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                      Bitácora "Es un momento"   Por Miguel Ángel Olmedo

 

El autor de esta bitácora es editor de la web cultural

"Es un momento" y de la web "Momentos españoles"

 

 

Recordemos (IX)

Por Miguel Ángel Olmedo

Jueves, 10 de junio de 2010

Sigamos recordando aquello que fue y por qué sucedió. En esta entrega se ofrece el resultado electoral de las elecciones municipales de abril de 1931; unos aspectos de la terrorífica cotidianidad en Cataluña entre julio de 1936 y marzo de 1939; y un apunte sobre la revolución de 1934 como preámbulo de la guerra civil.

 

Las elecciones de 1931

El plan electoral del gobierno Aznar —almirante Juan Bautista Aznar— en el año 1931 era el siguiente: comicios municipales el día 12 de abril, provinciales el 3 de mayo y parlamentarios el 7 de junio.

Antes de la fecha del 12 de abril, el día 5, se proclamaron en primera vuelta los concejales que se presentaban a la elección sin contrincante: 14.018 monárquicos y 1.832 republicanos, pasando a manos republicanas únicamente un pueblo de la provincia de Granada y otro de la provincia de Valencia. Buen presagio para los monárquicos, que pensaban que la agitación de los meses pasados y la imposición republicana en las calles, se diluiría ante la tendencia mayoritaria a favor de la monarquía. Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, advirtió: “No se pueden establecer distinciones entre los concejales del campo y los de las ciudades ni clasificar a los electores entre los de primera, segunda y tercera categoría. (...) Cada hombre es un voto.” Por creer cantada la victoria o por otros motivos entonces silenciados, en vísperas de los comicios Romanones les dio alcance plebiscitario: “Se ventila (...) el porvenir de España y su forma de Gobierno.” Los republicanos y las izquierdas, sobre todo éstas,  acogieron calurosamente la idea.

Las elecciones municipales de abril de 1931 no fueron un plebiscito ni existía razón alguna para interpretarlas como tal. Su convocatoria no tuvo carácter de referéndum ni de elecciones a Cortes constituyentes. Tampoco fueron un triunfo electoral republicano.

Cuando el 12 de abril se celebró la segunda fase de las votaciones, volvió a repetirse la aplastante victoria monárquica. Frente a 5.575 concejales republicanos, los monárquicos consiguieron 22.150, cuatro veces más aproximadamente.

Sin embargo, estas cifras sólo equivalen a poco más de la cuarta parte de los concejales elegibles. Lo que sucedió con el resto de las candidaturas la II República nunca lo comunicó oficialmente. Los datos oficiosos que fueron publicados posteriormente en el Anuario Estadístico de 1932, por iniciativa del Instituto Nacional de Estadística y no, como era su deber, por el Ministerio de la Gobernación, muestran pese al retraso y a la manipulación que los concejales monárquicos lograron la mayoría.

Fue el propio gobierno de entonces, salvo dos miembros, los políticos monárquicos, los consejeros del monarca y dos de los mandos militares decisivos, Dámaso Berenguer, ministro de la Guerra, y José Sanjurjo, director de la Guardia Civil, quienes otorgaron carácter plebiscitario a la consulta electoral aduciendo que los resultados eran un desastre para la monarquía y un éxito para la ambición republicana.

El predominio del voto republicano en la mayoría de las capitales de provincia —como en Madrid, donde el concejal socialista del PSOE, Andrés Saborit, ‘hizo votar’ por su partido a millares de muertos— contribuyó a esa sensación de derrota, junto a la creencia, infundada, de que los republicanos podían controlar la calle provocando algaradas y desmanes para hacerse con el poder. Durante la noche del 12 al 13, los ministros se reunieron informalmente en el ministerio de la Gobernación con el general Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil y simpatizante de la república, según Alejandro Lerroux, quien dejó de manifiesto por telégrafo que no contendría un levantamiento contra la monarquía; extremo que los dirigentes republicanos conocieron en el acto gracias a los empleados de Correos adictos a su causa. Romanones le preguntó si podía contar con la fuerza de Orden Público y Sanjurjo respondió: “Hasta ayer por la noche podía contarse con ella.” Lo que dio pie a Romanones para concienciarse de que todo estaba perdido.

Por su parte, Berenguer, ausente de la reunión ministerial, envió por su cuenta un telegrama a las autoridades militares de provincias, haciéndoles notar la “derrota de las candidaturas monárquicas en las principales circunscripciones” y pidiéndoles “la mayor serenidad” (...) con el corazón puesto en los sagrados intereses de la Patria”, cuyos destinos “han de seguir, sin trastornos que la dañen intensamente, el curso lógico que les impone la suprema voluntad nacional.” El telegrama prontamente difundido por la prensa llenó de alegría a los republicanos y a las izquierdas.

En definitiva, Romanones, Sanjurjo y Berenguer, habían desahuciado por su cuenta y riesgo el régimen que teóricamente defendían.

Al amanecer del día 13 Romanones acudía a palacio. Confiesa: “Yo no acertaba con la fórmula de afirmar que todo estaba perdido, que no quedaba ya ni la más remota esperanza y, sin embargo, hablé con claridad suficiente, interrumpiéndome el rey con la frase: Yo no seré obstáculo en el camino que haya que tomar, pero creo que aún hay varios caminos”. Y observa Miguel Maura (Así cayó Alfonso XIII, pp. 153-154): “Ya en la mañana del 13, antes de que el Gobierno hubiese deliberado reunido y antes de que la calle hubiese mostrado síntomas de efervescencia, el conde (Romanones) estaba decidido a forzar las etapas para que el monarca abandonase la lucha”. Por la tarde de ese día 13, Aznar, presidente del Gobierno, declaraba: “¿les parece a ustedes poco lo que ha ocurrido ayer, que España, que se había acostado monárquica, se levantó republicana?” La frase, que en la práctica era un llamamiento a los contrarios a la monarquía a tomar la calle, se extendió por toda España como un reguero de pólvora entusiasmando a los socialistas y los republicanos. 

Ese conocimiento de la debilidad de las instituciones constitucionales explica que cuando Romanones y Gabriel Maura, con el expreso consentimiento del rey, ofrecieron al comité revolucionario unas elecciones a Cortes constituyentes no lo aceptaran, habiendo captado el desfondamiento monárquico; no sólo fue rechazada la propuesta sino que, además, exigió la marcha del rey antes de la puesta de Sol del 14 de abril.

Así pues, se proclamaba la II República sin respaldo legal o democrático.

(Ricardo de la Cierva, Historia actualizada de la II República y la guerra de España 1931-1939, pp. 37 a 40, Ed. Fénix. Miguel Artola, Partidos y programas políticos 1808-1936, I, p. 597, Ed. Aguilar.  Pío Moa, Los personajes de la República vistos por ellos mismos, pp. 175 a 178, Ed. Encuentro. César Vidal, Paracuellos-Katyn, pp. 95-96, Ed. Libroslibres.)

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Las prácticas de exterminio de los coaligados en el Frente Popular en Barcelona y alrededores en la memoria de José María Fontana Tarrats.

Lo primero que hicieron el 20 de julio de 1936 los “líderes de la libertad humana” fue establecer cárceles por toda Barcelona, al extremo de que pronto excedieron en número a los cines y a las tabernas. Las más tristemente famosas entre las cárceles, descontando al ex siniestro Montjuich y la ex trágica Modelo, fueron la de San Elías, la de los Sanjuanistas, la de los Escolapios, la Tamarita, la del antiguo Banco de España; la del C.A.D.C.I. (Centro Autonomista de Dependientes del Comercio y de la Industria) en la Rambla de Santa Mónica, la de la calle Zaragoza y Prisiones Militares en un convento de la calle Enrique Granados. En suma, aparte de las cárceles oficiales cerca de un centenar de otras prisiones fundadas, patrocinadas y regidas todas ellas por los diversos partidos políticos “antifascistas”. Sus inquilinos eran reclutados a diario en las expediciones depuradoras que llevaban a cabo los piquetes armados —“patrulleros”— que, vestidos con mono, gorrito de borla y abundancia de insignias, recorrían calles y domicilios en busca de víctimas.

