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Más de 100.000 asesinatos al año en España

Por Antonio Florido Lozano

Lunes, 23 de noviembre de 2009

Al menos esto es lo que se desprende de los datos que el propio Ministerio ofrece. En el año 2006 se llevaron a cabo 101582 abortos. Diez años antes no llegaron a cincuenta mil. Es decir, el aborto crece a una media del 10% anual. Además, hay referencias que hablan por sí solas: la píldora del día después no ha conseguido animar a las mujeres para que no aborten, al contrario, desde que comenzó a usarse el asesinato de niños ha aumentado; la anticoncepción tampoco ha reducido el número de abortos; muchos de los bebés nacieron vivos y tardaron más de una hora en morir; más de 9000 mujeres abortaron por tercera vez o más…

El aborto en España es un drama. Un genocidio consentido donde el Estado mira hacia otro lado para no tener que vomitar la porquería que buena parte de esta sociedad del consumo y del ocio ha creado. Habrá quienes estén en desacuerdo con el uso de la palabra genocidio. En sentido prístino este término significa el “exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad”. No diría yo que la mujer que aborta lo haga por los primeros motivos de la definición, ni incluso por los últimos. Más bien creo que es la mujer la que es llevada por la intención espuria de un Estado y de un Gobierno que, usando la política en sentido lato, la conducen a la decisión de eliminar una vida.

No entro en consideraciones éticas, personales, ni incluso en cuestiones de conciencia porque estos son sustentos que conforman el fuero interno de cada ser. Pero es un hecho que muchas mujeres toman la decisión de abortar en un estado de indefensión promovido por intereses ideológicos desde los centros que manipulan a las personas desde las altas esferas.

El Estado del Bienestar supuso avances incuestionables en cuanto a alcanzar derechos necesarios para el conveniente desenvolvimiento de la voluntad individual. Pero este mismo Estado del Bienestar o la interpretación o derivación que su primitivo significado ha ido tomando es el mismo que, so pretexto de garantizar y coadyuvar a la mayor libertad de la mujer, la hace tomar decisiones execrables como la de eliminar la vida de otra persona para que la suya siga indemne “gozando” de este falso Bienestar.

No se es más libre por tener al alcance de las manos más medios materiales, como tampoco se es más libre por el hecho de renunciar a sumir determinadas responsabilidades.

En la mayor parte del mundo, esto es, en el mundo paupérrimo, donde los valores, las necesidades y las prioridades son distintas y diferentes a las de occidente, la vida, el ser, lo natural, constituye la cúspide de la pirámide de lo vital, del todo, de lo que realmente importa. En occidente, conseguidos ciertos privilegios considerados modernos, podemos considerar a la vida como parte del ocio y por eso, cuando este ocio está amenazado, asesinamos impunemente.

Desde el punto de vista religioso el aborto es inadmisible, sea cual sea la religión que la mujer profese (más que religión me refiero al sentido religioso, natural en la persona y reconocido como tal en la ius naturale).

Abortar es eliminar, exterminar vidas sistemáticamente sobre todo por causas políticas y aquí entiendo lo político como lo humano, apegado a lo social y connatural al ser.

Entiendo que el ser humano es malo por naturaleza y mis reflexiones parten de esta idea, no por otro lado original, sino pensada y matizada a lo largo de la historia del desarrollo humano. Pero es extremo el apropiarnos de la capacidad de anular e impedir la existencia de una vida. No valen aquí argumentaciones reglamentistas del legislador, asunto que podemos abordar en otro momento.

¿Es que no podemos levantarnos sobre nosotros mismos para dejar de ser meras excrecencias humanas y finitas? ¿Debemos ser los jueces supremos que traten la vida de manera arbitraria? ¿Cuándo abandonaremos nuestra postura arrogante, vanidosa, engreída y petulante, creyendo que somos los dueños de nuestros destinos? ¿Y si estamos equivocados?

Vale.

 

 

 

La democracia, esa gran mentira

Por Antonio Florido Lozano

Martes, 13 de octubre de 2009

La mayoría de los que confiesan con orgullo e hinchando el pecho ser demócratas son unos verdaderos radicales que no ven más allá de sus propias narices. Cuando hay gente delante lucen su “amor a la libertad” defendiendo a capa y espada este sistema de gobierno, pero cuando se quedan solos, ellos mismos son incapaces de mirarse al espejo y decirse en voz bajita aquello que instantes antes vociferaban en medio del pasillo.

