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| Bitácora "F.R.B." Por Francisco Rodríguez Barragán |
Palabras excluidas Por Francisco Rodríguez BarragánJueves, 28 de enero de 2010 La Declaración de los Derechos Humanos reconoce que las personas están dotadas de razón y conciencia. Con estas cualidades podríamos diferenciar el bien del mal, pero también estamos dotados de libertad y podemos ignorar la voz de la conciencia y utilizar la razón y retorcerla para justificar nuestras decisiones. Empeñados en instaurar una sociedad distinta se está procediendo a destruir la conciencia y los conceptos de bueno y malo, inscritos en nuestro interior, para sustituirlos por otros, decididos y adoptados por la voluntad política de los gobiernos, la influencia de minorías poderosas que ocupan los más altos organismos mundiales y la colaboración de ingentes medios de comunicación. El primer paso ha sido manipular el lenguaje, ya que la lengua es el vehículo de nuestra razón, la que nos hace posible pensar y discernir. Se trata de excluir todas las palabras significativas de valores y relaciones auténticos, para sustituirlas por otras que se van introduciendo en nuestra vida, sin mayor examen de su engañoso significado. La verdad, que era un absoluto al que tender, se ha sustituido por las verdades de cada cual, diferentes y equivalentes. La verdad y la mentira se mezclan en un relativismo cómodo, que nos exime de cualquier esfuerzo de comprensión para decidir nuestras acciones. Estamos aceptando las mentiras de nuestros políticos sin ningún rechazo radical. Seguirán mintiendo y seguirán votándolos casi los mismos. No se habla de conciencia ni de moralidad, pues cualquier cosa que sea aprobada por el parlamento y aparezca en el Boletín Oficial es considerada moral, legal y buena. Hablar de la objeción de conciencia ante cualquier aberración legislativa, levanta ampollas en los que nos gobiernan. Se ha sustituido la palabra matrimonio por la de pareja, salvo para establecer el matrimonio homosexual. La familia como unidad básica de la sociedad compuesta, de marido y mujer, padre y madre, y los hijos de ambos, se ha desnaturalizado al imponer la idea de que existen muchos modelos de familia que hay que considerar equivalentes. En algún texto de Educación para la Ciudadanía he visto motejar de anticuada y en vías de extinción la familia tradicional, mientras se valoran positivamente los demás modelos, al llamarlos actuales, progresistas y dinámicos. Resulta esperpéntica la imposición en el Registro Civil de la palabra progenitor-A y progenitor-B en lugar de padre y madre, o la de cónyuge 1º o 2º en las anotaciones de matrimonios. La saña antifamiliar ha llegado hasta ordenar la supresión del Libro de Familia, sustituido por no sé que ficha personal. Las personas tienen sexo, son hombres o mujeres, pero los géneros masculino, femenino o neutro, son clases gramaticales utilizadas para que exista concordancia entre los adjetivos y pronombres con los sustantivos respectivos. La tan repetida violencia de género, con el significado impuesto de “maltrato del hombre a la mujer” no tiene nada que ver con el género. Pero se habla de género para introducir la idea de que el sexo no es algo dado, sino algo a disposición de cada cual, que puede decidir ser hombre o mujer, aunque sea una minoría insignificante los que se sientan con un sexo erróneo. No se habla de castidad ni de virginidad, palabras nefandas para quienes predican una libertad sexual promiscua e irresponsable. La sexualidad no es una importante dimensión humana que hay que dominar y conjugar con la entrega amorosa del compromiso, sino un simple juego de placer con cambios frecuentes de pareja. Se habla de salud sexual y reproductiva de la mujer y de interrupción voluntaria del embarazo, para no llamar al aborto por su nombre y significado, para transmutar un delito en un derecho, para excluir al hombre que fecundó a su pareja de cualquier obligación y de cualquier derecho. Hay muchas otras palabras excluidas del lenguaje, para que las personas no piensen en ellas, ni razonen sobre ellas, por ejemplo: fidelidad, premio, castigo, autoridad, esfuerzo, dominio de sí mismo, culpa, perdón, espiritualidad o trascendencia, Dios. Volveremos sobre ellas en otra ocasión.
¿El pueblo soberano? Por Francisco Rodríguez BarragánViernes, 22 de enero de 2010 No es necesario tener un máster en ciencias políticas para reflexionar sobre la realidad de nuestra democracia; es más, todos los ciudadanos tenemos el derecho de juzgar la política y a los políticos, ya que sus acciones y sus omisiones repercuten en nuestras vidas. Aunque la Constitución diga que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado, pienso que el pueblo cada vez pinta menos en el ámbito político. También dice la Constitución que el Congreso de los Diputados y el Senado representan al pueblo español, pero en realidad los Diputados y Senadores a quienes representan es a los partidos políticos, cuyas cúpulas dirigentes los incluyeron en unas listas cerradas y bloqueadas. La mayor parte de los españoles desconocemos a los diputados y senadores a quienes votamos. Realmente votamos con ovejuna fidelidad a unos partidos cuyos intereses no sabemos si se identifican con los nuestros, ni cuales son realmente sus programas, ni examinamos si llegaron a cumplirlos ni siquiera en parte, ni el uso que han hecho de nuestra sedicente representación. Un voto consciente no revalidaría una y otra vez a partidos que, en el poder o en la oposición, no fueron coherentes con los programas que decían defender, no ajustaron su conducta a unos principios éticos que debían exigirse de forma radical, no buscaron el bien común, no administraron con transparencia los fondos que pusimos en sus manos los ciudadanos, no respetaron los valores que forman el entramado básico de la sociedad, sino que pretenden alterarlos en nefandas operaciones de ingeniería social. Quizás la crisis económica y financiera que padecemos nos haga reflexionar a todos y empecemos a utilizar el sentido común. Podemos darnos cuenta de que no podemos vivir por encima de nuestras posibilidades, ni como personas ni como país. Descubriremos que la sobriedad y la honestidad tienen más futuro que el enriquecimiento injusto. Que el mejor seguro social es la familia, a la que hay que proteger en lugar de atacar. Que los intereses particulares, ya sean de personas, entidades o regiones, tienen que subordinarse al bien común. Que el poder político lleva en sí mismo peligrosos gérmenes de corrupción por lo que hay que controlarlo y vigilarlo. Que hace falta un poder judicial independiente que haga justicia con imparcialidad y rapidez. Por el camino que vamos los ciudadanos cada vez estaremos más marginados. Por eso hay que terminar con los partidos como estructuras de poder en la que medran sus dirigentes, sus clientes, sus familiares y sus paniaguados. También hay que terminar con un sistema autonómico, caro, despilfarrador, caciquil, en el que se enriquecen oligarquías y politicastros. Necesitamos una educación de calidad, que la sociedad misma debe organizar, para evitar que los gobiernos quieran utilizarla para adoctrinar a las nuevas generaciones. Hay que reivindicar el principio de subsidiariedad, para impedir que el estado omnipotente ocupe el espacio de acción de los ciudadanos. Tenemos que exigir la libertad religiosa y la neutralidad del Estado y reaccionar contra la imposición desde el Gobierno de las creencias laicistas, la ideología de género, la difusión de políticas antinatalistas, la incitación a una sexualidad precoz y descomprometida. Aunque es grave la crisis económica que nos azota, más grave me parece que se perpetúen en el poder o en la oposición estos partidos que, a mi parecer, están más preocupados por disfrutar de sueldos y privilegios que por encabezar una regeneración a fondo de esta democracia que recibimos con tanta ilusión pero nos decepciona más cada día.
