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Doña Bibiana

Por Carlos Muñoz-Caravaca

 

Si, recién estrenada la segunda legislatura socialista, nos pareció a muchos que la imagen paradigmática de tal estreno fue la de Carmen Chacón embarazada y pasando, al mismo tiempo, revista a unas tropas militares, tenemos hoy, algo adelantada ya esta legislatura, que rectificar y manifestar que el verdadero paradigma de ella es doña Bibiana Aído, ministra de la Igualdad en este gabinete.

Con doña Bibiana no sucede el caso típico del gestor que, recién llegado a un cargo más o menos inútil, se siente en la necesidad de trastocarlo todo para que parezca que hace algo y justificar su puesto.

No. Con doña Bibiana las cosas son mucho más siniestras.

No me enteré de la existencia de doña Bibiana cuando Zapatero creo el Ministerio de Igualdad y la eligió a ella para dirigirlo. El nombre de tal ministerio, que, ya de por sí, pone los pelos de punta, hizo que centrase más mi atención en el ministerio propiamente dicho que en su titular, mujer absolutamente desconocida hasta entonces y sin mayor mérito, que sepamos, para ocupar un ministerio que el mero hecho de ser mujer, cosa, por otra parte, absolutamente normal en un gobierno zapatero.

La primera vez que reparé en doña Bibiana fue poco después, a raíz del revuelo que se armó por una serie de artículos que los señores Burgos, Anson, Losantos, Ramírez y Ussía y la señora Schlichting tuvieron la osadía y el atrevimiento de escribir criticando la llamada cuota femenina, es decir la obligación de que el cincuenta por ciento de los puestos de cualquier empresa, pública o privada sea ocupado por mujeres, y, concretamente, la aplicación de tal cuota a la composición de aquel gobierno.

Comentando el asunto en mi escrito El embrutecimiento del varón, título que me permití robarle a don Pío Moa, y reflexionando sobre la desaforada reacción de Anido, director de la SER, en un vergonzoso artículo que la propia cadena SER intentó retirar y en el que Anido llamaba “pajilleros,” “reprimidos,” “puteros,” “siniestros” y “cobardes” a aquellos escritores por permitirse emitir sus opiniones respecto a la cuota femenina, fue cuando reparé por primera vez en la persona de doña Bibiana y en la primera frase que de ella leí. Dijo entonces doña Bibiana a propósito de aquella escandalera:

“Criticar a las ministras de Zapatero fomenta los malos tratos.”

Tal fue el primer profundo pensamiento que leí de esta mujer y lo de profundo no lo digo de coña pues me parece que, por lo siniestro que conlleva, tiene mucha más profundidad de la que a primera vista pueda parecer por su mero enunciado.

Efectivamente, decía yo entonces que si “criticar a las ministras de Zapatero fomenta asunto tan grave como son los malos tratos, el corolario a tal aserto debería ser que hay que hacer callar, de alguna forma, tales críticas y a tales críticos.” Tenebroso ¿no? ¿Era algo de eso lo que nos quería decir doña Bibiana? ¿Un preaviso a navegantes?

Así fue como empecé a enterarme de la existencia de doña Bibiana y a hacerme alguna idea de quién es esta señora, cuál es su concepción del mundo y cuál su idea de la libertad de expresión. Concepción e idea que no deben extrañarnos, a estas alturas en una miembra de un gobierno socialista, pues hemos tenido toda la legislatura anterior para darnos cuenta de que la concepción del mundo y la idea sobre la libertad de expresión del socialismo zapateril es, precisamente, ésta.

