Bitácoras de Rebelión digital | |
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| Bitácora "Es un momento" Por Miguel Ángel Olmedo |
Por Miguel Ángel Olmedo Miércoles, 14 de octubre de 2009 Decimos que son ruidos o fuegos de artificio aquellas manifestaciones de humo y salvas que en eso quedan, sin más sustancia. Los llamamos familiarmente juegos de despiste, y sin duda lo son o tienen mucho de ello, en la creencia que de tales muestran nada o muy poco queda una vez cesado su cometido. Y a otra cosa, que la vida es breve y la imaginación, si libre y activa, depara preocupaciones que alteran excesivamente la visión estabilizada de una sociedad protegida. Mejor aceptar que indagar; mejor creer a pie juntillas que suponer dando pábulo al libre albedrío; mejor, no compare usted, encasquetarse las orejeras que andar avisados percibiendo noticias de inquietante matiz. Si únicamente fuera el matiz, cabe expresar. Si sólo fuera el ruido de salvas amistosas, el anuncio de una trepidación festiva a tiempo concertado, qué ganas de infundir temores, de levantar sospechas o de acarrear pésimos augurios a esta sociedad bajo protección de sus esclarecidos dirigentes apostados a uno y otro confín, ultramarinos ellos, expendedores de confianza en dosis ansiolítica. En la Milicia se sabe que escuchar el sonido de un disparo equivale a vivir hasta por lo menos el siguiente: La bala que mata no gasta en advertencias ni pronuncia responsos. Por otra parte y en consonancia con el arte de la guerra, un despliegue de ruido es grandemente efectista, aparte de conveniente, en aras de apaciguar los ímpetus del enemigo, reconducir las alteraciones de ánimo social y asentar, al estilo de la contundencia, el gobierno del dominador. Mucho ruido y pocas nueces, recordamos como frase conclusiva que da a entender, además, que de donde no hay no sale. Quizá, presuponemos para sacudirnos la mosca de la oreja, son casualidades. Vamos a dejarlo estar. * * * Hasta que el pesado de turno incordia lo suficiente como para concederle un minuto, mal contado, del precioso tiempo que media entre no hacer nada y dejar de hacer algo. Porque todavía menudea esa persona que incide en el detalle, que observa en los estratos, que palpa los forros, que husmea todos los aires que circulan por la dimensión de la política al uso; que alerta ante esos episodios que se cuelan de rondón en la aislada cotidianidad, y se desvanecen al cabo como si no fueran lo que son, como si no significaran lo que representan. El indagador de probables toma el uso de la palabra, en ese minuto aislado del tiempo, para exponer una evidencia: Que los barcos mercantes o de pesca que ocultan, ignoran o desprecian el pabellón español no deben ser considerados españoles y a quien Dios se la dé san Pedro se la bendiga, pues los que de su capa hacen un sayo que luego no vengan con lloriqueos y lamentos, súplicas y adhesiones, solicitudes de amparo y puestas en escena localizadas y por un periodo de necesidad (cuando truena hasta los laicistas se acuerdan de santa Bárbara). Nada, que cada palo aguante su vela: si es nacional, los españoles; si es otra, los otros, dinero incluido. Más dinero de los españoles tirado por la borda, a caer en manos de oportunistas intitulados piratas (allende y aquende la frontera patria). Dinero español para el rescate de quienes desprecian, ignoran y ocultan a España y a los españoles. A eso se le llama hacer un pan como unas hostias; también, que además de cornudos, apaleados. Han pasado 20 segundos. Lo siguiente es desplegar un mapamundi y señalar con el dedo índice, que es el apropiado, una ruta comprendiendo tres puntos equidistantes de la coincidencia, del drama, de la asombrosa constatación y de la práctica certidumbre: Nueva York, Madrid y Washington, en este orden, con la siguiente cronología: 11 de septiembre de 2001, del 11 al 14 de marzo de 2004 y 4 de noviembre de 2008. Lo que traducido al romance supone el recuento de dos atentados con la designación de dos presidentes (uno de Gobierno, con casi todo el poder, y otro de Estado, con mucho poder). Entes afines ambos