¿Qué podemos hacer? Por Francisco Rodríguez BarragánMiércoles, 13 de enero de 2010 El Estatuto Catalán fue aprobado el 19 de julio de 2006, recurrido ante el Tribunal Constitucional por el Partido Popular, El Defensor del Pueblo y otras Comunidades Autónomas. Este Tribunal, cada vez más desprestigiado, lleva más de tres años sin resolver los recursos de inconstitucionalidad o anti-constitucionalidad presentados, mientras que tal Estatuto se va desarrollando y aplicando para hacer imposible cualquier vuelta atrás. Si el Tribunal Constitucional lo declarara ajustado a la Constitución Española, será ella la que habrá dejado de ajustarse a la nación que le dio vida. Si por el contrario lo declarara anti-constitucional, el problema será irresoluble. También puede salir una sentencia enrevesada que necesitará al menos un siglo para entenderla y aplicarla. Pero no es este asunto el que lleva más tiempo sobre la mesa del Tribunal Constitucional, ya que la Ley de unión entre personas del mismo sexo, aprobada en 1º de julio de 2005, contra todos los dictámenes, desde el Consejo de Estado a la Real Academia, fue igualmente recurrida y allí sigue sin resolverse el recurso, mientras que el gobierno sigue dando vueltas de tuerca a aquel engendro “tan progresista” que eliminó de nuestro ordenamiento jurídico las palabras padre y madre, esposo y esposa, para sustituirlas por las esperpénticas “cónyuge A y cónyuge B”, “progenitor A y progenitor B”, devaluando el concepto básico de matrimonio y de familia para incluir otras realidades absolutamente diferentes. Este gobierno ignoró las protestas ciudadanas ante tamaña barbaridad y siguió imponiendo a los ciudadanos su ideología de género, el feminismo radical, su adoctrinamiento de la juventud, con la aberrante asignatura de educación para la ciudadanía o la reciente ley del aborto. Comprendo que no es justo que la mayoría imponga sus ideas a las minorías, pero aún es más inaceptable que sean éstas las que consigan imponer sus actitudes y resentimientos a los demás. Han conseguido que, con la excusa de luchar contra cualquier clase de discriminación, se añada siempre la coletilla “u orientación sexual”, la cual pude incluir como dignas de protección la poligamia, la pedofilia, el matrimonio de grupo o la zoofilia. En la pirueta terminológica habitual lo que siempre se llamaron aberraciones, están llegando a la categoría de “orientaciones sexuales”. Hasta tal punto estas minorías quieren doblegar a las mayorías que tratan de criminalizar a los que no comparten sus nuevos modelos de familia, el “derecho” a abortar, la incitación al sexo irresponsable o al sexo homosexual, como “ampliación de derechos”. La inefable ministra de Igualdad ha concedido una subvención para organizar un “feminario contra el Vaticano” y los grupos de gays, lesbianas y transexuales, en cualquier oportunidad, se manifiestan con pancartas en los que tildan de homofobia y discriminación a quienes rechazan sus postulados. En cualquier momento invocarán el artículo 515.5 del Código Penal para acusarlos y meterlos en la cárcel. Son las minorías convertidas en grupos de presión las que consiguen de este gobierno, débil e inepto, unas leyes injustas y aberrantes, mientras que la sociedad civil ve con tristeza que sus movilizaciones por la vida, por la familia o por la educación son sistemáticamente ignoradas. O son las minorías financieras las que consiguen cuantiosas ayudas, mientras que la mayoría de los trabajadores por cuenta propia o ajena no pueden superar la crisis. O son las minorías sindicales, de unos sindicatos con exiguos afiliados, los que imponen, más que sus escasas ideas, sus intereses. O son las minorías de titiriteros, peliculeros o cantantes, las que consiguen subvenciones, ayudas e incluso leyes tributarias que les favorecen. Y no pasa nada. Los poderes que podrían servir de contrapeso para una convivencia democrática, no existen. La justicia, cada vez más lenta, no genera demasiadas ilusiones en los ciudadanos. El Tribunal Constitucional, desde la sentencia de Rumasa hasta ahora, no concita ningún entusiasmo. La clase política cada vez se ve más como problema que como representación de los ciudadanos. La corrupción es tan habitual que hasta ha perdido interés y el modesto papel moderador de la Corona tampoco se advierte. ¿Qué podemos hacer?
