Bitácoras de Rebelión digital | |
Últimas anotaciones Cómo, cuándo, dónde y en efectivo Los permutados acentos de la identidad El sentido de la vida (en un apunte) Hay más similitudes que diferencias con el socio griego La vitalización de la tragedia Sigue el negocio en "nuestra democracia" Una versión de los reflejos condicionados Una alternativa racional y efectiva Donde las dan las toman (a ver si es verdad) Intervenir con discrecionalidad Las negligencias culpables, los dolos y el inefable corporativismo Esto es lo que hay, en tres versiones Recordemos (VII) Los tiros que disimulan las balas Esas vocaciones tan bien remuneradas Idiotismos, asimilaciones, tendencias y otras especies contraproducentes Los que ganan, mandan y blindan Recordemos (VI) Paisaje espectral con visos de tragicomedia Recordemos (V) Las plumas que no son del Águila Elementos de cotización fluctuante Recordemos (IV) Ni dinero ni voluntad ni los ojos abiertos Tres victorias decisivas, tres venganzas sostenidas Opiniones sobre Miguel de Cervantes y Don Quijote Recordemos (III) Las Juntas de Defensa Nacional en 1808 (II) Las Juntas de Defensa Nacional en 1808 (I) Más vale caer en gracia que ser gracioso Recordemos (II) Recordemos (I)
| Bitácora "Es un momento" Por Miguel Ángel Olmedo |
Por Miguel Ángel Olmedo Jueves, 26 de noviembre de 2009 Cualquier humano, por serlo, es susceptible de equivocarse en el ejercicio de una tarea. Cualquier persona, sea cual fuere su especialización profesional, puede cometer fallos, errores de todos los calibres y descuidos; estos últimos sin más trascendencia que el susto, la incomodidad o el enfado pasajero del afectado. Lo que no obsta para que sobre el causante del daño, mal y perjuicio, recaiga la correspondiente sanción, condena y pena, de acuerdo a la ley (y a una sana costumbre arteramente erradicada) y lo estipulado en los códigos de conducta y buena praxis. Algo deseable y muy pocas veces conseguido. Los argumentos para eludir la acción de la justicia por parte de médicos, abogados, jueces y periodistas (quedémonos en este artículo con estas cuatro muestras de corporativismo recalcitrante), discurren entre motivaciones de índole económica y de carácter estamental-colegiado; entre razones de utilidad pública, de servicio público; entre la necesidad de unos y la ignorancia y temor de los otros; entre las triquiñuelas, el hastío, la desesperación y los consentimientos pactados bajo cuerda. A rachas informativas de los medios de comunicación y el concurso de algún familiar, allegado, conocido o vecino, el público en general, conocemos de casos que escandalizan, sobrecogen abruman o repugnan; también los cuatro calificativos a la vez. Quién no recuerda, sin forzar la memoria, un caso que de esperpéntico (para los espectadores en tránsito) derivara en tragedia (para las víctimas directas e indirectas), protagonizado por médicos, abogados, jueces o periodistas, cada cual desde su intención y su pedestal. Quién no exhala un suspiro de alivio por no haber sido ese o esa o esos afectados por la negligencia culpable, el dolo y el consiguiente corporativismo. Demoledora es la negligencia culpable, por evitable; demoledor es el dolo, por el voluntarismo de la acción; demoledor es el corporativismo, por infranqueable para la acción de la Justicia y el imprescindible resarcimiento de las víctimas. Si se vive, pongamos por caso, cincuenta años, raro, muy extraño, casi excepcional es no toparse con un problema derivado de la actividad de un médico, un abogado, un juez o un periodista (añadiendo el medio de comunicación que lo acoge en su seno). Da lo mismo quién se sea o qué se haga, dentro de la legalidad, por supuesto; en medio siglo de vida cotidiana hay lugar para un enfrentamiento largo, costoso, desagradable, innecesario, marcador y perdurable en la memoria propia y ajena con alguno, varios o todos de los profesionales citados. Y suerte si al afectado le asiste la razón, si la única verdad de los hechos recae de su lado en la balanza. Gracias hay que dar a la diosa fortuna por tener la razón. Caso aparte es lograr el reconocimiento público y legal del perjuicio, en cualquiera de sus grados, y la compensación pertinente según la legalidad en curso. Porque una cosa es que a uno le acompañe fielmente la razón, con ella se vista y aparezca ante los ojos del mundo, y otra muy distinta que esos ojos, y las bocas y las extremidades y los gestos del mundo admitan que el individuo, solo y aislado, es merecedor del ansiado reconocimiento en todas las instancias y en todos los ámbitos. No quiero abordar asuntos concretos ni señalar a víctimas y culpables. Que la conciencia de cada cual obre y decida y elija y manifieste su parecer o su experiencia. Sí quiero, y es mi deber, denunciar la práctica corporativista. Para acceder a una sentencia de culpabilidad es exigible, primordial, la prueba que acusa y el testimonio de cargo que coadyuva al esclarecimiento definitivo y la consecuente sentencia. Con relación a lo que planteo, las pruebas saltan a la vista; luego, la dificultad reside en el testimonio de cargo (pues testimonios de descargo se encuentran a patadas entre los afines). El testimonio de un médico contra otro médico, de un abogado contra otro abogado, de un juez contra otro juez o incluso de un periodista contra otro colega, es más difícil de obtener que un millonario premio de la lotería; y probablemente me quedo corto (si no media algún familiar de peso, principios, valores y convicciones); y aún así, con esa inestimable ayuda, la satisfacción moral o material nunca es completa ni pleno el resarcimiento material o moral. Acudir a un gabinete jurídico es una vía para congraciarse con el deseo. Los hay destinados a este tipo de reclamaciones y procesos. Los humanos contamos la feria según nos va; tengo versiones para dar y vender. Pero no deja de ser una respuesta a la llamada de auxilio. Depositando dinero sobre la mesa para iniciar las actuaciones, por supuesto. Al dolor se suma el coste; a la pérdida se incorpora la provisión de fondos. Sí, ya sé que existe el abogado de oficio; sin comentarios. La llamada de auxilio obtiene previa fianza, digámoslo así, una esperanza; esa esperanza que antes que después matan los colegios profesionales. Transcurrido un tiempo aleatorio, con incidencias de variable consideración jalonando el periodo de espera, impaciencia y desespero, la solución de nuestro representante legal (en la inmensa mayoría de los casos) es un acuerdo dinerario. Un acuerdo de serie de televisión estadounidense norteamericana que conocemos de memoria aun ignorando que en la pantalla el litigio es de contenido civil, competencia de los códigos civiles, de comercio, mercantil. El código penal cuenta con pautas diferenciadas de la responsabilidad civil propia o subsidiaria y un anejo de cumplimiento de condena en prisión. —Mire usted, hemos conseguido tanto... —¡Pero...! —Ande, tómelo. Es lo que hay (la frase me evoca...) —¡Pero...! —Si usted quiere seguimos. Aunque las posibilidades... En definitiva, hay que agradecer a nuestro abogado esa sinceridad ahormada a la conveniencia y al trato. Porque de continuar habrá que efectuar un nuevo y considerable desembolso y armarse de paciencia y soportar achaques y patologías que siempre se ciernen sobre los indefensos y nerviosos afectados. Más vale pájaro en mano que ciento volando (sobre todo si son buitres), acaba la reunión. Ante la muralla de los colegios profesionales, el autismo inducido de los colegas, la defensa de un estatus, una nómina y unos beneficios, el particular afectado tiene poco, muy poco donde rascar. —¿Y el daño que me han causado? Los medios de comunicación comen aparte, es cierto. De un plumazo de plumífero, con la puntería afinada por la mano que paga, a usted o a mí nos liquidan socialmente. La opinión pública, si usted y yo somos varones, españoles y blancos, nos condena en primerísima instancia venga o no a cuento. Después, si la diosa fortuna se apiada de nosotros, puede que esa misma opinión pública, sin llegar a disculparse, desvíe la mirada hacia otros frentes de ataque. Y los medios que han incendiado la reputación de la víctima, que la han destruido, tal vez, en algunos casos, rectifiquen en alguna de las páginas o voces imágenes intermedias que ni siquiera llegan a recomponer una imagen rota. La indefensión de la víctima, de las víctimas que defienden a la víctima, es más cruel que la negligencia culpable, el dolo o el execrable corporativismo. Para concluir, pues lamentablemente el tema no se agota en un artículo de denuncia ni en un debate escaso de atención, diré que como persona, como espectador, como víctima y como afectado, cierto o probable, condeno a esos miserables, desaprensivos, infames, delincuentes, que además de perjudicar voluntariamente o pudiendo evitarlo prestando la diligencia debida en el ejercicio de la profesión, escurren el bulto consintiendo que infelices, muchos de ellos de bajo nivel cultural, reducida economía y enorme pena a cuestas, sufran el deterioro de esas acciones criminales por acción y omisión. “Total —piensan esos criminales—, ese no era nadie, esos no son nadie, mientras que yo soy...”