En los aludidos recintos carcelarios almacenábase, asimismo, parte de lo que se robaba, con independencia de su función principal: la de constituir una especie de antesala de la muerte. Ésta llegaba al atardecer o de madrugada, con la lectura de una lista de presos, a los que se les montaba en un coche, pasando, con el Sol naciente, a engrosar el número de hemorragias internas que asoló a toda la región. En estas patrullas de asesinos vulgares forman todos los partidos políticos que siguieron la causa roja. Dos de sus directivos más destacados fueron los militantes de Acciò Catalana González Batlle y Pons.

En Moncada, localidad muy cercana a Barcelona, se aprovecharon los hornos industriales para hacer experiencias crematorias, a fin, sin duda, de desterrar la anticuada inhumación al viejo estilo; así desaparecieron, sin dejar rastro, muchísimos ciudadanos. También en la cárcel de la calle San Elías se efectuaron ensayos de técnica constructora moderna, sustituyendo los ladrillos por cuerpos humanos; algunos ejemplares de dicha ingeniería se encontraron al liberarse la ciudad.

Pero, en general, las cárceles particulares sólo sirvieron para asesinar, para interrumpir vidas. La cosa, no obstante, era bastante fea; y las presiones extranjeras decidieron al Gobierno a terminar con todos los “aficionados” y con sus “centros experimentales”. Entonces fue creado el S.I.M. (Servicio de Información Militar, montado sobre un intento anterior del socialista Indalecio Prieto llamado D.E.D.I.D.E.); se simplificaron las cárceles urbanas y, al modo soviético, nacieron los campos de trabajo. Una ola de tecnicismo represivo, made in U.R.S.S. lo invadió todo. Y los “liberales” del mundo pudieron dormir tranquilos y satisfechos de sus sentimientos humanitarios... y de la costilla de puerco que engullían para cenar. He de confesar que jamás acerté con el extraño impulso que suele obligar a los amantes del “liberalismo” a convertir en presidiarios a la mayor cantidad posible de sus congéneres; y a los “demócratas” a sellar in aeternum las palabras y sesos de los que no piensan como ellos.

Atenuada la época de los paseos y asesinatos a la buena... del diablo, se mataba con la hipocresía de una ley carente de justicia. No había día de descanso para aquellos ominosos tribunales contra “el espionaje, el derrotismo y la alta traición”; y el resultado era idéntico casi siempre; pena de muerte a la mayoría de los inculpados; y el S.I.M. se encargaba del resto, incluso de los absueltos. Matar, matar y matar: he aquí el lema del contubernio rojo-catalanista. Y quien dude de la región de procedencia de las víctimas, que lea los apellidos y por ellos podrá juzgar cómo el pueblo catalán estaba en el foso de Santa Elena.

El Tribunal Militar Permanente no quiso ser menos y en poco tiempo se puso a la misma altura que aquéllos, con aterradoras cifras de fusilados catalanes, por deserción, abandono, etc., que en abril de 1938 pasaban de dos mil ochocientos.

Encharcada así Cataluña de sangre inocente, sin derechos que invocar ni leyes en que ampararse, aterrorizados por la dictadura rusa y escarnecidos por la bota soez del gobierno de Negrín, ¿qué provecho obtuvo el catalanismo de su contubernio? Este tan sólo: que el señor Companys y cuatro más se pasearan en coche oficial con la bandera barrada y que se pudiera hacer vivir con subvenciones oficiales al teatro catalán. ¿Y para eso cincuenta años de catalanismo?

De vez en cuando se daba publicidad sumaria a las ejecuciones: “Ayer en los fosos del castillo de Montjuich fueron cumplimentadas diecisiete penas capitales”. ¡Y los fariseos victimarios se habían pasado la vida hablando del “siniestro” castillo porque se había fusilado allí a un sujeto apellidado Ferrer Guardia y a unos pocos más a lo largo de un siglo!

El clima político y espiritual (¿) que todo lo envolvía puede definirse y entenderse con un pequeño vocabulario de dieciséis palabras, machaconamente repetidas en la prensa roja. Helas aquí: comité, patrullas, antifascismo, pueblo, control, incautación, cumplimentada, incontrolado, derrotismo, alta traición, preventorios, campo de trabajo, espionaje, Catalunya, cementerio y marxista.

Rafael Vidiella, consejero de la Generalidad, afirmó en la prensa que “el robo y el asesinato no son delitos ni merecen aquella calificación cuando se cometen revolucionariamente por el pueblo —o sus hombres—, o sea sin ánimo de lucro o venganza personal.” ¡Para que luego la Generalidad fingiera ser incompatible con los incontrolados...! Cuando el clamor mundial les asfixió, sustituyeron a los “incontrolados” por el S.I.M. y los tribunales de sangre, y ¡tan tranquilos! Entre sus sicarios, los nombres de Chorro, Rodríguez Dranguet, Pelayo Sala, Palazón y Pascual Galbe, adquirieron tan triste notoriedad que fueron pronunciados con espanto: ellos eran los nuevos incontrolados actuantes desde la mesa de un tribunal, que les evitaba las salpicaduras de sesos humanos. ¡Ah!, pero a cambio de tanta infrahumanidad, se tenía el consuelo de que el teatro Poliorama pudiese denominarse Teatre Cátala de la Comèdia.

Durante todo el año 1938 se organizaron grandes procesos: el de Radio nacional, el de la “quinta columna”, el de Iturrioz... El aniversario de la proclamación de la República fue conmemorado, en este año, con cuarenta y un fusilamientos... y en el primer semestre del mismo, nueve mujeres fueron fusiladas en Montjuich por su afección a la Causa nacional, entre ellas, aquella admirable muchacha de veintidós años, Carmen Tronchoni, ejemplo de patriotismo y abnegación.

Ello no es obstáculo para que, además, se produzcan desapariciones d individuos que luego aparecen en los cementerios con traumatismos (¿) irreparables. La Prensa publica a veces estas noticias, y así nos enteramos de la desaparición dl actor de teatro catalán Pedro Ventayols. Aunque no sea por la Prensa, precisamente, como se conoce el asesinato de familias enteras, incluidas las criadas, como los Olalde, Vidal, Ordeig, Bonanova Claramunt...

El monstruo también devora a sus propios retoños. Dígalo, si no, como uno de los crímenes más característicos, el que costó la vida al obrero antifascista Miguel Manso, Nin de Berga,  cuyos asesinos fueron juzgados y absueltos por el tribunal número 4, no obstante las manifestaciones de todo el pueblo, las gestiones oficiales y las promesas hechas en contra.

Automutilación, deserción, traición, espionaje, derrotismo, desafección... Y listas y más listas de condenados a muerte; de “enterados”; de “organizaciones fascistas” descubiertas; y cifras —de vez en cuando— de sentencias para las ejecuciones cumplimentadas. ¿Con quién está, demócratas, el pueblo de Cataluña que deserta de vuestras filas, que os espía y traiciona, que se automutila para no serviros y que riega de sangre el foso de Montjuich...?

* * *

Llegamos a una de las cosas más monstruosas, más execrables y más horrible de la historia de la Humanidad: las chekas (checas). Cuando fueron descubiertas, al liberarse Barcelona, y cuando pudieron hablar los supervivientes, un estremecimiento de horror sacudió la conciencia de los españoles decentes. El mundo no se enteró ni quiso enterarse, porque era “liberal y demócrata”, porque había ayudado y protegido a sus constructores, porque comía con ellos en La Perigourdine, y porque estrechaba las manos de los asesinos “rojos” en el exilio, acogiéndolos en los suntuosos despachos oficiales del Quai D’Orsay o de las Trade Unions; ¿cómo habían de enterarse, si las chekas eran la consecuencia directa, el hijo natural, el lodo inmundo de los polvos y las ideas que ellos sembraron?

¡Nos revientan los ijares de risa y de rabia al pensar que las ingenuidades de la Inquisición nos han costado siglos e odio y de leyenda negra! ¡Y recordar que los padres de los chequistas levantaron monumentos a Ferrer Guardia! ¡Y leer que la Edad Media fue una época bárbara! ¡Y contemplar los rasgados ropajes de los santones europeos por una inocentísima expulsión de judíos y moriscos!

¡Cuánta ingenuidad, la nuestra! ¡Cuánta culta estulticia, la suya! ¡Cuánta maldad, Dios mío!