La toma de Granada Por Francisco Rodríguez BarragánJueves, 7 de enero de 2010 El dos de enero de cada año conmemora Granada la entrega de la ciudad, que hizo Boabdil a los Reyes Católicos en el 1492, completando con ello la reconquista de España invadida en el 711 por los musulmanes. La celebración consiste en un acto religioso y otro civil y festivo. La Corporación Municipal desfila desde el Ayuntamiento a la Catedral para la función religiosa, portando el pendón de Castilla escoltado por el ejército, luego vuelve a la Casa Consistorial y desde el banco principal el edil más joven dice: ¡Granada! ¡Granada! ¡Granada! ¡Granada por los ínclitos reyes de España Don Fernando II de Aragón y Doña Isabel I de Castilla! ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva Andalucía! ¡Viva Granada! Y tremola el pendón por tres veces, mientras suena el himno nacional. Los granadinos que abarrotan la Plaza del Carmen, cada vez que el concejal dice ¡Granada! responden festivamente con un estentóreo ¿qué? Ha sido siempre una fiesta popular y las jóvenes han subido a tocar la Campana de la Vela para casarse en el año. Desde hace varios años algunas minorías han tratado de empañar la fiesta. Unos para reivindicar la unidad de España puesta en crisis por la división autonómica y otros para denigrar aquella vieja conquista cristiana que consideran injusta. Este año ha aparecido además otro grupo que desea una autonomía distinta para la Andalucía Oriental. La minoría que lleva tiempo tratando de eliminar esta fiesta silba e insulta al ejército que rinde honores con gritos de ¡fascistas, racistas, no a la Toma! Pero este año el General Jefe del MADOC se encaró con los que gritaban diciéndoles: “Soy General de un ejército democrático y no consiento que me chiflen, yo entré en Sarajevo para dar agua y luz a los musulmanes.” Callaron los autotitulados antifascistas, hubo algunos momentos de tensión, pero con el fuerte aplauso de la mayoría la fiesta continuó. Las facilidades a la emigración han hecho que cada vez sea mayor el número de musulmanes residentes en Granada, que formen parte de la población haciéndose notar las mujeres con su atuendo, que ocupen determinadas calles con sus comercios, que tengan una gran mezquita en un lugar emblemático del Albaycin, que hayan anunciado la creación de un partido político, que creo se titula Renacer de Granada, con el que pretenden concurrir a las próximas elecciones municipales. Hasta el momento no hay problemas con ellos, aunque de forma permanente reciban las consignas de recuperar Al Andalus para lo cual no tienen que hacer otra cosa que esperar, como ha dicho Gadafi. Lo curioso es que, como en tiempo de los godos, haya facciones españolas que están dispuestas a ayudar a estos nuevos invasores. Son esos que gritan contra la Fiesta de la Toma, los que vituperan la conquista, los que inventan una Granada musulmana culta y tolerante en el siglo XV que los “perversos cristianos” destruyeron. Hasta un sesudo profesor y político propone conceder no sé que beneficios a los descendientes de los moriscos que salieron de España en 1609, expulsados por el peligro que representaban ante la alianza de Francia con el Imperio Otomano. Hay una realidad que actúa a favor de los musulmanes en Europa, y por tanto también en España, que es el envejecimiento de nuestra población. No hacen falta grandes estudios demográficos para comprender que si cada pareja solo tiene un hijo, la población se reducirá a la mitad en una generación y si la siguiente sigue la misma tónica se reducirá a la cuarta parte. En cambio los musulmanes con una tasa muy superior de natalidad, irán cubriendo los huecos demográficos de todos los países europeos. Es una invasión silenciosa pero imparable. Ahora no se trata de las invasiones de los pueblos del Norte, que terminaron por asumir la cultura de Roma, incluido el cristianismo, en un largo proceso. Por el contrario vienen dispuestos a conservar a ultranza su propia cultura e imponerla a los demás en cuanto puedan. De Occidente solo le interesan los adelantos técnicos. Si Europa continúa con su relativismo, su laicismo y su envejecimiento acelerado, no tendrá nada que oponer ante el Islam. Esta Fiesta de la Toma de Granada de 2010 puede hacernos reflexionar, no tanto sobre el pasado de 1492, sino sobre nuestro futuro.
Pacto educativo Por Francisco Rodríguez BarragánViernes, 1 de enero de 2010 El Ministro de Educación dice que pretende llegar a un pacto educativo. Falta hace buscar caminos que mejoren el desastre en que nos movemos en esta materia, pero será insuficiente cambiar unos planes de estudios por otros si no se aborda de raíz el problema que comienza en la familia. Llevamos varias generaciones en las que se viene inculcando a los niños, desde la cuna, que tienen multitud de derechos y están exentos de cualquier obligación o esfuerzo. Se repite por muchos padres que, como quieren lo mejor para sus hijos, pues que no les falte nada, que tengan todos los juguetes, aparatos y caprichos que se ofrecen a través de todos los medios, que hagan lo que les parezca y que a nadie se le ocurra castigarlos ni siquiera regañarles, que allí están ellos, los padres, dispuestos a defenderlos hasta partirse la cara con cualquier atrevido profesor o vecino que se atreva a censurarlos. Efectivamente los niños pueden tener de todo, menos educación. Si la educación era una tarea de la familias y los colegios en la misma dirección, ahora también, pero en una dirección equivocada. Sesudos, pero descerebrados expertos, han decidido que para facilitar la solidaridad y la igualdad todo se ponga al nivel del más inepto de la clase. Nadie tendrá que esforzarse demasiado, podrán pasar de curso sin aprobar todas las asignaturas, a nadie se le calificará con un cero. Con el engañoso nombre de educación para la ciudadanía, se trata de sustituir los valores de honestidad, esfuerzo, dominio de sí mismo, respeto y moralidad por la ideología de género, los derechos sin deberes, la libertad sin límites ni responsabilidad, fuera la religión. El único valor en alza es el disfrute del placer sexual lo más pronto posible y por si hay alguna resistencia en los educadores, que sean agentes sanitarios los que informen a los alumnos sobre salud sexual y reproductiva, es decir, el placer al alcance de la mano, ejercicio precoz de la actividad sexual, pero sin responsabilidad ni consecuencias. Promiscuidad alentada desde diversos ministerios. Lo único prohibido es el tabaco. El alcohol y el porro gozan de bula. Aunque toda Europa está sufriendo una aguda crisis de valores, España por desgracia se ha puesto a la cabeza del desastre. La crisis económica y financiera que nos azota puede dar al traste con nuestra sociedad que alegre y confiada ha estado viviendo mucho tiempo por encima de sus posibilidades, alardeando de progreso, de nuevas falsas libertades y de nuevos falsos derechos. Esta Navidad el Papa ha dicho que en las preocupaciones de los hombres de Occidente Dios ocupa uno de los últimos lugares. En el fondo mucha gente preferiría que Dios no existiese y por tanto a nadie tendríamos que dar cuenta de nuestros actos. Esa urgencia por borrar las huellas religiosas de la sociedad refleja el miedo de los gobernantes a que pueda serle discutida su sospechosa autoridad. Tuvo cierto éxito la frase que afirmaba que Europa se había edificado sobre la filosofía griega, el derecho romano y la tradición judeo-cristiana. No me gustó que el mensaje de salvación de Jesús para todos los hombres y todos los tiempos se redujera a una simple tradición paralela a los Diálogos de Platón o la recopilación del derecho de Justiniano. Dios es Aquel en quien vivimos, nos movemos y existimos, cuyo amor nos ha revelado Jesús, su Hijo, el que era, el que es y el que viene. Dios dueño del universo respeta la libertad de todos los hombres mientras viven, pueden amarlo o rechazarlo, pueden aceptar sus mandatos o inventarse otros nuevos. Pero la vida de cada hombre tiene un fin, la muerte inexorable y después si no hubiera nada, todo carecería de sentido, pero si hay premio o castigo en una vida sin fin, muchos lamentarán no haberlo tenido en cuenta. Educar para la nada en una frenética búsqueda de placer o educar para la virtud, el amor y la eterna felicidad con Dios son los dos caminos que siempre han estado abiertos ante nosotros. No espero demasiado de otra reforma educativa impulsada por estos gobernantes, pero confío en que un número creciente de familias encuentren en el mensaje de Jesús la fuerza para educar a sus hijos y vivir su fe a contracorriente.