Doña Bibiana, sin embargo, tiene la virtud de saber mostrarnos con claridad meridiana y de evidenciar con una plasticidad digna de agradecimiento, lo siniestro, en toda su magnitud, de este mundo orwelliano por el que nos quieren encaminar. En este sentido vendría a ser una especie de Isabel Teruel pero, ya digo, en mucho más siniestro y preocupante. Isabel Teruel, al fin y al cabo, por lo único que estaba entusiasmada era por la Expo de Zaragoza y por su consejera y lo que nos puso en evidencia fue cómo los ciudadanos, incluidos los parlamentarios, incluida ella, cada vez vamos abandonando más las preocupaciones políticas en manos de los pocos que manejan el cotarro (en el caso de doña Isabel, su Consejera.)

Isabel Teruel nos evidenció, con su entusiasmo y con su misma persona, la primera fase de la construcción de esa Granja orwelliana que está edificando el PSOE: la imposición del silencio de los corderos.

Doña Bibiana, con su iluminismo, nos ilustra a las mil maravillas acerca del segundo movimiento que sigue a esa primera fase: la transformación de la naturaleza humana para hacerla a imagen y semejanza de las aberraciones intelectuales de la secta en la que milita.

Tras apuntar tales maneras en los inicios de su ministeriato y, dejando aparte su prudentísima intervención en el conflicto diplomático provocado por su colega, señora De la Vega, que tuvimos con Italia hace unas semanas, intervención en la  que doña Bibiana manifestó al universo mundo que lo que Berlusconi necesitaba era “ir al psiquiatra” y asunto sobre el que ya hablé en mi escrito Pues, señor, yo desde aquí... la siguiente noticia que tenemos de esta ministra han sido sus recientes palabras e iniciativas.

La señora ministra de la Igualdad, una vez sentadas las bases que justifican y defienden su existencia mediante el principio de que “criticar a las ministras de Zapatero fomenta los malos tratos” y una vez insultado a Berlusconi, parece que se ha visto en la obligación de comenzar a llenar de contenido su ministerio y hete aquí que en los últimos días se nos ha despendolado.

Comenzó doña Bibiana su embestida con la creación del neologismo miembra para  formar el femenino de miembro y hasta apuntó la conveniencia de incluirlo en el diccionario. Digo neologismo por decir algo, pues a estas payasadas estamos ya más que acostumbrados desde hace décadas. Creo que fue la señora de González, doña Carmen Romero, la que precedió en este asunto a doña Bibiana cuando dijo aquello de ‘estudiantos’ y ‘estudiantas’ pero, en cualquier caso, el mal está extendidísimo y doña Bibiana ni siquiera ha sido original en esto. Lo que sucede es que doña Bibiana, como dije antes, tiene el defecto de la estridencia, la falta del sentido común y la virtud de mostrarnos palmariamente, mediante estos defectos suyos, lo que es el socialismo y lo que es la progresía: cuando ya a casi nadie nos llaman la atención estos excesos sintácticos y hasta ortográficos, cuando campa por doquiera la arroba en palabras tales como el dichoso tod@s, se le ocurre a doña Bibiana enriquecer, aún más, el idioma con palabro tan feo y disonante como el de miembra.

Tan feo y disonante, digo, que aún entontecidos como estamos desde mucho tiempo atrás ante estas anécdotas lingüísticas, hemos podido ser capaces de reparar en su fealdad, disonancia y ridiculez y hasta la misma doña Bibiana, tras postular, como digo, su inclusión en el diccionario, ha echado marcha atrás y lo ha admitido como error suyo achacable a su mucho viajar, a su reciente estancia en El Salvador y a que allí −dice ella− tal vocablo se usa mucho. Sea.