La democracia que tenemos es perversa. Han hecho de ella un sistema hermético e inquebrantable impidiendo que las personas ejerzan su libertad de opinión con plena confianza. Porque todos saben que quien se atreva a proclamar en público que no es demócrata es rechazado por los que afirman lo contrario. La diferencia es que quien así lo reconoce expone abiertamente no sólo su sentir sino también su valentía y su templanza, enfrentándose a un conjunto de papanatas a quienes el sistema les ha comido el coco con la idea de que ser demócrata es algo verdaderamente incuestionable.

Confieso que cuando algo es o lo califican de incuestionable, irrefutable o axiomático, se me encienden las alarmas.

Un poné. Los que por dentro defienden las políticas acertadas de Franco, se acojonan cuando en público han de hablar de estos temas. Y los que (si los hay) rumian por dentro en otra posibilidad que no sea la democracia, miran para abajo, tragan saliva y se amilanan de tal manera que de sus bocas apenas brota un leve sonido vergonzoso.

Un comunista puede decir en este país lo que le venga en ganas aunque defienda, sin saberlo, las atrocidades que los de su misma ideología cometieron y cometen en todo el mundo. Pero, como es comunista, de izquierdas, tiene carta de libertad. Un chaquetero de izquierdas igual. De un anarquista (aún hay alguno) ni hablemos. Un liberal dice lo mismo y es crucificado. (Deseo aclarar que estúpidos e imbéciles los hay en todas las ideologías).

Recordemos que “El gobierno del pueblo” ignoraba a los esclavos y a las mujeres. Esto en la Grecia de hace mucho tiempo, cuando las ciudades-estado. Sin embargo, ¿cuándo había más esclavos, en aquella época o ahora? Si la esclavitud “es la situación en la cual un individuo está bajo el dominio de otro, perdiendo la capacidad de disponer libremente de sí mismo”, me pregunto, ¿no persiste ésta aún? ¿O es que la gente de a pie piensa de verdad libremente? ¿O es que no tenemos metidos en el coco un montón de gilipolleces -las que los poderes quieren-, que modifican nuestros valores, democratizándolos?

Quienes argumentan la tontería, la estupidez y la necedad de que los derechos humanos son incompatibles con los grupos o clases sociales (así viene recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos), ¿es que no pertenecen a una determinada clase, con unos privilegios, con unas prerrogativas, y no son los mismos que cuando ven a un gitano o a un negro se echan para un lado?

Todos aquellos con quienes he pretendido hablar de esto salen con lo mismo: que es el mejor de los sistemas posibles. Pero yo no me resigno. Siempre que haya ladrones que se queden con lo de los demás, como muchísimos políticos; siempre que haya caraduras, descarados y desvergonzados que, so pretexto de defender unos valores, nos engañen y nos estafen y siempre que haya desigualdad de oportunidades para todos pensaré que vivimos en un sistema perverso. No perverso por sí sino pervertido, depravado y desmoralizado por la mano de los chorizos que medran en este país.

Defiendo la libertad de pensamiento y de expresión. Deseo que cada uno lo cuestione todo, absolutamente todo. Para cuestionar, para dudar, hay que hacerse preguntas y desconfiar de los que aparentan saberlo todo de pe a pa. Desconfiar también, por qué no, del propio sistema de gobierno que nos hemos dado. Ver y apreciar sus fallas, que son múltiples, y tratar de crear otro sistema más justo. Voy en contra de los que afirman que todo está inventado. No es cierto. Lo contrario sería un ejercicio de vanidad bochornoso. Y menos en política, donde las piezas a encajar y los mecanismos a mover no son de acero precisamente, sino formados por una materia rara, extraña, una mezcla de egoísmo, hipocresía, vanidad, afán de protagonismo, perfidia, doblez…

El que desea dar un gran impulso hacia delante no tiene más remedio que echar primero un pie atrás para tomar distancia y fuerza. Quizás deberíamos hacer lo mismo y recordar las palabras de un viejo sabio de hace mucho mucho tiempo quien afirmaba que el fin del ser humano debería ser perseguir con afán el altruismo, la sinceridad y el bien.

¿Hay algo de cierto en lo que me pregunto y en lo que escribo? No sé.

Vale.

 

 

 

Andalucía, a la cola de Europa

Por Antonio Florido Lozano

Lunes, 5 de octubre de 2009

Una de las regiones españolas que más ha aportado al acervo cultural y antropológico de España es, sin duda, la andaluza. Situada al sur de España, por ella han pasado pueblos y culturas que con el paso de los siglos han conformado un saber hacer y un saber estar a las gentes que hoy la habitan.