Examinar nuestras relaciones Por Francisco Rodríguez BarragánMiércoles, 23 de diciembre de 2009 Nuestra vida está hecha de las relaciones que vamos trenzando con las cosas, con las personas y con Dios. El constante devenir de nuestro propio ser depende de la forma en que se desarrollen estas relaciones, por eso vale la pena que las examinemos con frecuencia. Cuando damos por terminado un año y vamos a comenzar otro, como cualquier empresa, podemos hacer balance de los resultados y proyectar las mejoras necesarias. Vivimos en constante relación con las cosas que nos ofrece la naturaleza y a las que tenemos que tratar con respeto. No podemos viciar el aire, ni ensuciar las aguas, ni destruir el paisaje. El mundo vegetal que hace posible la vida de hombres y animales hay que cuidarlo con esmero, con mimo. Hay que evitar activamente la deforestación de nuestros bosques por el fuego o la codicia, también la desertización de la tierra o su degradación por el uso inadecuado de productos químicos. Todos producimos basura nociva para los campos, los ríos, los mares. Tratar con respeto a la naturaleza significa conservarla en el mejor estado posible. Tenemos que preguntarnos seriamente si colaboramos en su conservación o en su destrucción. En un proceso acumulativo de descubrimientos y mejoras, la humanidad ha conseguido fabricar multitud de cosas con las que estamos constantemente en relación. Energías transformadoras que canalizadas, mueven las fábricas, las minas, los transportes, iluminan, calientan o refrigeran nuestras casas, nuestras ciudades. Objetos maravillosos que nos permiten una vida más agradable al ahorrarnos esfuerzos y fatigas, o nos brindan distracciones al alcance de la mano o nos facilitan conocimientos y comunicaciones al instante. Tratar con respeto todas estas cosas exige evitar el despilfarro y hacer un buen uso de ellas. Si las usamos mal, en lugar de servirnos, nos estarán esclavizando. Si dependemos de todas estas cosas hasta el punto de sentirnos desgraciados cuando nos falta cualquiera de ellas, es síntoma claro de que hemos dejado de ser libres para ser esclavos de la comodidad, de la informática, del teléfono móvil, de la televisión… Nuestras relaciones con las personas son de carácter distinto, pues las personas no son cosas ni están a nuestra disposición para usarlas y desecharlas cuando se nos antoje. Todas las personas son sagradas, aunque ellas mismas no lo sepan o lo hayan olvidado, y hemos de tratarlas como a tales. Cada persona tiene en su interior un espacio misterioso e inviolable en el que late el Espíritu con una oferta de eternidad. No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti, nos pone a todos en un nivel de igualdad, pero lo supera el precepto de amar a tu prójimo como a ti mismo, porque amar significa buscar activamente el bien de los demás y el bien absoluto es Dios que, de alguna manera, habita el interior de cada persona, como nos reveló Jesús. Nuestra relación con las personas sólo puede entenderse en términos de amor, de búsqueda del bien. Quedan por tanto excluidas las relaciones de dominación o de servidumbre. Aunque ahora se quiere introducir en la mente de las nuevas generaciones que las relaciones entre las personas hay que verlas en términos de placer, de sexualidad sin compromiso, esto significaría dejar de ser personas para ser cosas sin alma, desechables, intercambiables, efímeras y sin sentido. La sexualidad forma parte de nuestra persona y es un bien destinado a darse en una recíproca donación de amor para siempre, abierta generosamente a la vida. Forma parte de nuestra vida la relación con Dios. Somos criaturas suyas y nos relacionamos con Él, aunque esta relación sea de amarlo, de ignorarlo, de negarlo incluso de odiarlo, de forma parecida a nuestra actitud hacia otras personas. Pero la relación con Dios es la más importante. De ella depende el sentido total de nuestra vida. Por eso conviene reflexionar sobre ella. Si creemos que somos tan sólo el resultado de una evolución ciega destinados al placer, al dolor y a la extinción ¿por qué sufrimos con la injusticia?, ¿por qué distinguimos entre lo bueno y lo malo?, ¿existe el bien y el mal? Pero si creemos que somos criaturas que vivimos, nos movemos y existimos en Dios que nos creó por amor, qué duda cabe que tendríamos que responder con amor a su amor, tendríamos que amar a las demás criaturas y respetar toda la creación. Ahora que termina el año, reflexionemos sobre todo ello, por favor.
Alegraos Por Francisco Rodríguez BarragánJueves, 17 de diciembre de 2009 Cada año, cuando llegan estos días, nos ocupamos de hacer llegar a nuestros amigos algún mensaje que les haga saber nuestro deseo de que sean felices. Por mi parte utilizo las palabras de San Pablo: estad alegres, os lo repito, alegraos. Pero ¿qué motivos hay para estar alegres, cómo podemos estar alegres en medio de tanta crisis, tantos problemas, tanto dolor? Lo que os deseo no es que hagáis un pequeño paréntesis, unos días de jolgorio, para volver a los mismos problemas, las mismas dificultades, sino que os instaléis en una permanente alegría que nada ni nadie os pueda arrebatar. Dentro de nosotros existe una hondura, casi siempre inexplorada, donde podemos encontrarnos con Aquél que es fundamento de todo lo que existe, la roca segura donde edificar nuestra vida, donde ponernos a salvo. En el correr inestable de los días, sufrimos el suplicio de los acontecimientos favorables o adversos que se suceden sin tregua. Nuestros deseos, siempre incolmables, nos zarandean cada día, nos inquietan los logros que deseamos alcanzar, nos asusta lo que podemos perder, sufrimos hasta por cosas que no llegan a ocurrir. La felicidad quizás sea algo que recordamos del pasado o algo que esperamos de un futuro incierto. Las olas del océano pueden levantarse embravecidas en la tormenta, pero debajo de la superficie hay calma y estabilidad. Lo mismo pasa en nosotros. Debajo del agitado devenir de los días, tenemos en el espesor de nuestra alma un espacio sagrado y seguro. Sólo hay que armarse de valor y bajar a estas profundidades de nuestro ser donde, despojados de todos nuestros disfraces, nos encontremos a nosotros mismos ante Dios, fuente de alegría, sostén de toda esperanza. Los problemas, las preocupaciones o los sufrimientos no van a desaparecer pero habremos descubierto el lugar donde encontrar la paz y la alegría, una alegría que nadie nos podrá quitar, distinta a la que ofrece el mundo, hecha de consumo y diversión. Una alegría que podemos compartir, sin que se agote nunca, con la gente que nos rodea. Podemos ser personas que viviendo los mismos problemas que los demás mantengamos la paz y la alegría y demos razón de nuestra esperanza. Esa es la alegría que deseo a todos mis amigos, de la tuvimos noticias gracias a Jesús, el Hijo de Dios, cuyo nacimiento vamos a celebrar, que nos mostró el amor que Dios no tiene y que ha hecho morada dentro de nosotros.