Sea así pero, coincido con don Gregorio Salvador ex vicedirector de la Real Academia en creer que la ministra no se equivocó sino que utilizó el término de manera del todo consciente e intencionada y aunque he llamado anécdota a este incidente, no es tal. Ya Orwell nos mostró cómo el mayor arma del socialismo es cambiar el nombre de las cosas:

«La Nueva Lengua era el idioma oficial de Oceanía y había sido ideada para hacer frente a las necesidades ideológicas del Ingsoc, o Socialismo Inglés. Hacia el año 1984, todavía no había nadie que la utilizara como único medio de comunicación, hablada ni escrita. Los artículos importantes del Times estaban escritos en ella, pero esto era una hazaña que sólo podía ser llevada a cabo por especialistas. Se esperaba que la Nueva Lengua reemplazaría a la Vieja Lengua (el inglés estándar, que podríamos llamar) hacia el año 2050. Mientras tanto, iba ganando terreno de manera ininterrumpida, conforme todos los miembros del Partido tendían a utilizar, cada vez más, las palabras y las construcciones gramaticales de la Nueva Lengua en su hablar cotidiano. La versión utilizada en 1984, plasmada en las ediciones novena y décima del Diccionario de la Nueva Lengua, era sólo provisional y contenía muchas palabras superfluas y formas arcaicas que deberían ser suprimidas más tarde. La versión que nos concierne aquí es la final, la perfecta, la contenida en la oncena edición del Diccionario.»

«El propósito de la Nueva Lengua no era únicamente el proveer de un medio apropiado para que los devotos del IngSoc expresaran su visión del mundo y sus hábitos mentales, sino, además, para hacer imposible cualquier otra forma de pensamiento. Se pretendía que, una vez que la Nueva Lengua hubiera sido adoptada y olvidada la Antigua, un pensamiento herético, -esto es, un pensamiento discrepante de los principios del IngSoc- no pudiera ser, literalmente, ni siquiera pensable, al menos hasta donde los pensamientos dependen de las palabras. Su vocabulario estaba construido para dar una expresión exacta y, a menudo, extremadamente sutil, a cualquier significado que quisieran expresar los miembros del Partido, al tiempo que se excluían todos los demás significados, así como la posibilidad de alcanzarlos de manera indirecta. Esto se hizo, en parte, mediante la invención de palabras nuevas pero, fundamentalmente, mediante la eliminación de palabras indeseables y quitando a tales palabras sus significados heterodoxos, e, incluso, en la medida de lo posible, cualquiera de sus demás significados. Por dar un ejemplo: la palabra 'libre' existía aún en la Nueva Lengua, pero sólo podía ser utilizada en declaraciones tales como 'este perro está libre de piojos' o 'este campo está libre de malas hierbas'. Pero no podía ser utilizada en su antiguo sentido de 'políticamente libre' o 'intelectualmente libre' dado que ni la libertad política ni la libertad intelectual existían ni siquiera como conceptos y eran, por consiguiente, innombrables. Del todo aparte de esta supresión definitiva de las palabras heréticas, la reducción del vocabulario fue vista como un fin en sí misma, de manera que a ninguna palabra que pudiera ser prescindible, se le permitió que sobreviviese. La Nueva Lengua fue diseñada, no para ampliar el ámbito del pensamiento, sino para empequeñecerlo...»

Orwell, 1984.

Sin ser, pues, anécdota, tampoco es como digo novedoso −es sólo estridente− y, por ende, vamos a dejarlo aquí, démonos por satisfechos con la explicación de doña Bibiana y pasemos al siguiente punto.

El siguiente punto que se le ha ocurrido a la señora ministra de la Igualdad es la creación de un número de teléfono mediante el cual los varones podamos encauzar nuestra agresividad y, así, paliar el grave asunto del maltrato a las mujeres.

Esto es: si un cafre siente en sí la necesidad de dar una paliza a su mujer −a su pareja, que se dice ahora (término que, sin ser impropio, estaba antes más enfocado hacia la Biología y hacía más referencia al emparejamiento de los animales que al de las personas)− doña Bibiana espera que se abstenga de hacerlo y, en su lugar, llame al dichoso número de teléfono para no se sabe muy bien qué.