políticos, simpatizan y se sustentan en el mismo efecto, en idénticos ruido y humo, proyectos comunes, ambiciones y vanidades recíprocas, con el respaldo, aplauso y premio de los públicos y notorios enemigos de las naciones que uno y otro representan. Cuanta menos América (EE.UU.), más apoyo para B. H. Obama fuera de sus fronteras; cuanta menos España, más celebran fuera y sobre todo dentro la estancia presidencial de J. L. Rodríguez Zapatero. Ambos son piezas colocadas por sus diseñadores y ambos han sido elegidos por sendos cuerpos electorales amedrentados, indefectiblemente adscritos al “irrenunciable bienestar” equivalente al “vamos a dejarlo correr”. ¿Casualidad? La casualidad es un comodín apto para casi todas las mentalidades y para todas las cobardías. Han transcurrido 40 segundos. Pero lo más grave para el ave de mal agüero incontinente de noticias, que cuenta y escribe provocando en la obligada audiencia malestar e insomnio con tanta exposición siniestra (por qué no nos deja seguir a gusto, “preservados ciegos y sordos”, al margen de lo que es o puede ser o será o fue), es el hedor de la cloaca. La peste corrosiva que asciende y desciende por los canales habilitados a propósito. Por estos cauces de efectivo cumplimiento de los designios de la cúpula rectora de todos los destinos terrenales, resuena una frase concluyente, inapelable cual sentencia del más alto Tribunal: No hay que conocer o dar a conocer ni las órdenes ni los ordenantes. Nada de nada. Absoluto silencio sobre las materias herméticamente reservadas. Nada hay que saber más allá de las versiones oficiales adecuadamente promulgadas, concisas, imperativas y terminantes. Todo está dicho y claro, perfectamente aclarado. No hay autores intelectuales (organizadores, planificadores) de la masacre del 11 de marzo de 2004 en Madrid y cercanías ni elementos premiados por su actuación, punto final. No hay responsabilidad de los beneficiarios de los atentados ni mentira a ellos achacable durante el 11 y el 14 de marzo de 2004 (y después), punto final. No hay aviso (chivatazo) que valga a las huestes terroristas ni funcionario público del Cuerpo Nacional de Policía o miembro del socialismo hegemónico que lo haya propiciado ni elementos premiados por su actuación, punto final. No hay protección encubierta ni patente a elementos terroristas que en un futuro por determinar retomarán las negociaciones de cesión del Estado a los irrenunciables objetivos del terror (algunos, bastantes, ya conseguidos y coincidentes con la otra parte negociadora), y punto. No hay vinculación entre la rendición preventiva y voluntaria a los postulados islamistas (en cuyos vientres se gesta la victoria final, rotunda e incondicional) y el proyecto “unificador de civilizaciones”, y punto. No hay constancia documental que la masonería se distribuya y ocupe los entresijos del Estado, y punto. Nada hay que reprochar al ministro del Interior A. Pérez Rubalcaba ni al Fiscal General del Estado, Cándido Conde-Pumpido ni al juez de la Audiencia Nacional B. Garzón, por sus apaños, cortas y pegas, filtraciones, decisiones, acuerdos, prácticas y manejos tendenciosos y unidireccionales, y punto. Para disipar cualquier duda, afortunadamente el Tribunal Constitucional, emanado del poder político, sanciona los acuerdos políticos y consolida las políticas de hecho. Punto y aparte. Suerte tenemos de ser dirigidos por un gabinete socialista, ejerciendo el socialismo real, al frente del cual se erige una eximia figura envuelta en luz providencial; nunca hubo mejor gobierno para los gobernados. Punto final. Ha concluido el plazo para contar lo que hay, lo que no hay y lo que mayoritariamente no gusta oír. * * * El portador de noticias y reflexiones, de criterios sopesados y obviedades archivadas, arúspice a la fuerza, se va por donde ha venido. Antes, y de cara al mundo, ha respirado hondo filtrando el pernicioso miasma, contagioso, letal y ha mantenido la mirada frente a la incredulidad adquirida a golpe de proclama (versión oficial) y la negación recompensada con subvenciones inagotables. Es lo que hay. De todo menos valor.