Los fallos de los expertos Por Francisco Rodríguez BarragánSábado, 12 de diciembre de 2009 Los expertos son aquellas personas capaces de explicar “científicamente” por qué las cosas no ocurrieron como ellos pronosticaron. El colegio de augures de Roma, creo que contaba tan sólo con cuatro miembros, que se dedicaban a predecir el resultado de las acciones políticas o militares de la República o el Imperio, escudriñando el vuelo de las aves, su forma de comer o el estado de sus vísceras. Ignoro las veces que acertaron o se equivocaron, aunque en otras ocasiones sus dictámenes sirvieron para suspender las acciones consultadas. Ahora, que pensamos estar más civilizados que entonces, en lugar de augures contamos con expertos, miles de expertos. Ellos elaboran estadísticas, proyecciones, índices y otras herramientas sobre las cuales se planifica la política, la economía, la educación, la población, la guerra, el clima, el futuro, en fin. Naturalmente ese futuro resulta a menudo bastante diferente a lo previsto, pero los expertos explicarán, sin inmutarse, los procesos causales de la nueva realidad y propondrán de inmediato otros planes y otras soluciones. Pensemos en cualquier obra pública, cuya planificación y ejecución ha sido encargada a expertos altamente cualificados. Lo más probable es que el costo y el tiempo de ejecución de la misma sean muy superiores a lo previsto. Los americanos deciden ir a la guerra para la que cuentan con una gigantesca red de expertos en todo, armas eficaces y recursos económicos. Ellos pondrán orden rápidamente en cualquier punto del planeta, ya sea Corea, Vietman, Kuwait, Irak o Afganistán. Pues no, las cosas no salen como pensaban y esto pasa una y otra vez. Las victorias que alcanzaron contra los españoles en Filipinas, contra los alemanes en dos guerras mundiales o contra los japoneses, lanzándoles la bomba atómica, quizás les hicieron creer a sus expertos que lo mismo pasaría con las demás. Las cosas siempre ocurren de forma distinta. Ni Corea ni Vietman, parecen haberles enseñado nada. Armados de una potente doctrina revolucionaria, un poder omnímodo y unos decididos planificadores, los soviéticos fueron hundiendo a medio mundo en la miseria, plan tras plan, hasta la implosión de su régimen en 1989. En Occidente y en América Latina, muchos expertos en marxismo siguieron y siguen organizando sus partidos comunistas, sin enterarse de nada. Después de la caída del muro y el fin del régimen comunista, las democracias capitalistas se sintieron satisfechas con el crecimiento de su desarrollo técnico, de sus libertades, de sus instituciones, de su nivel de vida. Como las cosas iban viento en popa, los políticos y sus expertos asesores, pensaron que todo podía seguir así. Pero de pronto aparece la crisis financiera y el mundo entero entra en convulsión. Uno puede preguntarse cómo es posible que los expertos financieros, que pueblan los gabinetes de los grandes bancos, no barruntaran la catástrofe y siguieran invirtiendo en Lehman Brother, por ejemplo. Pienso que pueden fabricarse teorías, proyecciones, planes, índices y leyes de economía sostenible, pero no hay manera de tabular la conducta humana. No sé si los expertos llegarán a reconocer, alguna vez, que no pueden prever las ocurrencias de los políticos, el egoísmo de los financieros o el rencor de los terroristas entre las variables de sus estadísticas, de sus previsiones. El afán de ganancia de los financieros, la búsqueda de votos de los políticos, los intereses de las poderosas multinacionales, los designios de cambiar la sociedad desde posiciones poderosas, nada democráticas. Todo ello y muchas cosas más, hacen que vivamos en un mundo complicado con un futuro incierto, por más que miles de expertos crean que tienen la solución. Cada vez soy más escéptico con tantos planes, tantas reuniones de alto nivel, tantas conferencias internacionales pero creo que hay valores que no cotizan en bolsa pero que son los únicos que pueden garantizar nuestra existencia: el trabajo bien hecho, la honestidad, la honradez, el cumplimiento de la palabra dada, la sobriedad, el esfuerzo, la búsqueda de la verdad y en definitiva el amor, la única fuerza capaz de construir un mundo nuevo donde habite la justicia.
Tiempo de conversión Por Francisco Rodríguez BarragánDomingo, 6 de diciembre de 2009 Los cristianos creemos que el Hijo de Dios se hizo un hombre como nosotros y nació de María en Belén en tiempos del rey Herodes. Este acontecimiento, que pasó quizás bastante desapercibido, salvo para algunos pastores, es para nosotros el cumplimiento de la promesa de Dios, recordada una y otra vez por los profetas de Israel, de que enviaría a la humanidad un Salvador, el Mesías, el Señor. La Iglesia celebra cada año este misterio: la Navidad, un hecho permanente que se actualiza para que los cristianos adoremos estremecidos a Dios hecho niño. Las cuatro semanas anteriores es el tiempo de Adviento, tiempo de conversión y de preparación. ¿Qué queda hoy de todo esto? De la alegría por la llegada del Hijo de Dios, hemos ido pasando a una fiesta para consumir, para comer y beber, para divertirnos y regalarnos. El misterio tremendo de Dios hecho hombre, se ha ido alejando, difuminando sus contornos, hasta hacerlo irreconocible entre luces de colores, reclamos publicitarios y grotescas figuras de Papá Noel. Debilitado el mensaje y su significación estamos pasando a otro acto en el que se rechaza expresamente su significado religioso, invocando falsas razones de multiculturalidad, de convivencia, de respeto a las demás religiones, de descarado laicismo. He visto anunciada la conferencia de un autodenominado filósofo cuyo título era nada menos que ”Laicismo, garantía de democracia” Creen que eliminando a Dios va a instaurarse una paz universal, sin querer ver que están demoliendo nuestra sociedad, dejándola sin raíces, envejecida y sin futuro, el reemplazo generacional deviene imposible. Pero en esta funesta tarea están colaborando muchos de los que se dicen cristianos, pero se pliegan al empuje de esta ola que se proclama progresista. Son, o quizás somos, los cristianos que hemos olvidado que el adviento es tiempo de conversión y no sólo de compra de regalos y juguetes. ¿Tiene sentido para nosotros los cristianos la llamada a la conversión como preparación de la Navidad? ¿De qué tenemos que convertirnos? Por desgracia hemos perdido hace muchos años la conciencia de pecado. No nos sentimos pecadores. Pensamos que el pecado es un fantasma para niños de otros tiempos. Si descubrimos el mal, siempre es en el prójimo, no en nosotros mismos. Tenemos una extensa lista de razonadas sinrazones para justificar nuestra conducta ante nosotros mismos. El 15% de los cristianos que, según las encuestas del CIS, vamos a misa los domingos, comenzamos la celebración confesando ante Dios todopoderoso y ante los demás hermanos que hemos pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión, pero sin creérnoslo demasiado. Los confesionarios están bastante vacíos. Si examinamos nuestra conciencia podemos ver que estamos lejos de amar a Dios sobre todas las cosas. Si creemos que Dios nos creó por amor y en Él vivimos, nos movemos y existimos, tendríamos que amarlo sobre todas las cosas. En cuanto a amar a los demás como a nosotros mismos, ¿qué tal lo llevamos? ¿Y el mandato de Jesús de amar a los enemigos…? Amar a los demás porque todos somos hijos de Dios y por tanto hermanos nuestros, se nos hace cuesta arriba, ¡incluso a los enemigos!, porque Dios hace nacer el sol sobre buenos y malos y el mandato de Jesús es llegar a la perfección: sed perfectos como Dios es perfecto. Alguno pensará que si nos ponemos así, es gana de amargarnos las navidades, pero a Jesús, el Hijo de Dios que se hizo hombre para salvarnos y pasó haciendo el bien, lo torturaron y lo mataron en una cruz. Él nos advirtió que nos pasaría lo mismo y que el mundo no nos aceptaría. Pero estamos en el mundo y tenemos que dar testimonio con nuestra vida familiar, profesional, ciudadana, de lo que creemos y luchar por hacer un mundo más justo, más humano, más fraterno, lo cual es imposible sin Dios. La buena noticia de Jesús es que Dios nos ama y que lo mismo que Él ha resucitado también resucitaremos nosotros para una eternidad de plenitud en la que Dios lo será todo en todos.