No obstante lo avanzado del camino que llevan los socialistas en la imposición del silencio de los corderos, ya digo que doña Bibiana, sin acabar de darse cuenta de que tal silencio ha de imponérsenos de manera disimulada −aunque sólo sea porque no nos demos demasiada cuenta−, tiene la habilidad de ponerlo en evidencia palmaria y el choteo ante la medida de la señora ministra no ha podido ser ni más general ni más sensato y doña Bibiana ha tenido, otra vez, que puntualizar e informarnos de que:

“No estamos hablando de un teléfono para maltratadores; estamos hablando de un teléfono para hombres, que les ayude a resolver sus dudas, porque es cierto que hoy muchos hombres se encuentran perdidos ante el inicio de la ruptura del sistema patriarcal y muchos presentan dudas acerca de cómo asumir su paternidad, la corresponsabilidad, en el cuidado de sus hijos e hijas, en las tareas domésticas, sobre su salud sexual... Son muchas las cuestiones que plantean y entendemos que si estamos trabajando también en la cuestión de los maltratadores, es imprescindible que trabajemos en la prevención.”

Pues mucho peor, doña Bibiana. ¿Es el Estado, es usted, quien nos debe decir, por teléfono, si estamos ante la ruptura de un sistema patriarcal y el nacimiento de otro matriarcal o zerotriocal? ¿Nos dice usted, en serio, que para resolver las dudas que nos puedan caber en lo de la corresponsabilidad en las tareas domésticas... tengamos que llamarla a usted por teléfono? ¿Ha oído usted hablar del totalitarismo? ¿Se da usted cuenta de que, aunque hombres −y, por ende, presuntos maltratadores mientras no demostremos lo contrario en su concepción de usted− no somos imbéciles?

Otra vez vuelve usted a ser sumamente gráfica, espontánea y marxista, socialista y progresista: es verdad: en vez de ser la sociedad civil la que dicte si hemos de preferir un sistema patriarcal ante otro matriarcal, zerotriocal, o Dios sabe qué, ha de ser el nefasto, siniestro y ominoso Ministerio de la Igualdad que usted preside el que nos diga −por teléfono− lo que debemos preferir.

Hasta aquí el mareo de la perdiz. Vayamos ahora al meollo del asunto que usted ha definido tan bien:

“Estamos convencidos que es imprescindible que indaguemos en nuevas fórmulas y que trabajemos sobre una nueva forma de masculinidad.”

Tal convencimiento suyo es pavoroso. En mis tiempos se decía:

“Los experimentos en el water y con gaseosa.”

Usted va a trabajar, sin mayor sofoco, sobre nuevas formas de masculinidad desde su Ministerio de la Igualdad. A mí, doña Bibiana, me da lo mismo en lo que a mí respecta: le niego a usted ningún derecho para entrometerse ni en mi masculinidad ni en el resto de mi persona pero, es evidente que a lo que a usted se va aplicar desde el gobierno de la Nación es a trabajar en la segunda de las fases que antes enuncié: la transformación de la naturaleza humana de las generaciones venideras para hacerla a imagen y semejanza de las aberraciones intelectuales de la secta en la que usted milita.

En mi escrito de septiembre del pasado año titulado Apuntes para una reflexión sobre la ‘Educación para la ciudadanía’ traje a colación algunas palabras de Platón que me  parecen pintiparadas para los tiempos en que nos ha tocado vivir y muy dignas de reflexión ante la convicción iluminada que tienen ustedes de que, trastocándolo todo, van a conseguir un mundo más feliz.

Dice Platón:

“Se ha de tener, en efecto, cuidado con el cambio y con la introducción de una nueva especie de canto y hay que tener el convencimiento de que, con ello, todo se pone en peligro porque no se pueden remover los modos musicales sin remover, al mismo tiempo, las más grandes leyes.”

Platón, La República.

