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                      Bitácora "Es un momento"   Por Alcides

 

El autor de esta bitácora es editor de la web cultural

"Es un momento" y de la web "Momentos españoles"

 

 

Los sicarios del socialismo real

La supuesta y continua actividad de los servicios de inteligencia ha de circunscribirse al más que comprensible secreto; apenas alterado por la noticia siempre grata de la detención —y en consecuencia impedimento— de un sujeto dispuesto a contravenir el orden cabal o a subvertir el apacible, cívico y laborioso pasar de la mayoría de los nacionales.

Tal inercia criminal viene motivada por un dinero contante y sonante, además de otras prebendas y beneficios de variada factura, en el caso del encargado de la ejecución, vulgo mandado. No cabe pensar, ni siquiera imaginar, que la “carne de cañón”, el “operario del trabajo sucio”, idea, planifica, elabora, coordina, contrata, dispone, predispone o gestiona el proceso de principio a fase última: la del resultado.

A mí, como a tantos, me gustaría creer que la seguridad del Estado recae en inteligencias destinadas a proteger y favorecer a España y a los españoles, cual es lógico pensar. Yo, y tantos, quisiera confiar en los custodios —visibles, visualizados e invisibles— de los derechos y la libertad porque esa es su obligación legal y ese el cometido que les incumbe. Pero uno, entre tantos, que tiempo ha depositó su ingenuidad en una consigna sin llave ni combinación alfanumérica, deplora, denuncia y condena la vertiente político-sectaria de los servicios de seguridad.

Es así, cruda realidad, asombrosa amenaza, sin edulcorantes. La finalidad política, también conocida como fidelidad ideológica, impone su carácter en todos los ámbitos de la sociedad. Revise el lector las hemerotecas o, simplemente, dé rienda suelta a su memoria; incluso a esa memoria inserta por atávico temor en zona reservada: permita que le ilustre con historia reciente, con pelos y señales, sobre lo expuesto.

Conocemos las andanzas de los políticos que no suelen pararse en barras ni prestar atención a las sensatas peticiones, a las fundamentadas exigencias, de los gobernados si estas estorban el “gran proyecto”; ni que decir tiene que si tales peticiones o exigencias, avaladas por el sentido común y la ley positiva, anulan el “gran proyecto jamás explicitado”, a los causantes se les busca, persigue, acosa, denigra, expulsa y aniquila despejando el camino.

Para ello se cuenta con los sicarios, aunque no únicamente con ellos. A esta calaña embrutecida, amoral, adscrita a una obediencia pecuniaria y no pocas veces en especie, se acude para llevar a cabo la tarea de desbroce cuando la feraz naturaleza cubre la senda tenebrosa por la que transita la tiranía. Y ya puestos, para que de las raíces de la todavía indomable naturaleza no surjan nuevos brotes que empezcan la marcha devastadora hacia “la solución final”, proceda el sicario al desarraigo con métodos expeditivos que propaganda y cobertura no han de faltarle.

Pongamos por caso el inmediato del magistrado García-Calvo (q.e.p.d.). O desempolvemos el aviso al aparato de extorsión de los criminales etarras. O citemos el seguimiento a Manuel Pizarro. O traigamos a colación el antes, el entre y el después del 11 de marzo del año 2004. Y más, una cantidad abrumadora de evidencias y constataciones.

Los modos y maneras para desprestigiar a una persona que molesta al poder político en curso alcanzan la dimensión de la conveniencia. Por las cloacas del estado —que nadie ha limpiado ni desinfectado— menudean los correveidiles y los sicarios; alguna que otra vez, en acto de servicio, supervisando, un alto cargo gubernamental o un relevante dirigente político con poder para hacer y deshacer, adecuadamente camuflado y encubierto, recorre esa zona oscura del Estado preservada de luz solar y aire fresco. Busca(n), repasa(n), encuentra(n), prefigura(n), decide(n) y ordena(n). Luego, a esperar. Después, a leer, oír y mirar. Leer periódicos, oír tertulias radiofónicas y comentarios en la calle y mirar la televisión; audiencia de los medios de comunicación propios, afines, adaptados, dirimentes e implicados. Hay “causas” que requieren una gran contribución humana y material, un considerable dispendio tecnológico, una publicidad impactante.

Y siempre favoreciendo los mismos redundantes intereses. Compruébese la disposición del Tribunal Constitucional, desde el origen, probablemente viciado como el ambiente en las cloacas del Estado, a satisfacer las pretensiones políticas de la izquierda. Verifíquese la febril actividad de los responsables de la “inteligencia-seguridad” en pro de los objetivos de la izquierda. Constátese la obediencia política de ciertos cargos públicos que debieran ser independientes: jueces, policías, militares y otros, convergiendo sus actuaciones con los deseos-designios de la izquierda. Arriesguémonos (es un decir) con una aserto: caerá en la inopia o quedará en el más vil de los olvidos el aviso al aparato extorsionador de los criminales etarras por parte de uno o varios sicarios a sueldo y bajo mando de la “inteligencia-seguridad”, ocurrido en época de expansiva negociación. A su vez, correrá la misma suerte (es un decir paradójico) el juez instructor que no recibe castigo por su indiferente proceder; a fin de cuentas, podría decirse parafraseando, “es uno de los nuestros y a nosotros se debe”; de mil amores, sin duda. Un juez instructor (no es caso aislado) que desparrama por los medios de comunicación su doctrina política, sus aspiraciones divergentes de la Justicia y sus simpatías y antipatías adscritas a la ideología, opuestas a la Libertad.

Confieso que me interesaría conocer esa actividad sísmica, revolucionaria, gestada en el sumidero político. Porque me afecta. Quisiera conocer más e intuir menos acerca de tan artera estrategia concebida para aniquilar y divulgada para encubrir y engañar. Me gustaría eludir mediante un efectivo, patriótico, digno y profesional servicio de inteligencia-seguridad (sin comillas) la coacción que supone esta espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas, nuestra libertad, nuestros derechos.

