Bitácoras de Rebelión digital 

 

website stats

 

IR A LOS ARTÍCULOS MÁS RECIENTES

Juego sucio

Amor frente a intercambio

Cultivar el interior

Ordenadores de regalo

Adolescentes

Palabras excluidas

¿El pueblo soberano?

¿Qué podemos hacer?

La toma de Granada

Pacto educativo

Examinar nuestras relaciones

Alegraos

Los fallos de los expertos

Tiempo de conversión

Líbranos del mal

Eso de la sostenibilidad

La violencia en la pareja

Poder e impunidad

Mercado negro, economía sumergida

De todas maneras

La tribu

La cruz de cada uno

El odio y la mentira

El aborto y el impulso de la ONU

Ante esta situación hay que hacer algo

Toda situación puede empeorar

Educar para la libertad o la esclavitud

Seréis como dioses

El matrimonio y la cultura

La elegancia social del regalo

¿Quién puede arreglar tanto desaguisado?

De personas y animales

El juicio de residencia

No me pise la conciencia, señor ministro

Una enfermera y el doctor Morín

Tanto tienes tanto vales

Las cartas del Apocalipsis

Las leyes que quieren imponernos

El poder de los que mandan

La Europa de los cristianos

Otro estado del bienestar

La abolición del varón

El dogma del progreso

La crisis y la Seguridad Social

El Gobierno quiere que seamos felices

La declaración de la renta y los ciudadanos

No podemos confiar en los políticos

El bien común

Acabar con los pobres

Construir sobre roca o sobre arena

Amnistía Internacional y el aborto

Conversión

Los católicos ¿somos mayoría?

Europa, Europa

Salud sexual y reproductiva

Tenemos que meditar sobre la crisis

Una falsa igualdad

Seguridad en las relaciones personales

Eliminar niños-problema o aborto retroactivo

Una sociedad enferma

No me pise la conciencia, señor ministro

Una enfermera y el doctor Morín

Tanto tienes tanto vales

Las cartas del Apocalipsis

Las leyes que quieren imponernos

El poder de los que mandan

La Europa de los cristianos

Otro estado del bienestar

La abolición del varón

El dogma del progreso

La crisis y la Seguridad Social

El Gobierno quiere que seamos felices

La declaración de la renta y los ciudadanos

No podemos confiar en los políticos

El bien común

Acabar con los pobres

Construir sobre roca o sobre arena

Amnistía Internacional y el aborto

Conversión

Los católicos ¿somos mayoría?

Europa, Europa

Salud sexual y reproductiva

Tenemos que meditar sobre la crisis

Una falsa igualdad

Seguridad en las relaciones personales

Eliminar niños-problema o aborto retroactivo

Una sociedad enferma

Judíos y palestinos

Cosas increíbles

Los deberes de la Declaración de Derechos Humanos

Los problemas de España para el CIS

La constitución actual y las anteriores

Tertulias y diálogo

Mercado del sexo

Nuestros hermanos ateos

Decimos que somos buenos

Lo barato sale caro

Cultura y desarrollo de Occidente

Soy de derechas

Desencanto

Intervencionismo

Víctimas de la crisis

Culpables de la crisis

Virtudes olvidadas: la templanza

Virtudes olvidadas: la fortaleza

Virtudes olvidadas: la justicia

Virtudes olvidadas: la prudencia

Extensión de derechos

Rediseñar la sociedad

Extraños orgullos

La huelga del transporte

Para qué sirven los partidos políticos

Los derechos del niño

La profecía de Sabino Arana

El símbolo

Fraudes

Qué percibimos como problema

Tres crías de lince ibérico

Macrobotellón en Granada

Poder y Libertad

No me satisface esta democracia

La sociedad civil

Perdidos entre las cosas

¿Semana Santa?

Derechos emergentes

Después de las elecciones

La violencia que no cesa

Educación de la sexualidad

Elecciones y programas políticos (II)

Elecciones y programas políticos (I)

Libertad de expresión y amor a la verdad

La ciencia y la sabiduría

Familia 2007

La unidad de los cristianos

La buena educación

Otros culpables

La familia y el PSOE

Canon digital

¿Duramos o vivimos?

Felicidad auténtica

Qué soy yo

La reducción del hombre

La debilidad de los cristianos

Mis opiniones ¿son realmente mías?

El relativismo con forma de absolutismo

Salvar la Tierra

¿Se rompe la familia?

Progresismo

La verdad y la gente

Mejor mirar al futuro que al pasado

Ser cristianos hoy

Vigilar a los padres

Criterio de verdad

Todo depende de las próximas elecciones

Voluntarios

El Rey

¿Todos tienen derecho a un título de Bachiller?

¿Educación para ciudadanos?

Niños, no, perros, si

Tiranía y opresión

Terrorismo y nacionalismo

 

                         Bitácora  "F.R.B."   Por Francisco Rodríguez Barragán

                                                                                                       

 

De todas maneras

Por Francisco Rodríguez Barragán

Jueves, 29 de octubre de 2009

A mi buen amigo Manuel A. Bobenrieth  lo han nombrado profesor emérito de la Escuela Andaluza de Salud Pública. Su discurso de agradecimiento por tal distinción, que fue rubricado por un largo y caluroso aplauso de los asistentes, contiene un pasaje del mayor interés porque pone de manifiesto su calidad humana y su actitud ante la vida. Como sus palabras pueden ser útiles para todos, le pedí y obtuve su autorización para hacerlas llegar a mis lectores. Las  copio a continuación:

“Los años de formación médica y los cincuenta y dos años subsecuentes de ejercicio profesional en Chile, Estados Unidos de Norteamérica y España, en los campos de medicina familiar, epidemiología, gestión de hospital universitario, salud pública, educación en atención médica, publicaciones científicas, docencia en metodología de investigación, escritura científica y lectura crítica de los artículos publicados, me enseñaron entre muchas otras lecciones:

• Que la gente actúa, con nosotros a veces, en forma irracional y egoísta: queramos a la gente de todas maneras;

• Que la gente suele ser desconfiada y obra muchas veces solo por su interés, buscando su propio beneficio: confiemos en la gente de todas maneras;

• Que el bien que hacemos hoy suele ser olvidado mañana: hagamos el bien de todas maneras;

• Que si compartimos nuestro saber como vocación y sentido de misión, alguna gente puede sospechar que actuamos por motivos mezquinos ulteriores: compartamos nuestro saber con respeto, inteligencia y corazón de todas maneras;

• Que si tenemos éxito en el cumplimiento de nuestra misión y en nuestra relación, algunas veces ganaremos falsos amigos y verdaderos enemigos: cumplamos con éxito y lealtad nuestra misión de todas maneras;

• Que el hombre más digno con las ideas más grandes y nobles puede ser desacreditado por el hombre más vil con la mente más pequeña y retorcida: actuemos con dignidad de todas maneras;

• Que lo que nos costó tanto construir a lo largo de años puede ser devastado y hasta destruido de un día para otro: construyamos con optimismo de todas maneras;

• Que el proceder con honestidad y franqueza a veces nos hace vulnerables: seamos francos y honestos de todas maneras;

• Que alguna gente necesitada recibe nuestra ayuda; pero esta misma gente también nos puede olvidar y rechazar cuando necesitamos su apoyo: ayudemos a la gente de todas maneras;

• Que los alumnos son –a veces– inquietos, desconfiados, escépticos, pasivos, distraídos, hipercríticos: reconozcamos, comprendamos y comprometámonos con los alumnos, con dedicación y amor, de todas maneras;

• Que no hay triunfo sin sacrificio, ni éxito sin dolor: batallemos por el triunfo y el éxito de las causas justas, nobles y compasivas de todas maneras;

• Que el opinar con sinceridad nos puede causar penas, daños y perjuicios: cultivemos y manifestemos con sinceridad, con prudencia y oportunidad de todas maneras;

• Que la gente a menudo nos valora más por la autoridad, el poder, la influencia y los bienes materiales que poseemos, que por lo que verdaderamente somos: seamos verdaderos, pacientes, comprensivos, esforzados, modestos y solidarios de todas maneras;

• Que la gente muchas veces interpreta nuestra actitud de respeto, de prudencia, de ecuanimidad y de sensibilidad como signo de debilidad y de complacencia: seamos respetuosos, prudentes, ecuánimes y sensibles de todas maneras;

• Que la gente puede captar erróneamente nuestra comprensión y tolerancia como síntomas de pusilanimidad: seamos comprensivos y tolerantes de todas maneras;

• Que los avatares de la vida cotidiana con sus esperanzas fallidas y penas inmerecidas tienden a perpetuar un presente de pequeño poder circunstancial, limitado y mezquino: pensemos en un futuro grande, trascendente, abierto y generosos de todas maneras.”

