo, lo hace en medio de un dolor indescriptible, sin que nadie le informe adecuadamente de que la vida le ofrece otras salidas y de que en ese momento se está embarcando en la nave de un drama, en la que se verá prisionera y navegará durante el resto de sus días. Hundir en ese abismo a una criatura que se enfrenta a una incertidumbre tan trágica, no es otorgarle un “derecho”, ni abrirle las puertas de una embaucadora “liberación”: es una auténtica villanía, tras la que se esconden infames intereses. Todos los científicos y clase médica, coinciden en el hecho incuestionable en que, ante el atroz ataque que un bebé sufre el transcurso de un aborto provocado, el niño reacciona ante el dolor e incluso emite lo que muchos han llamado, el “grito silencioso”. Silencioso porque no se escucha fuera de su hábitat natural, pero que su infinito dolor ante la salvajada que con él se está cometiendo, nunca dejará de escuchar el corazón de su madre. La Divina Naturaleza, hizo del vientre de la mujer, el más fértil campo destinado a dar el más maravilloso y sobrenatural fruto de la creación. No permitamos que tan prodigioso origen de la vida, el aborto lo convierta en un lóbrego ataúd, reino eterno del dolor y del silencio.
[1] PÚBLICO.ES - Madrid - 19/05/2009 09:13
El privilegio de ser Madre[i] Por César Valdeolmillos AlonsoMartes, 3 de noviembre de 2009 Dios no podía estar en todas partes a la vez, y por eso creó a las madres Anónimo.
En homenaje a mi Madre y a todas las Madres del mundo.
Cuenta una antigua leyenda que un niño estaba por nacer y le dijo un día a Dios: "Me dicen que me vas a enviar mañana a la Tierra, pero ¿cómo viviré allí tan pequeño e indefenso como soy yo?" Dios le dijo: "Entre muchos ángeles escogí uno para ti que te está esperando, El te cuidará". El niño le pregunta: "Pero dime, aquí en el cielo no hago mas que cantar y sonreír y eso me basta para ser feliz, pero allí... Dios le responde: Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tu sentirás su amor y serás feliz". El niño le dice: "Y ¿cómo entenderé cuando la gente me hable? Si yo no conozco el idioma que hablan los hombres de la Tierra...." Dios le contesta:" Tu ángel te dirá las palabras más dulces y tiernas que puedas escuchar y con mucho cariño y paciencia te enseñará a hablar". El niño, muy preocupado: Y... ¿qué haré cuando quiera hablar contigo? Dios le dice:"Tu ángel te juntará las manitas y te enseñará a hablar. El niño le pregunta: También me han dicho que en la Tierra hay hombres malos, ¿quién me defenderá? Dios le tranquiliza: "tu ángel te defenderá a costa de su propia vida". El niño insiste: "Pero estaré muy triste..., porque ya no te veré más". Dios le contesta: "Tu ángel te hablará de mi y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque Yo estaré siempre a tu lado". En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo, pero ya se oían voces de la Tierra.... El niño, entre sollozos, repetía suavemente: "Dios mío, ya me voy, dime su nombre, ¿cómo se llama mi ángel? Dios sonriendo, le contesta susurrando: "Su nombre no importa, tú sólo le dirás MAMÁ" No he encontrado explicación más hermosa que esta leyenda, para ilustrar la cita que precede a las reflexiones que me dispongo a exponer sobre el privilegio que supone el milagro de ser Madre. Sí, porque el hecho de concebir una nueva vida, es un generoso prodigio que excede de la voluntad del ser humano. Es un don reservado a la mujer, que no siempre le es concedido; que trasciende de nosotros mismos; que nos ennoblece y quizá el único por el que se justifica nuestra propia existencia. Por una y simple básica razón —incluso si queremos egoísta— no puedo entender de forma racional, por muchas explicaciones y argumentos progresistas que me expongan, que haya personas que puedan defender el aborto voluntario, porque si en el momento de su concepción, su Madre hubiese decidido interrumpir su embarazo —como eufemísticamente denominan las izquierdas el asesinato premeditado de criaturas inocentes e indefensas— esas personas no existirían, ni tampoco su obra. Y aún lo entiendo menos, cuando quien defiende esa execrable acción, es una mujer. ¿En qué oscuro e ignorado lugar han quedado los valores humanos? ¿En qué profundo y oscuro lugar de su corazón ha