Como en trémolo lastimero, de sangre y de dolor, va subiendo el diapasón de la criminalidad roja. Graves fueron los asesinatos de los combatientes rendidos en las jornadas de julio; pero siquiera, entonces, había lucha, cadáveres, pasión... Espantosa la degollina de los “paseos”. Horrendas las muertes con torturas y con regodeo de los verdugos. ¿Pero qué es todo esto comparado con el horror refinado, progresista, técnico, de las chekas? Una náusea infinita, una piedad sin límites, nos acomete, sintiendo vergüenza de haber nacido y asco de pertenecer a la misma especie zoológica de los chequistas. ¿Progreso? ¿Cultura? ¿Libertad? ¿Democracia? ¿Edad Moderna? ¿Civilización?... ¡Mierda, señores; mierda inmunda y repulsiva, aunque duela el tímpano a los fariseos y lo perfumen con grado 33! ¡Ante eso no queda nada ni nada vale!

En los años de 1937 y 1938 de la era de Cristo, calendario Gregoriano, y en la culta ciudad de Barcelona, bajo la República Española y el Estatuto catalanista, los hombres construyeron ergástulas de tortura refinada, infinitamente más completas y perfectas que las de los siglos bárbaros, para hacer sufrir, psíquica y físicamente, a otros hombres iguales a ellos, por el solo delito de no pensar en la misma forma que sus verdugos.

Quisiera consolarme pensando que quien tal hizo fue sólo una minoría; que las personas decentes —de derechas o de izquierdas— pensaron igual. Hasta quiero creer que a muchos rojos les sorprendió e indignó el hecho, tanto como a nosotros, aunque en la excepción no incluya a un solo comunista ni marxista. Y para que se vea cuán rigurosa es tal previsión quiero hacer constar que, nada menos que un poeta de tan fina delicadeza como Antonio machado le contestó al editor Janés, cuando éste fue a pedirle su firma para un escrito en favor del poeta Félix Ros, a quien habían martirizado horriblemente en la cheka de Vallmajor: “Pues ¿qué?... ¿Quiere usted que nos arranquen también las uñas a los anti-fascistas?”

Por muchos motivos ni quiero ni puedo hacer demagogia. Pero, recordando a las gentes asesinadas y a los que pasaron por las cárceles y chekas, no puedo por menos de observar cuán pocos millonarios y plutócratas pasaron a mejor vida o sufrieron martirios. La inmensa mayoría de las víctimas y excautivos pertenecieron a la clase media y al proletariado. Justo será, pues, reconocer que a través de una mentalidad roja, la represión y sus crímenes apenas sí rozaron a quienes debían ser sus mayores enemigos; también en esto su fracaso fue total. Claro está que uno tiene sus ideas particulares sobre la materia, y cree que es más fácil el entendimiento entre un capitalista sin escrúpulos y un dirigente marxista que entre este último y un hombre modesto con ideales y los calcetines zurcidos.

* * *

El nombre de “Campos de trabajo” era el delicado eufemismo con que el sadismo democrático denominaba a los mataderos al aire libre. Estaban ya las ciudades demasiado cargadas de presos y, además, el aislamiento facilitaba las brutalidades y los crímenes.

Entre tales “Campos” el más célebre por su negra historia fue el número 3, situado en Omells de Nagaia (Lérida), que en los últimos tiempos de su funcionamiento tuvo por jefe a un tipo perfecto para una galería lombrosiana: se llamaba Monroy y tenía más muertos sobre la conciencia que pelos en la espesa barba.

El “Campo” número 1 estuvo en Hospitalet del Infante y tuvo como jefe también a Monroy. Mucha fue, asimismo, la gente en él asesinada, en virtud de la opinión del Mandamás de que “quien no podía trabajar no servía a la República”, y, por tanto, se le pegaba un tiro en la nuca. Solía curar a los enfermos de febrículas obligándoles a permanecer, en pleno invierno, veinte minutos dentro del mar, escogiendo para ello la hora del atardecer y buscando, incluso, los días ventosos.

Deporte favorito en tal “Campo” era el de lanzar piedras sobre los desdichados presos desde alguna distancia, juego en el que Monroy llegó a tal perfección que no fallaba una. Sin duda por esto y por su ferviente espíritu republicano le nombraron jefe de “Campos de Concentración”, durante cuyo mando se mató a los recluidos en aquellos por los motivos más nimios.

Otro notable “Campo” fue el de Falset, con destacamento en Porrera. Y hubo más. Ni uno solo de los miles de desdichados que pasaron por tales centros cumplía condena alguna; e incluso muchos habían sido absueltos por los Tribunales rojos.

Las democracias y los papanatas que de ellas viven, han querido asombrar y horrorizar con las explicaciones estilo Buchenwald: ¡a nosotros! Ante esta ingenuidad no puede por menos de asomar la sonrisa a nuestros labios al leer que la crueldad nacionalsocialista había consistido simplemente en matar. Y aun en hacerlo por medios rápidos como la cámara de gas. ¡Qué más hubieran querido las víctimas de las chekas y de los “Campos de Concentración” rojos, protegidos y apoyados, unos y otras, por el parlamentarismo socialdemócrata europeo, que se les hubiera ahorrado tanto sufrimiento por medio de un expeditivo Buchenwald!

(José María Fontana Tarrats, Los catalanes en la guerra de España, pp. 170 a 181 (en extracto), Grafite Ediciones).

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La revolución de Asturias en 1934: el preámbulo de la guerra civil

El asalto de la izquierda contra la II República tuvo consecuencias decisivas. Lo representó fehacientemente la revolución de octubre de 1934, en su grave vertiente de Cataluña y Asturias.

La revolución tuvo en Cataluña un carácter propio, al alzarse allí contra la legalidad republicana las propias instituciones de la República. Fue fácilmente dominada; toda una noche desconcertante y trágica —la del día 6 de octubre— en la que los reductos rebeldes fueron batidos. Luego, a primeras horas de la mañana del día 7, vino la rendición de lo que, en frase de Cambó, sólo había sido “una gran criaturada”.

La revolución de Asturias constituyó una profunda convulsión política y social. Abrió irreparables grietas entre las fuerzas de la República, rompió la posibilidad de diálogo por mucho tiempo y fue un claro antecedente de lo que sucedió en España a partir de julio de 1936.

En su arranque, la revolución de 1934 debe situarse dentro de la crisis general del socialismo europeo de esos años y la amenaza del “peligro fascista”. El socialismo español, sensibilizado con lo que ocurría fuera —Alemania, Italia, Austria o Francia—, asistió con temor al ascenso de la derecha en España y llegó a ver en Gil Roble un nuevo Dollfuss, incluso un “Hitler español”.

Sobre ese contexto europeo actuó la propia situación española:

1. Actuó, en primer lugar, la salida del parito socialista del poder en septiembre de 1933. Reintegrado a sus posiciones de partido, su postura ante la base militante era difícil, por su reciente colaboración ministerial y por la propia división del partido. Ante las presiones, Largo Caballero, “el más vehemente” de los líderes socialistas, levantó como bandera el ideal de la revolución.

2. La crisis interna del partido socialista se enunciaba con la existencia de tres tendencias. La encabezada por Largo Caballero, que llegaba al campo de la revolución “desengañado de la experiencia gubernamental”, era seguida por las juventudes.

Opuesta era la postura de Besteiro, contrario a la participación en el gobierno, fiel a la democracia parlamentaria y a la evolución reformista. La ruptura entre ambas tendencias, clara desde la muerte de Pablo Iglesias en 1925, les llevó a la lucha por el control del partido y de la UGT.

La postura de Indalecio Prieto se situaba en el centro, equidistante de uno y otro; inclinado a la política general y suavizado de sus antiguos fervores revolucionarios, no obstante seguirá la línea del partido con firme disciplina.

3. Sobre estos presupuestos actuaron los resultados electorales de 1933. El brusco cambio político redujo la representación socialista en las Cortes casi a la mitad respecto a 1931. Las fuerzas sustentantes del primer bienio eran barridas. La derecha, volatilizada en 1931, irrumpía con fuerza en las Cortes de la República con 207 diputados.

4. Desde este momento se temió que la derecha llegara al poder. Fueron los anarquistas los primeros en pronunciarse en el mes de diciembre. Su explosión revolucionaria, con centro en Aragón y La Rioja, tuvo ecos en Cataluña, Andalucía, Levante y Galicia. No habían intervenido en el proceso electoral, pero cumplían su promesa revolucionaria. Esto comprometía más a los socialistas en el camino de la revolución que venían anunciando desde septiembre de 1933.