Creo que merece la pena haberlas copiado para ustedes.

 

 

 

La tribu

Por Francisco Rodríguez Barragán

Jueves, 22 de octubre de 2009

Con la excepción de los responsables de todas las administraciones que padecemos, que creen que lo están haciendo estupendamente, la mayor parte de los ciudadanos estamos convencidos de que la educación en España deja mucho que desear. El fracaso escolar no puede ocultarse, en la evaluación de nuestros centros no abunda la excelencia, cada vez ocupamos puestos más bajos en el ámbito europeo.

No parece que estén dando resultado medidas tan progresistas como bajar el listón de exigencias, pasar de curso sin aprobar todas las asignaturas, ofrecer compensaciones económicas a quienes agotan el tiempo de educación obligatoria sin aprovechamiento o querer reducir el número de suspensos con incrementos salariales a los profesores, no por enseñar más, sino por suspender menos.

Los profesores han sido despojados de su autoridad, pasan la mayor parte de su tiempo en las aulas tratando de imponer al menos silencio, temen a los padres de los alumnos a los que hay que castigar, porque en lugar de colaborar para su corrección lo que hacen es amenazarles e incluso agredirles. No es extraño que muchos suspiren por jubilarse, hartos de aguantar a los niños y a sus padres.

Dice José Antonio Marina que para educar a un niño se necesita toda la tribu. De acuerdo, pero pienso que la tribu en la que cada cual tenía asignado un papel, que todos reconocían, en la que todos transmitían a los que iban naciendo el rico caudal acumulado de experiencias, saberes, habilidades y valores, ya no existe. Ahora lo que hay es una masa amorfa de individuos cuyo papel más definido es el de consumidores de todo lo que le ofrece la publicidad. El trabajo, para la mayoría, no es sino el medio para poder consumir, no un medio de realización personal, sino de rendimiento económico, a lo que se dedican todas las energías. No hay historia, ni saberes, ni valores por los que luchar ni transmitir.

Todos nos sentimos con muchos derechos y pocas obligaciones. Convencidos de que el llamado estado del bienestar tiene que resolver todos nuestros problemas, esperamos que garantice nuestro puesto de trabajo, nuestro salario, la educación de nuestros hijos, la asistencia sanitaria, la pensión de jubilación o el cuidado de nuestros mayores y nuestros enfermos.

Como esperamos tanto del Estado, hemos ido dejando en manos de nuestros políticos nuestras propias vidas. Pero a ellos lo que más les interesa es disfrutar del poder y sus privilegios y se han aplicado con entusiasmo a irnos sometiendo a través de una táctica indolora. Nos han convencido de que somos libres para disfrutar sin límite ni responsabilidad. Nos aseguran que ellos se ocupan de todo, de que no es necesario pensar por nuestra cuenta, sólo adherirnos a las ideas que nos imponen con el pomposo nombre de Educación para la ciudadanía o a las que ofrecen cada día, desde todos los medios de comunicación, los forjadores de opinión.

¿Dónde está la tribu en la que los padres ejerzan de padres? ¿Dónde está la tribu en la que los maestros sean respetados? ¿Dónde esta la tribu en la que cada uno se sienta reconocido en su propio papel? ¿Dónde están los jóvenes deseosos de aprender a ser personas? ¿Cuándo los jóvenes llegan a adultos y se integran en la tribu?

He leído en algún lado: “piensa, es gratis”. Efectivamente, la mejor de nuestras facultades es la de utilizar nuestra cabeza para pensar, para razonar, para interrogarnos sobre nosotros mismos, para aprender de la sabiduría acumulada a lo largo de, al menos, veinticinco siglos de pensamiento. Aprender a pensar es aprender a ser. Esto es lo que tendría que impulsar la educación pero que, a mi parecer, no se hace, no se quiere hacer. La gente que piensa siempre es peligrosa para los que mandan, pues pueden empezar por cuestionar el fundamento mismo de su autoridad. Por eso ellos prefieren que los jóvenes beban, se diviertan, gocen del sexo irresponsable y ¡claro! los voten agradecidos por tantos “beneficios”.

 

 

 

 

La cruz de cada uno

Por Francisco Rodríguez Barragán

Sábado, 17 de octubre de 2009

Me encontré con un amigo después de mucho tiempo sin vernos, tras los saludos y abrazos correspondientes, comenzamos por recordar tiempos pasados, preguntar por otros amigos a quienes hemos dejado de ver y, de forma inevitable, a hablar de la salud, compartir los achaques que nos aquejan, de nuestras revisiones médicas y del número de pastillas que ingerimos cada día, que no son pocas. Cuando llegamos a viejos tendemos fácilmente a lamentarnos de nuestras enfermedades y limitaciones.

Pero mi amigo me dijo algo que me ha hecho meditar. Estas cosas que nos pasan, me susurró confidencialmente, son ahora nuestra cruz  y tenemos que esforzarnos en llevarla bien derecha, pues si la llevamos atravesada de mala manera, iremos golpeando con ella a los demás ―a la mujer, a los hijos y hasta a los vecinos― y amargándoles la vida.

No sólo cuando somos viejos tenemos cruces, a lo largo de toda la vida hemos tenido muchas alegrías, pero no nos han faltado problemas y preocupaciones. Nos preocupamos incluso por cosas que nunca llegaron a ocurrir, pero nos hicieron sufrir por anticipado, como si hubieran ocurrido. Estoy seguro de que estas cruces de cada día no siempre las he llevado derechas, como dice mi amigo, sino que las han sufrido también las personas de mi alrededor a las que, indebidamente, les he transmitido sufrimientos o al menos molestias.

Jesús, el Hijo de Dios, que quiso parecerse en todo a nosotros, llevó su cruz en el sentido más real y doloroso y nos invitó a seguirlo cargando con las nuestras de cada día. Aceptar las cruces, las que nos llegan sin esperarlas, las que ponen en cuestión nuestra vida, las que hacen añicos nuestras ilusiones y nuestras fantasías, es difícil convertirlas en camino de esperanza, pero es necesario comenzar por aceptarlas como parte esencial de nuestra existencia.

El sufrimiento y el dolor pueden elevarnos o destruirnos, depende de nosotros. No hay ningún tipo de seguro que nos ponga a salvo de estas contingencias, tanto si somos creyentes como si somos ateos. Los cristianos creemos que el sufrimiento tiene un valor maravilloso porque después de la cruz tenemos la resurrección y la vida eterna, a la que también están llamados los que no creen.

De todas formas pienso que todos podemos seguir el consejo de mi amigo: llevarla derecha sin golpear con ella a los demás. Nunca es tarde para seguir un consejo útil, que nace de la experiencia.