Contra lo que pueda parecer, no soy dogmático y, como ya dije en otra ocasión, no puedo afirmar de manera rotunda que, efectivamente, el mundo que ustedes están construyendo no vaya a acabar siendo más feliz. Lo dudo mucho pero pudiera ser así. Por ello, le rogaría a usted, doña Bibiana, que introdujera algún asomo de duda en la rotundidad de sus convicciones y prestara algún oído a las palabras que dice Platón por boca de Sócrates: “no se pueden remover los modos musicales sin remover, al mismo tiempo, las más grandes leyes.”

Es muy dudoso, doña Bibiana, que alterando la naturaleza del ser humano vayan ustedes a conseguir un ser humano más feliz. Muy dudoso.

Por otra parte, esto de “trabajar sobre nuevas formas de masculinidad” no es algo nuevo ni que se haya inventado usted. Llevamos ya muchas décadas intentando cambiar esto de la masculinidad y parece que lo de los malos tratos va cada vez peor. ¿Se ha parado usted a pensar sobre la posibilidad remota de que sean ustedes los que están equivocados? ¿Se ha parado a pensar que esa fuerza que están haciendo en la naturaleza del hombre −cuando digo hombre quiero decir hombres y mujeres−, en la naturaleza del ser humano no tenga algo que ver con la plaga del maltrato que sufrimos?

Por si no lo ha hecho, aquí le dejo el artículo completo que don Pío Moa escribió hace casi seis años, que tituló El embrutecimiento del varón, y en el que don Pío reflexionaba sobre estas cosas:

Un anuncio de la televisión presenta a un padre “progre” educando –es un decir– a un hijo obligándole a jugar con muñecas, a fin de hacer de él un hombrecito sensible, pacífico y todo eso, mientras a la niña la hace jugar al fútbol para que supere las ancestrales tendencias alienantes que la esclavizan al hogar. La niña resulta una marimacho, y el niño, aparentemente, un poco mariquita. Pero enseguida vemos a éste cortando las cabezas de las muñecas para usarlas como balones.

El anuncio da en el clavo en varios sentidos: los papeles y actitudes de mujeres y varones no son fácilmente intercambiables, forzarlos demasiado tiene un alto coste emocional, y las tendencias naturales, no educadas convenientemente, tienden a reaparecer en formas groseras o grotescas. La conducta del niño pateando las muñecas tiene algo de triunfo de un instinto deformado, falto de carácter. Por lo demás, la conducta de los jóvenes educados –es un decir– en los valores de igualdad de sexos, pacifismo, solidaridad etc., entendidos a la manera peculiar sociata-progre, se revela cada vez más brutal, como demuestran las cifras de delincuencia y agresividad juvenil, o el consumo de drogas, alcohol, etc. O los meros atuendos y actitudes cotidianas.

Un cantamañanas escribió un libro de mucho éxito, El florido pensil creo que se llamaba, donde, en plan de chunga, repasaba las orientaciones educativas de la España de los años cincuenta. Un objetivo de la escuela de entonces era formar “caballeros cristianos”, fomentando las cualidades de esfuerzo, templanza, valor, sentido de la justicia, etc.; es decir, encauzando tendencias del varón que, descuidadas, suelen decaer en agresividad brutal. A la vista de la gran cantidad de cantamañanas salidos de aquella escuela, salta a la vista que el objetivo sólo fue logrado muy parcialmente, y seguramente el éxito nunca será muy grande, aunque los métodos mejoren. Pero incluso así, aquellos valores son auténticos, y siempre serán superiores a la mezcolanza contradictoria hoy predominante, cuyos malos efectos palpamos a diario.

Otra muestra del embrutecimiento del varón –también de la mujer, en su terreno– la encontramos en la creciente violencia doméstica, con cifras espeluznantes de crímenes que son sólo la cima del iceberg de una degradación extendidísima. Ante ello, una señora sociata, candidata, creo, a la alcaldía de Madrid (incidentalmente, la carrera por la alcaldía se produce entre dos candidaturas sociatas, pues la de Gallardón viene a serlo también), propone intensificar todavía más eso de la “educación en la igualdad”. Todos los utópicos atribuyen el fracaso de sus recetas a que éstas no son aplicadas con suficiente intensidad. La experiencia, con ellos, nunca sirve de nada.