Pero todas las culturas nacen, florecen y mueren, en un camino trágico y eviterno dirigiendo sus destinos a no se sabe bien dónde.

Andalucía no podía ser menos. Con el dolor y el sufrimiento que costó lograr la autonomía política por la vía rápida, hoy se encuentra a la cola de Europa en casi todos sus parámetros macroeconómicos.

Andalucía comenzó siendo la del PER (Plan de Empleo Rural), Plan que pagaba sueldos por la sola presencia de los trabajadores en las cunetas viendo pasar el tiempo y esperando la llegada del fin de mes para poner la mano. Ahora, después de muchos años Andalucía ha crecido. Ha crecido enormemente. Podríamos decir sin faltar a la verdad que los andaluces nos hemos convertido en un Estado dentro del Estado español.

No hay Administración más engordada que la andaluza, ni más funcionarios tratando de aparentar que este invento funciona. No hay en toda Europa, se dice pronto, más altos cargos con sueldos suculentos, con coche oficial que, dicho sea de paso, pagamos entre todos.

El milagro lo ha conseguido el socialismo. Las socialistas y los socialistos engañan a los andaluces con el todo gratis. Revientan a la región con subvenciones, regalías, mercedes, cargos a dedo, pago de favores políticos e inflan las cuentas de gastos hasta crear una situación insoportable. Cuentan para ello con una inmensa maquinaria de propaganda (pagada también por todos) donde lo que dicen no es lo que pasa sino lo que a ellos les interesa en cada momento. El coladero de dineros es escandaloso. El control del ciudadano, chantajeado con moralismos falsos e hipócritas es insultante.

Hablaba Chaves de la segunda modernización, utilizando lo de modernización como concepto a alcanzar en el corto plazo. Pero no sabe Chaves que los andaluces estamos aún esperando no la primera modernización, sino el expurgo de la clase política anclada en un discurso lamentable en el que prostituyen palabras como solidaridad, progreso, igualdad, género…

El andaluz es duro, paciente, acostumbrado a la faena, pero le falta educación. Y es ahí, en la Educación, donde los socialistas aprietan y donde más engañan a la gente de a pie. Saben que deben adoctrinar para crear correligionarios aunque sea vaciando las mentes de los chavales que hoy van a “estudiar” eso que ellos llaman la ESO (Educación Secundaria Obligatoria).

En los institutos de educación secundaria (IES) tratan de disminuir el fracaso escolar como sea, presionando a los profesores con el llamado Plan de Calidad, plan que otorga incentivos económicos a cambio de seguir haciendo lo que hasta ahora están haciendo los profesores, es decir, trabajar al máximo, o a cambio de conseguir que las cifras de aprobados aumenten milagrosamente.

“Plan de Calidad” que no cubre bajas laborales (y estamos ya a principios de octubre) y hay clases enteras que todavía no han recibido ni la primera lección de Lengua, por poner sólo un ejemplo. “Plan de Calidad” que nombra a una persona para una sustitución de pocos días a más de cuatrocientos kilómetros de su casa y a la que avisan el día antes para que se incorpore a su puesto de trabajo al siguiente, sin saber si tiene hijos, marido, esposa, personas mayores a su cargo o mil inconvenientes que resolver. “Plan de Calidad” cuando ningún centro escolar, que yo sepa, tiene hecho un Plan de Riesgos Laborales en condiciones. “Plan de Calidad” que sigue contando con treinta y más de treinta alumnos por aula y donde el profesional debe atender de forma personalizada a un grupo de alumnos con niveles muy distintos. En fin…

Y con todas, seguimos a la cola de Europa. Ni segunda modernización ni leche frita. Menos cargos, menos inútiles en la Administración, menos enchufados que viven del cuento, menos políticos profesionales que llevan en la vida pública la tira de años…

Y ya me callo. Vale.

 

 

 

Nuevo curso político

Por Antonio Florido Lozano

Viernes, 4 de septiembre de 2009

Con el mes de septiembre comienza un nuevo periodo político que, en otras circunstancias, los españoles veríamos llegar con ilusión, pues esperaríamos de la clase dirigente un compromiso firme y resuelto de trabajar por España para sacarla de esto que muchos llaman crisis. Sin embargo, el español medio, el que trabaja y paga impuestos, no tiene por delante un paisaje de esperanzas.