escondido el ser humano la piedad, el amor y la misericordia? No puedo comprender como aquellos que defienden con tanto empeño y ardor al colorín bicéfalo del Orinoco, a la raposa rubia de Madagascar o la manzanilla tricolor del Everest —lo que me parece muy bien— tienen una roca por corazón, ante la sangre derramada de miles de seres inocentes e indefensos. Tantos que han colmado la copa del dolor y que si tan sensibles son ante los dones de la naturaleza, de rodillas tendrían que pedir que cese tanta masacre. EL INSTINTO MATERNO Es una desvergonzada e impúdica falacia decir que abortar es un derecho de la mujer. El único derecho irrenunciable que tiene una mujer como tal, es el de ser Madre, porque le permite consumar la función de su naturaleza y experimentar unas sensaciones y sentimientos sublimes, que de otro modo jamás hubiese conocido. Morrison-Clutton, es una bibliotecaria galesa de 32 años que tras dar a luz a su hijo sufrió una infección por Escherichia Coli, tras ingerir comida en mal estado lo que le provocó caer en coma durante sesenta y siete días. Ante esta situación, el marido, que día tras día le iba explicando los progresos del bebé, decidió probar con el llanto de su hijo. Grabó un vídeo con su bebé como protagonista y se lo puso a Karen, que comenzó a luchar por su vida desde ese momento. Según explicó la Madre tras despertar “quería morir, pero después escuché a Ollie y me dije ‘quiero vivir”. Se trata sin duda de una noticia asombrosa que demuestra la fuerza que puede llegar a tener el reclamo de un bebé sobre los instintos de su Madre, al despertarle la necesidad de cuidar de su hijo Benito Pérez Galdós pone en boca de Daniel Morton, personaje principal de su novela “Gloria”, estas palabras dirigidas a su propia Madre a la que se enfrenta por razones religiosas: “No podrás, aunque lo quieras, ser dueña de tus sentimientos de Madre, y me amarás aunque sea en silencio; me consagrarás todos tus pensamientos, me tendrás siempre en la memoria, aunque sólo sea para orar por mí. Antes de que hubiera religiones, hubo Naturaleza” EL VALOR DE SER MADRE Por culpa del azar o de un desliz, cualquier mujer puede convertirse en Madre soltera. Si eres una de esas mujeres, no pienses que no vales nada porque tu pareja te haya abandonado. Al contrario; vales el doble. Vales por mamá y papá, porque tú, en vez de deshacerte de esa nueva vida que engendraste en tu seno, sí tuviste el valor suficiente para enfrentar la realidad. Atesoraste el suficiente amor para sacar adelante a tu hijo y soportaste el dolor del desengaño. Eres fuerte y valiente, con los pies en la tierra. Dios ha dotado a la mujer del “instinto maternal” de forma tan enraizada, con la finalidad de preservar la especie. Si no fuera por eso, lo que ella haría al ver a esa criatura minúscula, arrugada y chillona, sería arrojarla a la basura. Pero gracias a ese instinto tan asombroso que le otorgó la naturaleza, la mira embobada, la encuentra preciosa y se dispone a velar por ella durante toda su vida. Ser Madre no es fácil y es estar siempre preguntándose si se está haciendo bien. Es dejar de sentir el propio cuerpo, cuando el fruto de sí misma está sobre su pecho buscando donde agarrarse. Es el momento en el que el tiempo se rompe y los minutos que antes parecían horas se convierten en segundos, porque antes de contemplar su rostro, todo eran miedos, inquietudes y zozobras que desaparecen al mirarle y le hacen sentir el goce de ser mujer. Ser Madre es considerar que es mucho más noble sonar narices y lavar pañales, que terminar los estudios, triunfar en una carrera o mantenerse delgada. Es ejercer la vocación sin descanso, siempre con la cantinela de que se laven los dientes, se acuesten temprano, saquen buenas notas, no fumen, tomen su vaso de leche. Es preocuparse de las vacunas, la limpieza de las orejas, los estudios, las palabrotas, los novios y las novias; sin ofenderse cuando la mandan callar o le dan con la puerta en las narices. Es quedarse desvelada esperando que vuelva la hija de la fiesta y, cuando llega hacerse la dormida para no fastidiar. Pero en la mesa está preparado el mantel y la comida aún caliente. Ser Madre, es temblar cuando el hijo aprende a conducir, se compra una moto, se afeita, se enamora, tiene un