Por último, si alguien nos ayuda a llevar la carga tendremos que agradecérselo y si nosotros podemos ayudar a otros, no dejemos de hacerlo. A Cristo también le echó una mano el Cirineo.

 

 

 

El odio y la mentira

Por Francisco Rodríguez Barragán

Viernes, 9 de octubre de 2009

La convivencia social necesita de juego limpio, honestidad, respeto a las instituciones, tanto a las que nos configuran como nación, como a la familia, anterior a la existencia misma de los estados; respeto a los personas en sus creencias y valores, respeto a los adversarios políticos, una administración transparente que dé exacta razón del dinero que pagan los ciudadanos, respeto a las libertades que nos ha reconocido la Constitución, pero que ya poseíamos antes de su promulgación porque son inherentes a nuestra condición de personas, y sobre todo una apasionada búsqueda del bien común, del bien de todos los españoles.

Todas estas cosas están ausentes de la vida política española, imperan el odio y la mentira que no pueden construir nada sino llevarnos al desastre. El partido que nos gobierna, llevado del odio, busca eliminar al contrario, echarlo del tablero político, para imponernos sus confusas ideas, su ideología progresista, aunque no esté nada clara la meta de tal progreso, su actitud antirreligiosa, sus leyes antifamiliares, su ocurrencia de nuevos derechos, otorgados por un parlamento empeñado en decidir una nueva moral, mientras que se destruyen aquellos que han hecho posible hasta ahora nuestra civilización.

El otro partido espera simplemente que el Gobierno caiga en esta crisis y heredarlo. No utiliza la mentira sistemática, pero no sabemos si está dispuesto a atajar el desmadre de los gobiernos autonómicos, ni a reformar la nefasta ley electoral, ni a defender la vida, ni a trabajar por un poder judicial profesional e independiente, por una educación de calidad, por garantizar los derechos, valores y libertades de los españoles, por una administración limpia y transparente, por una ética política exigente.

El problema más grave es que los españoles van siendo engullidos por la poderosa máquina de propaganda y se alinean con mayor o menor entusiasmo en las únicas ofertas que se ofrecen. El exagerado papel de las minorías garantiza, mediante el oportuno pago, el mantenimiento de este sistema que se va destruyendo aceleradamente.

Los españoles que nos confesamos cristianos podemos hacer mucho si nos ponemos a llevar a la práctica la última encíclica del Papa, Caridad en la Verdad. Si el odio tiene un poder destructivo, el amor, caridad, es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es decir es necesaria una actitud positiva y llevarla a la práctica. “Donde haya odio ponga yo amor” es la consigna de Francisco de Asís que todos, cristianos o no, podemos seguir.

Amar es buscar activamente el bien de quien se ama. Desear el bien común. y esforzarse por él, es una exigencia de la caridad y la justicia. Trabajar por el bien común es cuidar y utilizar el conjunto de instituciones que estructuran nuestra vida social. Predicamos el amor al prójimo, pero tanto más eficazmente lo amaremos si trabajamos por un bien común que responda a sus necesidades reales.

Frente a todas las formas de relativismo, es necesario amar la verdad, defenderla, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida. Son formas exigentes e insustituibles de caridad. Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad,

El único garante de que el amor y la verdad pueden construir un mundo mejor es Dios. Si lo eliminamos de nuestras vidas fracasaremos. La historia está llena de personas, ideologías y sistemas que pretendieron ocupar el lugar de Dios y se resolvieron en opresión, dolor y fracaso. Los cristianos tenemos que ser los testigos de este Dios que nos ama en Jesús y hacerlo presente en la sociedad con nuestra conducta, nuestra palabra, nuestra acción. Su ayuda no nos faltará.

 

 

 

El aborto y el impulso de la ONU

Por Francisco Rodríguez Barragán

Jueves, 1 de octubre de 2009

Con independencia de que el Gobierno haya aprobado el proyecto de Ley del Aborto, en este preciso momento, y pretenda con ello distraer la atención de los españoles sobre su nefasta gestión de la crisis y sus delirantes medidas fiscales y presupuestarias, hay que reconocer que el impulso para esta ley y otras anteriores nace de las  Conferencias intergubernamentales promovidas por la ONU desde 1990 con la finalidad de construir un nuevo orden mundial, un nuevo consenso global, en relación con las normas, valores y prioridades que debe tener la comunidad internacional en una nueva era, dejando tácitamente obsoleta la Declaración de los Derechos Humanos de 1948.

Estas conferencias intergubernamentales se apoyan mutuamente: la de Jomtien y la de Nueva York de 1990 sobre educación e infancia respectivamente; la de Río de 1992 sobre medio ambiente; la de Viena de 1993 sobre derechos humanos; la de El Cairo de 1994 sobre población; la de Copenhague de 1995 sobre desarrollo social; la de Pekín de 1995 sobre la mujer; la de Estambul y Roma en 1996 sobre el hábitat y la seguridad alimenticia respectivamente.

A través de todas ellas se trata de imponer una nueva ética mundial, de forma suave y persistente, una auténtica revolución, cuyos agentes principales son redes internacionales de “expertos”, organizaciones no gubernamentales, fundaciones multimillonarias, políticos afines, académicos, financieros o laboratorios, que sin mandato alguno de los ciudadanos, pero con el respaldo de la ONU, han ido difundiendo las ideas elaboradas en las conferencias intergubernamentales de los años 90, en las que se definieron de forma confusa –ellos dicen que abierta– los conceptos con los que se nos bombardea cada día.

Para hacerlos circular a través de los medios de comunicación se procedió a utilizar un nuevo lenguaje, a hablar constantemente de derechos de la mujer, derechos del niño, tolerancia, ideología de género, derecho a decidir, salud sexual y reproductiva, economía sostenible, matrimonio homosexual, muerte digna, cambio climático, diversidad cultural, diálogo de civilizaciones, comercio justo, responsabilidad social corporativa, educación para la paz, interrupción voluntaria del embarazo, etc. Detrás de cada uno de estos conceptos pueden cobijarse los más diferentes contenidos. Al mismo tiempo se han ido excluyendo otras palabras como verdad, conciencia, razón, moral, esposo y esposa, autoridad, jerarquía, honestidad, esfuerzo, caridad, Dios.

Existe, al parecer, un decidido propósito de reducir la población del planeta, razón por la cual se exige a los gobiernos que eliminen cualquier traba a los métodos anticonceptivos y al aborto, incluso existen ayudas al desarrollo que se condicionan a campañas masivas de difusión de anticonceptivos, legalización del aborto y hasta la esterilización. En nuestro mundo europeo, por desgracia, la reducción de la población va teniendo éxito. La natalidad ha descendido hasta hacer imposible el reemplazo generacional en muchos países. El envejecimiento de la población ya están tratando de resolverlo, invocando el derecho a una muerte digna, es decir, mediante la eutanasia. Las naciones que se resisten a la aprobación del aborto o a la difusión de planes anticonceptivos son acosadas por estos “salvadores del planeta” amparados por la ONU y sus organismos.

La ampliación del aborto en España es un episodio más de esta deriva mundial hacia la implantación de una nueva ética que borre los valores cristianos que han hecho posible nuestra civilización occidental. El Presidente del Gobierno colabora con entusiasmo a este desastre. Con el lenguaje propio de los promotores de la nueva ética mundial habla de la ampliación y extensión de derechos, mientras en la realidad los recorta: el derecho del niño a nacer, el derecho del niño a tener un padre y una madre, el derecho de los padres a la educación, el derecho de la familia a la protección del Estado, etc.