Las cintas de mi capa Por Miguel Ángel Olmedo Jueves, 26 de noviembre de 2009 Qué hermosa es la nostalgia si evoca un tiempo feliz. El otoño, dicen las voces que así lo sienten, es la estación del recuerdo. En esta época, como en cualquier otra de buscarlos, acuden a la memoria activa esos episodios que describen el paisaje y las personas entre sones bien conocidos, muy queridos, siempre presentes; con sus respectivas letras, con sus respectivas imágenes que a fuerza de voluntad permanecen imborrables. Cuando imponderables como el tiempo transcurrido y la distancia física, también la ausencia de los protagonistas en sus diferentes grados, dejan únicamente lugar a la evocación, es precisamente entonces, y con ansia enamorada, momento de escuchar los sonidos de la vida; momento de reproducir lo que fue y jamás ha de perderse mientras acompañe la intención y el deseo por vencer a la desidia, a la imposición, a la falacia, al sibilino mercantilismo, a las espurias inercias que acaban hasta con la fragancia de las flores, hasta con esos detalles, entrañables y necesarios, que tanto gustan a hombres y mujeres conscientes de ser hombres y mujeres. A nadie sorprende a estas alturas de la imposición política que los indeseables, vividores palaciegos, de la SGAE, exijan un pago dinerario —cómo no— por interpretar a la Tuna sus canciones. Para reír a mandíbula batiente si no fuera porque el asunto es para llorar, maldecir y barrer a quienes actúan de esta guisa impúdica, obscena, economicista hasta la náusea y más allá. Probablemente tales sujetos, adictos a una manera arancelaria de sustentarse viciada, representantes de la tenebrosa alineación, no conciben más obra popular que las proclamas y consignas de harto conocidos medios de comunicación a través de sus portavocías; lo que si bien los descalifica para el gusto, el tacto y la inteligencia, los califica para la servidumbre, el vasallaje y la remunerada pleitesía. Seguramente, ni esos ni esas han servido para lucir, para transmitir sentimientos ni para enamorar bajo una balconada, a la luz de la Luna en una plaza mayor, caminando soportales, descubriendo atajos, susurrando en los mil oídos dispuestos a escuchar lo que la pasión demanda. Que un mal viento arrastre a los indignos. Que el buen viento difunda la voz inmarcesible de la Tuna:
Y enredándose en el viento
Una sobria noche ginebrina, allá por mil novecientos sesenta, bajo el cielo apagado del tibio verano suizo, un matrimonio de vacaciones contemplaba desde el balcón la calle desierta. Al poco, invitando él a ella a echar vistazos en lontananza y a prestar oído, un rumor alegre, acompasado, dicharachero y español fue ganando terreno, escenario y audiencia. Los tunos de la Tuna, una Tuna de facultad española, se enseñoreaban del mundo cercano con sus timbradas voces y su característico danzar. Y dieron, concertada la cita, en congregarse bajo aquel balcón donde una joven esposa era gentilmente requebrada por aquel festivo grupo de compatriotas en tierra extraña.
Son las cintas de mi capa,
Huelga comentar la emoción de mi madre y el contento de mi padre tarareando, quizá entonando, las canciones de la Tuna; ese cantar y ese hacer nuestro que se protege con el uso y la difusión; que ha de ser legado y heredado. A lo largo de una vida con frecuentes desplazamientos, he coincidido con los tunos de la Tuna y sus cantares en geografías pintorescas o de reclamo turístico, en ciudades de húmeda grisura o de esplendente luminiscencia. Estaban ellos allí para alegrar el oído, templar el ánimo y alentar el corazón de nacionales y extranjeros sin distinción; ganándose un dinero honrado y satisfactorio para el pagador. La Tuna es española, su sentir es nacional, su público todos los que quieran, sus canciones de todos y para todos. Fui tuno de la Tuna en mi etapa universitaria. Un tuno de acompañamiento, pues mis dotes musicales eran más voluntariosas que adecuadas. Fui tuno de la Tuna en dos facultades, luciendo los atavíos del honor y los colores distintos de las franjas distintivas. Con orgullo y amable nostalgia recuerdo mi paso por los caminos de la Tuna, aún, y quiera Dios que por siempre, escuchando las voces amigas que regalaban amor y patria derrochando simpatía y entrega joven. Qué han de saber esos progresistas de medio pelo y cuartillo de neurona del significado de la Tuna. Con sus avaricias mueven a la pena; con sus torticeros desquites mueven al repudio; con sus cicaterías y su orfandad moral mueven a la conmiseración pero también a la denuncia pública. Quédense ellos con sus igualdades artificiosas, con su igualitarismo biliosamente legislado y con sus odios; qué mala es la envidia mala, dicen en mi tierra. Tendrán que cobrar a los tunos de la Tuna persiguiéndolos de cancela a puerta, de ventana a balcón, de calle a plaza, de pueblo a ciudad, a cielo abierto o bajo techado; tendrán que enviar sus garrudos agentes a seguir la estela de brillo y alegría que traza la Tuna al dispensar, sin distinciones ni exacciones, vida y color con su bien timbrada voz, su ágil danza y su característico atavío elegante y español.
Son las cintas de mi capa,
¡Aúpa Tuna!