examen o le quitan las amígdalas. Es llorar cuando ve a los niños contentos y apretar los dientes y sonreír cuando los ve sufriendo. Es servir de niñera, maestra, chofer, cocinera, lavandera, médico, policía, confesor y mecánico, sin cobrar sueldo alguno. Es entregar su amor y su tiempo sin esperar nada a cambio. Es decir que “son cosas de la edad” cuando le dicen que no entiende ya nada. Madre es alguien que nos quiere y nos cuida todos los días de su vida y que llora de emoción porque uno se acuerda de ella una vez al año: el Día de la Madre. Todo esto es cierto, por eso no es de extrañar que hoy en día, el 80% de las mujeres huyan de tales responsabilidades. Sin embargo, no hay nada más bello que llegar a casa, agotada después de un duro día laboral y ser recibidas por gritos de júbilo y enormes sonrisas, porque ya vino mamá. No hay nada más reconfortante que el fuerte abrazo y beso de ese hijo, que una Madre sabe y siente, que le ama más que a nadie en el mundo y para el cual ella es la mejor y más bella de todas las personas del universo. De niños creemos que mamá todo lo puede, que no siente cansancio, que no sufre... esa imagen que guardamos de ella con el tiempo no coincide con la que vemos cuando pasan los años. Es entonces cuando descubrimos que mamá también sufre, se cansa, esta triste, no tiene fuerza, calla ocultando el dolor. La vemos como un héroe sobrevivir a grandes tragedias, llevarnos de la mano conteniéndonos y mostrándonos la vida siempre del lado más bello. De niños no entendemos sus lágrimas, cuando sus manos, por aliviarnos de nuestras angustias y problemas, nos sacan las espinas y se las clavan en ellas. Así como nosotros necesitamos tantas veces de la protección de esos brazos fuertes, de la comprensión de nuestros gestos, de nuestros silencios o de nuestro dolor, ella también nos necesita. Por eso debemos detenernos y observarla, abrazarla y hacer que sienta que estamos allí, junto a ella, aunque sea en la distancia; que nos importa; que es valiosa para nosotros. Solo de esta forma, le devolveremos el más hermoso sentimiento de que, desde nuestra concepción nos impregnó; el sentimiento que proporciona paz y tranquilidad en los momentos difíciles de la vida; el que nos contiene; el que minimiza el dolor; el que nos hace luchar por nuestros sueños e ideales; pero sobre todo, nos enseña a dar sin pedir nada a cambio: El Amor. Ser Madre Madre es una mujer que entrelazó sus manos con las del hombre amado, al que se entregó en cuerpo y alma para formar entre ambos una cuna. ¿Puede haber algo más hermoso? Una Madre, es una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados. ¿Puede haber entrega más plena? Nuestra Madre, que con una mirada sabe leer en lo más profundo de nuestra alma, es una mujer que, si es insuficiente en sus conocimientos, descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y, si es instruida, se impregna como nadie del candor y la necesidad de su hijo. Madre es una mujer que, siendo vigorosa, se estremece con el llanto del fruto de sus entrañas y siendo débil, sabe revestirse —si es preciso— con la bravura de una leona. ¿Habrá algo más admirable y digno de admiración? Nuestra Madre es una mujer que, tal vez nos enseñe pocas cosas, pero aquellas que de ella aprendemos, son las que marcan el sentido de nuestras vidas. ¿Habrá algo más venerable? La Madre, es una mujer, con un poder tan grande, que solo ella es capaz de borrar del espíritu de sus hijos, el triste sentimiento de la orfandad. ¿Habrá algo más noble? Y por último, Madre es una mujer con un destino y vocación tan ineludibles, que hasta el mismo Dios quiso sentir la cálida emoción de necesitar una. ¿Podemos encontrar en este miserable mundo algo más grande y más hermoso a la vez? De nuestra Madre, solo una cosa hay de la que a menudo nos tenemos que lamentar, y es que nos deje antes de que nos demos cuenta que hemos sido tan egoístas, que no hemos tenido tiempo de devolverle tan solo una pequeña parte de todo su sacrificio, de su permanente entrega y del infinito amor que ella nos entregó. Solo cuando la perdemos, nos sentimos culpables, nos vemos desvalidos e irremisiblemente huérfanos. Por suerte, el Sumo Hacedor, solo nos dio una. Nadie aguantaría el dolor de perderla dos veces.