Me interesaría, quisiera, me gustaría. Mera retórica. Absoluta indefensión. No obstante y pese al notorio desamparo, sin recurrir a la muy solicitada esperanza y al no menos invocado advenimiento de la cordura, cabe seguir denunciando con la voz alta y clara y el pulso firme la deriva totalitaria a que nos vemos abocados; con la ominosa aquiescencia de organismos, instituciones y censo. No pasemos página; no nos convirtamos en cómplices del olvido y la indiferente aceptación; no sucumbamos a dádivas ni partidas presupuestarias a cambio de silencio, alharaca, falsa acusación o cerco aislante. Y levantemos las alfombras. E higienicemos.

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Conservando las energías

Cualquier institución humana es susceptible de crítica, cabal o acerba según la inteligencia o el ímpetu al pronunciarse, y antes o después deterioro. Nada humano —salvo la credulidad guiada por el fanatismo y la obcecación, salvo el negocio a expensas de tal aderezada credulidad— es tan duradero como para concitar un respaldo sin fisuras, una adhesión inquebrantable, una tolerancia a prueba de fiascos; en definitiva, una aceptación tácita.

Es pedir demasiado, en asuntos terrenales, la fe ciega y muda y sorda, aunque por pedir no queda; aunque por exigir la entrega incondicional de la confianza con voz que persigue en el mejor de los casos domeñar la voluntad ajena y en el peor, y frecuente, someterla, tampoco.

Quiere este preámbulo inmiscuirse en la relación entre político y persona que financia al político; una relación subordinada a vaivenes si fuera equivalente en sus partes. Pero no. Ningún equilibrio de fuerzas sostiene este maridaje de hecho que, al igual que su homónimo canónico o civil, algún día deja de serlo por mor de una ruptura harto previsible.

Como en el matrimonio tradicional, la institución humana del convenio político-contribuyente falla pues todo falla a la larga; y a veces a la corta o a la inmediata si permanecen los ojos y demás sentidos abiertos, alertados e insobornables al autoengaño. El concierto armonioso entre el representante y el representado dura lo que un examen de conciencia. Convóquese a careo lo dicho ante lo hecho, además y en sucesiva sesión lo supuesto y lo plasmado, para culminar con lo expuesto y lo trazado en ruta alternativa. De ahí a la separación un chasquido.

Lo malo no es la ruptura en sí, sino el arduo proceso que la determina y el tedioso y no menos inacabable que la justifica, innecesariamente, a la audiencia en pro y en contra de la separación. Lo malo, insisto, no es la quiebra de la confianza y el consiguiente partir peras; lo malo y peor es la energía empleada para dar razón de lo evidente, sensato y digno. Una razón natural, con argumento, cierta y certera.

Al cabo, prestos, lanceros de la impotencia, acuden los elementos distorsionadores, bien pagados por el erario público, y otras corrientes públicas y privadas de común acuerdo para el mantenimiento a socapa de los privilegios —vulgo actas, vulgo asesoramiento-; no sea que a la chita callando, como el que no quiere la cosa, por arte de birlibirloque, aparezca en escena un rival de enjundia firmemente apoyado por aquellos idos.

El amor propio, en ocasiones, es cicatero, perturbador, depravado y obsceno. Sobra en el panorama político ese pernicioso sentimiento de odio y soberbia tan alejado de la generosidad y la sabiduría, tan cercano a la vanidad, al ofuscamiento y a la subestimación. Sobra y excede.

La vida une, la vida distancia, la vida juzga, la vida sentencia y la vida separa. El proceso es diáfano como la luz del Sol cuando luce en un cielo de azul nítido. Cuando las dos partes se conocen tanto que imposibilita el aducir la eximente de la ignorancia, una tabla de salvación momentánea para unos y otros, lo apropiado es desligarse sin dilapidar la necesaria energía para seguir el valiente camino de las convicciones (siempre reñido con el atajo de las conveniencias). Mal asunto si el empecinamiento en quitarse el mal sabor de boca se enfrenta al que aboga por eliminar al díscolo; pérdida de tiempo, dolor de cabeza. A enemigo que huye puente de plata; a otra cosa mariposa.

Quien busca encuentra; quien la sigue la consigue; a rey muerto rey puesto. Mañana será otro día si nos aprestamos a ello.

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Sesión continua

Con irónico escepticismo asisto, única y exclusivamente como espectador, a las diferentes puestas en escena de los prolegómenos legislativos. También, incluido va en el precio, a los devaneos, inquietudes, apuestas y demás que orlan estos tiempos de aposentamiento o despedida o remozamiento o un poco de todo y un mucho de nada para que, escampada la tormenta, las peticiones, demandas, opiniones, comentarios, exigencias y sinónimos vuelvan ahítos o apaciguadas al redil.

Esta naciente legislatura, heredera de la anterior en casi todos sus extremos y peculiaridades —anticipo con rodamiento de un futuro más que previsible—, aporta trazos de cambio. Motivos para cambiar la decoración desde el sótano a la buhardilla hay, sobran en mi opinión; claro que, ¿cuántos de los habitantes de España suscribirían un contrato de renovación tal que, por ejemplo, suprimiera de un plumazo los apoyos a pretensiones confusas y confundidoras?

El mantenimiento de lo conocido, en imparable desliz hacia una realidad prefigurada en sus patrocinadores —y nadie más—, augura el final de la iniciativa y el libre albedrío; además de obsequiarnos con un teatro de ínfima calidad por el argumento y sus actores. La obstinación en negar la evidencia tampoco ayuda a desvelar el auténtico paisaje.

No niego que algunas situaciones en este presente continuo merecen capítulo aparte por lo pintorescas, paradójicas en cierta medida, curiosas según la visión displicente de esos espectadores que están y no están en la noticia.