En enero de 1934, las ejecutivas del PSOE y de la UGT decidieron la preparación de la insurrección armada. A esta decisión se opusieron Besteiro y el grupo reformista. Pero las tesis revolucionarias se impusieron y Largo Caballero, presidente del partido, se impuso también en la UGT, de la que fue designado secretario general. Quedó constituida entonces una comisión especial, dirigida también por Largo, encargada de preparar la revolución.

Los anuncios para esa revolución menudearon desde ahora bajo al amenaza concreta de que si Gil Robles, o su partido, llegaban al gobierno el movimiento estallaría de inmediato. En el mes de abril, la dimisión del gobierno Lerroux dio paso a otro presidido por Ricardo Samper, que no significaba nada nuevo respecto al anterior. Era el momento para llamar a la CEDA, pero la prudencia siguió presente. El nuevo gobierno obedecía “al gusto y medida” de Alcalá Zamora. Intentaba no irritar al extremismo revolucionario. Pero los socialistas no interpretaron la situación de manera tranquila. Un “Octubre rojo”, que evocaba el recuerdo de la revolución soviética, se presentaba como única solución del proletariado y de la República del 14 de abril.

Los problemas que recayeron sobre el gobierno Samper se agravaron durante el verano: huelga de campesinos del mes de junio, enfrentamientos con la Generalidad por la Ley de Contratos de Cultivo y con los ayuntamientos vascos y el PNV a causa de ciertos impuestos considerados lesivos.

A comienzos de octubre la crisis del gobierno Samper era inevitable. Gil Robles estaba decidido a exigir su participación en el nuevo gobierno. La disyuntiva era la disolución de las Cortes o la formación de un gobierno mayoritario. Los socialistas confiaban en la presión de sus amenazas revolucionarias. Pero la tramitación fue breve. El día 2 de octubre Alejandro Lerroux quedó encargado de formar el nuevo gobierno. El día 4 entraban en él tres ministros de la CEDA, en las carteras de Agricultura, Justicia y Trabajo. Gil Robles no quiso participar personalmente en este gobierno.

El partido socialista había anunciado que si este momento llegaba se hincaría la revolución. Y así fue. En la noche del 4 de octubre, dentro de un clima muy bien descrito por el ensayista marxista Antonio Ramos Oliveira y el político de la azañista Izquierda Republicana Marcelino Domingo, la revolución de octubre echaba a andar.

Aunque proyectada para toda España, la revolución marxista-secesionista sólo adquirió verdadera fuerza en Asturias, donde había triunfado el programa de la Alianza Obrera, propuesto por los socialistas, con la adhesión de anarquistas, el Bloque Obrero y Campesino (BOC) y los comunistas.

Por su parte, la presencia del Sindicato Minero Asturiano, como en 1917, aportó una fuerza disciplinada que confirió a la revolución asturiana su carácter cierto. El octubre asturiano fue una guerra civil reducida en el tiempo y el territorio, que llegó a concretarse en un símil de orden político y social de corte soviético, de socialismo real.

(Juan Antonio Sánchez y García-Saúco, La revolución de Asturias: Prólogo de la Guerra Civil española, Ponencia de estudio sobre la Guerra Civil española en el Congreso Internacional celebrado a tal motivo en la Universidad San Pablo-CEU de Madrid en 1999, Ed. Actas.

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(Seguirá)

 

 

 

 

Hablando de clasificaciones

Por Miguel Ángel Olmedo

Jueves, 27 de mayo de 2010

Dado que el fútbol es, más que nunca, la válvula de escape que con denuedo y medios fomenta el grupo dirigente y acoge, con los brazos abiertos y el ansia henchida, el conjunto dirigido, cabe subjetiva y públicamente establecer una clasificación más; que para la ocasión titulo de carnes.

Cinco tipos de carne clasifico, tan antiguos como actuales y con proyección en todos los horizontes. A saber: de héroe, de cañón, de autopsia, de prostíbulo y de inocente.

Desglosados los tipos en su significado metafórico, la traslación es como sigue.

—Carne de héroe: la más cotizada en el ideario de quienes aún conservan el espíritu noble y fomentan la honra; se corresponde con expresiones como madera de héroe, traza de héroe, actitud heroica o comportamiento heroico; es infrecuente y tan odiada como añorada, según el juzgador; huele a museo, a gloria extinta, a pasado.

—Carne de cañón: apostilla comodín; sirve para un barrido o para un fregado pues incluye a la generalidad de la especie; obviando la anécdota, la categoría señala a esa multitud y la incluye en lo que no sirve para cosa digna, inteligente y buena; expresión equivalente a la de carne de horca, carne de patíbulo, de cárcel, de reclusión, delincuente, de castigo, galeras o condena; pero también, y acorde con lo que se aprecia y sufre a diario, este grupo humano acrecentado en vez de reducido, qué drama, es el tributario de castas y sectas, la justificación de unas y otras, el semillero de ambas y el resultado de los planes educativos que han abolido la exigencia, el esfuerzo, la inteligencia y el honesto afán de superación.

—Carne de autopsia: todos somos susceptibles de rendir cuentas ante un forense, permitiendo tácitamente que hurgue en nuestra intimidad; la indefensión no es esgrimible ni en primera ni en segunda ni en última instancia; bastantes muertes están acompañadas de indicios racionales de criminalidad, aunque hay que decir, en honor a la verdad, que son variados los procedimientos que acaban con la vida sin dejar rastro, huella o vestigio; y numerosos los varones y las mujeres, distinguidos en el método y equiparados en el resultado que obran a conciencia, a mala, a perversa conciencia, en beneficio propio y perjuicio ajeno; vamos, que sí existe el crimen perfecto y los cementerios están llenos de pruebas al respecto.

—Carne de prostíbulo: o si no sirves para otra cosa gánate la vida comerciando con la existencia limitada y cobrando por el sistema de pronto pago; apáñatelas como puedas pero que no te falte de nada, proclama la voz interior, y cúmplase por la vía de apremio; negocios son negocios, es una máxima ineludible, pero no todos sirven para una cosa o la contraria porque no todos valen para esa cosa o su contraria, dicho en género neutro que es el que engloba ahorrando palabras y eliminando matices capciosos; la expresión es ambivalente en cuanto al lugar de ejercicio; también, por razones de utilidad, este tipo de carne admite la temporalidad cuidando las apariencias.

—Carne de inocente: la que recibe palos, vejaciones y miserias sin pedirlo, sin merecerlo y sin posibilidad de defensa; duele el alma ver la satrapía adueñada de este mundo entregado a un destino venal; carne de ángeles o carne angelical, que siempre dura poco, que siempre pasa rápido; morir, lo que es morir, morimos todos, pero unos mueren demasiado pronto y otros, quizá temerosos del examen final, puede que avisados de la purga que en los practicantes será practicada, tal vez pendientes de obtener un remedo de conciencia que supla la aniquilada en su mocedad, no acaban de morirse, siguen emponzoñando el ambiente; las víctimas yacen mientras los verdugos campan por las portavocías de la tabla rasa a conveniencia de parte; huele terrible el presente y a horror el futuro.

Como ejemplos de la especie con estos cinco, me parece a mí, vale.

Que no falte el fútbol, el más eficaz alivio para las decepciones, los engaños, las maniobras arteras, los fraudes, las usurpaciones, las mentiras, los disgustos, las quiebras, las patologías leves, graves y críticas, la cordura y la demencia.

Que siga el espectáculo y que se prolongue allende las crisis, las recesiones, las tragicomedias, los esperpentos, las acusaciones, las sospechas, los manejos, los corta y pega y los dimes y diretes.

El fútbol es el ungüento sanador de todos los males habidos y por haber; el fútbol —de no existir habría que inventarlo— es la panacea de la que el delincuente se sirve para continuar delinquiendo y el resignado para seguir cómodamente aborregado.

Qué asco.

 

 

 

El sentido de la vida (en un apunte)

Por Miguel Ángel Olmedo

Sábado, 15 de mayo de 2010

La vida no es una ni igual para todas las criaturas que pueblan el planeta Tierra y su acogedora atmósfera. Hay vidas de varias clases cuya enumeración resultaría prolija y, a buen seguro, redundante para las conciencias y los intelectos que así puedan considerarse y no mero producto de la adición a la silueta antropomorfa. No obstante, permítaseme el atrevimiento, clasificaré en dos los tipos de vida, o, y es equivalente, los tipos que viven una y otra vida: las (los) que tienden a la plenitud y las (los) que tienden a la vacuidad.