Una Europa envejecida y escéptica o decididamente atea y amoral, que renuncia a las raíces que le dieron vida está irremisiblemente abocada a su hundimiento. Otros pueblos con otros valores, no es que están a nuestras puertas, están ya tomando posesión de Occidente, solo tienen que esperar.

Es necesario reaccionar. Tener claro el foco desde el que parte la nueva ética mundial que nos amenaza: la ONU y sus organismos, y trabajar sin descanso por construir en la verdad y la caridad un mundo mejor que el que quieren imponernos. La última Encíclica del Papa nos urge a ello.

 

 

 

Ante esta situación hay que hacer algo

Por Francisco Rodríguez Barragán

Miércoles, 23 de septiembre de 2009

Llevamos más de treinta años de vigencia de la Constitución de 1978 y de la Ley electoral, tiempo suficiente para que se hayan puesto de manifiesto los graves problemas que nos están afectando y desvertebrando como nación.

El régimen autonómico, que pretendió resolver añejos problemas nacionalistas, en lugar de ello los ha agravado. Las autonomías han rebasado un nivel lógico de competencias a costa de un adelgazamiento preocupante del Estado. De hecho tenemos un mosaico con 17 taifas, en las que cada parlamento, o cada consejería, la de educación, por ejemplo, imponen los criterios que se les antojan pensando más en sus intereses electorales que en el desarrollo de políticas que promueven la unidad y el bien común de todos los españoles.

La separación de poderes dejó de existir a manos de los partidos que decidieron, en su beneficio, que era más importante tener correligionarios en los altos tribunales de la nación que preserva y exigir su más estricta imparcialidad. Se ha producido un deterioro progresivo de nuestro sistema judicial en todos los escalones, impartiendo con retraso la justicia y el amparo que demandan los ciudadanos. Además del fraccionamiento en 17 Tribunales Superiores de Justicia y dos instancias supremas, el Supremo y el Constitucional.

El sistema electoral tiene la perversa habilidad de poner en manos de minorías periféricas la llave de las decisiones. Sus votos resultan altamente rentables en perjuicio del resto de los españoles. Así es posible que salgan aprobadas por el parlamento, constituido en instancia suprema de la moralidad, leyes inicuas y aberrantes.

Podíamos seguir detallando la diversidad de regulaciones, de impuestos, de trato a los particulares, de políticas de empleo o de subvención, de imposición de lengua o de historia, diferentes según el trozo de España en el que vivas o trates de vivir.

No he escuchado a ningún partido que se marque el objetivo de poner techo definitivo a la deriva autonómica, ni que se plantee la reforma del sistema electoral, ni del sistema judicial, ni nada de nada. Para el actual partido en el poder, lo único que busca es arrinconar a la oposición para poder seguir ganando elecciones sin enemigo y perpetuarse como Chávez en Venezuela. La oposición espera tontamente que vaya a heredar el poder simplemente esperando que caiga el actual. Craso error, la crisis que padecemos puede reforzar el populismo y mantener controlada la pobreza de unos a costa de la ruina de las clases medias.

Ya me he referido en otras ocasiones a la necesidad de que la sociedad civil asuma su soberanía, tome conciencia de la falacia de que los partidos nos representan y no se deje embaucar por la música del estado de bienestar, cada vez más imposible, ni abdique de su capacidad de pensar, para asumir sin crítica las orientaciones interesadas de los medios de comunicación.

En este sentido el profesor Alejandro Llano, de la Universidad de Navarra, ha publicado un artículo, cuya lectura completa recomiendo vivamente, en el que propone la creación de grupos de acción y pensamiento que se centren en el análisis de las causas que llevan a la desvertebración social. Dice que hay que recurrir al mundo vital, es decir, a las fuentes de sentido que aún no estén completamente colonizadas por un sistema en trance de anquilosamiento. Se trataría de la estrategia de pequeños grupos con capacidad transformadora, cuyo campo de acción no es directamente político ni económico, sino cultural, entendiendo por cultura el conjunto de los modos de vida bien pensados y pacíficamente compartidos.[1]

Invito a mis lectores a crear tales grupos, evitando que se limiten a lamentarse de la situación ni a reducirlo a meras especulaciones sin compromiso personal, familiar, profesional o vecinal. El útil esquema de la pedagogía activa, –ver, juzgar y actuar–, muchas veces no llega al actuar y queda estéril. Quizás por eso, el profesor Llano, habla de grupos de acción y pensamiento, para que no queden en simples charlas de café.

[1] Ver artículo publicado en www.CONOZE.com

 

 

 

Toda situación puede empeorar

Por Francisco Rodríguez Barragán

Jueves, 17 de septiembre de 2009

Toda situación es siempre susceptible de empeorar. Esta afirmación bastante pesimista parece confirmarse en España cada día y en todos los campos, pero quiero referirme ahora al sangriento tema del aborto.

La ley de 1985 que despenalizó el aborto en determinados supuestos era una mala ley, con un supuesto convertido en coladero, como ha demostrado el aumento escandaloso de los mismos. A pesar de los informes estadísticos del Instituto de Política Familiar señalando que el aborto era la primera causa de mortalidad en España, con más de 120.000 niños asesinados en el seno de sus madres, la sociedad española, mayoritariamente, ha mirado para otro lado.

Solo cuando Intereconomía entró en una clínica abortista y mostró la sordidez de su infame negocio y puso en nuestras pantallas un niño descuartizado comenzamos a salir de nuestra indiferencia. Otros pocos medios, con más empuje que medios, comenzaron sus campañas pro-vida.

La reacción del gobierno ha demostrado la exactitud de la frase con la que comenzaba este artículo. En lugar de poner coto al infame negocio del aborto y reflexionar sobre las causas que llevan a abortar a tantas jóvenes y adolescentes, causas que ha propiciado el gobierno mismo, al favorecer y propagar una sexualidad irresponsable, decide hacer una nueva ley de plazos que pretende convertir un delito en un derecho y ofrecer “seguridad jurídica” a los médicos convertidos en matarifes.

Todo esto bebiendo en las nauseabundas aguas de varios organismos de la ONU, ocupados y tomados por diversos grupos de presión como el Centro de Derechos Reproductivos o la Federación Internacional de Planificación Familiar, que luchan denodadamente por imponer el aborto y la contracepción en todos los países del mundo, al mismo tiempo que difunden el engañoso lema de buscar la salud sexual y reproductiva de la mujer y su derecho a decidir.

Ante la manifestación anunciada para el 17 de octubre contra esta ley, el partido de la oposición dice que votará en contra, pero no para ofrecer una mejor sino para que se mantenga la anterior, que ha demostrado de sobra su malicia. Todas las mujeres abortan por el último supuesto de la ley, el coladero de la salud mental, lo cual no deja de ser bastante raro, salud sobre la que dictaminan, sospechosamente, facultativos empleados o socios de las mismas clínicas.

Así que, en mi opinión, la cuestión tiende a empeorar tanto por parte del gobierno como de la oposición. Uno obsesionado con su populismo progre que proclama la extensión de nuevos y extraños derechos y el otro preocupado por los posibles votos que pueda perder si se opone frontalmente al aborto y al desmadre que padecemos.

 

 

 

Educar para la libertad o la esclavitud

Por Francisco Rodríguez Barragán

Lunes, 14 de septiembre de 2009

Nos diferenciamos radicalmente de los animales en que venimos a la vida en radical desamparo, necesitados durante mucho más tiempo del cuidado y solicitud de otras personas para poder vivir. Los animales llegan a la vida para repetir, sin cambios, el programa biológico que los troquela, mientras que cada persona es portadora de poderosas facultades, que le permitirán realizar su propia vida, su biografía, única y diferente de todas las demás.