— ¿Cree usted que M. T. Fernández de la Vega ha ido a Níger en busca de un marido experimentado?

— No sabría decirle. ¿Por qué lo pregunta?

— Por la fotografía con el polígamo.

— Ya.

Esos espectadores que están y no están en la información.

— La conjunción ministerial: exteriores, defensa, economía y presidencia, toma medidas drásticas para evitar nuevos asaltos, secuestros y extorsiones a barcos españoles.

— ¿Españoles, dice?

— Con pabellón español.

— ¿Dónde lucen el pabellón español?

— Se supone que son españoles.

— ¿Quién lo supone?

— El gobierno.

— ¿Qué gobierno?

— El que configuran las elecciones generales.

— Ya caigo. ¿Y bien?

— El gobierno que configuran las elecciones generales opta por la rendición preventiva, como en otros casos, dotando a cada barco de una suma de dinero acorde con la última demanda, oportunamente satisfecha.

— Permítame adivinar el lema: “Quien cuida la ocasión evita el peligro”. Y a ser posible nos ahorramos el gasto inútil, y el bochorno, de un buque de guerra retrasando su llegada a la zona de captura no sea que por un azar equívoco su presencia fuera calificada como hostil por los secuestradores. ¡Quítele usted esa congoja a la coalición gubernamental!

Tiene otros quebraderos políticos la izquierda ejerciente. Pues a cierta izquierda con matrícula UPD le ha dado por hacer oposición a la izquierda de muchas matrículas con adjetivación socialista.

— Una oposición opuesta, en el Congreso.

— Tiene gracia, mire por donde.

— Lo que tiene gracia es ejercer la oposición con uñas y dientes cuando uñas y dientes son postizas-postizos.

— Tiene gracia, sí.

— A mí deme una oposición inteligente, con principios, ideas y valor a raudales; una oposición convencida de lo que es, dice y hace.

— Pide usted un imposible hoy por hoy.

— Ya. Por eso lo pido para mañana.

Pues al monarca Borbón se le suelta la lengua y aflora el deliquio en loa y pleitesía al sucesor de F. González, gran amigo y componedor de asuntos reales, quizá agradeciendo la permisividad en el negocio —qué no es negocio en este mundo mercantil—  y otras actuaciones derivadas por terceros de renombre.

— Frases para la posteridad.

— Una posteridad de corto recorrido, créame.

Pues la derecha, opinan o imponen los gurús contratados por el centrismo galopante para defenestrarla sin excesivo disimulo, ha de tender a la socialdemocracia repudiando el conservadurismo, el liberalismo, los sentimientos patrios y añadidos históricos.

— Nada menos que hacia la socialdemocracia, vulgo socialismo edulcorado.

— ¡Quién nos lo iba a decir hace medio siglo!

— Ni cincuenta años ni uno. Las barbaridades no tienen época y sí una mefítica conveniencia de mucho menor recorrido que las alabanzas reales al enemigo frentepopulista.

La felonía anida en los sucesores de los felones. La felonía (suspiro) es marca identificativa de la vileza, de la mezquindad, de la cobardía, de la sumisión al pago concertado. Felones hubo en nuestra historia; felones hay; aunque quizá, en el futuro, desaparecerán los de tamaño real por extinción concertada.

La historia, a veces, corre que se las pela; y otras estudia el terreno y transita a velocidad apta para casi todos los públicos. O sea: para el público que somos la inmensa mayoría.

Pero sea cual sea su velocidad, sabido es que jamás, jamás, un mal menor fue buen remedio para enfermedad alguna.

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Toma de conciencia

La caracterización en el individuo informa, determina o avisa de los atributos y las peculiaridades de ese alguien que, por su cometido, aparece habitualmente en público. Al hablar de caracterización en el día a día coloquial, la imagen proyectada es la de un actor que para desempeñar adecuadamente su papel adquiere las características del personaje al que da vida. Una vida ofrecida al público, por supuesto.

Fuera de la ficción narrativa, la caracterización convierte al individuo destinado a la misma en una proyección de su deseo y el de otros -por ejemplo los patrocinadores-, suprimiendo de la nueva imagen arduamente diseñada todo aquello que por atávico, sustancial o adquirido con los años y los usos pudiera distanciarlo inconvenientemente del prototipo a imitar y en siguiente estadio vender como mercancía homologada.

Distinguir la diferencia entre lo que es, lo que se propone y lo que se persigue sin ser tarea relajada no presenta mayor dificultad si media interés por inquirir y si, básicamente, subsiste la natural discriminación para no comprar a ciegas ni dar por buena cualquier explicación, ni acceder sin previa e inteligente réplica a las aspiraciones, encubiertas o no, del candidato al aprobado.

Cuestión de práctica; también de cultura desplegada a los cuatro vientos y toma de posición ante las derivas -una y ciento, de ahí el plural- de esos personajes que son arte y parte en la dación y reparto de los parabienes, beneficios, prebendas y varias impunidades. Vulgo políticos de la política parda, de la gaya política, férreamente adscritos a la cracia de partido o partidocracia  -discúlpeseme el término-, compulsivamente abocados a la defensa de ese sistema tan exclusivo como excluyente; ni siquiera alcanza a los militantes que pagan la cuota de mantenimiento y preservación de la jerarquía.

Esta forma de conducir la sociedad apelando a unos sentimientos de los que carece, impone el curso de los acontecimientos a los electores -jamás a la inversa-, envolviendo con mañas y consensos, con barnices y oropeles en aditamento, la inalterable voluntad de quienes deciden y presumen de ser la voz, los ojos, los sentimientos y las exigencias de sus votantes.

Más de un elector, de los que acuden a las urnas movidos por la necesidad y hasta por un atisbo crédulo que es patrimonio de la especie, reconoce el engaño a la vuelta de la esquina. Cabe entonces la resignación, el: “Otra vez será”,;“A aguantar, que el tiempo pasa”; “confiemos en el sentido común”; “han de entenderse” y otras frases que el lector añada o suponga. Cabe, sí; y lo contrario cabe en el mismo espacio y compitiendo con ventaja.