Cuál de ambas es más frecuente salta a la vista del que quiere ver y mirar. Quedándome en el concepto de vida, que integra el de los seres vivos-vivientes-vividores, decido que la primera, esa que tiende a la plenitud, escasea; mientras que la segunda, esa que tiende a la vaciedad, abunda.

Sin incurrir en presupuestos filosóficos, que a veces más que explicar complican el entendimiento, opino que la vida considerada en sí misma, exenta de sensaciones, desprendida de sentimientos, carente de reflexiones sinceras y profundas, se queda en anécdota; dicho de otra manera, no llega a convalidarse en categoría; dicho con mayúscula claridad, la vida aislada de espíritu es una historia contada por un indebido presuntuoso expendedor obsceno de vana palabrería con propósito de engaño.

Cuántos cuerpos con fisonomía humana atestiguan cotidianamente como aspiración sublime, e irrenunciable a costa de lo que sea, el disponer de todo sin esfuerzo; en lenguaje coloquial, el tener sin hacer. Claro que esa inacción no es como se pinta sino, y ejemplos sobran, que deriva en actuar demoliendo o acompañando necesariamente la tarea destructiva. Escribe Camilo José Cela a esta sazón: “Que la holganza cría holganza y la pregonada vocación del holgazán es pedir más jornal y menos jornada; por eso los países van de cabeza, aunque eso no suela importarle demasiado a nadie.” A lo que, modesta y respetuosamente, añado: el arribista, vulgo vividor, a cambio de bulla y desmán, disciplinas sociales de nulo currículum académico, por los cauces previstos obtiene el favor de patrocinadores munificentes cuya ambición en la vida es controlar y dirigir la del resto de los congéneres.

La vida, por lo general, acaba siendo breve. Quien más, quien menos, suplicaría una prórroga sine díe cuando acecha el desenlace. Hay vidas que pasan volando, que siendo ajenas se añoran y bendicen; hay otras, ajenas también, a las que no hay manera de ver el cierre.

Metafóricamente, un instante es una vida y viceversa. Si la vida es un instante, cuán largo es el de algunos, cuán gravoso, cuán aniquilador para cuerpos, almas, loables iniciativas y haciendas. Cuán breve, en cambio, el de algunos bien distintos de los anteriores; son sus vidas plétoras de gratificantes acciones a las que ha faltado tiempo; a las que ha faltado ese tiempo que a las vidas repelentes sobra.

Me gustaría, a sabiendas que es demasiado pedir, que muchos de los vivos dejaran su postración equivalente a una muerte en vida, un pasar adocenado con pena y sin gloria; porque llegado el trance de tomar partido, si por fin asoma la dignidad, aun teñida de utilitarismo, de lo perdido se recupera un tanto nada desdeñable; más vale empezar poco y tarde que mal o nunca.

Para mí la vida tiene un sentido máximo o principal: el de elegir, el de poder y saber elegir. Cuesta, es verdad; pero resulta plenamente satisfactorio.

 

 

 

Hay más similitudes que diferencias con el socio griego

Por Miguel Ángel Olmedo

Jueves, 6 de mayo de 2010

Será cosa del carácter afincado en los Estados ribereños del Mar Mediterráneo de unos siglos a esta parte —qué envidia aquellos otros, pasados ya y sin posibilidad de retorno, cultos, reflexivos, creadores e inteligentes—, también de mi natural crítico con la reiteración en la conducta y en los modos, que percibo más similitudes que diferencias con los comunitarios helenos.

Ahora, en este 2010 de tambaleo financiero en particulares, Instituciones y Organismos, Grecia se consume en lamentos y súplicas de cara a la galería. Pero, téngase en cuenta, que la situación en este lugar de la Europa monetariamente unida no es nuevo ni extravagante. Ahora, Grecia, desde sus gobernantes de hace décadas, implora no sólo la atención de sus aliados sino, principalmente, el rescate de una gestión deficiente, impropia de una civilización de primer orden; mejor dicho, demanda el rescate de una política calamitosa que es la que ha sido y será con o sin ayudas externas. ¡Sálvenos el que pueda!, claman al unísono las autoridades griegas y el sistema funcionarial que han prodigado.

Las voces griegas autorizadas piden ayuda para salvar por el tiempo que sea posible la forma de vida, ni peculiar ni original, con la que van pasando mejor o peor; a ratos engañando —¿engañando?— a los controladores de la Unión Europea, a ratos apartándose de ciertas disciplinas acordadas ofreciendo un estar muelle a los potentados turistas de aquende y allende, una minoría selecta que gasta a espuertas. Así, quiero que no quiero, miro que no miro, hasta la fecha.

¿Y por qué hasta aquí lo que se daba?

La respuesta llana y simple es que ahora los bancos de las principales economías necesitan liquidez; porque los bancos de las principales economías son acreedores del Estado heleno; porque si estos bancos caen podemos entonar, empezando por los políticos y todos los demás usufructuarios del erario público, el adiós muy buenas.

Puede que alguien, finalizada la aventura europea de ideologías y convenios, cortésmente diga: “Ha sido una experiencia curiosa.”

Puede que le responda alguien con la elegancia de un caballero de estirpe: “Interesante experiencia que ha dado de sí más de lo que se suponía al idearla.”

Puede que una tercera voz, avezada y sincera, pronuncie la siguiente frase: “Nos citaremos en el campo de batalla para dirimir los asuntos habituales de cada tanto.”

* * *

Las diferencias son hermosas por lo pintoresco de los cuadros que dibujan. Están bien para visitarlas in situ o para recrearlas en escenarios limitados a las dimensiones de un teatro convencional. (No deduzca el lector la metáfora del insigne literato Hermann Hesse al citar que el precio de este teatro —el mundo, la sociedad— es la locura).

Las diferencias enriquecen cultural y socialmente si, precavidamente, se mantienes las distancias. Un meridional no se asemeja a uno del Septentrión, europeos o españoles ambos, ni por el forro; ni sus actitudes ni sus hábitos ni el clima los aúnan sino que los separan. Lo mismo con el dinero, con el uso y disfrute del papel moneda. Lo mismo con la ida que se tiene del bien común, del reparto, de la proporcionalidad, de la iniciativa y de la generación de recursos y capacidades.

La sociedad griega es funcionarial hasta la médula, y matarán (ya afloran los terribles ejemplos) los privilegiados con la dádiva presupuestaria, vulgo subvención o nómina de índole pública, antes que ceder considerablemente o, impensable, renunciar a ese estatus vital. Es verdad que con poco muchos pasan; y ese es el límite. Ni un paso atrás: ¡No pasarán los de los recortes! ¡No nos moverán de nuestra idiosincrasia!

A que las consignas le suenan al lector. No busque lejos, que el eco es de proximidad. En Grecia como en España está activo el sindicato de variedades, un compendio socialista de pagos, retribuciones, prebendas, inmunidades e impunidades, a cambio de favores electorales, favores callejeros, favores informativos y demás comunicaciones de alcance corto, medio y largo. Enumere y sume, si gusta, los elementos característicos de la sociedad helena y juegue a encontrar parecidos; hasta en los nombres, aunque algunos hayan hecho mutis por el foro refugiándose en la maternal Bruselas, manteniendo los privilegios.

* * *

Es mi opinión, y que cada palo aguante su vela en esto como en tantas cosas. Detesto y denuncio las solidaridades a pozo sin fondo. Hoy se ayuda a Grecia, no hay más tutía; mañana se volverá a ayudar a Grecia porque en Grecia no cambiará lo sustancial, con muertes incluidas; mañana se volverá a ayudar al hijo pródigo que ha puesto en jaque el proyecto monetario europeo porque dicen voces espectrales que la ayuda económica es el mal menor.

Sea menor o mayor es un mal. Y a España, otro Estado ribereño del viejo Mare Nostrum, la solidaridad especulativa con los griegos le cuesta un nuevo crédito, más intereses a pagar y un aumento en el ya agigantado déficit del Estado. España, cuya solvencia inmediata está en entredicho siendo benevolente.

Los bancos de las principales economías del mundo recuperarán algo, bastante o todo de sus inversiones y préstamos en Grecia; sus respectivos gobiernos respirarán un tiempo; mientras, España y los españoles que quedamos, continuaremos cavando la fosa que nos ha de contener y que vamos a compartir con alguno de nuestros ancestrales enemigos; ironías del destino.