Las personas están dotadas de razón y de conciencia y de la capacidad maravillosa de aprender a utilizarlas. Es posible aprender porque es posible enseñar, desde el lenguaje a la ciencia, para entender la realidad que nos rodea, a la moralidad para distinguir las acciones y actitudes buenas o malas, a la filosofía para conocerse e interrogarse a sí mismos y buscar la verdad, a la contemplación para gozar de la belleza, de la poesía, de la trascendencia.

Cada hombre puede hacer suyo el saber acumulado de los que le precedieron, para examinarlo y juzgarlo a la luz de su propia razón y añadir a este saber su propia reflexión. Aprender y enseñar no está circunscrito a un periodo de la vida sino que la abarca toda, aunque las primeras etapas son decisivas. Esa máquina maravillosa de pensar y razonar, de reflexionar y decidir, funcionará mejor o peor según las enseñanzas que reciba en las primeras etapas de su educación. Esto es algo tan importante que sólo deben realizarla los padres, las personas que le transmitieron la vida y los aman. Luego será necesario el concurso de toda la tribu como repite José Antonio Marina.

Educar para el bien, la bondad y la belleza, es hacer personas libres y responsables de su propia vida, pero también se puede manipular la educación para troquelar un tipo de ciudadanos esclavos de sus caprichos, ansiosos de placer, refractarios al esfuerzo y a la responsabilidad, incapaces de distinguir el bien del mal, al confundir lo bueno con lo placentero y lo malo con el esfuerzo y la responsabilidad.

Cuando contemplo cada fin de semana, fin de semana cada vez más amplio, a los adolescentes y a los jóvenes dedicados al botellón o a la fruición del sexo, pienso que hay algún fallo, imprevisto o premeditado, en el proceso de aprender y enseñar. Si compruebo los pobres resultados de nuestro sistema educativo, el elevado porcentaje de abandonos, el lamentable lugar que ocupamos en el ranking internacional, pienso que algo está fallando desde hace años y nadie quiere ponerle remedio, quizás para obtener votos.

Cuando observo la escasa capacidad de los que nos gobiernan, sus descabelladas propuestas legislativas, su soberbia al querer utilizar un sistema degradado de mayorías y minorías para decidir sobre el bien y el mal y tratar de imponérnoslo a todos, mientras que su función específica, la de administrar con honradez el dinero de los ciudadanos, no aparece por ningún lado. Toda nuestra democracia se reduce en buscar y pagar votos para obtener ridículos apoyos de minorías insignificantes, mientras que los grandes partidos muestran su incapacidad de entenderse ni siquiera en momentos de crisis.

Todo esto me confirma en que algo ha fallado estrepitosamente en estos treinta años últimos, sin duda, la educación. En treinta años, o quizás más, han llegado a padres nuevas generaciones incapaces de educar y transmitir valores, porque ellos tampoco los recibieron, que exigen del Gobierno que eduque a sus hijos porque ellos no tienen tiempo ni ganas de hacerlo. Gran ocasión para los que quieren  destruir esta sociedad y construir otra de la que no tienen ninguna idea clara, pero en la que puedan seguir mandando.

Todas las tiranías, todos los totalitarismos, han hecho lo mismo: uniformar a los ciudadanos ya sea con el mito de la raza, de la nación, del jefe o del partido único y salvador. Para esta tarea tienen que terminar con las personas libres, con los que buscan la verdad, los que tienen conciencia para distinguir el bien del mal, los que creen que tras toda la belleza del universo hay Alguien que nos hizo y nos espera.

 

 

 

Seréis como dioses

Por Francisco Rodríguez Barragán

Domingo, 6 de septiembre de 2009

La vieja tentación del Paraíso sigue resonando en los oídos de la humanidad a través de los tiempos: si no hacéis caso a Dios y coméis del árbol de la ciencia del bien y del mal, seréis como dioses. Una y otra vez los hombres quieren olvidarse de su condición de criatura y convertirse en sus propios dioses y a pesar de que todos sus intentos terminan en dolor y fracaso piensan que la próxima vez lo conseguirán. Siempre hay quienes dirigen la maniobra, los que proponen construir una torre tan alta que desafíe al cielo, aunque termine en la confusión de Babel.

Los hombres en lugar de reconocer que habían recibido el regalo de la vida y agradecerlo, pensaron que existían dioses poderosos que constituían una amenaza y trataron de conjurarlos, de librarse de ellos o de conseguir su ayuda para vencer a sus enemigos. Los jefes de todos los imperios antiguos buscaron ser divinizados, ser considerados como dioses cuya voluntad fuera la ley, decidir acerca del bien y el mal.

Cristo irrumpe en la historia para ofrecer la salvación. Dios que nos creó y en el que vivimos, nos movemos y existimos, sigue amando a los hombres a pesar de su loca tendencia a considerarse absolutamente libres y autosuficientes. Su oferta de salvación a través del amor y la verdad respeta la libertad de cada persona. Unos aceptan el amor de Dios y aman y otros siguen empecinados en salvarse a sí mismos confiando en sus propios medios: la ciencia y la técnica, sin caer en la cuenta de que estos medios también son dones de Dios.

El tentador sigue insistiendo: Dios no es necesario, ni siquiera como hipótesis para explicar el universo, dicen algunos con altanería. Otros hacen publicidad de “probablemente no exista, por lo que deben dejar de preocuparse y disfrutar de la vida”. La muerte inevitable de todos pone un inquietante contrapunto. La situación del mundo, sus guerras, sus rivalidades, sus hambres, sus crisis, cuestionan eso de disfrutar de la vida.

La humanidad va gastando milenios ensayando fórmulas maravillosas que resuelvan todos los problemas. Todas fracasan. Recordemos las últimas: el marxismo eliminando las clases sociales convertiría el mundo futuro en un paraíso. Millones de personas han sido sacrificadas a esta idea y todo el tinglado se ha venido abajo.

La mano invisible podía regular las relaciones sociales a través del mercado. El egoísmo de cada uno daría como resultado la prosperidad. Pero el egoísmo es una pasión insaciable de la que no puede salir amor ni solidaridad. La crisis que padecemos es buena prueba de los males que puede acarrear el egoísmo.

La creación del estado del bienestar en el que tanta gente ha confiado puede venirse abajo tanto por la crisis económica como por el desequilibrio entre esperanza de vida y reducción de la natalidad.

Pero hay más. El deseo de decidir sobre el bien y del mal, se hace realidad con campañas planetarias para reducir la población mediante cualquier medio, con la difusión de la ideología de género que trata de imponer que la sexualidad es una opción personal y un producto cultural, con la incitación al placer sin trabas ni responsabilidades. La política educativa para borrar la influencia de la familia o de las religiones y realizar una ingeniería social en la que los gobiernos decidan sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Todo ello adobado con una palabrería eufemística: abortar no es matar a un inocente sino el ejercicio de un extraño derecho de la mujer, la sexualidad no es una fuerza que necesita ser dominada por la voluntad sino ejercitada sin trabas ni cortapisas desde la más tierna infancia. La familia no es una unidad compuesta por padre, madre e hijos sino una forma más entre otras muchas fluidas y cambiantes. La ecología como argumento para modificar las conductas y tantas cosas más.

Por eso la Encíclica de Benedicto XVI –Caritas in veritate- no puede ser más oportuna. Señala que la única fuerza capaz de orientar el desarrollo de los pueblos y de las personas es la caridad en la verdad. La caridad es el amor exigente y comprometido que se preocupa del bien de los que ama y la verdad que reconoce que somos criaturas, dotadas de razón y de conciencia por Dios, que quiere nuestro bien, que consiste en amarle a Él y amarnos entre nosotros.