Dícese en español que a las penas puñaladas; digo yo que, mejor, a las mentiras, traiciones y componendas el desprecio, la denuncia y en última y definitiva instancia las puñaladas en tenor literal. O una postura práctica, contundente y revitalizadora de la propia dignidad: No me concierne. En elegante traslación: No me siento concernido.

Suelo hablar con un hombre de edad avanzada, cumplidos los ochenta, experimentado en artes, políticas y oficios, culto, sobrio, sereno y asentado en la memoria y el justo argumento, aficionado a la Historia escrita con mayúscula inicial. Me cuenta que no le concierne este mundo frívolo, oscilante, inaceptablemente domeñado y venal -son sus palabras, aquí fidedignamente reflejadas-, un mundo abocado a la inercia, al conformismo, dirigido más allá de la razón social. No le concierne, reitera, lo que se pacta bajo cuerda, lo que se impone sin controversia ni oposición, lo que se dispone para el conjunto sin verdadera participación del mismo.

Me dice: “No me hablen de acuerdos, no me citen compromisos, no mencionen pactos de Estado entre formaciones políticas, propuestos de una a otras, de otras a una; son falacias, engaños, artificios que simulan la intención: el cambio de régimen sin aceptación anterior y expresa de los españoles”. Sigue, tras una pausa con la mirada vibrante: “La política burda, baja, de partido, de casta, ha inficionado los ámbitos privados y las esferas públicas. Ha sido defenestrada la Justicia, ha fenecido el Estado de Derecho”. Concluye: “Nadie elige a sus representantes; los elegidos son los candidatos del partido o coalición electoral”.

No se siente concernido, yo tampoco. No nos concierne este gobierno ni esta oposición ni las alianzas de uno u otro signo; no nos conciernen. Él se lo puede permitir, yo me lo quiero permitir. Este hombre, arquetipo de quien en él se identifique, estudia, preserva y difunde nuestro Siglo de Oro, porque como dice: “es nuestro, inmutable, didáctico y vivificante”. Es un placer conversar de lo nuestro, en nuestro idioma, con nuestra raíz, desde nuestra Historia. La libertad permite elegir.

El voto, a veces, procede de la demanda inapelable para la realización de esos compromisos publicados en el programa electoral. Los incumplimientos menudean a lo largo de esta deficiente democracia: han falseado u obviado sus promesas todos los gobiernos. La lista es deprimente; y en lo tocante a la garantía de Libertad y Justicia demoledora. Aducen, en su descargo, forrada la cara con hormigón, algo tan etéreo y socorrido como “el interés superior”, “los acuerdos para la estabilidad”. Viaje el lector por las políticas de los diferentes gobiernos en relación con el idioma nacional, a los símbolos nacionales, a la Nación en sí; viaje con los ojos abiertos, conozca y tiemble. Sólo es un ejemplo, para mí especialmente delator y significado.

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Un elector errante (2 de 2)

El atribulado elector errante aborda la segunda etapa con esta pregunta: ¿Quién se debe a quien: el votante a unas siglas o esas siglas al votante?

Conviene entender a las siglas y al votante, que la fidelidad no debe ser incondicional, perenne, a prueba de veleidades, decepciones, componendas y pactos bajo cuerda para, por ejemplo, alcanzar lo que repudia el elector y así lo expresa mediante su voto. Se establece un pacto entre la formación política elegida y su elector de acuerdo con un proyecto trazado desde la base a la cúspide o a la inversa, recogido en un documento que se publicita; lo que le confiere trascendencia y verosimilitud. Luego, ya sabemos, pasa lo que pasa. Luego, ya sabemos, aceptamos y acogemos lo que nos imponen o bien los hechos consumados o el pragmatismo irrevocable difundido por los canales específicamente habilitados para ello.

El desglose del capítulo de votantes comprende a los dirigentes políticos, cuadros intermedios, a los militantes -abnegada su tarea y orlada por el riesgo en no pocas ocasiones-, a los simpatizantes, a los urgidos y público en general que a veces opta, a veces empuja, a veces reparte. El elector independiente decide su voto por varias razones que omito exponer por extensas y sabidas. En el caso, aquí referido, del elector de derecha, independiente por supuesto, sin militancia ni participación en la política profesional (ni sus anejos económicos), la decisión viene motivada por dos factores ineludibles y complementarios: la vinculación expresa y consciente a unos principios y a unos valores y la imperiosa necesidad -la necesidad obliga- de apoyar unas siglas que dado el panorama político consigan lo que anuncian garantizando esos principios y valores en el marco liberal conservador.

De esta guisa, velis nolis, el elector -de derecha, el único que me incumbe- posibilita una acción política a sus electos que desde 1977 tiende a distanciarse, consciente e imparable, hacia postulados que ni constan en el contrato ni anidan en el espíritu del voto. En otras palabras, el elector de derecha es repudiado de viva voz por las siglas que apoya con su voto abocadas a un continuo viaje al centrismo que como declaración primera y contundente elimina la mención a la derecha, su concepto, su trascendencia y, por ende, su respaldo.

El PP no es una formación política de derecha -si alguna vez, en esencia, lo fue- ni pretende serlo, pero aglutina el voto de liberales y conservadores -despreciando ambas concepciones políticas- desviándolo hacia ese centrismo tan caro a la izquierda, tan alabado por los medios de comunicación de la izquierda y prestos a su juego avalando su hegemonía, tan asentado en la sociedad merced a la inestimable, suficiente e imprescindible tarea de zapa de los otrora dirigentes políticos de la derecha votados por las personas de derecha.