* * *

Al margen de lo expuesto en los párrafos precedentes, quiero como cierre de este escrito apuntar un detalle también envuelto de vis cómica. Me ha comentado una amiga, voluntariamente dedicada a tareas de comunicación pudiendo elegir oficio, que dispone de una invitación para asistir a la fiesta electoral que con motivo de las elecciones generales en Gran Bretaña tendrá lugar en la calle Génova, sede del Partido Popular. Ocasión propicia para que una indagadora de opiniones y sentimientos calibre unas y otros al calor de los reunidos.

Metidos en evaluaciones dispensadas por la memoria, con sutil aderezo de sarcasmo, mi amiga y yo nos preguntamos cuál va a ser la reacción de los dirigentes del PP si en Gran Bretaña las elecciones las ganan los conservadores o los liberales obtienen tal resultado que les permite quitar o poner gobiernos. Nuestra curiosidad nace de las sucesivas declaraciones de dirigentes y asesores áulicos de esta formación política con el mayor número de afiliados en España. Pues los Rajoy, Ruiz Gallardón, Lassalle, Soria, Arriola y cónyuge, entre otros ínclitos de la política al uso, han desechado el concurso de liberales y conservadores despreciando no sus votos pero sí sus postulados y la denominación genérica de ‘derechas o derecha’. Recuerde el lector que en tierras levantinas en primera instancia, continuando después doquiera que abría la boca en tal sentido, el máximo responsable aparente del PP despedía con cajas destempladas a conservadores y liberales; probablemente para acoger en su dadivoso seno a los socialdemócratas —¿los hay?—, y a esos socialistas que se arrepienten de haber elegido lo que han elegido —¿los hay? Mi amiga y yo comprendemos, aunque nos asquee, que el séquito de este dirigente acepte por aclamación lo que proponga o emita mientras su comodidad y seguridad dependan de él. Sin más comentario.

A ver qué pasa tras el recuento electoral en Gran Bretaña. Será una experiencia sociopolítica digna de anotar sea cual sea el resultado, pues el PP actual únicamente puede celebrar la victoria laborista, vulgo del socialismo británico; sin embargo, a lo mejor aplauden un triunfo conservador o el de una mixtura liberal conservadora, por aquello de guardar las apariencias y mantener el voto de numerosos conservadores y liberales españoles que no saben dónde depositarlo.

 

 

 

Mal hablados

Por Miguel Ángel Olmedo

Viernes, 30 de abril de 2010

La reiteración en el error induce a pensar en que o bien se ignora o bien no se asume; en ambos casos la conclusión es negativa aunque en diferente grado. Un error sucesivo, contumaz, manifestado a los cuatro vientos e integrado en el paisaje o es una burla o es la constatación de la dejadez. Porque tontos, tontos, lo que se dice zopencos, los parlamentarios políticos no son. La estulticia les viene de otros orígenes.

Sin el lenguaje en sus distintas vertientes como medio, la comunicación se hace más que difícil y sin comunicación, es obvio, nada de lo que se quiere decir llega a su destino. Pero con una comunicación deficiente lo que llega produce sensaciones contrapuestas, generalmente perjudiciales para el emisor; eso siempre que el nivel del receptor sea el que una educación con propósito de enseñanza clásica otorga.

Día tras día, locución a locución —basta dedicar un tiempo breve y atento para darse cuenta—, el lenguaje es vapuleado con escarnio por esas voces de autoridad política y comunicativa, íntegramente sufragadas las primeras con nuestros haberes y en parte nada desdeñable las segundas. Y como de costumbre, aquí no pasa nada, a nadie se le cae la cara de vergüenza ni nadie pide perdón por las afrentas a la inteligencia.

Haga memoria el lector en busca de atentados al idioma, pasados y presentes, que sin esfuerzo encontrará con los que reírse o llorar, con los que enfadarse y denunciar; los hay para todos los gustos del mal gusto: supresión de letras, invención de vocablos, tergiversación de conceptos, adaptaciones chocarreras dirigidas a sectores de población predefinidos, neologismos improcedentes que en realidad son barbarismos, suma y sigue. Y lo peor, insisto, es que tales aberraciones idiomáticas, tal estropicio léxico y sintáctico pasa desapercibido o se consiente librándose de la merecida reprimenda; ¡sin advertencia no habrá enmienda! Tan perjudicial es el hábito como la ignorancia para la salud del lenguaje en todas sus variaciones.

Oigo con asombro —es una forma de expresarme, pues de según quienes me asombraría lo contrario de lo que ofrecen— que en las Cortes laboran algunos parlamentarios de calidad y consistencia cuyas voces se escuchan o se oyen, semana a semana durante el periodo de sesiones; entiéndase la referencia a los portavoces de los distintos grupos con plaza en las cámaras. Si tales portavoces son lo más granado de la oratoria nacional, permítaseme el casticismo, apaga y vámonos. Basta seguir el resumen documental de los respectivos discursos para hacerse una idea de los dislates lingüísticos que vez tras vez acompañan la información, hasta el punto de entretenerse con el señalamiento de los yerros antes que con la perorata del deponente de turno cuyo mensaje es conocido por lo invariable.

No es una minucia lo que traigo a colación ni un exceso de prurito en materia que, al fin y al cabo alegarán los irredentos acusados, está sometida al abuso y a la sacudida por la frecuencia de uso. Al cabo de una jornada de percepción auditiva ya se detectan síntomas de fatiga y hastío por la indigencia de los oradores, tertulianos y contertulios; al cabo de ciento, la decepción se equipara al desapego; y al cabo de los años o resistimos a sangre y fuego o engrosamos la lista de necios pero sin el consolador beneficio de la nómina.

 

 

 

La causa de la muerte

Por Miguel Ángel Olmedo

Jueves, 22 de abril de 2010

A menudo las cosas son lo que parecen. Es cuestión de no sumarse al disimulo, aquello de volver la mirada, dejar pasar el suceso y tal día hará un año que aquí no pasa nada y si pasa no importa. Que los muertos no vuelven para reclamar derechos ni recompensas de grado máximo ni la dignidad debida o una verdad con luz y taquígrafos.

Sí, nuevamente se confirma lo de que hay muertos de primera —los que molestan poco o menos, los que, incluso, honran un cometido— y muertos de inferior categoría —los que denuncian una mentira, un conjunto de falsedades ahormadas a una realidad más que distorsionada ficticia.

Cuántos cadáveres de militares en los últimos años han pasado de puntillas y en penumbra, sin recepción de las primeras autoridades —léase el Rey y el Presidente del Gobierno—, porque han muerto por herida de bala, de metralla o a causa del impacto de proyectiles y minas, en territorios sumidos en conflicto bélico, vulgo guerra. No lo pregunto, constato el hecho.

En cambio, esos militares, tan profesionales y honrados como los caídos por fuego enemigo o fuego cruzado entre enemigos al ser una fuerza de interposición, muertos en accidente —un accidente demostrable no inventado a conveniencia política con la complicidad de una inmunda mayoría de medios de comunicación—, sí reciben la loa y el reconocimiento de la autoridad de primer nivel. Innecesario buscar una respuesta a esta distinción pública y notoria; a la política de los políticos al uso, casta miserable e impúdica con responsabilidad alícuota del primero al último del escalafón, le interesa un escenario adulterado, evanescente, casi idílico, para continuar progresando en la ficción. Con el inestimable refrendo, no me canso de repetirlo, de los medios de comunicación venales y transmisores de ideología sectaria, excluyente y tiránica.

Me digo a mí mismo que los muertos ya no padecen desprecios ni mezquindades, pero sus familias y allegados sienten el uno y la otra con desgarradora crudeza. Me duele su dolor. Me duele la apatía de una sociedad que da por bueno todo menos los resultados deportivos que afectan a las entrañas. Me asfixia el pudrimiento de esta sociedad.

Los muertos están muertos, y al parecer sólo se muere una vez por vida. Los vivos, los todavía vivos y como tales ejerciendo, por el contrario, reciben el castigo que propina la inextricable dualidad de cobardía e hipocresía.

En otro tiempo, a los cobardes se les llamaba cobardes, a los hipócritas se les llamaba hipócritas y a ambos, hipócritas y cobardes, se les llamaba indeseables, sinvergüenzas, mal nacidos. Era, sin duda, otro tiempo; otros tiempos, que olían y sabían mejor que este, que estos.

Descansen en paz y con todos los honores los militares muertos sin distinción de causa.