Una puntería selectiva Por Miguel Ángel Olmedo Jueves, 19 de noviembre de 2009 Acudo una vez más a beber la ciencia del ilustrador manantial donde brotan dichos, sentencias y refranes. En esta ocasión y no por venir especialmente al caso, reproduzco, un tanto libremente, la didáctica siguiente: Si el sabio critica amonestando o reconviniendo, malo; si el necio aplaude o jalea, peor. Como no puedo ni quiero reprimir una traslación pintiparada, escribo: Si quien sabe y legalmente puede dispara a fallar suponiendo lo contrario, malo es; si dispara a dar y no acierta, pésima señal. El tirador de arma de fuego por oficio, también por afición el que la tenga, requiere de puntería para acertar donde pone el ojo. Y no ignora, ninguno de ambos, profesional y aficionado, que la puntería además de ejercitarse se especializa o vuelve selectiva según la pieza a cobrar, el efecto a conseguir o la intención a demostrar. Si un acreditado disparador dotado de los medios suficientes y homologados, desde tierra, mar o aire, yerra el tiro por causa achacable a una torpeza sobrevenida, a un estado de tensión o necesidad disculpable y atenuante de responsabilidad o a factores derivados de las inmutables leyes de la física, malo es. Pero si el error no es sino excusa que suma oprobio para el estamento militar, pues el disparo no dio en la diana, fija o móvil, porque el proyectil, o los proyectiles, iba dirigido, o iban dirigidos, a otro punto en nada coincidente, mucho peor es. Si es error, malo, si es estrategia, peor. El primer supuesto desvela incompetencia: pueden sentirse seguros nuestros enemigos que a ellos las balas no les impactarán. El segundo supuesto declara la voluntad de no provocar daño personal ni material a nuestros enemigos. Dando por hecho que esos enemigos realmente lo son. Contémplese como se contemple, el lector dará fe de que la conclusión que se extrae de las suposiciones es de todo menos halagüeña para los españoles que todavía nos sentimos tales. Sabemos que históricamente el socialismo en España ha denostado a las Fuerzas Armadas y a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, queriendo adaptar el Ejército, la Guardia Civil y el resto de fuerzas de Orden Público, vigilancia y seguridad, a su exigencia revolucionaria pro soviética en el primer tercio del siglo XX, hasta el año 1939 de manera fehaciente o suprimir los citados en aras a la constitución de una milicia compuesta por sindicalistas y juventudes socialistas unificadas, siempre muy numerosa y predispuesta a la toma de la calle, las coacciones, los cercos y las requisas. En el presente el panorama no difiere apenas, salvo en los tiempos de ejecución. Conseguida la complicidad de los mandos designados por obediencia a unas siglas o a una ideología, amasado el poderío sindical con cientos de miles de liberados y una inagotable remesa de jóvenes y medio maduros aspirando a engrosar la nómina de la política al uso con su reata de beneficios e inmunidades, el Ejército tradicional es nuevamente un estorbo, una rémora en el proceso integral de rehabilitación pública y privada de una sociedad a lo que le manden y a lo que le cuenten. Sin que mis palabras y opinión exculpen a los militares que con gusto y presteza se ofrecen al juego, que esquivando el decoro y renegando de la dignidad, aceptan, expresamente, que el Ejército español sufra humillación tras humillación, desplante, desprecio, burla e ignominia. Una Nación sin Ejército es inviable; un Ejército exento del mandato de defender a España y sus nacionales con los medios legales de los que dispone es una caricatura que provoca la mofa y la befa en los enemigos de España y quienes la ven como un centro de servicios para gustos ajenos. Hace décadas que se alumbró el ridículo, nadie se lleve a engaño. Con todo hay algo peor, y no es mera suspicacia por mi parte y tampoco, estoy seguro, lo será por la del lector. Los extorsionadores somalíes a bordo de sus frágiles escapatorias escurren el bulto esquivando las balas que a ellos destina la fuerza armada, de mar y aire, destacada en esas aguas tan gravosas para los bolsillos; a ellos ni se les ve ni se les escucha. A nosotros, sí. A nosotros, los españoles, se nos ve y se nos escucha, se sabe lo que hacemos, lo que decimos y los lugares que hollamos en nuestra pública y privada cotidianidad. No precisamente porque el socialismo gobernante vele por nosotros cual tutor elegido para tan distinguido menester. Nosotros sí estamos enmarcados por el control globalizado en ejercicio constante. Y como la puntería es selectiva, no nos queda duda, quien tiente la suerte de acogerse a la conformidad con lo dispuesto por el poder desde sus muchas incisivas y celadoras vertientes oponiéndose a la tutela, conocerá un impacto certero.
Doy facilidades Por Miguel Ángel Olmedo Jueves, 12 de noviembre de 2009 Nunca me ha gustado que me controlen. Es una sensación odiosa que me impele a la vehemente protesta en todas sus vertientes. Con el decurso del tiempo, desde aquella lejana toma de conciencia que me acompaña y asiste doquiera vaya, la percepción de control estricto y numerado ha confirmado evidencias de sospecha hasta alcanzar el extremo de la asfixia. —Si se quiere pensar en ello conscientemente. —Eso es. Lo que provoca la reacción comprensible en quien voluntaria e indefectiblemente opta por la prudente distancia y la personal elección en todos los caminos y en todas las facetas que la vida depara. Una reacción de hastío, rechazo, denuncia pública y privada del acecho y pugna tan constante como visible por desasirse del cerco. De la intuición de antaño, de la deducción progresiva, cualquiera que se preste al análisis convendrá que hemos sobrepasado el último estadio de la suposición para confirmarnos en la certeza absoluta. —Ya sabe usted que para evitar elucubraciones que entrañen riesgo a los controladores se ha inventado el ocio preordenado. —Eso que se dio en llamar “válvulas de escape” y que ahora son más socorridas, notorias, promovidas y divulgadas, que cuando fue acuñada la expresión. —No se le ocurra cuestionarlas que se nos cae el pelo; el señalamiento por desafección es peor que el sañudo otoño. Deje usted que los entretenimientos teledirigidos esparzan doctrina oficial que alguno, o unos cuantos que van sumando, dará y darán por sacudírselos de encima a fuerza de ese máximo desprecio que es el no hacer aprecio. Se mire por donde se mire, sea cual sea la dirección inspeccionada, el control sobre nuestros actos y movimientos es continuo, implacable, perlado de exacciones, providencias ejecutivas, embargos y vericuetos de recurso o apelación al alcance de una minoría empecinada en defender sus derechos aun a costa de la salud y el patrimonio. Y a lo anterior se añade la alargadísima sombra cotidiana de la demostración de identidad y de la comprobación de bienes. —Cosas en las que no se repara por el mimetismo o el hábito adquirido pero que sí, efectivamente, desnudan a unos frente a otros. —Hágase usted idea de cuántas veces en una semana, un mes o un año, por no remontarnos más allá, ha tenido que enseñar su Documento Nacional de Identidad sin reciprocidad; cuántas veces ha experimentado la sensación de que su vida privada era pública ante funcionarios de la Administración x, y o z, empleados de banca, asesores fiscales, durante procesos rutinarios itinerantes a cargo de agentes gubernativos, frente a reclamaciones judiciales o tramitaciones burocráticas con impresos de por medio. Cunde la sensación de que el mundo conoce su intimidad sin que se digne a una cívica contraprestación. Ya que tanta gente sabe lo que uno es, lo que tiene, lo que pretende, lo que solicita o exige, ¿por qué no recibir un trato equivalente? ¿Por qué no intercambiar credenciales, extractos, identidades y propósitos? —Sé que no bromea. —Ni asomo de ironía, aunque sí escepticismo y sarcasmo. Salta a la vista que la intimidad de la persona queda circunscrita a su intelecto y a su capacidad por vencer la opresión sistemática aunque edulcorada, pincelada de concesiones que persiguen aceptaciones tácitas con acuse de recibo, sonrisas y promesas de felicidad terrenal como jamás hubo en el planeta Tierra. Es cuestión de voluntad y arrojo el mantenerse digno, desafiante e inquisitivo, siquiera para dar un disgusto al poder político. A ese omnímodo e insaciable poder político de la nueva era concebida a interesado remedo del sectario tribalismo, de la mayor, o única, dependencia al hechicero que auguraba males perennes de apartarse de sus enseñanzas y consejos. —Ya sé por donde tercia. —En corto y por derecho. —Ya sé por qué me ha traído a esta plaza. Proceda, deponga, que se le escuche alto y claro. Ese devastador poder político y su mefítica derivada masónica extienden un grueso manto de control, opaco y áspero. No hay conversación ni correspondencia ni envío ni recepción que pase desapercibida; es indiferente el medio de comunicación utilizado, el control los advierte y cataloga para su posterior disposición a beneficio de inventario, filtraciones de parte aparte. Somos una fuente inagotable de conocimiento para el controlador. Los imagino esperando los informes de los delegados. Ahí están los ministros de Justicia, Interior y Defensa apretando el dogal de los siervos y firmando renuncia tras renuncia que certifiquen la defunción de la División de Poderes, la defunción de la Soberanía Nacional, la defunción de los medios de Defensa del enemigo intrínseco, la defunción del Imperio de la Ley, la defunción de las garantías individuales y la protección de la propiedad y los bienes, la defunción de la privacidad, la defunción de las creencias y en definitiva la defunción de la Libertad para ser, estar y elegir. Sin esfuerzo los imagino acopiando información útil para imponer y someter, para ejercer el deseado totalitarismo que emana de los votos de una sociedad entregada al albur de unos sujetos que se han hecho con su representación tras una ardua tarea de zapa, propaganda, agitación y, cómo no, control. Compruebo, y conmigo quien se preste a recordar, que gobierna la nave fúnebre que nos transporta al averno los depositarios de la execrable herencia de la malhadada II República, manteniendo la derrota trazada por el socialismo real de Francisco Largo Caballero y Juan Negrín. —Y como usted no quiere que los controladores se molesten buscando entre montones de papeles y grabaciones, lo escribe bien legible, dando por supuesto que saben leer. —Así de altruista soy. Lo pongo fácil.