El dilema del votante de derecha es grande, opresor. Pide, quiere, exige, demanda algo tan natural y justificado como disponer de unas siglas que además de la apariencia, el sutil envoltorio, ofrezcan contenido acorde con los principios y valores que sustentan, preservan y transmiten sus ideas. Ideas que han de confrontarse con las del rival-adversario-enemigo pues las hay, son firmes y argumentadas, de mayor recorrido histórico y enraizadas con el sentimiento nacional.

La configuración de las formaciones políticas determina su aislamiento de la base social -o ignorada o despreciada o marginada o tomada como pueril e inadecuada para “los tiempos que corren” y la “utilidad”. Los dirigentes políticos lo creen y lo confirman a diario. Ellos, que son servidores públicos, actúan como seres de culto, autónomos, omniscientes guías conspicuos de la sometida grey, la voluntariosa masa, la resignada sociedad que ruega a sus ídolos para que la libre de casi todo mal. La tan absorbente como excluyente partidocracia desvirtúa, corrompe y prostituye la democracia y, lo que es peor, el Estado de Derecho.

Estos tiempos que corren son de cambio. Lo eran, también, los comprendidos entre finales de la década de los setenta y principios de los ochenta, del siglo XX. Lo serán los de mañana y pasado, no lo dude el lector. Yo, por ejemplo, quiero que lo sean, pero en dirección bien opuesta a lo que se dibuja en el inmediato horizonte. La aceptación de unos postulados falaces, impropios y altamente perjudiciales para la sociedad española como tal (sociedad y española), producida en la época citada, deviene en el cuadro actual; y no hay paliativos ni excusa que valga en los causantes-culpables del desaguisado; tampoco es que cunda el arrepentimiento, sino la huida hacia delante, por lo que no nos queda ni el consuelo del a buenas horas mangas verdes.

En realidad, y es público y notorio, en vez de rectificaciones emergen complicidades y maridajes encubridores de las mutuas mezquindades, tropelías y desvaríos con firma y sello político, siglas reverberantes, moderación estricta en las formas, asentimientos de pasillo. El PP tiende sin disimulo a imitar al PSOE (al de origen y al actual), modelándose a su imagen y semejanza cual franquicias adjetivadas con poder territorial independiente y fuerza según aporte estadístico. Es el objetivo de la sigla PP, pues se ha acogido a la didáctica izquierdista de que España no es una nación sino cualquier otra entidad jurídica que permita el fraccionamiento a disposición y conveniencia de los poderes fácticos y los consentidos regímenes políticos catalanes, vascos y andaluces -y navarros y otros que apuntan a lo mismo-, arte y parte, avalistas y componedores de la nueva era de pensamiento único, sometimiento e imposición.

Repase el lector las disposiciones políticas, las inercias gubernamentales, en todas y cada una de las etapas de esta democracia formal. Advierta, porque así se lo pide este elector errante, las apuestas y las coaliciones de los dirigentes del PP, de su presidente abajo, de origen a resultado -de Fraga a Rajoy- y señale la responsabilidad en materias tales como Justicia, Educación, medios de comunicación, Lengua española, atribuciones presupuestarias y otras. Verá el lector-investigador que, por ejemplo, en Baleares y Galicia, el desmán lingüístico contra el español incluye el cuño del PP.  Esconder la cabeza debajo del ala o señalar al enemigo-rival-adversario como aún peor o, no le queda duda al lector que la cosa es así, acusar a quienes denuncian lo que yo denuncio de verdaderos enemigos de la “causa”, no conduce sino a precipitar la derrota y la aniquilación. Pero allá cada cual con su conciencia, que las personas libres hasta eso respetamos: que nos puedan acusar en falso, cobardemente. La dignidad no está en venta.

     * * *

La tercera y última etapa que asoma a los ojos del elector errante, abunda y resume. La izquierda, para conseguir sus objetivos, se reivindica como izquierda, actúa como izquierda y preconiza sus políticas. La derecha política -atiéndase a la matización, política-, la de los dirigentes políticos que piden el voto de las personas de derecha, como yo, niega el sentido de sus votantes, oculta la filiación ideológica que impulsa el voto, proclama que su norte es el centrismo y dispersa a sus portavoces en tal cometido viajero hacia ese centrismo que no refrenda encuesta ni base alguna. O sea, que la derecha social no tiene representantes políticos en el Congreso o el Senado pues éstos, en ambas Cámaras, se declaran centristas. ¿Paradoja? No, evidencia.

Quiere el votante conservador algo tan sencillo y asumible como disponer de una formación política adscrita al liberalismo y a la conservación de España en sus símbolos, Historia y raigambre. ¿Tanto cuesta entenderlo, aceptarlo, conseguirlo? Pues sí. Vamos, que es imposible en esta España que no es ni pretende ser España. A lo mejor molestamos; a lo mejor, porque nos interponemos entre los deseos de la casta y su culminación a medio plazo.

Los movimientos cívicos que  han surgido durante la legislatura pasada merecen unas siglas políticas que asuman y agradezcan el sacrificio, la entrega y sus reivindicaciones. Los millones de personas que se sienten de derecha porque son liberales y conservadores y democratacristianos también, conocen la solvencia intelectual de algunos dirigentes en el organigrama del PP: Alejo Vidal-Quadras, Jaime Mayor Oreja y Esperanza Aguirre entre ellos -liberales de estirpe y traza- quizá las figuras más relevantes y apreciadas por la sociedad de derecha. Esta misma sociedad compuesta por millones de personas sabe que cuenta con poco respaldo mediático. No importa, batallas más duras se han ganado, cuando han querido ganarse.

 El centrismo no critica la ausencia de símbolos nacionales en las actividades y declaraciones de la izquierda, pero cuestiona -y según el día rechaza por inconvenientes- a su esquiva manera del “sí, pero no” que aparezcan en las de la derecha (social, naturalmente, los beneméritos movimientos cívicos). El centrismo, identificado con el PP, opta por seguir la corriente de la izquierda que barre a España de los españoles contribuyendo a la confusión en los términos y a la claudicación en las ideas y sentimientos. Ideas que hay, que fluyen de las personas y de esos pocos, deseados, dirigentes políticos que no suscriben el “pacto de la casta”.