Líbranos del mal Por Francisco Rodríguez BarragánViernes, 27 de noviembre de 2009 La mentira trata siempre de presentar como bueno y deseable lo que es malo y destructivo para las personas. Una y otra vez caemos en el engaño. En vez de asumir el papel de criaturas obedientes a su creador, aceptamos el viejo embuste de la serpiente que nos dice que somos como dioses, conocedores del bien y del mal. Hemos llegado a negar la misma existencia de Dios, adjetivándola como hipótesis innecesaria. Hemos abolido la trascendencia, no hay nada más allá, solo queda gozar de la vida con una libertad sin fronteras. Pero hemos de reconocer que el mal está presente en nuestro mundo y sigue utilizando la poderosa arma de la mentira para extraviarnos. Lo bueno y lo malo ya no lo decide Dios, ni la religión, ni siquiera nuestra conciencia. Lo deciden la patulea de “expertos” que han ido ocupando los organismos internacionales, los parlamentos de cada país, los medios formadores de opinión, los poderosos grupos de presión, logias, clubes, o como se llamen. Nos dicen que la humanidad no es lo más valioso de la creación sino una especie de cáncer que le ha salido al planeta tierra. Para salvar a la tierra, la Pachamama, hay que reducir la población ¡como sea! Han encontrado medios. Han roto la conexión entre sexualidad y matrimonio, entre sexualidad y procreación. La sexualidad es solo un objeto de disfrute ilimitado. Un “nuevo derecho emergente”: gozar del placer sexual desde la misma infancia, sin limite ni responsabilidad. Hay que evitar la concepción de nuevas vidas pero si se producen ¡a eliminarlas! Un nuevo derecho de la mujer: el derecho a abortar, a matar en su vientre cualquier vida. A esto llaman el derecho a la salud sexual y reproductiva. Si alguien se opone se le moteja de ser de extrema derecha, carca, desfasado, o enemigo del progreso. Si alguien en nombre de su conciencia quiere hacer valer su objeción a todo esto, pues se le persigue, su nombre se incluye en la lista negra de quienes se encontrarán con toda clase de dificultades. La Iglesia que contra viento y marea denuncia la perversión de llamar bien al mal hay que hacerla enmudecer, reducirla al silencio, ¡prohibirle que toquen las campanas! Amenazarla con una ley que, para mayor escarnio, llaman de libertad religiosa. La libertad que era nuestra gran conquista, la que nos posibilitaba la elección de nuestro propio camino, la de llegar a ser más persona mediante el estudio y el esfuerzo sostenido, se tacha de actitud insolidaria, pues hay que enseñar al nivel del más torpe. Si hay que sobresalir en algo, que sea en algún deporte. La gran “libertad” que nos ofrecen es para copular, para beber, para drogarse, (fumar debe ser cosa distinta), para vivir del cuento, sin hacer nada útil, a costa del subsidio o la subvención, y en último caso de la caridad. La libertad de iniciativa, de empresa, de innovación, está exhaustivamente regulada y habrá de ser administrativamente concedida. Cuando ante todo esto defiendo mis convicciones con ardor, me encuentro que el mal que denuncio también me está corroyendo. Veo a los adversarios como enemigos y siento hacia ellos rabia, rencor, quizás odio. No estoy libre de la naturaleza corrosiva del mal. Reflexionando sobre ello ha recordado a Kipling que advertía a su hijo que para ser un hombre, hay que ser capaz de “no añadir más odio al odio que te tengan y a pesar de todo luchar y defenderse”. He recordado también a un olvidado Carlos María, que en la guerra civil pedía a su pelotón de soldados: “tirad, pero tirad sin odio”. He recordado las veces que he sufrido injusticias de otros y mi reacción de desearles a los causantes males y castigos. Al rezar por la noche el Padre nuestro comprendí las dos últimas peticiones que hacemos a Dios los cristianos: que no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal. Por nosotros mismos no somos capaces de resistir a las tentaciones de plegarnos a lo que aparenta ser verdad y es mentira, ni de librarnos de ese mal ubicuo que nos envuelve, que se nos presenta engañador, que convierte en enemigos a odiar a los adversarios y nos impide amarlos, a pesar del mandato de Jesús de amar a nuestros enemigos. La fuerza del mal nace del odio y la mentira y solo puede oponérseles la verdad y el amor pero ambas cosas hemos de recibirlas como dones de Dios si las buscamos con humildad.