Esto es lo que hay, en tres versiones Por Miguel Ángel Olmedo Viernes, 6 de noviembre de 2009 Lo vemos y lo oímos: Esto es lo que hay. Aunque no queramos mirar ni escuchar: Esto es lo que hay. Es lo que hay y, aún peor, lo que abunda y lo que más cunde. Finalizado el preámbulo podría concluir el artículo habiendo dejado escrito, en apenas un párrafo, en dos frases sentenciosas, todo lo que me he dispuesto a contar. Esto es lo que hay. No obstante, hay más. Sí, hay mucho más contenido en tan estricto y excluyente envoltorio. La entonación, por ejemplo. Cambia sustancialmente, expresado o leído, un: ¡Esto es lo que hay!, del: ¿Esto es lo que hay?; o, ausentes los signos de puntuación, al modo aséptico, en tono comedido pero muy, muy intencionado, una octava menos que grave, carraspeando el hablante, tendiendo a lo cavernoso, pincelado de autoridad morbosa, de siniestro egotismo, actuando con gesto estudiado, la boca hacia lo fruncido, en un susurro que cala: Es lo que hay. Carece de trascendencia el delimitar el énfasis, la agudeza oral, el entorno seleccionado o el ámbito de correspondencia entre los implicados en la emisión-recepción. Es indiferente para la interpretación sincera, cabal y valiente, el incluir los signos de admiración, los de interrogación o la nada, el vacío, la brumazón, cual acompañantes de la sentencia. Qué más da si el protagonista del intercambio noticioso es una pregunta, una respuesta o la conjunción imposible de ambas. El alcance de la denuncia que expongo consiste en señalar el nombre —los nombres— y el cargo —los cargos— de quienes utilizan esa forma de dirigirse al público o al privado para comunicar un hecho —unos hechos. Pongo por caso, eludiendo una exhaustiva enumeración: Una prueba de cargo contra el ejecutor (el autor es otro, otros) del aviso a los terroristas, entorpeciendo decisivamente el desmantelamiento de su aparato extorsionador; la política de protección, refrendo y sustento a las tiranías que son y surgen allende los mares y las tierras; la pautada transformación social hacia la dependencia, vulgo sumisión, absoluta del poder político, patrocinada sistemáticamente por esos poderes fácticos que a su vez controlan, o, en su defecto, se alían desde el inefable quid pro quo al controlador; el desbarajuste, inepcia, perversión y subordinación a pintorescas reciprocidades, cómo no, de la acción-inacción en el planteamiento económico con o sin crisis, con o sin recesión en el horizonte; las arteras maniobras de las formaciones políticas, cimentadoras y guardianes feroces de su sistema de partidos, para disimular, encubrir o capear los embates y los envites tanto endógenos como exógenos. En otras palabras, la mentira, el despotismo, la vanidad y el interés privativo de los grupos dirigentes, en sus diferentes terrenos, manifestados con cínico laconismo. Dice el político juez al mostrar a las partes una prueba inválida, manipulada, una burla: ¡Esto es lo que hay! Dicen las acusaciones: ¿esto es lo que hay? Digo yo: Esto es lo que hay. Dice el adscrito al omnímodo poder político, vividor, empleado, adicto, asimilado, adjudicatario de cargos o prebendas: ¡Esto es lo que hay! Dicen los afectados que se atreven: ¿Esto es lo que hay? Digo yo: Esto es lo que hay. Dice el que recibe lo que no debiera pero no rechaza ni suelta, aireando el sarcasmo del fementido: Esto es lo que hay. Yo digo lo mismo, enfrentado y desde la oposición. Hay más, mucho más de lo que aparece, se publica o incluso rumorea. Y todo esa información oculta, desvirtuada, suprimida o eliminada, de quererlo, obliga a pensar y decidir que no sólo es esto lo que hay. Resumiendo, es lo que hay cuando por mandato de instancias y a través de múltiples portavocías con el guión aprendido, toda explicación, ante cualquier reclamación, inicia y termina en una muletilla, o estribillo, extraordinariamente elocuente: Esto es lo que hay.
Recordemos (VII) Por Miguel Ángel Olmedo Martes, 27 de octubre de 2009 Recordemos aquello que fue y por qué sucedió. Esta entrega recoge la matanza de civiles en la ciudad de Castellón por parte de los frentepopulistas en retirada; una descripción de lo acaecido en la localidad pacense de Castilblanco, la nochevieja de 1931; una semblanza de la dirección y actividad del Servicio de Investigación Militar (SIM); y una conversación entre José Antonio Primo de Rivera y el escritor, y entonces cronista parlamentario, Josep Pla en la tertulia del diario El Sol.