 Hemos permitido, consentido, los electores de derecha por creer que nos representaba quien no lo hacía, que la victoria de la izquierda sea irreversible. Porque lo es. Hemos tenido al enemigo dentro, debiera decir tenemos, a las pruebas me remito. No obstante, cabe una determinación, honrosa, digna, imprescindible para aliviar la desazón originada por el engaño y la componenda: encontrar y disponer de una formación política de derecha, contraria al centrismo, beligerante ante las componendas y que abomine de la izquierda hegemónica.  Es una reiteración de lo declarado en la primera entrega.

Este elector errante no sabe cuando murió España, quizá finalizando los setenta y principiando los ochenta del siglo pasado. Puede. Lo que sí sabe este elector que busca formación política a la que entregar su voto con la conciencia tranquila y el espíritu confiado, es que España fue enterrada entre el 11 y el 14 de marzo de 2004. Huelgan las explicaciones.

Lo que también sabe y expone este elector es que al PP lo impulsan vientos centristas, por lo que es adecuado para tales votantes e inapropiado, por no ser un partido de derecha, para los votantes de derecha. No pido que cambie la dirección del PP en el inmediato congreso o después; nada de eso. No quiero que las riendas, por así decir, del PP sean cogidas por aquellos políticos en los que todavía me reconozco como liberal. Créame el lector que soy sincero. Quiero que el PP quede donde está, con la dirección que cuenta. No entre Esperanza a enderezar lo que definitivamente se ha torcido. Lo que yo anhelo, a lo que yo aspiro, es a encontrar una formación política que se defina de derecha y que ejerza, inequívocamente, como liberal y conservadora en lo que a España, sus símbolos, raigambre e Historia concierne. Esto pido, esto expongo. Y ahí sí me gustaría encontrar a Esperanza, a Jaime, a Alejo.

Puede equivocarse, puede, la dirección del PP y sus crecidos barones remedando a sus homólogos socialistas, que al final, llegado el momento de votar en cada una de las convocatorias próximas y sucesivas, votantes como el que aquí cuenta lo que cuenta y pide lo que pide, acaben votando y depositando su voto en las consabidas siglas PP -voto útil, voto único- ya que nadie osará constituir una formación política de derecha en esta España -más este país que nunca. Yo, de ellos, no pondría la mano en el fuego ni en lo uno ni en lo otro.

Pausa: acabo de recibir una nota que dice: “Si España ha muerto, no existe, ¿para qué un partido nacional y de derecha?”. Juzgue el lector si merece la pena buscar y encontrar tal formación política de derecha. Para mí, que soy un sentimental, sí vale la pena que mis impuestos financien políticos entregados a menesteres honrosos con los que me identifico, que comprendan y asuman que están al servicio de sus electores y no éstos a disposición permanente y sumisa de sus apetencias, utilitarismos y horizontes

La izquierda tiene donde elegir; la derecha no. No acepto como lugar de destino para mi voto ninguna formación política que no sea de derecha en su fundamento y traslación social. El intento socialista de UPD debiera ser válido única y exclusivamente para votantes de izquierda que compartan los postulados de esta formación. Nadie de derecha debe resignarse a entregar su voto al centrismo o al izquierdismo suavizado.

El tradicional votante de derecha no transige con el pensamiento único ni la corrección política, ni el igualitarismo rasante ni el relativismo devastador. Al tradicional votante de derecha le gusta que le tengan en cuenta, que le escuchen, que le atiendan, que le representen intensa y eficazmente. El votante de derecha se enorgullece de serlo, las izquierdas en general también; los políticos de derecha, salvo las excepciones de rigor y valía, se consagran centristas al centrado servicio del centro, adláteres, promotores y patrocinadores. Eslogan del PP: “Un partido de centro”. No mienten. Y es lo que satisface a la inmensa mayoría de medios de comunicación que se apartan de la esencia del liberalismo, de la derecha, para engrosar las filas de la “unicidad unificadora” auspiciada por la izquierda, secundada por el centrismo servil. Qué cosas veredes, elector errante.

La historia de la izquierda en España es sobrecogedora, y ahí están, izados a la cúspide, mandando, situando, estableciendo quién es quien en el catálogo sociopolítico. El centrismo sostiene el mito de la izquierda y, de paso, como el que no quiere, contribuye al cambio de régimen, al nuevo orden, a la nueva era acomodado en la oposición y en periodos de gobierno consentido para rellenar las arcas y consolidar pactos con la izquierda que benefician al modo impositivo de la izquierda. Si alguien duda de esta afirmación que averigüe por sí mismo cotejando actos y episodios.

Ya que tengo, obligatoriamente, que pagar a la casta política, permítaseme, al menos, y como liberal, elegir a quién y en qué siglas.

Pongo fin a este largo artículo planteado vehemente y resolutivo, haciendo hincapié en mi irrenunciable demanda. Pensará el lector que para concluir pidiendo que el PP siga en el centrismo y que germine allá donde fuera la semilla de una formación de derecha para destinarle el voto, no era menester tan extensa literatura. Sí, señor: para este viaje no hacían falta tales alforjas. Lo que ocurre es que me gusta argumentar y convencerme de que digo lo que pienso y pienso lo que digo a propios y ajenos.

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Un elector errante (1 de 2)

A continuación emito una opinión y como tal la expreso. Mi sincera y motivada opinión respecto al juego de intereses, codicias y ambiciones presidiendo con poco o nulo disimulo todos los frentes de la actividad política.

Al clarificador estilo de aquellas series televisivas, películas o relatos de género policiaco que en el transcurso de las primeras secuencias o las primeras páginas informan al espectador o al lector de quién es el criminal, el móvil y su modus operandi, procedo a exponer en frase inequívoca la conclusión de este artículo en tres etapas sucesivas; largo por deseo expreso.