Como le decía antes, contra lo que pueda parecer no soy ni dogmático ni maximalista y, por ende, no puedo afirmar tajantemente que no sea usted la que lleve razón. No obstante, vea usted que las cosas no son tan sencillas, que existe la tesis contraria a la suya y que lo procedente sería que la defendiera usted, si no con la brillantez de don Pío, al menos sin recurrir a artimañas tales como la perversión del lenguaje o tonterías como la del teléfono.

 

Vínculos:

El embrutecimiento del varón. Artículo de Pío Moa en Libertad Digital.

Aído rectifica. Libertad Digital.

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¿Doña María o don Mariano?

¡Como que esto no es un país:
es una jaula de grillos!

Ricardo de la Vega. El año pasado por agua.

Dejando aparte el vicio que uno le está cogiendo a esto de escribir en Internet y de la obligación que uno, sin ninguna necesidad, se ha echado encima de rellenar cada poco tiempo una entrada de blog, la verdad es que ésta en concreto que hoy presento la entiendo no tanto como satisfacción de ese vicio ni cumplimiento de esa obligación, sino como una explicación que debo a las posiciones que vengo manteniendo desde hace dos años de manera pública y muchos más de manera privada, y a su coincidencias y discrepancias con unos y otros en el gallinero en el que se ha transformado la derecha española en estos días—y, vaya por delante, que lo de gallinero no me acaba de parecer mal en lo que tenga de reflexión y de debate conceptual de los que tan ayunos andamos en la España zapateril.

Me explico: parece que, en estos días, nos encontramos las desnortadas y variopintas derechas españolas en la necesidad de tomar partido entre doña María San Gil y don Mariano Rajoy y parece que esa necesidad entraña la obligación de, una vez alineados cada uno en alguna de esas filas, lo siguiente que debamos hacer sea sacar el cuchillo para dirigirlo a la yugular de la otra.

Es una pena pero es así.

Como nosotros no somos de izquierda, gracias a Dios, —y que se me perdone lo farisaico de la frase que, apenas la acabo de escribir, me ha traído a la memoria aquello del ¡Gracias, Dios mío, por no haberme hecho como a mi hermano! (Lc. 18, 9-14)— comprendemos más que de sobra que no es cuestión de que una u otro nos caigan más o menos simpáticos en sus personas y, ni siquiera, si es el uno o la otra el que se halle en mejores condiciones de llevarnos a un triunfo electoral que, en sí, puede no significar nada.

La cuestión no está planteada así, sino en los términos de si debemos preferir a un don Mariano, quien, aunque no sabemos muy bien por donde va a salir, parece ser que se encamina y nos quiere encaminar al pacto con el socialismo de Zapatero el recto y al pacto con los nacionalismos periféricos—el llamado PPOE, en graciosa y atinada expresión que ayer leí y a cuyo autor lamento no poder citar aquí— o debemos preferir a doña María, quien nos propone la actitud numantina de ni pactar con los unos ni con los otros sino, afrontar con gallardía todas estas batallas que tenemos abiertas en ambos frentes y, si la trampa se nos lleva a todos, que se nos lleve.

Ritorna vincitor,

dice la ópera.

Vuelve muerto o vencedor,

decían las madres romanas a sus hijos antes de que Roma degenerara en aquella su tan famosa decadencia y que viene a ser lo que nos viene a decir doña María.