[i] Pido perdón por la licencia gramatical que me he tomado de escribir el concepto “Madre” con mayúscula en lugares que no le corresponde. Con ello solo he pretendido destacar la grandeza de su figura.
Cuando nace un niño, nace un mundo nuevo Por César Valdeolmillos AlonsoDomingo, 11 de octubre de 2009 Muchos se manifiestan preocupadísimos por los niños de la India o por los de África, donde tantos mueren, sea por desnutrición, hambre o lo que fuera. Pero hay millones deliberadamente eliminados por el aborto. Madre Teresa de Calcuta
Calificaba el gran filósofo español Julián Marías, que lo más grave que ha acontecido en el siglo XX "sin excepción", ha sido la aceptación social del aborto. El Comité de Bioética de España, ha emitido su dictamen en el que concluye que matar a un ser humano no es ninguna imposición, pero si un derecho. Un dictamen tan escandaloso como obsceno. Ha habido un voto particular: el de César Nombela —el vocal más respaldado por las autonomías, microbiólogo y ex-presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas— que ha votado en contra semejante panfleto, sacando los colores al resto del comité al denunciar “la radical contradicción en la que incurre, al reconocer que desde la concepción, existe una vida humana nueva diferenciada de la de la madre gestante; pero al mismo tiempo admitir que se puede acabar de manera voluntaria con esta vida, durante las primeras catorce semanas de su desarrollo.” Pero hoy no quiero remover la nauseabunda inmundicia en la que al parecer, por ignorancia, resentimiento o provecho personal, muchos se revuelcan gustosos. Ponía de relieve en mi artículo “Que difícil es defender el honor de Dios” —el que al parecer ha provocado un interesado revuelo entre la reaccionaria y ultraconservadora progresía— el insaciable egoísmo e hipocresía de que estamos impregnados, enfermedad que nos ha llevado a sustituir los más altos valores del humanismo cristiano, en los que ahonda sus raíces la civilización occidental, por las conveniencias personales y el becerro de oro, terreno abonado para que emergiendo de la negrura de nuestro vacío inmaterial, fructifique en él, la semilla sanguinaria de nuestra propia destrucción que es el aborto, cual nuevos Chronos devorando a nuestros propios hijos. El ser humano y como tal imperfecto, simultáneamente es capaz de llevar cabo las acciones más sublimes y las más abyectas, sin que por ello sufra desdoro o menoscabo su dignidad. Por el contrario, es precisamente en esta ambivalencia en la que radica su grandeza. Por ello hoy quiero dar un aldabonazo a la puerta de nuestra sensibilidad y que una vez abierta, penetre a través de ella el germen vivificador del amor que siembre de esperanza nuestras vidas. Quizá para que el estiércol se convierta en esplendoroso fruto, podría ser oportuno conocer un hecho que alguien —con infinita sensibilidad y amor— me envió. “Hace algunos años, en las olimpiadas de Seattle, para personas con discapacidad, también llamadas "Olimpiadas especiales", nueve participantes, todos con deficiencia mental, se alinearon para la salida de la carrera de los cien metros lisos. A la señal, todos partieron, no exactamente disparados, pero con deseos de dar lo mejor de si, terminar la carrera y ganar el premio. Todos, excepto un muchacho, que tropezó en el piso, cayo rodando y comenzó a llorar. Los otros ocho escucharon el llanto, disminuyeron el paso y miraron hacia atrás. Vieron al muchacho en el suelo, se detuvieron y regresaron. ¡Todos! Una de las muchachas, con síndrome de Down, se arrodilló, le dio un beso y le dijo: "Listo, ahora vas a ganar". Y todos; los nueve competidores entrelazaron los brazos y caminaron juntos la prueba hasta la línea de llegada. El estadio entero se puso de pie y en ese momento no había un solo par de ojos secos. Los aplausos duraron largos minutos. Las personas que estaban allí aquél día, repiten y repiten esa historia hasta hoy. ¿Por qué? Porque en el fondo, todos sabemos que lo que importa en esta vida, más que ganar, es ayudar a los demás para vencer, aunque ello signifique disminuir el paso y cambiar el rumbo. Porque