Mi voto liberal conservador busca una formación política de derecha, contraria al centrismo, beligerante ante las componendas y que abomine de la izquierda hegemónica.

Lo dicho es algo que viene de lejos, modulado e incluso silenciado en aras a “no hurgar en la herida, a no incidir en el problema, a no perjudicar las expectativas de cambio de gobierno, y por ende, cambio de rumbo en la política gubernamental -en las diversas y concatenadas políticas gubernamentales”.

El resultado a la vista está: un sacrificio en vano, estéril el de muchos que ni recibimos ni esperamos agradecimiento alguno. Los hechos son obstinados y los votantes contumaces. Además, molestamos al no ser venales.

Se me ocurrió denominar brevería -de breve, en reconocimiento a las greguerías de Ramón Gómez de la Serna- a la sucinta petición formulada con desapego, con irónico escepticismo. Pongo por caso la siguiente:

Trueco partido político radicalmente de centro por formación política esencialmente de derecha que no asuma las componendas.

Era mi respuesta a una declaración de Ruiz Gallardón aireada por algún medio, a finales del pasado año.

Y para mayor ilustración aporto uno de los párrafos -sin modificar nada- que conforman el Apunte para una reflexión sincera y valiente escrito hace medio año:

Pero el votante de izquierda tiene alternativa. Nosotros, los de derecha, estamos sometidos a unas tácticas y estrategias que no tenemos porque comprender ni aceptar, y que desvirtúan, desvanecen y ahorman en la ambigüedad un mensaje que para nosotros debiera ser nítido. No es que la situación me sorprenda. Vamos, es que me temo lo peor de quienes me piden el voto a sabiendas de no haber alternativa. Me temo que se envuelvan en la componenda y que nosotros, sus electores de grado o por fuerza, comprobemos antes que después que lo escuchado eran imaginaciones; deseos, aspiraciones. Nada que tenga que ver con la cotidianidad política que pagamos incluso en contra de nuestra voluntad.

En otras palabras, en castizo epílogo: se veía venir.

No hay arte adivinatoria ni erudita presciencia en lo que fue pronóstico y es, ahora, confirmación. No hubo prognosis ni recurso al oráculo; tampoco sufrieron innecesariamente animales domésticos varios para deducir de sus entrañas el hoy tangible, manifiesto.

Voces ha habido y hay en esta página, y en otras como a buscar se disponga quien lo desee, que reclaman con insistencia y fundamento un espacio propio, unas siglas apropiadas al sentimiento y la percepción, unos profesionales de la política adscritos a sus electores siquiera en los planteamientos básicos, esenciales. Unos políticos de derecha con políticas de derecha para votantes de derecha.

España, mi nación, la nación de los españoles, que ya no es nación ni mía ni nuestra, se halla condicionada a sus atávicos enemigos, dependiendo de ellos hasta que nada puedan obtener de ella; hasta que sea inservible a sus declarados intereses. En esta España desnaturalizada, sin asideros y al albur de cualquier veleidad tácita o expresamente consentida, ser su enemigo es rentable; otorga carta de naturaleza a quien así se proclama y lo difunde dentro y fuera. Y si la satisfacción no acontece en plazo inmediato, con la aquiescencia de los poderes fácticos y la coalición gubernamental, se violenta, distorsiona o ignora la ley en beneficio de los consabidos, dueños y señores de la situación. Ponga el lector los ejemplos que guste señalando de uno en uno los tribunales de justicia, los altos, los medios y los bajos. Y no intente impugnar lo que jamás debiera suceder, so pena de recibir castigo y desprecio teledirigido desde babor y estribor a partes iguales. Incluya en el acusador señalamiento otros organismos y estamentos que conculcan las elementales normas de convivencia siempre en detrimento del afectado en primera y última instancia. Añada, también y ya puestos, las esferas de los diversos poderes que imperan en la calle, la comunicación, las organizaciones sociales y un largo etcétera que enmarca el territorio asignado para nuestros movimientos. Una reserva de estricto aislamiento para los réprobos, usted, tú y yo -eufemísticamente heterodoxos contra la tiránica ortodoxia-, desahuciados, huérfanos, votantes en busca de partido.

 Reitero lo que he dejado escrito en artículo precedente: No me concierne el gobierno ni la oposición; no me siento concernido por sus políticas. Es una declaración de intenciones. Lo que no obsta para que me afecte lo que unos y otros hacen, deshacen y dejan de hacer. Una cosa no es incompatible con la otra.

Recuso, acto seguido, al gobierno y a la oposición; aunque mi postura sea retórica, quizá testimonial. Me atañe lo que disponen, por supuesto; soy español y vivo en España. Pero también soy libre -dentro de lo que cabe-, lo que significa que puedo elegir. Concibo la libertad como la posibilidad de elegir entre lo que es y lo que se percibe. Mientras pueda elegir seré libre aun rodeado de planteamientos tiránicos, de imposiciones y sometimientos. Mientras pueda elegir exigiré poder elegir: valga la redundancia. 

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El siglo XIX a grandes rasgos

El año por el que transitamos sumidos en elucubraciones por lo que es y lo que va a dejar de ser, 2008, conmemora el inicio de lo que se ha dado en llamar Guerra de la Independencia. Una guerra que fue de liberación nacional enmarcando otras, intestinas, habituales, con pretensiones varias y alternativas. Una guerra con episodios de marcado y trascendente heroísmo, individuales con sus homenajeados patronímicos, pero también colectivos, con sus celebrados gentilicios. Unos y otros recordados ahora, cuando debieran recordarse siempre.

Dos siglos ya, aunque no parece ni por asomo que fuera ayer cuando un pueblo orgulloso y convencido de sus raíces y su unidad, el español, se alzó en armas y defensa de lo propio contra la invasión, la usurpación, la indignidad y el sometimiento. Dos siglos ya del memorable, ejemplar y no pocas veces añorado levantamiento popular del dos de mayo en Madrid, capital de España. Otros hubo a lo largo de una contienda comprendida históricamente entre 1808 y 1814; memorables, ejemplares y no pocas veces añorados.