Manifiesto aquí mi alineación en las filas de María San Gil y mi recelo ante la actitud de don Mariano. Sin embargo, antes de seguir hablando, quiero que todos recordemos que don Mariano fue el hombre que, durante la anterior legislatura Zapatero, afrontó con valentía, con dignidad, con valentía y con sacrificio que sólo él sabe calibrar cabalmente, mil ataques a cual más villano. Cualesquiera que sean los errores que haya podido cometer después o los que siga cometiendo, no podemos olvidar esto y de él debemos hoy decir lo mismo que Don Quijote deseaba que hubiera sido dicho de sí mismo a la hora de su recuerdo:

Si no alcanzó grandes empresas, murió por acometellas. (Cervantes. Don Quijote de la Mancha, i, xxvi.)

Por otra parte, la posición de María San Gil, o la del señor Vidal Quadras, —aunque yo la prefiera— de enfrentarse radicalmente al nacionalismo periférico, se da de bruces con la postura que vengo haciendo pública desde hace dos años en escritos tales como España, antes rota que roja, de enero del 2006, o el más reciente ¡Reforma constitucional! ¡Ya! Y se da de bruces porque me parece irreal prescindir de la existencia y de la realidad de estos nacionalismos tanto como de la parte de razón que pueden tener en su discurso y me parece que cualquier solución que intentemos dar al problema de España —si es que el problema de España tiene solución— ni puede olvidar su existencia ni puede olvidar la fuerza que han cobrado en los últimos treinta años ni puede dejar de escuchar la parte de razón que puedan tener.

Por esta aparente incongruencia mía en venir diciendo desde hace años una cosa y alinearme hoy, en esta coyuntura concreta con los que defienden la contraria es por lo que escribo estas líneas.

Lo repetiré una vez mas: Zapatero gobierna en España porque ni en Cataluña ni en las Provincias Vascongadas hay una derecha —electoralmente significativa— que se oponga a él y no la hay porque a las derechas nacionalistas vasca y catalana ni les importa la destrucción que está llevando a cabo Zapatero de los valores espirituales comunes que compartimos todos más allá de la lengua que hablemos, ni les importa la degeneración de las instituciones democráticas que vemos cada vez más adelantada, ni les importa que todo ello Zapatero lo vaya llevando a cabo a base de consignas aptas para deficientes mentales, ni, en fin, les importa que todo se vaya a hacer gárgaras. Antes parecen preferirlo cada vez más y cada vez parecen más instaladas en la convicción de que cuánto más y más deprisa se destruyan las bases espirituales e institucionales de España, antes alcanzarán la independencia —independencia a la que, dicho sea de paso, si España va acabar siendo la que imagina Zapatero, yo también me apunto—.

Zapatero, pues, ha triunfado en las últimas elecciones, —dejando al margen el cortijo andaluz, que ésa es otra— gracias a la ausencia en estas dos regiones españolas de una derecha que converja con la centralista para oponerse a él.

La postura de don Mariano vendría a ser el reconocimiento del éxito electoral que ha tenido la táctica de Zapatero y la de decir ¡pues voy a hacer yo lo mismo!

Para ello parece ser que don Mariano intenta realizar dos movimientos: uno, el caer simpático al ala derecha de esa masa cada vez más embrutecida del pueblo español, a la que todo lo que no sea hozar en la piara de Epicuro le importa un bledo y que tan bien podría capitanear persona como Gallardón, —me refiero a ese señor que intentó contratar, desde la alcaldía madrileña y con dinero público, a Rubianes para que soltara alguna de sus gracias y divirtiera así a la parte madrileña de esa masa; al mismo señor que tan bien se lleva con el señor Zerolo, y al mismo que, hace sólo unos días, hemos visto intentando callar una de las pocas voces que, además de disonar en este cuadro, piensan y razonan en vez de repetir consignas—.

El segundo movimiento de don Mariano sería el famoso acercamiento a los nacionalismos periféricos. A mí esto no sólo no me parece mal sino que me parece necesario y hasta imprescindible. La cuestión es ¿cómo nos acercamos a esos nacionalismos y desde dónde?