Comienza el curso con parámetros macroeconómicos totalmente negativos, encabezados por un déficit estatal descontrolado y apuntando a cifras en constante aumento. ¿Quién pagará esta deuda?

Las cifras del gobierno indican que el paro ha vuelto de nuevo a subir, precisamente en un mes en el que normalmente baja, porque el sector servicios en época veraniega suele ser un poderoso generador de empleo y este año no lo ha sido. La respuesta de los máximos responsables será posiblemente que, aunque es cierto que el desempleo aumenta, también lo es que, comparado con otros años, la subida ha sido manifiestamente más moderada, o que el paro es sencillamente coyuntural, o puede que digan que es fruto de las respuestas que el sistema ofrece a una reestructuración del mercado de trabajo encaminada a flexibilizarlo.

Paparruchas. La verdad es que día sí y día también cierran grandes empresas, de las pequeñas ni siquiera nos dan datos, los Eres se multiplican y nos encaminamos sin remedio por la senda de la pobreza, situación en la que ya se encuentran muchas familias españolas.

El Gobierno se reúne, todos con semblante contrito, ellas con los modelitos que pagamos los demás, ellos rumiando para sí cómo aguantarán una reunión más. Zapatero alza la vista, abre la boca y sentencia: “queridos, queridas, la solución se llama… cuatrocientos veinte eurazos de vellón”.

Los españoles oímos la sentencia con el cuello enjaretado por la presión del nudo que tragamos. Más impuestos, el tabaco más caro, la gasolina más cara, el IVA, el IBI, la basura, el teléfono, el gas, la luz, la hipoteca…

Zapatero, sonriente, se levanta, se va al bar, pide un café de ochenta céntimos y mientras lo sorbe, el de las noticias dice que la etarra de marras se ha escapado. El presidente arquea las cejas y exclama: “¡Ay, los franceses, esto no pasaría en nuestra realidad nacional!"

Pero la etarra se fue riéndose de todos, a ver quién la coge ahora.

No tenemos nada contra el socialismo, ni contra la izquierda, nada en absoluto, incluso no nos importaría que se fuesen a la Conchinchina a experimentar sus ideas felices, a llevar allí su fastuosa improvisación. Lo único que pedimos es tener responsables dignos, sensatos, preparados, que sepan de qué hablan cuando abren la boca, que no se lo lleven calentito, que no roben, que no estafen al contribuyente. Lo único que pedimos es que por mor de ayudar al pobre no esquilmen nuestras nóminas. Lo que necesita España es un cambio radical, dejarse de tonterías y trabajar, porque en nuestro país, la mayoría de la gente que sabe y está preparada y dispuesta a gestionar con dos dedos de frente, está arrinconada por una chusma política más propia de países populistas y chabacanos de otras latitudes. Vale.

 

 

 

La moral del Estado

Por Antonio Florido Lozano

Sábado, 16 de mayo de 2009

La izquierda es perversa en si misma. Dice defender la colectividad frente a la individualidad y deja a la persona sola e inerme frente al Estado. Frente a un Estado engordado artificialmente, frente a un Estado todopoderoso. La persona, así, se siente indefensa e incapaz de llevar a cabo realizaciones individuales e imaginativas que, en otras circunstancias, enriquecerían a esa colectividad en la que esta inmersa.

La moral estatal se impone. Lo bueno, la virtud, solo es aquello que emana del Estado y este se procura los medios para garantizar que sus idearios lleguen a todos los rincones del mismo.

España ha pasado en cuestión de treinta años de un ideario ultra conservador a otro que no lo es menos. No conocemos los españoles el termino medio, la templanza, la morigeración. No sabemos nadar mansamente y disfrutar del desarrollo y del progreso que la sociedad, en pleno, ha alcanzado. Y en parte es por tener metido en nuestras cabezas un concepto erróneo del termino progreso.

El Gobierno que tenemos, encabezado por uno de los mas grandes demagogos e ignorantes que la Historia ha conocido, se ha empeñado ahora en institucionalizar el asesinato en masa. Porque la propuesta de reforma de la actual ley del aborto que Zapatero ha aprobado, por decretazo, no es otra cosa.

El presidente se escuda en la ministra para hacer tragar a los españoles que esta reforma era necesaria. Afirma la ministra que esta reforma garantiza el derecho a la maternidad. Disparate enorme puesto que ignora que esa madre, al matar al ser que lleva dentro, esta anulando una vida que jamás podrá ejercer ese tal derecho a la maternidad. La perversión es amplia e inadmisible, además, porque echa sobre las espaldas de una adolescente la oportunidad de la libre decisión, sin contar con la de sus padres y sin asesoramiento alguno.