Noche de venganza en Castellón Hubo dura lucha en las calles de Castellón. La existencia de focos de resistencia marxista determinó las distintas vicisitudes pasadas por la capital desde el primer asalto nacional en la tarde del día 13 (de junio de 1938), hasta su definitiva pacificación en las últimas horas de la jornada siguiente. A las siete y media de la tarde (del 13) alcanzaban las primeras casas de la ciudad (Castellón), siendo recibidos por la población civil con grande entusiasmo. Se produjo entonces en el interior de la población un movimiento de tropa marxista que había de alterar durante todo el día siguiente la tranquilidad de la ocupación. Por la carretera de Benicasim presionaba el grueso de la 83 División, y la fuerza roja que resistía a la entrada de Castellón, hacia el paso a nivel, realizó un repliegue sobre el casco urbano, reocupando los barrios Noroeste y Oeste, desconociendo que por la zona de El Grao había ya entrado fuerzas nacionales. En medio del casi vacío momentáneo, de la confusión general y de la retirada de al menos buena parte de los soldados del Ejército Popular (día 13 de junio de 1938, al atardecer), las gentes han salido a la calle a esperar a las tropas amigas, llenando los balcones con colgaduras. Seguramente llegan hasta ellas (las calles) algunos destacamentos de la 83 División; son las siete y media de la tarde y la población los recibe con el máximo entusiasmo, que se correrá hacia otros barrios de la ciudad. Y es entonces cuando se producirá la tragedia. Los marxistas que se replegaban ocuparon los barrios Noroeste y Oeste, generalizándose una lucha entre calles de la que fue principal víctima la gente pacífica e indefensa. La emoción de sentirse liberados había lanzado a gran parte de los habitantes a manifestaciones de entusiasmo en el preciso momento en que en su repliegue los marxistas llegaron a la ciudad. Cuando el tiroteo se generalizó en las calles, la población civil se refugió en los subterráneos abiertos para la protección contra bombardeos, dejando muchos balcones y casas adornados con la bandera nacional. Esto enardeció el odio de la desesperación marxista y como venganza contra los indefensos ciudadanos, las hordas en derrota cometieron en esa noche del trece al catorce de junio toda clase de asesinatos y violencias: lanzaban granadas contra los refugios, sacaron de ellos más de doscientas cincuenta personas y las fusilaron en las tapias de la Casa de Beneficencia, saquearon y desvalijaron las viviendas. Pero de poco les sirvió tal violencia. A la noche (del 14) quedó totalmente pacificado el casco urbano. El día 15 a las nueve de la mañana el grueso de las fuerzas del Cuerpo de Ejército de Galicia entraba en Castellón y desfilaba ante su jefe el general Aranda. La población civil, después de tan recios sobresaltos, parecía despertar de un largo sueño. El espectáculo era el de todas las grandes poblaciones liberadas a lo largo de la guerra: suciedad, hambre y entusiasmo indescriptible. La multitud vitoreaba a los soldados. Los camiones de la propaganda nacional hacían sonar los himnos en sus altavoces. Llegaban los transportes del Auxilio Social. Las mujeres llevaban a los niños nacidos durante el periodo rojo para que los bautizasen los capellanes que entraban con la tropa. (Luis María de Lojendio, Operaciones militares de la Guerra de España, pp. 516 a 518. José Manuel Martínez Bande, Monografías de la Guerra de España: n.º 12. Servicio Histórico Militar, pp. 132 a 133. José Antonio vaca de Osma, La larga guerra de Francisco Franco, p.312, Ed. Rialp.) -----------------------------
Los sucesos de Castilblanco La Guardia Civil, en la difícil y sacrificada tarea de hacer respetar las leyes sin el apoyo del Gobierno, se descubre como el más serio obstáculo para la violencia marxista y se convierte en el principal objetivo de odio de dirigentes y masas extremistas. La angustia social se cernía en el campo. La situación en éste oscilaba entre la usura, el absentismo, las siempre adversas condiciones meteorológicas y la miseria general, más proclives las desgracias en las zonas meridionales y extremeñas de España. Escribió Gil Robles: “Todo ello creaba un problema pavoroso, que ni preocupaba a los Gobiernos ni interesa al capitalismo industrial.” No era sólo Gil Robles quien opinaba así. En la sesión de las Cortes del 15 de septiembre (de 1931), Indalecio Prieto hablaba de “la angustia inmensa, del espectáculo terrible de cientos de miles de hombres” que estaban parados en Andalucía y las regiones densamente agrícolas; con el temor de que tal panorama se extendiera a las regiones industriales, dando origen a “éxodos de miseria”. Y un tercer personaje, Santiago Alba, ex ministro de la Monarquía y ahora radical lerrouxista, agregaba: “La situación económica es delicadísima, grave, y pavoroso el porvenir inmediato. Pronto los obreros vendrán a las puertas de esta Cámara a pedir trabajo”. Se habían creado una Comisión técnica y unas Juntas encargadas de estudiar la Reforma Agraria, mas ésta no se vislumbraba por parte alguna. Nada debe extrañarnos, por eso, que las huelgas catastróficas y la situación de revuelta de los meses de septiembre y octubre se prolongasen en noviembre y diciembre, con actos terroristas y agresiones a la Guardia Civil, contra la que predicaban no sólo los comunistas y los anarquistas sino los propios afiliados al partido en el poder, Izquierda Republicana, de Manuel Azaña, y los socialistas en torno al PSOE. Estas predicaciones socialistas alcanzarían sus voces más altas y excitantes en tierras de Badajoz. Castilblanco, el último día del año 1931, por lo tanto a los pocos meses de proclamada la II República, es un trágico aviso de lo que se prepara en España. La población, excitada por diputados socialistas, organiza una manifestación, a pesar de haber sido prohibida por las autoridades gubernativas. En cumplimiento de su deber, sale a la calle el Cabo Comandante de Puesto de la Guardia Civil con tres guardias. Intentaban los guardias civiles, en forma correcta, hacer desistir a los manifestantes de su actitud sediciosa, y entonces, de manera inopinada, pero tan unánime que demuestra la premeditación, el populacho se lanza sobre ellos. Atropellados por la multitud, caen al suelo, donde son heridos con toda clase de armas y machacados con piedras. El General Sanjurjo, Director General de la Guardia Civil, acudió al entierro, y al ver los cuerpos mutilados de los guardias, manifestó que: “Ni en Monte Arruit, en la época del derrumbamiento de la Comandancia de Melilla, los cadáveres de los cristianos fueron mutilados con un salvajismo semejante. Hubo mujeres que bailaron ante los restos mutilados de las víctimas.” El diario ABC publicó la noticia el 1 de enero con impresionantes fotografías. La portada tenía la imagen de una anciana con estas palabras: “También los guardias civiles tienen madre”. Por todos los indicios, el PSOE se situaba, en algunas de sus facciones, frente al propio Gobierno y contra el régimen republicano. Sin duda, la lucha contra la organización rival anarquista no era fácil, y el peligro de perder las bases, cierto. Por eso había que predicar también la revolución agraria total, ir tan allá como el que más. Mientras tanto, el crimen, en vez de encontrar la general repulsa que era de esperar, es desvirtuado e incluso justificado por los dirigentes izquierdistas y marxistas. El diputado del Bloque Republicano-Revolucionario, José Antonio Balbontín, dijo en las Cortes: “La Guardia Civil está siendo de hecho en este momento un elemento de perturbación social; no basta con quitarle las armas de largo alcance ni con variar el Reglamento; en este momento de sobrexcitación social, la mera presencia de un piquete de la Guardia Civil enfrente de una manifestación obrera o campesina no es la garantía del orden: es la llama incendiaria.” En el Gobierno había a la sazón tres ministros socialistas, pero ello no frenaba a su partido (el PSOE), que provocaba y defendía las agresiones contra las fuerzas de orden público que cumplían las órdenes del mismo Gobierno del que formaban parte. Resultaba tan escandalosa la campaña de difamación desatada contra la