 

 

 

La vitalización de la tragedia

Por Miguel Ángel Olmedo

Lunes, 12 de abril de 2010

Es una impresión y como tal subjetiva y pendiente de refrendo. Es la impresión que me da lo que percibo, y que lejos de desvanecerse con los acontecimientos sucesivos se fortalece. Será porque algunas sospechas vienen tan bien avaladas de antiguo que superan ya en primera instancia la calificación de hipótesis. Por lo que, a riesgo de ser tildado de alarmista —lo prefiero a quedarme corto— afirmo, denuncio, que la tragedia se ha vitalizado.

Por tragedia me refiero al advenimiento, al desarrollo, a los efectos y a la perpetuación del socialismo real.

Esta práctica social, política, económica, y lo que se quiera añadir que todo lo engulle, renace tras cada supuesta y celebrada muerte. Porque la alegría por su extinción dura poco, pues le sobran vías de interiorización y exteriorización para retomar el proceso demoledor donde quedó en el último intento.

Estoy convencido de que la subsistencia de esta lacra tiene su origen en el miedo a la libertad, un miedo contagioso nunca atajado; este miedo genera una inercia tendente a la sumisión que algunos elementos listos y oportunistas aprovechan para imponer la idea de unos objetivos que la masa debe alcanzar sirviéndolos en bandeja, con cuantas cabezas sea preciso —más de cien millones a lo largo del siglo XX y esto no acaba en el XXI—, a esos dirigentes-guías resguardados en la alienación colectiva y un ejército también de serviles dispuesto a lo que haga falta para mantener el estatus de acogidos útiles.

Siempre excederán en número, y en qué medida, los dispuestos a dejarse llevar a los emprendedores; siempre será abrumadora la mayoría que acepte lo que un grupo le señale como idóneo a la que propone su destino sabiendo de lo arduo, sacrificado y obstaculizado de la tarea.

Así vemos, y el que no quiera ver es que no mira o se ha adscrito a la ceguera voluntaria, el dibujo no sólo silueteado de la remozada y vitalizada Unión de Repúblicas Socialistas, dispuestas las letras mayúsculas iniciales para el recuerdo con todas sus consecuencias de aquellas siglas calamitosas: URSS. La nueva conformación geoestratégica, política, social y económica, parpadea en el mapamundi cual guiño de captación para unos, como advertencia para proceder al atajamiento antes que después para el resto con ganas de libertad.

Asoman los patrocinadores: la inefable Rusia que suele pescar en aguas revueltas aprovechando todo resquicio para devolverle la hegemonía y cualquier atisbo de debilidad en las democracias liberales, alguna de sus repúblicas salientes-satélites, y el entramado islámico en su vertiente ortodoxa. Partiendo de estos padres y el conglomerado de padrinos-madrinas —medios de comunicación propiedad de magnates y consorcios con vocación acaparadora, alias progresistas, organizaciones subsidiadas anti, alias progresistas, compendios residuales de dogmatismos y demagogias de pensamiento único a sueldo de los patrocinadores, alias intelectuales progresistas—,  todos ellos por supuesto residiendo opulentamente en el todavía mundo libre, acolados figuran los Estados ya vinculados al renacido socialismo: Corea del Norte, Irán, Cuba, Venezuela, Bolivia; tironeando de otros según dicte la nomenclatura aún en la sombra; valga como ejemplo: Argentina, Brasil, Grecia, Marruecos y varias de las repúblicas escindidas de la madre-padre socialista soviética-o que sin disimulo acogen favorablemente la vuelta al pasado.

¿Y dónde sitúo a la España de hoy?, se preguntará el lector. En el patrocinio de la vitalización de la tragedia, respondo sin la menor duda.

Para muestra dos botones: el apoyo incondicional del socialismo gobernante a los regímenes de tal cariz, incluso con la venta de armas; y la infame, cobarde, encubierta, transformación de España en una dislocación asimétrica, vulgo confederalismo —terminología acuñada por los socialistas dirigentes—, rememoración de uno de los objetivos máximos de la II Segunda República: acabar con la Nación española. Aquella fórmula desastrosa para España y los nacionales ha sido vitalizada en las últimas décadas, contando con variados responsables en el espectro sociopolítico. Aquella fórmula desastrosa para la humanidad está siendo vitalizada en las últimas décadas, tras un paréntesis afortunado pero muy breve. A quien esto escribe le resulta obvio.

 

 

 

Un detalle en el oído

Por Miguel Ángel Olmedo

Jueves, 25 de marzo de 2010

Al deslizar en un discurso una frase que admite varias interpretaciones, que va a suscitar polémica o que va a ser entendida con la crudeza que emana de la intención, se dice, por ejemplo, que el orador lo ha hecho como quien no quiere la cosa, que lo ha dejado caer a ver cómo resulta en el posterior y público análisis.

Estoy convencido de que el presidente de la República francesa, otrora ministro del Interior, sincero enemigo de los terroristas y sus métodos políticocriminales, no decía por decir lo que dijo cuando calificó de españoles a los terroristas que habían dado muerte a un gendarme galo. “Los terroristas españoles”, enfatizó el citado. Sopese el lector la frase visceral, señalizadora y condenatoria: los terroristas españoles.

Expliquemos sucintamente al enfadado orador que si esos terroristas fueran españoles no lo serían; si son terroristas es porque no son españoles. Insistamos para que el mundo político y el mundo informativo lo entienda: los terroristas vascos no son españoles; si los terroristas vascos fueran españoles no existiría el terrorismo vasco, no existiría la ETA, no existiría el negocio social, político y económico alrededor. Sabido es que con el paso del tiempo, el afianzamiento de las doctrinas progresistas y su consentida expansión aleccionadora, la incultura, la ignorancia y la indigencia intelectual son una, lo mismo y más; lo que no quita para que, justificado el humano desconocimiento, que puede darse hasta en las mejores familias y casas, algunos nos sintamos en la obligación moral de llamar a las cosas por su nombre y antiespañoles a los terroristas.

Los objetivos del presidente de la República francesa son los que son y a ningún avisado deben escapársele; los problemas van hacia el meridión y quedan al otro lado de la cordillera. Llamar vascos a los vascos podría acarrear esa confusión indeseada en la población francesa, pues haberlos haylos en paralelo a los Pirineos y del lado francés. Y catalanes, mire usted por donde.

Por otra parte, si el Tribunal Supremo acepta el aplauso sentimental para los terroristas; el socialismo, aliados y aledaños confirman la permanencia de los munícipes vinculados a la ETA en las decenas de ayuntamientos de los que no se les desaloja legalmente pudiendo hacerlo; y las tomas de contacto, por así llamarlas, entre representantes de las facciones nacionalistas-socialistas y el denominado eufemísticamente entorno de ETA-Batasuna fluyen a socapa de la versión oficial, qué novedad, y por los habituales derroteros cloacales no precisamente para derrotar a los terroristas, cómo esperar que el mandatario francés corrija su frase. Cómo esperar que las portavocías de las organizaciones políticas establecidas en España proclamen alto y claro que los terroristas no son españoles pues si lo fueran no habría terrorismo.

Tal vez convenga ilustrar al presidente francés, que puede ser recuperable en su ‘apreciación’, con los comunicados de la ETA y de su ‘entorno’, para alumbrarle de vuelta al camino de la certeza y de la dignidad; cosa impensable desde hace mucho para demasiados políticos al sur de la cordillera pirenaica.

 

 

 

Sigue el negocio en "nuestra democracia"

Por Miguel Ángel Olmedo

Jueves, 18 de marzo de 2010

Suena a broma pesada pero es rigurosamente cierto: los que hablamos español en España carecemos de privilegios, consideraciones y afectos políticos de parte. Esto es constatable desde todas las ópticas.

Será que como nuestra lengua no es un hecho diferencial, para qué sentir aprecio. Será que como nuestro idioma es universal, para qué dispensarle tiempo, recursos, espacio y simpatía.

Los que hablamos en español andamos huérfanos de presente y con un horizonte inducidamente abromado.

Recuerdan los informadores libres y decentes que persiste el acuerdo entre el socialismo y sus aliados y el entramado político de los terroristas de la E.T.A. Unas decenas de ayuntamientos continúan en poder de los tentáculos criminales sin que se advierta modificación legal en lo venidero.

La exigencia justa y digna para liberar a esos municipios de su opresión —una opresión ramificada a otros y más, progresiva, inacabable— clama en el desierto. El socialismo gobernante, aliados y aledaños, hacen oídos sordos a las demandas de las voces libres y decentes. Será que estas voces no comprenden que los negocios son los negocios, los acuerdos son los acuerdos, las capitulaciones son las capitulaciones y pacta sunt servanda.