¿Con las tácticas zapateriles de engañarles como Zapatero engañó al señor Mas? Me parece que ya no va a colar ¿Con la Constitución del 78 en la mano? Me parece que tampoco va a colar porque, tras la anterior legislatura Zapatero y sus mentiras, el problema nacionalista se ha envenenado hasta lo infinito y el poco respeto que tuvieran esos nacionalismos a dicha Constitución ya no existe, de manera que el espectáculo de un don Mariano con la Constitución del 78 en su mano amistándose con un señor Ibarretxe con la papeleta del referéndum en la suya sólo puede caer en la categoría del esperpento.

El gran pacto entre PSOE y PP para dominar a los nacionalismos, aparte de ser una canallada mientras Zapatero dirija al PSOE, no va a servir para dominar a estos nacionalismos ya excesivamente pujantes, crecidos y radicalizados y, aunque, hoy, consiguiera en apariencia dominarlos, tal contención sería sólo eso: apariencia. El desapego, el rencor y el odio hacia España por parte de esos nacionalismos no haría sino aumentar, quizá más calladamente, pero aumentaría. Y ello aún sin tener en cuenta que los socialistas son como son y todos sabemos cual es su lealtad hacia lo que firman: hoy el PP podría firmar tal coalición centralista con el PSOE pero nadie nos dice —¡vamos, yo hasta pondría la mano en el fuego de que acabaría siendo así— que si, mañana, al PSOE le vuelve a convenir envenenar otra vez el problema nacionalista lo hará con el mismo desahogo que lo hizo la legislatura anterior y, además echándole la culpa al PP.

Hasta aquí la postura de don Mariano tal y como yo la veo.

Examinemos ahora la de doña María.

En lo que aparentemente tiene de oposición a lo que —para mí— es lo más importante, es decir, el embrutecimiento de la ciudadanía, la degradación de las instituciones y la imposición del silencio de los corderos, la comparto en todo y sin ninguna duda.

En lo que tiene de oposición radical a los partidos nacionalistas de derecha sólo puedo decir que me parece —como dije antes— numantina y, sobre todo, inútil, estéril, pues, de seguir las cosas como están lo único que podemos esperar en una o dos generaciones es la independencia de las Provincias Vascongadas y de Cataluña.

¿Qué hacer, pues? ¿qué preferir?

Es indudable que no me creo poseedor de la solución y ni siquiera sé si hay solución. Vengo hablando sobre reflexiones que ya hice anteriormente en aquellos escritos a los que me referí al principio pero también, en estos precisos momentos, con el pensamiento puesto en las palabras de José Antonio:

«Lo que hay que tener es un sentido total de lo que se quiere: un sentido total de la Patria, de la vida, de la Historia y ese sentido total, claro en el alma, nos va diciendo en cada coyuntura qué es lo que debemos hacer y qué es lo que debemos preferir.» José Antonio Primo de Rivera. Discurso de proclamación de Falange Española de las J.O.N.S.

Pues bien: ese sentido claro en mi alma, equivocado o no, simple o no simple, pero claro, me dice que la única salida que tenemos es la reforma de la Constitución en los términos que dije en Reforma Constitucional ¡Ya! Es decir, discutiendo con claridad meridiana todos qué España queremos, cediendo todos hasta donde podamos ceder para intentar atraer y comprometer la lealtad de esos nacionalismos con la nueva España que de tal discusión pudiera —Dios lo quiera— nacer.

Todo lo demás, me parece, que es o marear la perdiz al modo de don Mariano o encastillarse, al modo de doña María, en posiciones que no creo nos vayan a sacar de este lío. Por mi parte y a estas alturas, lo único que pido a Dios es que nos ilumine a todos y que no permita que nunca jamás vuelva a gobernar en España, sea cual vaya a ser esa España y su ordenamiento político, un ser como Zapatero.

 

Vínculos:

Orientaciones morales ante la situación actual de España. Instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal Española

 

Por Carlos Muñoz-Caravaca            |

 

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