Habrá que centrarse en la fecha, una de las significativas a lo largo de la vibrante, feraz, compleja y singular Historia de España. Hay que hacerlo, pues al menos este símbolo recoge adhesiones siquiera por la tradición y el arte. Lo hago, y lo haré a lo largo de este 2008 que nos deparará un poco de todo y un mucho de vaya usted a saber qué. Pero conviene, o eso creo, establecer una referencia, obligatoriamente breve, de lo que ha supuesto el siglo XIX para los españoles.

Un siglo, el XIX, de ruptura, de renovación y cambio en la comprensión del mundo, trazando una divisoria real y profunda. En él nace la contemporaneidad. Los valores y las instituciones que despuntan en este siglo perviven hasta nuestros días; son, en gran medida, los que rigen la vida cotidiana. Mencionemos algunos valores: libertad individual, soberanía nacional, separación de poderes, sufragio. Repasemos algunas instituciones: parlamento, gobierno, tribunales de justicia. Y la sociedad de clases.

    Lea el artículo completo

Colaboración de Alcides con la sección "Memoria Histórica".

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En retirada

A modo de recordatorio para propios y extraños sirva la enumeración de nuestras Plazas de Soberanía, verdadero sur geográfico de España (de Levante a Poniente):

—   Islas Chafarinas: del Congreso, de Isabel II y del Rey.

—   Melilla.

—   Peñón de Alhucemas y adyacentes islas de Mar y de Tierra.

—   Peñón de Vélez de la Gomera.

—   Ceuta.

—   Islote Perejil.

Helas aquí las españolas Plazas de Soberanía, con las que pienso acompañarme por memoria y vivo deseo mientras exista el riesgo cierto de su abandono; mientras el riesgo evidente y terrible, derivado de la política espuria, de la bastardía política, aceche la integridad nacional de lo que es España con orgullo, derecho, raigambre y significado.

No han de faltarme ocasiones para reivindicar, mostrar y subrayar la historia de estos lugares que es nuestra historia, la de España, la de los españoles. Hoy me impulsa el viento de la advertencia, el avisado elemento que a ráfagas ulula pronosticando una disposición gubernamental nefasta que destila peores augurios.

Algunos ruidos, rumores de gabinete destinados a ello, silencian muchas voces. Que son voces mayoritariamente anónimas; que amplifican sin resultado práctico un clamor sentido. No obstante, pese a la presumible inutilidad del esfuerzo, me obstino a elevar la voz, a dar voz a las reclamaciones, a trasladar la voz a textos que el lector considerará a su libre albedrío ya que libres somos todavía y libres queremos ser en adelante.

El viento del presagio traslada la inquietud de una ciudad española a más y mejor: Melilla. No hay ciudad en España más española que la de Melilla. Un enclave español que ha absorbido y honra la mucha sangre derramada para que de él no se arríe la Bandera Nacional ni se enajene su nombre que es el de España.

Melilla cuenta con una guarnición militar que a mí se me antoja escasa, pero que el socialismo imperante evalúa excesiva. No ha de extrañar al lector que al socialismo dirigente y aliados un solo militar le parezca  una exageración; cuánto más si es un número mayor y con solvencia en el oficio, patriotismo, conocimiento del territorio, memoria, dignidad, trayectoria al servicio de España y uniformes que han hecho Historia. Pretende el socialismo gubernamental reducir el efectivo militar de guarnición en la Plaza. Ojalá todo quedara en pretensión, vana o imposible. No. La izquierda y acompañantes han decidido mermar la defensa de Melilla trasladando mandos y tropa a otros lugares muy alejados de la verdadera necesidad.

La mentira, el engaño característico en los comunicados oficiales, de secretaría y Consejo de Ministros, dispersa una versión contraria a la percepción tanto como a la realidad. Una burda manipulación alcanza sus objetivos en amplios sectores de la indiferente o ignorante población; pero no todos absorbemos tácitamente la farmacopea instituida desde un poder sectario y enemigo acérrimo de la Historia de España.

Melilla contaba con una guarnición de cuatro mil soldados, militares adecuados a la zona. Dividida por la mitad, los efectivos han pasado a dos mil. El hasta la fecha ministro, convalidado en portavoz del grupo parlamentario socialista, se ha despedido retirando a setenta y cinco Mandos. Pero para que no cunda la alarma entre los melillenses y demás españoles repartidos por España, informa que la dotación militar de Melilla era de dos mil soldados y ahora, a la vuelta de la esquina como quien dice, se ampliará a dos mil quinientos. De mentira en mentira y tiro porque me toca; y juego, hago y deshago porque los votos me lo permiten -u obligan.

Antes de las elecciones, el socialismo se apoyaba en los islamistas y viceversa. Inaceptable cualquier crítica al Islam, permitidas, incitadas y hasta jaleadas las destinadas al Cristianismo; por ejemplo. En la misma línea, obvia para todo observador, se obstaculizaba, desviaba o impedía cualquier crítica o denuncia argumentada contra los separatistas y arribistas pero se favorecía y subrayaba la actividad contra la derecha y por ende contra todo lo nacional.

He contado lo que quería, lo cual no resta un ápice de inquietud y desasosiego a mi ánimo; pero tampoco, y que nadie se lleve a engaño, cundirá en mí esa fatalidad ante lo irremediable que ha calado en gran parte de la sociedad. No voy a cejar en mi propósito de seguir incidiendo en la españolidad de las Plazas de Soberanía divulgando su historia que, reitero, es la de España, la de los españoles. Mi voz no sumará componendas ni pactará rendiciones. Mi voz también dará voz a quienes han sido desposeídos de ella por obediencia debida, imperativo político, necesidad laboral o urgencia económica.

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