Candidaturas perniciosas Por Miguel Ángel Olmedo Martes , 6 de octubre de 2009Ayer, también hoy y probablemente mañana, surge la pregunta. Es indiferente que el silencio sea el grato acompañante en una reflexión privada o si la ocasión tercia en someterla a debate, ante un amistoso concilio, con ánimo de manifestar tanto lo que parece como lo que es. La pregunta es simple y directa: ¿Cuál es la mayor lacra para la humanidad? Reconducida la cuestión a un tiempo abarcable, a distancia de siglo arriba o abajo. Obviando los efectos: hambrunas, enfermedades, inacabables disputas, insostenibles litigios, rentables desacuerdos, dirijamos la pesquisa a las causas. Y entre ellas, por citar las más relevantes, notorias y efectivas para sus objetivos, las siguientes: el socialismo real, el integrismo islámico y demás fundamentalismos, la envidia, la cobardía, la mentira. Cinco candidatas al premio indeseable. La indagación pormenorizada, estrictamente histórica, demuestra que cada una de ellas es a la vez mala y peor que el resto, pues cada una de las candidaturas toma de las otras lo malo y da a las otras lo peor; estableciendo así una equiparación igualitarista que dificulta el decidirse. Claro que tres de las candidatas van de la mano en su presentación: la envidia, la cobardía y la mentira, afincadas en el proscenio. Mientras las otras dos, asomadas de medio rostro, un tanto ocultas, sombreadas, al acecho, parecen derivar de la tríada inextricable. Difícil elección. Más difícil aún si se añade una sexta candidatura que, arte y parte, suma nocividad a espuertas. ¿Qué descuido imperdonable su ausencia? ¿Qué olvido impropio? La sexta candidata es: el control de los medios de comunicación, allegada con la preordenada difusión de noticias y los servicios anejos de propaganda insistente y agitación selectiva. Ayer, hoy y mañana, la pregunta, que no es retórica, que es pública y privada a ratos, queda a disposición del interesado sin derecho de propiedad que limite su circulación. La respuesta, a su vez, puede ser una, extensa, múltiple o silenciada o ignorada o reprimida. A mí me da que la vinculación entre las candidatas es patente, vamos, que disociar lo que el poder político ha unido y la mayoría social refrenda sincronizadamente sumisa, es un error de bulto.
Esas vocaciones tan bien remuneradas Por Miguel Ángel Olmedo Lunes , 28 de septiembre de 2009En un plano teórico, al calor de la sobremesa y de la lumbre si el día se presta a reunirse en torno al vivificador fuego de chimenea, si no enteramente fácil, sí es asequible conciliar lo visto, lo vivido y lo imaginado a diario durante décadas, para medir con suficiencia privada el compromiso personal que subyace en cada vocación política o destila cada trayectoria pública. Sin circunloquios diré que mi percepción, tanto como mi experiencia surtida de observaciones, análisis y comparaciones, revelan la inextricable coincidencia en nada desdeñable proporción (siendo generoso al evaluar) entre la mediocridad y la vanidad, entre la nociva picaresca y el fatuo egoísmo, entre la desmesura y la desmedida ambición; entre la estafa y el fraude, entre el pillaje y la componenda; entre la inexcusable megalomanía y la inaceptable y voluntaria ignorancia. Por no seguir citando similitudes de todo punto acertadas y harto reconocibles. Dinero llama a dinero, me contaban otrora, cuando uno deambula más que se encamina hacia los lugares donde ha de recalar en lo venidero. El dinero es dios, patrón, motivo, sentido, medio y fin, para multitud de cargos públicos, que son carga más que gravosa, más que insolente, más que obscena. Dinero quiere dinero, necesita dinero, exige dinero. Con dinero se paga, con dinero se cobra; con dinero se hace, se deshace, se crea y se destruye. Demasiadas voluntades están a la venta en el mercado del arribismo. Recuerde el lector el dicho: “Dame pan y dime tonto.” Recuerde: “Ándeme yo caliente y ríase la gente.” Recuerde: “Quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija.” Con el paso cierto e ineludible de los años, las calificaciones y los ejemplos se repiten de viva voz o por escrito. Qué sabios son los refranes; cuánta verdad encierran. Qué fidedignos e insobornables los hechos; algunas imágenes, especialmente las captadas sin apaño, también denuncian y convencen. Sobran muestras de evidencia donde la vocación se yuxtapone a la devoción y se transforma en esa única cosa que decide y manda, que gobierna los sentidos y posterga hasta la extinción los sentimientos del que los tuvo. Creo que si hubo sentimiento contrario a la política incautación, al desenfreno en el acopio dinerario, al ímpetu de medrar