 

 

 

El matrimonio y la cultura

Por Francisco Rodríguez Barragán

Domingo, 30 de agosto de 2009

El  Arzobispo de Nueva York ha hablado de los desafíos que la Iglesia Católica enfrenta en su país y señala, en primer lugar,  que existe una crisis en la vocación a un matrimonio que sea para toda la vida, que implique el darse por completo, con amor y fidelidad y que ésta es la verdadera crisis vocacional con la que se enfrenta la Iglesia. Indica que la mitad de los jóvenes no llegan a contraer matrimonio. Al leerlo pensé que también aquí hemos llegado a la aceptación social de la cohabitación de las parejas sin casarse en forma civil ni religiosa. Si hace algún tiempo esto significaba algún rechazo hoy se admite sin más, como se admite que la vida en pareja tiene una duración limitada y cada cual puede romper una relación para iniciar otra.

Meditando sobre todo esto, encuentro que en el V Congreso Mundial de Familias celebrado en Ámsterdam hace algunas fechas, un estudioso de la familia, Patrick Fagan, ha dicho que hay dos culturas de la moralidad sexual y que ambas tienen un efecto profundo en la política pública. Llamó a una cultura monógama y a la otra cultura polimorfa. Fagan explicó a sus oyentes que la cultura de la familia tradicional  se encuentra en intensa competencia con otra cultura muy diferente, señalando que la diferencia entre las dos es el ideal sexual abrazado por cada una: la monogamia o la polimorfa poligamia en serie, a la que llama “poliamor.”

Explica este estudioso que la cultura monógama ha sido la base del estado constitucional mientras que la expansión del Estado del bienestar es cada vez más el producto de la cultura del “poliamor”. Si el Estado constitucional se basaba en un sentido de lo sagrado y daba a la religión un lugar público, el Estado de bienestar social se encuentra más cómodo con el ateísmo o al menos con la supresión de la religión del ámbito público.

Si la cultura monógama respeta la vida en todas sus etapas, en la cultura “poliamor” todo se sacrifica al disfrute de una sexualidad desenfrenada, donde los niños y los viejos sobran, aumentan los abortos hasta impedir el reemplazo generacional y los discapacitados y los ancianos deben ser eliminados. La cultura “poliamor” se va extendiendo por la acción y el control de los Estados a través de la educación de los niños, la educación sexual y la llamada salud de los adolescentes, que inexorablemente va arrebatando a los hijos de sus padres, para educarlos en otros valores.

Está claro que el Arzobispo de Nueva York representa la voz de la Iglesia Católica defensora de la cultura monógama, de la familia como célula básica de la sociedad, en la que los padres, y no el Estado, son los primeros educadores de sus hijos. Pero el problema a mi entender más grave es que cada vez hay más personas atrapadas en la cultura “poliamor” por lo que dimiten de su papel de educadores dejando la iniciativa y el control al Estado que va convirtiéndose rápidamente de constitucional en totalitario.

El decidido propósito de ampliar la ley del aborto, manipulando el lenguaje como reconocimiento del derecho de la mujer a la salud sexual y reproductiva, el proyecto andaluz sobre la dignidad de la muerte (eutanasia encubierta), la anunciada ley sobre libertad religiosa cuyo objetivo es impedir sus manifestaciones públicas, el descarado ataque a la objeción de conciencia equiparándola a desobediencia civil juntamente con la famosa asignatura de educación para la ciudadanía, el divorcio exprés o el matrimonio homosexual, son claros ejemplos de que la nueva cultura del “poliamor” se abre paso y nos va avasallando

La crisis económica quizás pueda remontarse en unos años, pero la crisis moral en la que estamos envueltos necesitará mucho más tiempo, esfuerzos y la ayuda de Dios para salir de ella. Los cristianos llevamos perdido demasiado tiempo. Hay que ponerse en marcha con valentía y decisión y convocar a ese alto porcentaje de españoles que se declara católico en las encuestas a definir su postura. Es algo más profundo que cambiar de gobierno lo que necesitamos para que esta nueva cultura de sexo y muerte no triunfe e imponga de forma totalitaria sus designios de ingeniería social.

La última Encíclica del Papa nos urge a vivir el Amor en la Verdad, fascinante tarea a la que nadie que se confiese cristiano puede sustraerse. Lamentarse y no hacer nada es lo único necesario para que el mal triunfe sobre nosotros y nuestros hijos.

 

 

 

La elegancia social del regalo

Por Francisco Rodríguez Barragán

Viernes, 21 de agosto de 2009

Con este eslogan, hace años, una firma muy conocida nos animaba a regalar en la celebración de la Navidad, en el día de la madre o del padre y en las mil y una ocasiones que el regalo puede ser la forma de mostrar nuestro afecto a familiares y amigos. Este tipo de regalos nunca ha sido objeto de problemas.

Es muy corriente que los comerciantes y proveedores con los que nos relacionamos habitualmente nos obsequien a final de cada año con agendas, bolígrafos o llaveros, marcados con su nombre y teléfono, con la finalidad de que sigamos siendo sus clientes. Aquí, más que un afecto, que también puede existir, hay un interés comercial.

Pero los obsequios a personajes situados en puestos de decisión, buscando que pudieran favorecer las pretensiones de quien regala, nunca tuvieron buena prensa ni para quien los enviaba ni para quien los recibía. Todos tenemos claro que no se trata de auténticos regalos, pues lo específico del regalo es que se entrega por afecto, sin recibir nada a cambio.

Cuando el regalo deja la esfera del don, pura gratuidad, para buscar otros intereses deja de ser regalo. Si damos algo para recibir algo entramos en el campo de las relaciones sinalagmáticas, el contrato bilateral, que solo es posible entre iguales y versa sobre cuestiones en que las partes tienen plena libertad para disponer de lo suyo.

Cuando una de las partes no es una persona física sino jurídica o, más aun, es una entidad de derecho público que forma parte de una Administración, la voluntad para contratar está sujeta a rigurosos controles para garantizar su legalidad e impedir la arbitrariedad, al mismo tiempo que debe favorecer y no dañar el bien común de los ciudadanos que, en definitiva, son los titulares de los derechos y deberes cuya gestión han encomendado a los políticos que de forma directa o colegiada han de llevarla a cabo.

Por eso, cuando los que aprovechando su puesto adoptan decisiones que favorecen intereses particulares en perjuicio de otras personas o del interés común y además participan en los beneficios que tal decisión pueda producir, no hay duda de que incurren en delito y deben ser imputados e inhabilitados para ejercer cualquier cargo público.

También puede darse otro tipo de viciosa relación bilateral cuando determinadas organizaciones se dedican a apoyar a quienes ostentan el poder, para que sigan manteniéndolo, bien ensalzando críticamente su gestión, bien atacando de forma permanente a la oposición, para obtener subvenciones, concesiones y prebendas. El Gobierno tiene en sus manos muchas veces, la posibilidad de beneficiar a los adictos con regalos importantes, en perjuicio de los demás, desde conceder una cadena de televisión a filtrar noticias a los medios afines, desde subvencionar a determinados grupos a hacerle la vida imposibles a los discrepantes.

Por desgracia es muchas veces verdad aquello de que “poder es impunidad”. Por eso es necesario reforzar un imprescindible sistema de controles a nuestros gobernantes para evitar que la varita mágica de corporaciones locales pueda enriquecer a los amigos con planes de ordenación urbana, hoy detenidos por la crisis pero que volverán en cuento puedan. Para evitar que los gobernantes de las Comunidades Autónomas utilicen sus cargos para el nepotismo y el clientelismo político. Para evitar que el Gobierno saque adelante cualquier Ley, por inicua que sea, cualquier distribución de ayudas, cualquier presupuesto descabellado, cualquier ocurrencia, comprando con regalos los votos que le falten para alcanzar la mayoría.