el verdadero sentido de esta vida es que TODOS JUNTOS GANEMOS, no cada uno de nosotros en forma individual. Ojalá que también seamos capaces de disminuir el paso y cambiar el rumbo, para ayudar a alguien que en cierto momento de su vida tropezó y que necesita de ayuda para continuar TODOS formando parte de un proyecto colectivo, porque entre todos seguro que podemos. Guarda este propósito en tu corazón y asegúrate de encontrarlo en el momento oportuno, cuando debas ayudar a quien te necesite”. Cuando una adolescente o una mujer tenga la desgracia de caer o encontrarse en las circunstancias de ser diferente del hijo que ha engendrado, no la hundamos más en la sima de su infortunio, abriéndole las puertas para que cometa algo execrable, cuya acción le producirá un derrumbamiento moral y psicológico del que no podrá recuperarse mientras viva. Parémonos. Tendámosle nuestra mano para que pueda levantarse y seguir adelante, no por compasión ni caridad, sino rodeada de una infinita comprensión y amor. ¡Pero todos! En el caso de las criaturas que describe el hecho que acabo de reflejar, pensemos que tienen los mismos sentimientos e ilusiones que nosotros. Están llenas de ternura y amor y esperan y necesitan recibir lo mismo de sus semejantes. Pero les damos la espalda en muchos casos, porque hundidos en nuestro ciego egocentrismo, los juzgamos y sentenciamos diferentes a nosotros. Y ¿en que nos basamos para dictar esta sentencia? ¿En que somos más numerosos que ellos? Lo que diga una mayoría ¿es razón suficiente y absoluta? ¿Sería realmente de noche a las doce del día porque lo dijésemos una mayoría? ¿Porqué no pensar que no son ellos diferentes de nosotros, sino nosotros diferentes de ellos? Precisamente porque nosotros somos diferentes de ellos, son seres que necesitan nuestra ayuda para desarrollarse en nuestro mundo, pero que justamente por su indefensión, su sencilla y espontánea pureza, serán los causantes de que gocemos del privilegio de experimentar unas emociones y sentimientos que jamás llegarán a conocer aquellos que no les quieren conocer; que no quieren tenerlos junto a ellos porque temen que pueda destrozar su vida; que les dan la espalda y deciden prescindir del inigualable tesoro que albergan en su interior, descuartizándolos en las ocultas profundidades de su propio seno. En ese momento, del libro de la creación, estamos arrancando una página en blanco en la que nunca sabremos los prodigios que en la misma se podrían haber escrito. En el claustro materno, el niño se siente seguro en medio de su propia indefensión natural. Pero cuando irremisiblemente se siente atacado desde el exterior, ¿Sabe la madre que lo alberga, de la soledad, infinita tristeza y desesperado desamparo que el fruto de su propio ser siente en su corazón? Aún no puede comunicarse con el mundo exterior, no puede pedir auxilio ni amparo. En la infinita soledad del claustro materno, solo espera quieto. Es el momento en el que Antonio Gala dice: “Si la soledad manchara, no habría suficiente agua en el mundo para lavar a un niño”. La mujer que así actúe, ignora que ser madre, no es tener un hijo, ni alimentarle, ni educarle, ni hacerle regalos. Ser madre es olvidarse de sí misma y de lo que era antes. Ser madre es vivir para siempre en el fruto de sus entrañas, porque el amor de madre, ni la nieve le hace enfriarse. Por mucha dedicación y entrega que requiera un hijo en circunstancias consideradas por nosotros “especiales”, se verán generosamente compensadas por el inmenso caudal de las hermosas e inigualables emociones que les habrán de brindar, convirtiéndose con ellas en mujeres verdaderamente privilegiadas. El aborto jamás podrá ser un derecho, porque excede de la propia madre, que por egoísmo, temor, ignorancia o inducción, destruye una vida independiente apenas comenzada, que si bien es verdad que alberga, en ningún caso le pertenece, porque en cada ser humano, se encierra todo el universo. Cínica e hipócritamente, se nos llena la boca hablando de paz, mientras simultáneamente impulsamos la muerte, olvidando que si la paz existe, es la imagen de un niño durmiendo.