Conozco a los adolescentes. Trabajo a diario con ellos. Y se que hay adolescentes con cierta sesera, no lo dudo, pero también sé que una persona de dieciséis años es, en la mayor parte de los casos, inmadura. Inmadurez que abarca lo intelectual y la capacidad de discernir las consecuencias de sus actos a largo plazo. Hoy, en España, “no permitimos” que una joven de diecisiete años pueda comprar alcohol para hacer una botellona, pero si se permite que la misma joven acuda a un hospital a dejar allí una vida que estorba a su futuro.

Pero la decisión de la joven, que algunos vemos como equivocada, “es buena”. Y es buena porque lo dice el Estado. Porque el Estado ha legitimado esa monstruosidad. Y por si no hubiese bastante con esta tropelía, seremos todos los españoles los que, con nuestros impuestos, pagaremos estos asesinatos.

No sé hacia donde nos dirigimos, pero si sé que cuando suceden cosas que a uno le parecen barbaridades hay que decirlo. No podemos callar. Vale.

 

 

El ministro cacique

Por Antonio Florido Lozano

Jueves, 19 de febrero de 2009

La crisis financiera afecta al mundo entero. Los inversores, los grandes inversores, buscan mejorar sus carteras y hasta que esa mejora no se produzca deberemos soportar la caída en picado de las variables macroeconómicas que, en última instancia, pasan a ser variables de andar por casa. Porque quien más quien menos tiene una hipoteca, un préstamo personal, una tarjeta de crédito y otras grietas parecidas que desangran su cuenta de resultados. Salir de esta situación sólo se puede hacer echando mano de lo de siempre: la austeridad. Ahorrar, desplazar gastos superfluos y comprar sólo lo que verdaderamente nos hace falta.

Pero este modo de actuar debe ser general, porque de lo contrario el gasto seguirá aumentando, el déficit se volverá cada vez más insoportable y las ilusiones por salir adelante se esfumarán. Dicho así suena bien, o puede sonar bien, pero una cosa es decirlo y otra hacerlo.

Que se lo digan, si no, al presidente del gobierno de Galicia. Díganle a este señor que ahora es tiempo de ajustarse el cinturón. Díganle todo esto al mismísimo presidente del gobierno español. Háganle ver que malgastar los dineros en levantar carteles propagandísticos para alabar la grandiosa gestión de la izquierda no es ético.

Estos días vemos en la tele al dictador Chávez, el endiosado presidente de la república bolivariana. Vemos cómo engaña y manipula al pueblo de Venezuela para perpetuarse en el poder. Oímos su discurso soez y populista mientras mucha gente de su país no tiene lo básico para salir a flote.

 Aquí en España seguimos esa senda tenebrosa donde los discursos políticos se vuelven proclamas leninistas, donde ensalzamos a la izquierda progresista y la atiborramos con los euros de los trabajadores, donde se sataniza a la derecha y decimos de ella que son los malos, los franquistas, los fachas. Y, sin embargo, leyendo aun someramente los manuales más rojos de historia, comprobamos que en España seguimos con la vieja losa del caciquismo. Todavía no hemos sido capaces de desprendernos del señorito que mira por encima del hombro al campesino. Porque las clases siguen existiendo. El que tiene dinero y poder sigue creyéndose dueño de todo, hasta de la moral.

 Tenemos en España a un ministro que se cree, el pobre, un señorito. Se va de caza a los montes de Jaén. Allí unos jornaleros le apañan el día, obedecen sus órdenes y entre todos crean el caldo de cultivo para que el señor ministro se vea asimismo importante, imponente, majestuoso, divino. Al ministro le acompaña el juez. ¿Adivinan su nombre? El mismo. Entre disparo y disparo, el ministro y el juez dictan sentencia sobre los pobres jornaleros que van a pie y desde lo alto de sus cabalgaduras deciden la suerte de éste o de aquél.

Al menos Chávez no creemos que engañe a nadie a estas alturas. Todos le conocen y si les votan no es por coincidencias de ideas sino por miedo a represalias. Chávez maneja una dictadura con mano férrea, militar. Lo malo es aquí, donde los más se creen a pies juntillas las necedades de unos rojos que venden la idea del todo vale, del todo gratis, o la idea de que la crisis ¿qué crisis?, no existe. Vale.

 

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