Oídos sordos y ojos ciegos por conveniencia política y coincidencia íntima son los que se ofrecen al espectáculo reiterado contra los símbolos nacionales; incluyendo, a mi pesar, dentro del concepto y sentimiento nacional a este rey llamado Juan Carlos I y su descendencia legítima.

Se da por sentado y admitido política, social y judicialmente (vía Fiscal General del Estado, la Fiscalía General del Estado), que los insultos, abucheos, improperios, descalificaciones, burlas, desprecios ostensibles y violencias hacia y contra los símbolos nacionales de España, la nación española, han de ser aceptados, aún más, acogidos, con normalidad, con indiferencia; incluso con buen humor y un toque de amabilidad para con los difusores-emisores-propagadores-propagandistas.

No pasa nada si unos cuantos, si bastantes, si muchos, se ciscan en el rey, en la bandera, en el himno, en las leyes o en el Estado de Derecho; no pasa nada, es cosa de ‘nuestra democracia’. Pelillos a la mar y a otra cosa. No pasa nada si en cada acto público-festivo-deportivo, una sonora pitada y estentóreas muestras de vejación, inquina, saña o aversión, alternadas y conjuntas, el protagonismo es para los que a España en sus símbolos escupen, patean y entierran en el fango. No pasa nada, son cosas de ‘nuestra democracia’.

Son cosas de la ‘democracia imperante’ el permitir sin oponerse siquiera por guardar las apariencias, que cualquier tirano mesiánico de aquende y allende los mares arrastre por la insidia financiada con nuestros impuestos el nombre de España, los símbolos de España, la memoria de España. El socialismo, aliados y aledaños gobernantes, acoge con amor fraternal, con una comprensión inherente al dios de las bienaventuranzas, todas los ataques contra España y todas las manifestaciones vinculadas al eslogan: Socialismo o muerte, venceremos.

Cabe pensar que ‘nuestra democracia’ está hecha a medida de los enemigos de España. Doy en pensar que ‘esta democracia’ se ha confeccionado a imagen y semejanza de los que quieren —y consiguen— acabar con España.

Ni me molesto en averiguar dónde están los políticos, las Fuerzas de Seguridad del Estado, las Fuerzas Armadas, el Fiscal General del Estado, que deberían defender los símbolos nacionales y a los españoles que nos sentimos tales; para qué voy a perder el tiempo con la de cosas que tengo que hacer antes de que me silencie la naturaleza o la política de los políticos al uso.

Tampoco me molesto en analizar la defensa a ultranza del socialismo, aliados y aledaños, hacia los individuos que lo encarnan; elementos con toga, uniforme, traje de corte impecable y vestido de línea exclusiva, infiltrados o sobrevenidos para actuar a conveniencia de la ideología y los objetivos irrenunciables, formulando interpretaciones ‘harto creativas’ del derecho, vulgo derecho alternativo, o, directamente, incumpliendo esa ‘ley reaccionaria’ que no se adecua a la pretensión formal, a sabiendas del nulo castigo a la ilegalidad.

Así es ‘nuestra democracia’: el valor de los votos, la fuerza del número.

La política de los políticos al uso rige las Instituciones y Organismos del Estado. Sin más comentario ni más preguntas.

 

 

 

Manifiestamente

Por Miguel Ángel Olmedo

Jueves, 11 de marzo de 2010

Acudamos al adagio para escenificar la situación: Lo que no quieras para ti no lo desees para los demás.

¡Qué frágil es la memoria en quien carece de escrúpulos! Dicho sea en voz alta y clara, no para pretender que lo escuchen los aludidos, cosa harto improbable, y de suceder, por intercesión milagrosa, ausente de efecto, sino para que millones de oídos capten, atrapen o cercioren la perversidad dialéctica y la infame actuación pública de esos personajes que juegan a dos bandas y con doble baraja.

Respecto a la actuación privada de los mismos, conocerla resultaría tan didáctico, tan esclarecedor, que ni la caterva de medios difundiendo a pleno rendimiento virtudes falsas, engañosas apariencias y mentiras de envoltorio fulgente, podría oponerse al lógico refrendo social de esa parte de la sociedad no adscrita al poder político ni vendida al mejor dispensador de subvenciones.

Al presunto prevaricador le cosquillea el cuero cabelludo a medida que vencen los plazos, mal que pesen a una multitud de entrelazados por las mismas causas sujetas a procedimiento judicial; por lo que esgrime más que argumentos argucias que dilaten o enturbien o imposibiliten el normal fluir de la acción legal. Por ejemplo, acogiéndose a una brumosa indefensión con nombres y apellidos, en primera instancia: “fulanito, menganito y zutanito, destilan manifiesta enemistad hacia mi persona; sean recusados”.

No cuenta el quejoso magistrado de la Audiencia Nacional acusado del más grave delito imputable a un funcionario público, que él, desde su poltrona jurídica, desde su mesa con muchos cajones de abre y cierra a voluntad política, ha obrado —y de no pararle los pies, las manos, las intenciones y la bilis seguirá obrando— con manifiesta enemistad hacia unos y con manifiesta amistad hacia los beneficiados por las imputaciones a los otros, aplicando técnicas propias de su gusto y acordes con el manual de la imposición y el sometimiento al pensamiento único vulgo tiranía.

A mí me gustaría, y sé que es mucho pedir, la aplicación estricta de un adagio justiciero: Donde las dan las toman y callar es bueno. Claro que también me gustaría que a la cuerda ministerial, del primero al último, les sacudiera un escalofrío de decencia y apartaran de sus vidas y de las nuestras, por siempre jamás, su condición de militantes de una ideología con objetivos de dominación absoluta transmutándose en personas con sentimientos nobles que renuncian a ejercitarse como déspotas iluminados en todos los ámbitos habidos y por haber. Un imposible mi pretensión, lo sé.

Vaya el magistrado prevaricador recusando juzgadores y vayan los denunciantes de los delitos sucesivos recusando a los valedores, cómplices y encubridores de tan siniestro elemento. A ver quién puede más en este pulso que enfrenta a la política con la justicia de un quebrado Estado de Derecho.

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A todo eso, relacionado y coordinado con lo anterior, las negociaciones-acuerdos con los terroristas habituales siguen su curso, veladamente por ahora.

Como el que no quiere pero quiere, a una de las piezas útiles para las componendas entre la política y el terrorismo, una pieza desmemoriada ante el juez instructor, por si acaso recobra lo que no conviene a los dirigentes de la estrategia, se le destina a un puesto acomodado, muy lucrativo, ausente de tempestades y circunscrito a la recompensa por el servicio prestado.

La ley del silencio, la ley de la desmemoria, la ley de la causa máxima.

Hay carreras que son merecedoras de admiración, que se originan donde van a parar. Un día como otro cualquiera un sujeto ingresa en una formación política; medra en su interior ofreciéndose voluntarioso, disciplinado, obediente y servil; luego es encaramado a lugares de confianza; posteriormente se le sitúa donde conviene a las manos que mueven los hilos, por ejemplo al frente de la Policía; después llega su gran momento y da cumplida cuenta de la misión: “Ya he dado el aviso”; al cabo se le camufla para confundirlo con el paisaje; y el antepenúltimo acto de la semblanza biográfica muestra a la pieza ocupando plaza de privilegio en una entidad financiera. Puede, es un suponer que dicta la experiencia, que para favorecer el silencio desmemoriado y, de paso, sumar votos para seguir condonando deudas a ciertas formaciones políticas.

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Los funcionarios públicos son susceptibles de delinquir igual que el resto de los mortales ajenos a la función pública. El problema conceptual es el siguiente: si un funcionario público falta maliciosamente a los deberes que impone el ejercicio de su cargo o profesión prevarica, es decir, delinque; pero si un funcionario público de la órbita política, vamos, un político infiltrado en los Organismos e Instituciones del Estado, obedece a sus patronos y mantiene una línea de actuación acorde con el mandato político, ¿prevarica o cumple con su obligación?

Porque sabemos que para algunos políticos la ley es una circunstancia pasajera y modificable a voluntad de sus objetivos. De ahí que, en descargo de los prevaricadores, haya que señalar que han cumplido y cumplen rigurosamente con las exigencias de quienes les dirigen y a quienes estricta y fielmente sirven.

Reflexione el lector, si gusta, sobre este particular expuesto brevemente.

 

 

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