La máscara de la temeridad Por César Valdeolmillos AlonsoViernes, 21 de agosto de 2009 La democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de los que nos merecemos. George Bernard Shaw Preguntado por la opinión que le merecía la afirmación de la Ministra de Igualdad, Bibiana Aído, de que un embrión no es un ser humano, el vicepresidente del Colegio Oficial de Médicos de Madrid dijo textualmente: “…allá la ministra con sus deficiencias intelectuales”. Cuando esta misma ministra utilizó los conceptos de miembros y miembras en el Congreso de los Diputados y en vez reconocer el barbarismo lingüístico cometido, tuvo la temeridad de plantear su inclusión en el diccionario, el reputado dialectólogo y lexicógrafo, Gregorio Salvador, miembro de la Real Academia de la Lengua (RAE), aconsejó a la ministra que se dejara de "bromas de mal gusto", añadiendo que tal inclusión era imposible. Y agregó: "Eso solo se le puede ocurrir a una persona carente de conocimientos gramaticales, lingüísticos y de todo tipo”. Nos estamos acostumbrando a considerar salidas de este corte, como bufonadas caricaturescas propias de personas incultas, ignorantes y desde luego en absoluto preparadas para el cargo. Y a lo peor, hasta es posible que tan renombradas eminencias, sean elegidas expresamente para representarse así mismas, precisamente porque responden a ese perfil de temerario desconocimiento, y asentados en su propio analfabetismo, cumplirán fielmente, repitiendo como papagayos las consignas que en cada momento dicta la jerarquía. En realidad no es asunto que me preocupe si es así o si por el contrario están simplemente representando un papel que forma parte de la ingeniería política —por cierto muy efectista— diseñada por los ideólogos de la izquierda. Lo que sí resulta verdaderamente preocupante, es que políticos, profesionales y analistas de reconocida solvencia y preparación, dediquen gran parte del tiempo de sus respectivas reflexiones a comentar el color de la eventual fachada del edificio —color que con frecuencia cambia de la noche a la mañana— sin analizar en profundidad el proyecto al que responde la obra, que es lo verdaderamente trascendente. En mi artículo “La oculta filosofía de la laicidad”, en el que tomaba como punto de referencia el mal llamado bautizo laico que Zerolo, representante socialista en el Ayuntamiento de Madrid, protagonizó con el hijo de Cayetana Guillén Cuervo, escribía: “No nos tomemos este episodio como una mera extravagancia más de un personaje pintoresco, porque, en lo que simplemente pudiera parecer una mera peripecia grotesca y esperpéntica, según las propias palabras del actuante, subyace la filosofía de una izquierda española que ha demostrado sobradamente, que en vez de fijar sus objetivos en un futuro en el que reine la armonía, la paz, la prosperidad y la colaboración entre todos los españoles, nostálgicamente sigue anclada en la noche oscura del pasado y sus prejuicios”. Cuando el PSOE ganó las elecciones de 1982, el entonces todopoderoso Alfonso Guerra pronunció muchas frases, de entre las cuales aún resuenan especialmente dos en los oídos de todos los españoles. La primera de ellas: “vamos a dejar a España que no la va a conocer ni la madre que la parió”. Aquella ni era una sentencia premonitoria, ni una sórdida provocación hecha de cara a su electorado. La misma revelaba la existencia de un complejo y minucioso diseño, cuyo último objetivo no era el "Tó p´al pueblo" que pronunciara cuando se expropió Rumasa, sino la ocupación permanente del poder —a semejanza del PRI (Partido Revolucionario Institucional)— que gobernó Méjico durante setenta años consecutivos y cuyas similares consecuencias en el país hermano, bien podrían ser equivalentes a los resultados del análisis del enmarañado y corrupto entramado político, económico y social de Andalucía, que siendo una de las autonomías con mayor potencial de riqueza, después de treinta años ininterrumpidos gobernada por el PSOE, se encuentra en el furgón de cola de todas las instituciones europeas. Pero ese propósito era imposible de lograr, sin antes “matar” a Montesquieu y así poder someter al poder político, a los órganos e instituciones encargados de administrar la legalidad, lo que se logró con la aprobación de la