Guardia Civil, que el propio Presidente del Consejo de Ministros, el dirigente izquierdista Manuel Azaña, hubo de exclamar en las Cortes: “Cualquiera diría que en Castilblanco ha sido la Guardia Civil la que se ha excedido en el cumplimiento de su deber, y no deja de pasmar que cuando cuatro infelices guardias han perecido en el cumplimiento de su deber, se ponga precisamente a discusión el prestigio del Instituto, como si hubieran sido estos guardias, no los muertos, sino los matadores.” Azaña, que era consciente de que sobre la República pesaba una amenaza muy seria de desbordamiento por la izquierda, adelantándose a otros políticos aludió entonces al “oro de Moscú” como si fuera la acción soviética la que movía los hilos. Pero no fue muy lejos por esta línea: era consciente de que no podía contar con otros apoyos que los que vinieran de la izquierda. A pesar de estas palabras, la reacción del Gobierno fue destituir al General Sanjurjo. Los acusados por el crimen de Castilblanco comparecieron ante un Consejo de Guerra; pero las peticiones del Ministerio Fiscal, seis penas de muerte y seis cadenas perpetuas, no prosperaron. Una mujer denominada “la Machota”, que se había distinguido en la provocación de la agresión y en el ensañamiento de los cadáveres, fue totalmente absuelta. (Servicio Histórico de la Guardia Civil. Ponencias sobre La Epopeya de la Guardia Civil en el Santuario de la Virgen de la Cabeza, capítulo II, pp. 21 y 22. José María Gil Robles, No fue posible la paz, p. 42. José Manuel Martínez Bande, Los años críticos, pp. 53 y 54, Ediciones Encuentro. Luis Suárez Fernández, Franco, crónica de un tiempo, p. 203, Ed. Actas. Ricardo de la Cierva, Historia actualizada de la II República y la Guerra de España, 1931-1939, p.51, Ed. Fénix.) -----------------------------
El servicio de investigación militar (SIM) El Servicio de Investigación Militar (sus siglas SIM) fue creado por el socialista Indalecio Prieto Tuero, el 9 de agosto de 1937. Era un cuerpo de policía política con misiones de información, espionaje y contraespionaje junto a las de represión política e ideológica, detenciones y actuaciones arbitrarias al servicio de los intereses de sus promotores. En toda España se contaban aproximadamente 6.000 agentes. Desde sus comienzos la actuación del SIM derivó hacia el órgano legalizado de persecución y represión política, usualmente utilizado en tareas de seguridad más que en las de espionaje. La tarea principal era la de perseguir a los disidentes ideológicos, a los enemigos potenciales o reales de la Unión Soviética, de su líder máximo Stalin y, en general, a todas aquellas personas que no acataran la voluntad de Moscú. También, y a la vez, la persecución, aislamiento y detención de los desafectos a la causa frentepopulista, a la revolución marxista, catalogados como fascistas o de ideología conservadora: gentes de orden, empresarios, religiosos y creyentes practicantes, profesionales liberales, comerciantes, estudiantes, etc. El SIM se le escapó de las manos a Indalecio Prieto, como reconoce en Cómo y por qué salí del Ministerio de Defensa. Intrigas de los rusos en España: “En el decreto de creación del SIM —que redacté yo mismo, porque no quise seguir de manera esclava el proyecto que me fue entregado— hay un artículo —el segundo— por virtud del cual los nombramientos de todos los agentes del SIM corresponden exclusivamente al ministro de Defensa Nacional. Ésta era una garantía que previsoriamente quise establecer. Nadie podía ser agente del SIM si no estaba en posesión del carné que llevara por duplicado la firma del Ministerio. ”Nombrado (el comunista) Durán jefe de la Demarcación del Ejército del Centro, designa él por sí y ante sí, sin facultades para ello, a los agentes que habían de estar a sus órdenes, que, en número de algunos centenares eran comunistas y sólo cuatro o cinco socialistas, excluyéndose además a los socialistas que interinamente, y a propuesta del Ministerio de la Gobernación, desempeñaban entonces la misma misión. Me encontré ante un caso intolerable, por lo cual, alegando, y con fundamento, que me faltaban mandos en el Ejército volvieran a sus antiguos puestos, y así hice retornar a la función militar al comandante Durán.” A causa de esta destitución, un técnico ruso del Servicio de Información visitó a Indalecio Prieto para exigirle la reposición de Durán en la jefatura del SIM de Madrid. Esta escena ocurrió en Valencia. Sigue Prieto en sus memorias: “Preocupado por el nombramiento del nuevo director del SIM, caí en la desgracia de designar al teniente coronel Uribarri, socialista desde mucho tiempo. Al poco de posesionarse del cargo, Uribarri me dijo: Soy hombre leal y quiero proceder lealmente con usted. Vengo a decirle que Fulano de Tal (el segundo entre los directivos rusos de estas actividades técnicas, no el que había roto conmigo, sino su lugarteniente) me ha citado a una entrevista que se verificó anoche en una calleja oscura, dentro de su automóvil, y dicho señor me invitó a que me entendiera directa y constantemente con él, a espaldas de usted, a lo cual me negué. —Así se debe proceder —le dije, y le di las gracias. Uribarri, hombre cuyo desequilibrio se había acentuado a causa de trabajos enormes al frente del SIM, donde permanecía cuatro o cinco días sin dormir, cambia de conducta, no sé por indicación de quién. Advierto que el SIM ya no obedece mis órdenes. Uribarri se entendía con quienes le había requerido antes a entenderse con ellos a espaldas mías. Éste es uno de los incidentes que yo he tenido con los rusos, sin arrepentirme, por procurar que el SIM no fuese un instrumento suyo, como lo había sido la Dirección General de Seguridad, para ciertos sucesos que nos han creado.” * * * El decreto del Ministerio de Defensa Nacional por el que se creaba el SIM (Servicio de Información Militar), dice así: A lo largo de nuestra lucha se ha podido descubrir la existencia de varias organizaciones que los facciosos utilizan para el espionaje y el sabotaje, organizaciones creadas y dirigidas por elementos extranjeros previamente establecidos en España para servir los designios de sus países con respecto a nuestra Patria. Esos descubrimientos han evidenciado la necesidad de montar servicios de contraespionaje, de los cuales están provistos todos los ejércitos modernos y de los que nosotros carecemos en absoluto. En virtud de lo expuesto, de acuerdo con el Consejo de ministros y a propuesta del Ministro de Defensa Nacional, vengo en decretar lo siguiente: Art. 1.º Se crea en el Ministerio de Defensa Nacional el Servicio de Investigación Militar, que tendrá por misión combatir el espionaje, impedir actos de sabotaje y realizar funciones de investigación y vigilancia, acerca de todas las fuerzas armadas dependientes de dicho Ministerio. Art. 2.º El Servicio de Investigación Militar dependerá directamente del ministro de Defensa Nacional, a quien corresponde además de un modo exclusivo el nombramiento de Jefes, Inspectores y Agentes del referido Servicio, cuyos carnets llevarán la firma y el sello del Ministerio. Art. 3.º Todos los miembros del Ejército de Tierra, Marina y Aviación, cualquiera que sea su graduación, así como el personal de la Subsecretaría de Armamento y el resto de los funcionarios del Ministerio de Defensa Nacional están obligados para cuando ello fueran requeridos por Agentes del SIM a prestar a éstos cuantos auxilios necesiten. Art. 4.º Los funcionarios del SIM serán considerados como Agentes de la Autoridad con todas las prerrogativas que a éstos correspondan. Art. 5.º Los funcionarios del referido Servicio estarán facultados especialmente para la detención de elementos militares. Art. 6.º Las denuncias que, sobre espionaje, sabotaje o cualquier irregularidad peligrosa relativa a las fuerzas armadas, recibieren las autoridades civiles deberán ser comunicadas por éstas, sin demora, al Ministerio de Defensa Nacional para que el SIM se encargue de su esclarecimiento. Art. 7.º Se autoriza al ministro de Defensa Nacional para dictar las disposiciones reglamentarias que exige el desarrollo del presente Decreto, manteniendo secretas las que por su naturaleza no deban ser publicadas.