Eso de la sostenibilidad Por Francisco Rodríguez BarragánJueves, 19 de noviembre de 2009 El adjetivo sostenible se aplica hoy a las más variadas realidades. Que algo sea sostenible es sin duda importante, por ello yo me pregunto si la España actual es sostenible. La situación se ha agravado con la crisis pero ya venía de antes, quizás desde que los padres de la Constitución pensaron que el sistema autonómico iba a resolver un par de viejos problemas y en lugar de ello crearon otros, hasta un total de diecisiete. Son muchas las voces que han alertado de que una nación troceada en 17 autonomías con sus respectivos parlamentos, gobiernos, administraciones, tribunales, televisiones, etc. era insostenible. No se trató de organizar una administración más ágil y barata, más próxima a los ciudadanos, sino de reproducir 17 veces al Estado central, llegando incluso a establecer embajadas propias. Se ha destruido la igualdad y la solidaridad entre españoles. Las que tenían una lengua propia se aferraron a ella como signo identitario de una diferencia que tenía que llegar hasta la independencia. Las que no tenían otra lengua, se lanzaron a buscar otras señas bastante peregrinas, olvidando siglos de convivencia. Todas se pusieron a fabricar su memorial de agravios, de victimas, para justificar su derecho a llevarse algo más que las demás o han hecho valer sus votos, en un infame mercadeo, para conseguirlo. Nadie está dispuesto a terminar con esta situación, los nacionalistas porque disfrutan del poder en su autonomía y de su posición, tantas veces decisoria, sobre los demás y los partidos nacionales porque además de poder del Estado se reparten el de las distintas autonomías. Todo ello trufado de corrupciones y corruptelas sin un control judicial independiente y con un nefasto sistema electoral que pone todo el poder en manos de las cúpulas partidarias, cada vez más alejadas de los ciudadanos que se limitan a votar de vez en cuando, sin ningún control sobre los que dicen representarlos. Antes o después todo este sistema tiene que venirse abajo. La crisis económica y el creciente endeudamiento de todas las administraciones pueden quizás acelerar el derrumbe. Los dos sistemas básicos del estado de bienestar, el de salud, transferido a las comunidades autónomas y el de pensiones, que afortunadamente sigue centralizado, están igualmente amenazados de insostenibilidad. El de salud porque cualquier servicio que se oferte a coste cero para los usuarios, tiende hacia un gasto infinito y el de pensiones, porque cada vez hay más pensionistas y menos cotizantes. La tasa de natalidad en España está, desde hace tiempo, por debajo del nivel de reemplazo generacional. Situación que se ha gestado con la incitación a una sexualidad irresponsable y la masacre del aborto, bajo las banderas del progresismo. En esto también nos acompaña gran parte de Europa, empeñada en suicidarse. No es la explosión demográfica de la que hablaba Erlich la que nos hará desaparecer, sino por el contrario, será la implosión demográfica, el derrumbe desde dentro de nuestras sociedades opulentas, mientras que otros pueblos esperan sustituirnos. Los presentimientos de Oriana Fallaci me parecen más realistas que las profecías del extrañamente galardonado Erlich. Como no sabemos lo que puede ocurrirnos en el futuro, podemos mirar al presente y observar si nuestras Comunidades Autónomas en manos de distintos partidos se parecen demasiado o si, aparte de las diferencias en renta per cápita, que nos ofrecen los ranking al uso, hay Comunidades que gestionan con honestidad y transparencia el dinero de los contribuyentes, si ponen todo su empeño en una educación de calidad, en la búsqueda de la excelencia, en la formación de la juventud para que sean más y mejores personas, si están comprometidas con la vida y ponen todos los medios para que disminuyan los abortos, si en lugar de reclamar más derechos exclusivos están dispuestas a compartir lo que tienen con los demás, si son respetuosos con la libertad de los ciudadanos y no tratan de adoctrinarlos para conseguir sus votos, si cada puesto se cubre en función del mérito y la capacidad y no existen clientelas políticas… Por favor examinen su propia comunidad autonomía con esta lupa y obren en consecuencia.
La violencia en la pareja Por Francisco Rodríguez BarragánViern es, 13 de noviembre de 2009Cada día nos llegan noticias de mujeres víctimas de malos tratos y de mujeres asesinadas a manos de su pareja, de denuncias y de ordenes de protección, pero, como todas las noticias, las escuchamos un momento y pasamos de inmediato a otras distintas, sin tiempo para reflexionar sobre ninguna. Por eso hay que agradecer al Instituto de Política Familiar que haya dedicado su boletín monográfico on line de octubre pasado al estudio de la Violencia en la Pareja en el 2008, aportando datos de su evolución en el periodo 2001-2008. Seleccionamos algunos capítulos de este trabajo: A partir de los datos del Instituto Nacional de Estadística, al finalizar el 2008 existían en España 11.489.100 parejas de las cuales 10.265.400 (89%) eran matrimonios y 1.223.700 (11%) parejas de hecho con relaciones sentimentales sin vínculo reconocido. Según los datos del Consejo General del Poder Judicial durante el año 2008 se produjeron 102.363 denuncias, se realizaron 109.906 atestados policiales, se dictaron 41.439 órdenes de protección y se produjeron 81 homicidios por violencia en la pareja. Las órdenes de protección fueron 18.129 sobre un total de 10.265.400 matrimonios y 23.310 sobre 1.223.700 parejas de hecho. Por cada orden de protección que se produce en un matrimonio, se producen más de diez en las relaciones sentimentales. De los 81 homicidios, 33 se cometieron entre 10.265.400 matrimonios y 48 sobre 1.223.700 parejas de hecho. Mientras se produce un homicidio cada 311.000 matrimonios, en las parejas de hecho se produce cada 25.000. Hay que hacer notar de que de los 81 homicidios, 75 fueron mujeres y de ellas 31 eran extranjeras. Teniendo en cuenta la diferencia de población la tasa de víctimas extranjeras es cinco veces superior a la de las españolas. La misma tasa representan los agresores extranjeros. Al poner estos datos en relación con el periodo 2001-2008 se comprueba que el número de parejas ha crecido durante el mismo en dos millones, 21%, pero el crecimiento espectacular ha sido el de parejas de hecho que han pasado de 553.000 en el 2001 a superar 1.223.000, un 121%. Durante el periodo citado se han cometido 536 homicidios de los que 500 fueron mujeres y 36 fueron hombres. El crecimiento ha sido del 58% en siete años. Las órdenes de protección han crecido del 2006 al 2008 en un 14%. La tendencia en los homicidios ha sido creciente respecto a las parejas de hecho y decreciente entre los matrimonios. En las parejas de hecho y novios se pasó de 33 homicidios en 2003 a 48 en 2008. En las parejas con vínculo conyugal se ha pasado de 39 homicidios en 2003 a 33 en 2008. Se comprueba además la gran incidencia que tiene la violencia en las parejas rotas, una de cada tres muertes se produce en parejas que han roto la relación, pero en las relaciones sentimentales rotas son dos muertes de cada tres. Si en el periodo 2001-2008 dos de cada tres víctimas eran españolas en el 2008 casi la mitad de las victimas fueron extranjeras y en cuanto a los agresores, en el periodo citado 7 de cada 10 eran españoles, en el 2008 los agresores extranjeros fueron más del 40%. Entre las conclusiones que presenta el Instituto de Política Familiar destacamos la 7 que dice que el matrimonio se ha convertido en el mejor antídoto contra la violencia en la pareja, al ser donde se producen menos homicidios y órdenes de protección, la 8 que indica que en la violencia de las parejas tienen una gran incidencia las rupturas. Pienso que el crecimiento de las parejas de hecho, que la sociedad va aceptando sin resistencia, está incidiendo en el creamiento de la violencia al tratarse en muchos casos de uniones ocasionales, sin proyecto de vida, sin visión de futuro, siempre provisionales y frágiles. En cuanto surgen desavenencias y problemas el fracaso y la violencia hacen su aparición. Irse a vivir juntos será muy moderno pero debemos preguntarnos si es el mejor camino para conseguir una familia estable y satisfactoria. Des el punto de vista cristiano se trata de una situación inadmisible.