Ley Orgánica del Poder Judicial en 1985, a decir verdad, casi por unanimidad de la Cámara, por lo que, de la situación actual de la Administración de Justicia, es responsable prácticamente la totalidad de la clase política española. Fue entonces cuando Alfonso Guerra pronunció su lapidaria frase: “Montesquieu ha muerto”. Este fue el paso fundamental que permitiría poner en marcha un proceso de la envergadura y calado del que para nuestro país ha tenido siempre la izquierda, cuyo ultimo fin es perpetuarse en el poder a través del intervencionismo absoluto de la sociedad civil; del control y fiscalización de los medios de comunicación; eliminación de cualquier tipo valores que representen al humanismo cristiano; confrontación y amordazamiento de la Iglesia; debilitación nuestros ejércitos hasta convertirlos en una ONG; entrega a los nacionalismos con el consecuente desmembramiento del Estado, que de facto, se encuentra ya inmerso en el federalismo asimétrico que impulsara Pascual Maragall; eliminación progresiva de los símbolos de nuestra identidad nacional —recordemos las frases del Sr. Rodríguez: "Mi patria no es España, sino la libertad" o la que dijo en el Senado: “Nación es un concepto discutido y discutible”— el empobrecimiento cultural de las nuevas generaciones, para así presentarles sin que se produzca objeción alguna, el falseamiento descarado de la realidad histórica y la creación a medida de un maquiavélico espejismo virtual, en el que la imagen reflejada será un hedonismo sin rumbo, la ausencia de cualquier tipo de estímulo y esfuerzo, bajo el envenenado envoltorio de unos presuntos derechos, que a la larga les harán esclavos permanentes del Estado. Cuando un proyecto de esta naturaleza toma cuerpo y adquiere vida propia como es el caso del que estamos soportando, es difícil controlarlo en todas sus vertientes y hasta se le puede escapar de las manos a quien lo puso en marcha. No son pocos los históricos del PSOE que contemplan con preocupación el rumbo que ha tomado la nave capitaneada por el actual presidente del ejecutivo. Alfonso Guerra —el paladín de los descamisados que fletó un avión oficial, concretamente un Mystère, para ir a Sevilla a los toros— que se caracterizó siempre por su sarcástica locuacidad contra todo aquello y aquellos que no se identificasen con los tópicos demagógicos de la izquierda —“No descansaré hasta conseguir que el médico lleve alpargatas", dicho en un mitin en 1982 en Jerez de la Frontera— me temo que ya empezaba a albergar dudas sobre del rumbo que estaban tomando las cosas, cuando el 12 de junio del pasado año declaraba en Tele Madrid: "Una mujer que es maltratada por el marido es un drama terrible, y al marido hay que condenarlo con todas las de la ley, pero pasar de ahí a que una mujer que diga "yo soy maltratada", y ya todo el mundo de rodillas, oiga, pues no" —prefiero no imaginar las exquisitas ingeniosidades que debieron dedicarle privadamente las feministas— o la muy sensata advertencia que el ocho de septiembre del mismo año hizo a raíz de las tensiones que se produjeron con el Presidente de la Generalidad Catalana, como consecuencia de la insaciable voracidad presupuestaria de esta comunidad autónoma. Guerra advirtió de las consecuencias de que en alguna comunidad autónoma, en clara alusión a Cataluña, se unieran todos los partidos contra el Gobierno, ya que se podría derribar al Ejecutivo nacional, a lo que José Montilla se apresuró a responder, que el diputado del PSOE Alfonso Guerra "no es una voz representativa del socialismo". Estos breves apuntes demuestran claramente que estamos inmersos en un proceso de maquiavélica ingeniería política, que solo responde al oportunismo electoral del voto para mantenerse en el poder, pero que mucho nos tememos que desemboque en procelosos mares en los que la nave termine a la deriva en mitad de la galerna. Por eso me asombra y me preocupa extraordinariamente que con tanta frecuencia, dejemos distraer nuestra atención con lo puramente anecdótico, porque dándole la vuelta a una frase del historiador, político y teórico italiano Nicolás Maquiavelo, “Todos ven lo que aparentamos, pero pocos ven lo que somos”. César Valdeolmillos Alonso.
|
|
All rights reserved © 2006
rebeliondigital.es rebeliondigital.com