El SIM se constituyó en una policía política, de obediencia comunista (marxista revolucionaria) de represión y persecución de todo a quien consideraran contrario a sus objetivos y que no se doblegara de buenas a primeras a los imperativos del Gobierno frentepopulista de inspiración soviética. Escribe Domènec Pastor Petit: “El SIM fue estructurado con jerarquía y disciplina militar, a pesar de que sus componentes no siempre fueran vestidos con uniforme. Inicialmente había de ser, al menos en teoría, una unidad de combate secreto contra los espías y los saboteadores del interior, y asimismo con tentáculos infiltrados en la zona enemiga y en el extranjero. Es decir, actividades de espionaje y contraespionaje. La realidad, sin embargo, se reveló bien diferente, ya que degeneró, desde un primer momento, en un órgano de represión política, más utilizado en tareas de seguridad que en las de espionaje, y con desvelo u obsesión exclusivos y centrados en la persecución de disidentes ideológicos, enemigos potenciales o reales de Stalin y, de hecho, de todos aquellos que no se doblaran a la voluntad de Moscú.” * * * Al principio se encargó la jefatura del SIM a Ángel Díaz Baza, militante socialista. A finales de 1937 lo sustituyó Prudencio Sayagües, antiguo miembro del FUE (Federación Universitaria Española) sustituido por Manuel Uribarri Barrutell, miembro de la Guardia Civil, que en el año 1938 huyó a Francia con la fortuna conseguida en los saqueos. También fueron miembros del SIM: Santiago Garcés Arroyo (escolta de Indalecio Prieto y uno de los que fueron a detener a José Calvo Sotelo en al noche del 12 al 13 de julio de 1936, y al cabo asesinarlo), Maxim Schneller (jefe de la Sección Extranjera), Ángel Pedrero García (segundo jefe de la checa dirigida por el socialista Agapito García Atadell) y Gustavo Durán (músico, militar y diplomático de obediencia comunista). Hacia finales de 1937, con el curso de la guerra virando hacia la derrota para la República del Frente Popular, se acentuó la pugna entre el SIM y la creciente Quinta Columna, alcanzando en Cataluña la cifra de 1.200 fusilados, ejecuciones llevadas a cabo en el castillo de Montjuïch (o Montjuic) con la anuencia de las autoridades catalanas y del Gobierno de la República que daba el enterado. * * * Cuenta José Peirats: “Las mazmorras del SIM eran cárceles disimuladas en el interior, a veces, de mansiones palaciegas, rodeadas de verjas y pobladas de jardines. El pueblo español llamaba checas a toda clase de prisiones secretas. En los primeros tiempos, las checas del SIM eran tenebrosas, instaladas en antiguas casas y conventos. El régimen de torturas que en ellas se aplicaba era el procedimiento brutal: palizas, con vergajos de caucho, seguidas de duchas muy frías, simulacros de fusilamientos y otros tormentos horrorosos y sangrientos. Los consejeros rusos modernizaron esta vieja técnica. Las nuevas celdas eran más reducidas, pintadas de colores muy vivos y pavimentadas con aristas de ladrillos muy salientes. Los detenidos tenían que permanecer de pie continuamente, bajo una potente iluminación roja o verde. Otras celdas eran estrechos sepulcros de suelo desnivelado, en declive. Tenerse en pie implicaba una tensión completa de nervios y músculos. En otras reinaba una oscuridad absoluta y oíanse en ellas sonidos metálicos que hacían vibrar el cerebro. Los interrogatorios tenían lugar en salones decorados casi artísticamente. Los esbirros preguntaban pausada y atropelladamente, con mansedumbre, con autoridad o con sarcasmo, alternativamente, durante la misma sesión, según el efecto que deseaban. Contrastes tan estudiados desplomaban moral y materialmente a la víctima. Los recalcitrantes eran encerrados en la cámara frigorífica o en la caja de los ruidos o atados a la silla eléctrica. La primera era una celda de dos metros de altura, en forma redondeada; al preso se le sumergía allí en agua helada, horas y horas, hasta que tuviese a bien declarar lo que se deseaba. La caja de los ruidos era una especie de armario, dentro del cual se oía una batahola aterradora de timbres y campanas. La silla eléctrica variaba de la empleada e las penitenciarías norteamericanas en que no mataba físicamente.” * * * Agustín Guillamón describe la actuación del SIM: “El método rutinario del SIM; su objetivo cualquier militante de la CNT o del POUM, o cualquier descontento en las Brigadas Internacionales o en las propias filas estalinistas; delitos eran la lectura de un diario o una hoja clandestina. ”Entrar en una checa significaba estar sometido continuamente durante semanas o meses a interrogatorios y torturas. El ingreso en la Prisión Modelo (pero sobre todo en la Prisión del Estado) suponía el fin de las torturas y una cierta garantía de ‘no desaparecer’, como tantos otros trabajadores que jamás salieron de una checa. ”Las actividades del SIM se dirigieron en muy pocos casos contra las escasa organizaciones fascistas que habían sobrevivido a la represión revolucionaria de julio de 1936, ya que su principal actividad fue la represión del movimiento obrero y de las minorías revolucionarias. El POUM, los bolchevique-leninistas y Los Amigos de Durruti pasaron a la clandestinidad antes de que apareciera un decreto que los declarase ilegales. Todos esos militantes, junto con los grupos de anarquistas contrarios al colaboracionismo, eran el blanco predilecto del SIM. ”El número de asesinatos de la represión estalinista sería incalculable, aunque dispusiéramos de una lista exhaustiva de los asesinatos en las checas y en los campos de trabajo, porque muchos de los trabajadores que habían sido liberados tras largos meses de prisión eran enviados al frente, a unidades con mandos estalinistas que tenían orden de eliminarlos. En esta tarea destacaron las unidades de Líster (Enrique Líster) y de El Campesino (Valentín González).” Con respecto a los integrantes del SIM en Cataluña, el mismo autor refiere: “Los rasgos comunes del agente del SIM: joven ambicioso, forastero ajeno a la realidad social y cultural catalana, sin demasiados conocimientos políticos ni convicciones ideológicas, sádicos e incapaces pero con una obediencia ciega a sus superiores. ”Suelen ser de origen burgués, elegantes y bien vestidos, siempre con mucho dinero, producto de los porcentajes que se les acuerda sobre las requisas realizadas, lo que les permite llevar un tren de vida disoluto y absolutamente escandaloso en una sociedad que padece hambre y miseria.” El SIM conjugó la técnica y el terror para llevar a cabo su política represiva. * * * El terror bárbaro ejercido por los anarquistas y demás criminales que dominaban Cataluña, fue sustituido por el terror cruel y científico importado en España por los hombres de la GPU (Gosudarstvennoe Politicheskoe Upravlenie), la policía política de la Unión Soviética denominada Dirección Política del Estado. Los que organizaron y dirigieron el terror del SIM en Cataluña fueron principalmente rusos, con algunos otros extranjeros comunistas que ya habían hecho su aprendizaje en la URSS. Todas las personas detenidas por los agentes del SIM, cuando no se trataba de casos especiales, eran trasladadas al Departamento de Interrogatorios. Cuando al final del interrogatorio los agentes creían que los detenidos habían confesado absolutamente todo lo que ellos conocían, eran puestos en libertad o bien mandados a campos de concentración, a construir fortificaciones o se les asesinaba cuando no era posible enviarlos a los Tribunales Populares. Pero cuando los verdugos del socialista Juan Negrín (ministro de Hacienda y posteriormente Jefe del Gobierno) creían que los apresados no habían confesado todo cuanto sabían eran trasladados al Departamento de Torturas, donde quedaban sometidos a varios procedimientos hasta que llegaban a declarar lo que pretendían los agentes del SIM. Como todas estas penalidades inventadas por los técnicos rusos eran pocas, se añadió el hambre y la falta de vestuario. Todo esto, junto con la suciedad más lamentable, terminaba con la resistencia de los detenidos. Por toda alimentación se les daba una taza de caldo de legumbres una vez al día con 150 gramos de pan, aunque no siempre figuraba el pan en la dieta. Cuando los detenidos salían de las cárceles del SIM eran trasladados a los campos de concentración donde, con la misma carestía de alimento y ropa, se les destinaba a la construcción de fortificaciones. Si