Poder e impunidad Por Francisco Rodríguez BarragánLunes, 09 de noviembre de 2009 La última catarata de actuaciones judiciales del juez Garzón contra políticos de algunos partidos, acompañadas de un gran despliegue de filtraciones, registros y detenciones televisadas, podría demostrar, al parecer, la falsedad del lamentable aserto que dice que poder es impunidad. Con independencia de lo que pueda resultar de todo ello en un futuro incierto, pienso que, por desgracia, el aserto citado se confirma permanentemente. Los actos de nuestros políticos con poder quedan siempre impunes. Queda impune el juego sucio de todos contra todos, las mentiras, las manipulaciones, el incumplimiento de los programas, el clientelismo político pagado con el dinero de todos, la permanente corrupción en la que todos chapotean, el mal uso del poder que en lugar de buscar el bien común favorece a los amigos. Admito que hay políticos honrados que no se lucran con la corrupción, pero tampoco luchan decididamente contra ella, sobre todo si se da en su propio partido. Se ha llegado a decir que la fidelidad al propio partido está por encima de la propia conciencia o algo así, pero un político honesto se debe al bien común y debía representar a sus olvidados votantes. Las acciones de unos, las omisiones de otros y la estructura de los partidos (alguien ha dicho: las listas las hago yo) hacen imposible una regeneración de nuestra democracia. A nadie obligan coactivamente a formar parte de un partido, por tanto el que entra en cualquiera de ellos, debía plantearse si lo mueve la búsqueda del bien común o la búsqueda de sueldos y prebendas superiores a los que tendría en su profesión, si es que la tiene. El cursus honorum en los partidos políticos puede llevar a ser incluido en alguna de las listas electorales o a la obtención de un puesto de libre designación. Mantenerse en el disfrute de lo que obtenga exige la fidelidad al partido por encima de todo. Alguien puede argumentar que para contrapesar al poder político existe el poder judicial. Para nadie es un secreto que nuestro sistema judicial es manifiestamente mejorable, pero ningún gobierno, hasta ahora, ha querido dotarlo de unos medios técnicos equiparables a los que tiene el Ministerio de Economía y Hacienda. Los asuntos se eternizan y cualquier sentencia dictada con varios años de retraso, ya es injusta de por sí. Si el poder judicial es el vigilante del poder político, hay que preguntarse quién vigila al vigilante y nos encontramos que ese vigilante ha sido conformado por el mismo poder político, incluido el Tribunal Constitucional. Aquí también se da lo de poder es impunidad. Algún importante juez expedientado por falta grave, ha tenido como pena el pago de una cantidad equivalente a una multa de tráfico. Las sanciones más graves siempre recaen en jueces menos importantes. Hay otro vigilante de las administraciones y los partidos, el Tribunal de Cuentas. No sé lo que pasa con sus informes y sus reparos, nadie parece tomar medidas contra los que hicieron adjudicaciones sin cumplir la ley, los que gastaron lo que no tenía presupuestado, los que presentan unas cuentas embrolladas. Y quizás la pregunta del millón: los condenados por corrupción, apropiación, malversación, o cohecho ¿han devuelto el dinero robado o lo pusieron a buen recaudo para disfrutarlo sin problemas? Creo recordar que uno de los implicados en el asunto de los fondos reservados devolvió el dinero. No recuerdo otro, quizás no tengo buena memoria. También hay poderes económicos y financieros con indiscutible poder y este poder también los hace impunes, salvo los casos de Mario Conde, Javier de la Rosa y no sé si alguno más. Pero los políticos siempre dicen que sus responsabilidades son políticas y cuando repiten triunfo en las siguientes elecciones se consideran absueltos de su mal gobierno y de todas sus mentiras y engaños. El bien común que defiendo exige una justicia independiente, imparcial, eficaz y rápida y unos políticos a los que se les pueda hacer el juicio de residencia, como en los tiempos de las colonias americanas. Nada se conseguirá si los ciudadanos no nos implicamos en reivindicar el valor moral de la honestidad y la responsabilidad, no solo política sino penal, de los gobernantes deshonestos.
Mercado negro, economía sumergida Por Francisco Rodríguez BarragánJueves, 29 de octubre de 2009 Cuando la crisis fue de escasez de alimentos la medida puesta en práctica por el gobierno para solucionarla fue la famosa cartilla de racionamiento. Con esta solución no aumentaba la producción de mercancías necesarias, pero nacía el mercado negro. Para mantener el negocio del mercado negro, rentable pero opaco para la hacienda pública, era necesario que también se mantuviera el sistema de racionamiento, esa forma de intervencionismo que no resuelve el problema sino que lo agrava. No hay más que recordar los años 40 y 50 en España. Ahora tenemos una crisis económica y financiera muy grave. Como no hay crédito las empresas cierran, los trabajadores pierden su empleo, el consumo disminuye. Como disminuye el consumo más empresas cierran, más trabajadores pierden su empleo, es una espiral sin fin. Para el desempleo tenemos un seguro, pero como todos los seguros, está pensado para una situación de normalidad en los que una pequeña parte de los trabajadores pierde el empleo durante un periodo de tiempo, pero si cerca de cinco millones se quedan en el paro por un tiempo indefinido no hay seguro que pueda soportarlo. Pensemos en que la mitad de los automóviles sufrieran accidentes, ninguna aseguradora podría soportarlo. Me sorprende que tanta gente espere soluciones de este gobierno que no quiso ver la crisis a pesar de que llevábamos años hablando de la burbuja inmobiliaria, del excesivo endeudamiento de las familias, de nuestra escasa competitividad, de un sistema educativo en quiebra. En lugar de administrar honestamente el país e intentar arreglar alguno de estos problemas, se dedicó a embaucarnos con sus delirios de transformar la sociedad con una nueva moral, unos nuevos derechos, unas nuevas libertades, la alianza de civilizaciones y otras zarandajas por el estilo. Mientras, crecía la corrupción en esa especie de mercado negro de recalificaciones y pelotazos urbanísticos, clientelismo político y despilfarro. Ahora presenta unos presupuestos imposibles y sube los impuestos, pero el crédito sigue sin fluir por misteriosos intereses de los bancos. Es el caldo de cultivo apropiado para otro mercado negro: la economía sumergida. Todos los parados que puedan, además de cobrar la prestación de desempleo, buscan afanosamente trabajar en la precariedad de la chapuza para aumentar en lo posible sus magros ingresos. Todas nuestras fachadas y farolas están llenas de papelitos en los que se ofrecen fontaneros, albañiles, pintores, cuidadoras de ancianos y hasta profesores a precios económicos. Muchos empresarios contratan a trabajadores que están cobrando el desempleo para pagarles menos. Pero muchos trabajadores piden trabajo sin alta en la Seguridad Social para evitar el embargo de sus sueldos. Aquí respondemos de las deudas con todos nuestros bienes presentes y futuros y así el piso que nos embargan por no haber podido seguir pagando la hipoteca no es el único bien que responde de la deuda, sino también el sueldo o la pensión. La economía sumergida es la respuesta a las políticas desacertadas, que impide el saneamiento de las cuentas públicas, el mantenimiento del sistema de pensiones, provoca la huída de capitales, la deslocalización de empresas, la regeneración política, la administración honesta y transparente. La economía sumergida puede evitar el estallido de cólera de millones de trabajadores en paro que, cuando no puedan comer, saltarán violentamente por encima de los inútiles sindicatos con imprevisibles consecuencias. Cada vez desconfío más de este gobierno, de estos partidos y de esta orgía de administraciones despilfarradoras. La sociedad civil debe tomar conciencia de la situación y ejercer la soberanía que teóricamente le corresponde. Los incapaces de administrar, sean del color que sean, deben irse a casa.
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