Nuestros gobernantes a todos los niveles tienen que responder de sus actos, de los regalos que hicieron y de los regalos que recibieron, sin prescripción alguna y sin que ganar las siguientes elecciones, convalide ninguna de sus tropelías anteriores, ninguna de sus leyes injustas, ninguno de sus abusos. También las personas físicas y jurídicas que hayan procurado y se hayan beneficiado de actos ilegales de las administraciones, deben responder igualmente de sus delitos sin prescripción alguna.

 

 

 

¿Quién puede arreglar tanto desaguisado?

Por Francisco Rodríguez Barragán

Viernes, 31 de julio de 2009

Ahora que arden nuestros bosques, presuntamente por incendios provocados en muchos casos, recuerdo algún otro verano pasado en que el pirómano resultó ser un bombero que no había sido contratado aquel año para las labores de extinción. Pensando en la extensa plaga de incendios políticos que padecemos con este gobierno, me pregunto si en razonable creer que los que los causaron puedan y quieran resolver los estragos que nos afectan a los españoles.

Aquella promesa, imprudente e interesada, del Presidente de que aceptaría el Estatuto que le enviaran de Cataluña, inició la catástrofe autonómica que está devastando a España. El último reparto del presupuesto a las distintas comunidades demuestra que quien causó el problema no puede resolverlo, al contrario, lo empeora al introducir cada vez más diferencias, agravios  y enfrentamientos.

La ley de violencia de género, la del divorcio exprés, la de educación para la ciudadanía, la del menor, han sido otros tantos incendios que no han resuelto sino agravado los problemas que decían iban a solucionar. Basta con comprobar si estas leyes han servido para disminuir los problemas o para aumentarlos. Cada día hay más rupturas familiares, más violencia doméstica y de los menores, una educación cada vez más deficiente, con profesores sin autoridad, desmotivados y ansiosos por obtener la jubilación y un abandono creciente de los estudios.

Las campañas gubernamentales de información sexual, preservativos y píldora del día después, excluyendo cualquier referencia a valores morales, han agravado los problemas de los jóvenes al incitarles a una sexualidad sin responsabilidad y el resultado de ciento veinte mil abortos al año. Quieren rematar el desastre ampliando la ley del aborto.

Los padres que tienen el derecho y el deber de educar a sus hijos, no por concesión de la Constitución ni del gobierno, sino como algo inherente a su condición de progenitores, han abdicado en muchos casos de sus obligaciones de vigilancia y tutela, acomplejados por la dictadura de lo políticamente correcto que moteja de autoritarismo cualquier reprensión y pone a disposición de los menores un teléfono para denunciar a los padres por malos tratos. Se ha llegado incluso a condenar a alguna madre por haberle dado una bofetada a su hijo. Muchos programas televisivos han divulgado ideas y conductas disolventes de todos los valores, con la aquiescencia del Gobierno.

El sistema financiero español era, para el Presidente, el campeón del mundo. Hizo oídos sordos a los avisos de crisis, fanfarroneó en Estados Unidos de que íbamos a superar a Francia y a Italia y ahora somos el hazmerreír de Europa. Llegó la crisis y se desgañitó diciendo que jamás iba a permitir recortes sociales, pero entregó nuestro dinero a los Bancos, mientras que trabajadores y pequeños empresarios quedaban en paro. Para este desastre anunciado no tomó ninguna medida, con lo que agravó nuestra situación. No podemos creer por tanto que sea capaz de resolverlo.

Las reformas necesarias para salir de la crisis brillan por su ausencia. El Presidente hace imposible la concertación social al aliarse con los sindicatos contra los empresarios y culpa a éstos de propuestas inadmisibles. Mientras tanto el incendio del paro sigue creciendo y quienes podían crear puestos de trabajo, desconfían y desisten de correr ningún riesgo. El eslogan de no dar un paso atrás en los derechos sociales se traduce en que nadie crea puestos de trabajo.

Según las encuestas del CIS tres cuartas partes de los españoles se declaran católicos y la Constitución determina que España es aconfesional. Bastaría con mantener una respetuosa neutralidad pero no, quiere imponernos un laicismo radical y agresivo, quiere ser la instancia suprema que determina el bien y el mal, lo justo y lo injusto y nos amenaza con una ley de libertad religiosa que va a restringir nuestros derechos personales e inalienables. Como en todo lo demás el gobierno crea o agrava los problemas y maniobra para seguir en el poder laminando a la oposición, aunque de hecho sea una oposición blanda y sin nervio.

El Gobierno ha creado más problemas e incendios políticos de los que cabía imaginar y es extraño que haya gente que espere que estos pirómanos puedan actuar de bomberos y sanear el paisaje.

 

 

 

De personas y animales

Por Francisco Rodríguez Barragán

Sábado, 25 de julio de 2009

La ONU y la UNESCO aprobaron en 1978 una Declaración Universal de los Derechos de los Animales y muchas Asociaciones trabajan por evitar el sufrimiento de los animales. Creo sinceramente que es una salvajada hacer reventar a los patos para conseguir foie gras, matar a las ovejas de karakul para sacarles el corderillo antes de nacer y desollarlo para fabricar abrigos de astracán, matar las focas a palos para obtener sus pieles, inocular dolorosas enfermedades en animales de experimentación, etc. Que las personas lleguen a respetar a los animales y se compadezcan de sus sufrimientos me parece un avance innegable de la humanidad.

Pero al mismo tiempo negar la misma compasión a los niños no nacidos me parece un retroceso brutal. El niño que se desarrolla en el vientre de su madre es un ser que tiene sensaciones, que siente y sufre y patalea cuando es achicharrado en una solución salina, desgarrados sus miembros, descuartizado o aplastado su cráneo. La agitación del niño cuando es asesinado no puede ser ignorada ni olvidada por su madre.

Oí decir a la ponente del informe favorable al proyecto de Ley enviado por el Gobierno al Consejero General del Poder Judicial que el derecho del nasciturus hay que contemplarlo junto a otros derechos de la mujer: su proyecto personal, su autoestima, sus circunstancias personales y no sé si dijo también lo de la salud sexual y reproductiva. Es igual lo que diga esta señora, para mí el derecho a la vida del niño concebido no puede ser objeto de discusión, salvo en los raros casos en que haya que optar por salvar la vida de la madre o la del niño.

No se trata de una cuestión religiosa sino de conciencia, de sentido común. Si la embarazada tiene dificultades para criar al hijo que concibió, la sociedad debe ofrecerle soluciones pero no decirle, despreocupadamente, mátalo, aborta, es tu derecho, porque la “infalible” decisión de la mayoría del Congreso de los Diputados así lo ha decidido.

Esos infalibles gobernantes que decidieron incitar a la promiscuidad sexual, repartiendo preservativos a los adolescentes, y eliminar una seria educación en valores, sustituida por la ideología de género, quieren redondear la faena ofreciendo legalizar el asesinato de más de cien mil niños, para que las mujeres “no vayan a la cárcel por abortar”, cosa que nunca ocurrió, y que los fabulosos negocios del aborto no puedan ser investigados.

El Gobierno y sus extensiones mediáticas se lanzarán a apoyar este engendro, que no merece siquiera llamarse ley, para convencer al personal de que la única moral posible es la que decida el Congreso de los Diputados, pero aunque lo consigan y los sigan votando, el aborto, el asesinato de los niños en gestación, es una barbaridad y una degradación. Hemos “progresado” tanto que nos compadecemos de la muerte de un coderillo de karakul y aceptamos, unos indiferentes y otros con entusiasmo, que se puedan eliminar los niños antes de nacer, más aún si se sospecha que tienen alguna discapacidad. Quizás sea solo el principio. Ya encontrarán apoyos para eliminar a los mayores. El Gobierno andaluz ya se ha puesto en marcha.