alguno de los cautivos lograba escapar, entonces, como medida disuasoria para el resto, se mataba a los cinco anteriores y posteriores a él que aparecían en la lista general del campo de concentración. En ocasiones también se hacía una selección entre los considerados más amigos del huido, quienes después de haber sido sometidos a un bárbaro interrogatorio también eran fusilados. Entre los documentos que se obtuvieron tras la liberación de Barcelona, se encontró un informe de la Dirección general de Prisiones anunciando que era tal el estado de los detenidos por falta de alimentación y vestuario, que si no se ponía remedio inmediato todos estaban condenados a morir. En uno de los campos de concentración se registró un promedio de dos muertos diarios por hambre y frío. Para completar la barbarie de terror con que Negrín y los soviéticos dominaban Barcelona, dos días antes de la entrada de las tropas nacionales, el SIM ordenó que se evacuase a todos los detenidos. No fue posible dada las premuras de los que escapaban, por lo que se realizó una selección de presos, procediéndose a la evacuación de 800 de los 2.000 detenidos en la cárcel Modelo y 175 de los 500 en la cárcel-checa de San Elías. (Indalecio Prieto, como reconoce en Cómo y por qué salí del Ministerio de Defensa. Intrigas de los rusos en España y convulsiones de España, Imprimimerie Nouvelle, París, 1939. Domènec Pastor Petit, La cinquena columna a Catalunya (La quinta columna en Cataluña). (1936-1939), Galba Edicions, Barcelona, 1978. José Peirats, La CNT en la revolución española, Ediciones Madre Tierra, Cali, 1988; Los anarquistas en la crisis política española, Editorial Alfa Argentina, Buenos Aires, 1964. Agustín Guillamón, La NKVD y el SIM en Barcelona. Algunos informes de Gerö (“Pedro”) sobre la guerra de España, Balance, en Cuadernos de historia del movimiento obrero, n.º 22, Barcelona, noviembre 2001. César Alcalá, Las checas del TERROR, pp. 64 a 69, 73 y 79, Ed. LibrosLibres, Madrid, 2007.) -----------------------------
Conversación entre José Antonio Primo de Rivera y Josep Pla En la redacción del diario El Sol, allá por los años treinta, se organizaba una tertulia antes de cenar, a la que asistía lo que José Ortega y Gasset llamaba “la masa encefálica de la nación”; tales componentes de la inteligencia viva eran: Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu, Salvador de Madariaga, Américo castro, Ramón Pérez de Ayala, Eugenio Montes, Pedro Mourlane Michelena, Manuel Aznar y algunas veces José Antonio Primo de Rivera. En una ocasión en la que estaba presente en la tertulia, Josep Pla, a la sazón cronista parlamentario en Madrid, tuvo un encuentro con José Antonio, futuro fundador de Falange Española, que transcribe en su obra Darrers escrits (Últimos escritos). “Un día me dijo José Antonio Primo de Rivera: —Usted es catalán. Todo lo que sé lo aprendí leyendo en la Biblioteca de Catalunya, siendo mi padre capitán general de su país... Le habrán dicho —continuó— que yo quiero hacer un partido como el fascista italiano o el nacionalista alemán. Todo esto es falso. Yo pretendo hacer un partido de este país, patriota, unido y eficaz. Éste sería mi ideal. —¿Y cómo va su partido? —Va regular. En esta península todo es regular. —¿Cuál es su máximo problema en este momento? —Creo que yo no debería dirigir el movimiento que se está formando. Yo soy muy pobre, un abogado sin pleitos y un fracasado sentimental, pero creo que el movimiento lo debería dirigir una persona que no fuera hijo de un general, que no tuviera un apellido y un título nobiliario. —Aznar me ha dicho que es usted muy sentimental. Que cuando le dan un disgusto o lo da, queda usted muy pasmado y debilitado. En esta clase de política hay que pasar por encima, pasar... —¿Tiene usted interés por mi política? —Muy poco, escaso. Su movimiento es vitalista, ilusionista, iluminista, complejo, febricitante. Yo soy un pequeño propietario rural, lo seré cuando mueran mis padres. Lo que me obsesiona es la contribución que cada trimestre pone el Estado, que es un Estado sin eficacia. Yo soy partidario de la época boba que implantó Cánovas (Antonio Cánovas del Castillo) después de la locura liberal y anárquica y del carlismo del siglo pasado. A mí me convendría la paz, la calma, la inanidad... —Cánovas, en su inanidad, murió asesinado. Yo seré detenido y... —una pausa. —Diga, diga... —No, es hora de ir a cenar con estos intelectuales tan académicos, agudos e insignificantes”. Josep Pla remata el recuerdo de esta conversación, tan sugerente en la lejanía, con esta coletilla: “El señor Primo de Rivera es una de las personas que conocí en Madrid más elegantes, cultivadas, apasionadas y desplazadas. Siempre que hablé con él me produjo un efecto extraordinario”. (Josep Pla, Darrers escrits, Tomo 44 de las Obras Completas de J. Pla, pp. 174-175. Juan Maciá Mercadé, 6 de octubre de 1934: Prólogo barcelonés a la Guerra Civil. Las once horas del Estat Catalá. Epígrafe: El periodista Josep Pla y el diputado que comprendía a Cataluña. Tomado de Revisión de la Guerra Civil española, pp. 98 y 99, Ed. Actas.) ----------------------------- (Seguirá)
Queda claro, una vez más Por Miguel Ángel Olmedo Miércoles, 21 de octubre de 2009 Nadie suponga ni desde el juicio más benevolente, que es un pasajero desvarío o una innata simpatía —comprensible por el devenir histórico que un día de romanticismo pintó un pincel ingenuo— la aceptación, defensa y propagación de la tiranía cubana por parte del socialismo que impera en España. Ninguna conducta errática impulsa al socialismo afincado en España a tomar las decisiones que muestra, sin embozo ni ambages —lo cual es de agradecer, pues en el asunto que nos ocupa no se escuda en su caracterizada hipocresía— ante y en pro del socialismo revolucionario cubano. Extensible tal predilección al resto de tiranías, de corte, cariz, estilo, y práctica socialista, que en el mundo son. No hay política discursiva que justifique la filia, tampoco recurso al beneficio económico y apéndices laborales de ciertas empresas sembradas y cultivadas en el predio caribeño. Nada más lejos de la verdad que la inclinación totalitaria del socialismo allá donde radica. A mí me traen sin cuidado las excusas o las aficiones de los que se excusan o muestran aficionados; me trae al pairo la pretensión primera o última diseminada en asertos recogidos en los medios de comunicación asignados a la tarea con sobresaliente diligencia. En el fondo, cada cual tiene lo que merece, aquí, allá y acullá. El socialismo es de la misma estirpe en todas las orillas que bañan los siete mares y en todas las tierras señaladas por la rosa de los vientos. Por lo tanto, enmascaramientos aparte, el socialismo español, con sus visibles representantes al frente y sus invisibles —pero silueteados— directores en la atrincherada retaguardia, alienta la tiranía cubana de cabo a rabo. Que un día como este, o ayer o mañana, un ministro circunstancial o un portavoz cualquiera introducido en la brega diga que hay que dejar hacer a los cubanos (agentes continuadores de la revolución socialista, por descontado) en vez de mostrarles e iluminarles el camino de salida de tan opresor túnel, es lo que se espera. La fraternidad socialista ha hablado con verdad e intención de su modelo. La revolución cubana, socialismo o muerte, sirve de modelo a los socialistas de España, Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador, etc., etc.; es el espejo en el que mirarse con deleite y regodeo; por tanto hay que cuidarlo y bruñirlo con esmero. Repasemos: ministros masones en Justicia e Interior en la España socialista; símbolos masónicos en la bandera cubana; medio siglo de apoyo más o menos velado a la “revolución caribe”, intercambios comerciales, asentamientos de industria y servicios; proliferación de avales en las instituciones internacionales pertinentes a favor de la causa socialista en Cuba: verde y con asa o blanco y en botella. El socialismo que gobierna España a casi, casi, su antojo, ofrece la única versión de los hechos incuestionable. Luego, antes que después, será el turno de la defensa a ultranza del resto de tiranías adscritas al socialismo si las elecciones siguen refrendando una política sin tapujos. Es de agradecer la sinceridad. Sería de agradecer que nadie, nunca más, se llevara a engaño ni quiera engañarnos.
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