 

 

 

El juicio de residencia

Por Francisco Rodríguez Barragán

Viernes, 24 de julio de 2009

La interposición de una querella contra el ex-presidente de la Junta de Andalucía por parte del Partido Popular, por el turbio asunto de una subvención millonaria, me ha hecho recordar el juicio de residencia que, desde el siglo XVI hasta 1812, se aplicaba a los virreyes y demás funcionarios que cesaban en sus cargos en la América española.

Esta institución del derecho castellano e indiano era una averiguación de los posibles abusos y extralimitaciones cometidos durante el tiempo de su mandato, para lo cual se convocaba por edictos y pregoneros a los que se sintieran perjudicados a que declararan ante los jueces encargados de la pesquisa. Aquellos juicios terminaban, a veces, imponiendo multas o inhabilitaciones para los que resultaban culpables.

Quizás podemos pensar que hubiera sido más eficaz haber reclamado en el momento en que se cometía el desafuero y no varios años después, pero entonces, como ahora, no resultaba fácil para el común de los ciudadanos iniciar pleitos y reclamaciones contra el que manda. La posibilidad de presentar cada cual un memorial de los agravios y abusos cometidos por el cesante me parece una norma útil y prudente. El nombrado para un cargo en aquellos tiempos y lugares conocía de antemano que iba a ser juzgado al final de su mandato, por lo que, al menos teóricamente, esta circunstancia podía salvaguardar la tendencia de todo poder a corromperse.

Pero este viejo antecedente procesal no dejaría de ser útil hoy para revisar la actuación de cualquier gobernante y la limpieza de su administración, más aún cuando tal situación se ha prolongado más de dos décadas en el caso del Sr. Chaves. En nuestro actual sistema democrático, da la impresión de que todos los abusos, desmanes, corrupciones, nepotismos e irregularidades que puedan cometerse a lo largo de cada mandato gozan de remisión absoluta mientras se obtengan votos suficientes, los que se consiguen tanto más fácilmente, cuanto mayor poder se tenga.

El poder judicial, que debería servir de contrapeso a cualquier abuso de poder, ha sido tan politizado en los escalones superiores, que ha mermado mucho la confianza de los ciudadanos en su actuación, que siempre resulta lentísima, complicada, cara y de incierto resultado, máxime con la pluralidad de Tribunales Superiores en cada Autonomía y la existencia de un Tribunal Supremo que no resulta tan supremo ya que puede ser cuestionado por el Tribunal Constitucional.

No ignoro que ha habido altos cargos condenados, pero hasta un determinado nivel. Aquel magistrado de importación Sr. Bacigalupo decidió que el Presidente del Gobierno no podía ser estigmatizado haciéndole declarar en un proceso y el Presidente sucesor decidió “pasar página”, actitud que si se hubiera tratado de un cuestión personal podría calificarse de generosa, pero al ser institucional debió instar al poder judicial a llegar hasta el final. Alguien ha dicho que el poder es impunidad, afirmación que puede parecer exagerada, pero que tiene buena parte de verdadera. Se podría hacer una amplia lista.

Si en el siglo XVI fue la Corona la que trató de poner freno a los abusos y desmanes de los gestores de la administración indiana y facilitó la presencia del pueblo llano, españoles e indios, para oír sus quejas en el juicio de residencia, ahora tendrá que ser la sociedad misma la que se organice, la que impida la impunidad del poder, la que exija unos tribunales independientes y un examen minucioso de la actuación de cada gobernante. Los partidos políticos no lo van a hacer y el Tribunal de Cuentas, pienso que tampoco, pues solo hace dictámenes que parecen servir de poco.

 

 

 

No me pise la conciencia, señor ministro

Por Francisco Rodríguez Barragán

Sábado, 18 de julio de 2009

El artículo primero de la Declaración Universal de Derechos Humanos reconoce que todos estamos dotados de razón y conciencia. Ambos atributos son lo que nos distingue de los animales. Quien hizo todas las cosas nos elevó por encima de toda la creación al darnos la razón capaz de llegar a conocer y la conciencia capaz de distinguir el bien del mal. Pero además nos dotó de libertad para que podamos elegir y asumir las consecuencias de nuestras decisiones.

Me alarma leer que nuestro Ministro de Justicia quiere evitar que la conciencia sea una excusa para no cumplir las leyes, para ejercitar la objeción de conciencia. Es decir, quiere que el Estado pueda forzar nuestra conciencia e imponernos las leyes que obtengan la mayoría parlamentaria, elevando al Congreso de los Diputados a la única instancia infalible para determinar el bien y el mal, lo justo de lo injusto.

Pues no, señor Ministro. El Estado podrá disponer de nuestros bienes pero no tiene ningún derecho a disponer de nuestras conciencias. Si esto se le hubiera ocurrido a otros miembros del coro que rodea al Señor Rodríguez Zapatero no me hubiera extrañado, pero que lo diga usted que se le supone una amplia capacidad académica, me alarma y me preocupa.

La deriva hacia el totalitarismo comenzó con el entierro de Montesquieu y el asalto al poder judicial, continuó con la imposición de la asignatura llamada de Educación para la ciudadanía, intento doctrinario de la ideología de género, la promulgación de leyes antifamiliares, la incitación a la promiscuidad sexual sin responsabilidad con resultado de decenas de miles de abortos, que se verá ampliado y “legalizado” con la ley que se proyecta. El único y precario valladar que podíamos utilizar los ciudadanos frente a tanta imposición era la objeción de conciencia.

Pero llega usted, encargado de dinamitar dicha objeción y trata de hacerlo al mismo tiempo que quiere regular la libertad religiosa que nuestra Constitución garantiza en su artículo 16. Mucho me temo que quiera matar dos pájaros de un tiro y la regulación que trate de imponernos sea en realidad un recorte más de libertades.

Los ciudadanos tendríamos que esperar del Ministro Señor Caamaño, que tratara de dotar a la administración de Justicia de los medios materiales y humanos necesarios e imprescindibles para evitar el caos judicial y la duración interminable de los procesos y que velara por su independencia. Pero no es así, las instrucciones que parece haber recibido en donde sea, es que ponga freno a la excusa de la objeción de conciencia y regule, es decir someta, al arbitrio del Gobierno la libertad religiosa.

Todo esto, que quizás le parecerá a usted muy progresista, es bastante viejo. Recuerde lo de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. El César no es Dios y por negarse a adorarlo muchos dieron su vida. Nuestra conciencia no es del César, ni del Gobierno, ni del Congreso de los Diputados, así que algunos, muchos o pocos, no vamos a admitir como justo, bueno y verdadero, aquello que para nuestra razón y nuestra conciencia no lo sea.

Podrán castigarnos, ya lo hacen y lo seguirán haciendo, pero ello no es señal de fuerza sino de debilidad. El esfuerzo por adoctrinar y manipular a los ciudadanos pone de manifiesto que lo que más temen es que haya gente libre, dispuesta a luchar y a padecer por conservar su libertad y su conciencia.

La gran estafa es que en lugar de servir a los ciudadanos, buscar el bien común y administrar decentemente nuestros dineros, quieran imponernos sus formas de pensar, sus ideologías, sus resentimientos históricos, sus mentiras y además su incompetencia para superar la crisis.

 

 

Bitácoras Rd  Rebelión digital 

 

                                                                                                                             All rights reserved © 2006  

                                                                                                                     rebeliondigital.es  rebeliondigital.com

                                                                                                                E-mail:  rebeliondigital@rebeliondigital.es