a costa de lo que sea salvo el sacrificio, el mérito o el honroso esfuerzo, difícilmente se cae en la tentación de olvidar lo que uno fue para transmutarse en el deseo primario, simple por vulgar pero hedonista y resolutivo a la hora de adquirir, promover, disponer y sentenciar. A qué dudar, visto lo visto, que tales vocaciones políticas son el reflejo de los afanes que mueven la codicia, el desapego, el relativismo y la sugestión, lamentablemente extendida y contagiosa, de considerarse la luz que ilumina el camino procedente. Ingredientes, los citados, en fusión neuronal allá donde el resto de los mortales con criterio, perspectiva histórica y juicio incorrupto, cobijan el seso y su aparejada consecuencia que es la inteligencia libre de perversidades, de perversiones y demás ínfulas megalómanas. —Nos ahorraríamos un dineral si las aspiraciones de muchos políticos se redujeran a ejercer honestamente el cargo, electo por sufragio de siglas o señalado por imperativo del mandante, administrando el erario público como prescribe la decencia y la honrada finalidad de la función. —Al hilo de lo que usted indica, con más razón que un santo, yo añado la siguiente ecuación, y que se rasque al que le pique: a menos políticos más dinero para emplearlo en lo que se debe. —Si hubiera Patria... —Si la hubiera. Ese lugar visible y preparado para certificar personas que es la sesera, parece estar acondicionado para un desempeño distinto en los acogidos a la política al uso, altamente lucrativo y con sólidas ramificaciones en las zonas de influencia de la impunidad, la inmunidad y la inmutabilidad en las facciones. —Excluya la duda que no hay más cera que la que arde. Es lo que hay, multiplicado por el número creciente de solicitantes. —Comprenda usted que es muy tentador. —Ya, y que nadie es de piedra. O sea, que el resto, además de cornudos apaleados. Tontos de baba. Estultos. Figurantes que pagan por el vapuleo. Votantes a tontas y a locas, enceguecidos por un deber adulterado. Es menester reconvertirse a la intriga, a la maniobra y al objetivo de conseguir el poder o unos aledaños de fructífero poder, para convalidarse en propagandista de la política al uso. Móviles de impulso para ingresar en las instancias que asignan los recursos que nos extraen al común de los mortales censados en un territorio unido a efectos fiscales. —Para favorecer a una parte en detrimento del todo. —Un todo fraccionado en partes de asimetría clamorosa, de facto aceptada, de iure consentida y difuminada. —Para sufragar a ojos cerrados los antojos, las veleidades y los favores de la casta dirigente ahormada a las siglas rituales. —Mire usted, lo de la dilapidación de los recursos públicos en beneficio contante y sonante de la casta, aledaños y aliados, es una fotografía negra, grotesca. El exceso de políticos quiebra la solvencia económica del Estado. La espuria influencia de unos escaños usurpados a la Nación extingue la moral de los indefensos contribuyentes cuyos ahorros, patrimonios y sudores, viajan por vericuetos, engaños y despistes hacia las múltiples y estratégicamente dispersas dependencias de la casta regente. —Vividores. —Derrochadores. —Falsarios. Cubriéndose las espaldas a la recíproca aunque, por aparentar, ante la galería se expresen contritos por el vaciado de las arcas y enemistados con los causantes y las causas, siempre ajenos y lejanos, de la ruina. Los españoles no afectos a la política al uso nos hemos arruinado contrayendo deudas al por mayor. —¿Pagarán los responsables? —No. —¿Habrá reducción de plantillas sindicales y políticas? —No. —¿Quedarán reducidas las administraciones en aras de la eficiencia y el servicio cívico? —No. Ni se restringirá el dispendio de los mediocres advenedizos nombrados y retratados cotidianamente, hasta la saciedad, en los medios de comunicación, cuyo futuro real al margen de la política, de no aferrarse a esta política de rapiña individualizada y colectiva, hubiera sido de sangre, sudor, lágrimas y obediencias de mucha menor remuneración. Cualquiera los separa del nutriente. —El viento vengador. —El patriotismo. —Si hubiese Patria. Falta patriotismo. Sobran políticos. Hay un exceso pernicioso de políticos que como las plagas amenazan con exterminar cualquier atisbo de vida, esperanza y bienestar. Es insostenible la nómina de coadyuvados a la política al uso. Es inadmisible la cantidad de ejercientes de la política al uso. Es insoportable la ausencia de talento, ética y moral, en la política al uso. Me pregunto, y no es una pregunta retórica, por qué no se impone el númerus clausus para acceder a la política que nos afecta a la mayoría. A fin de cuentas, y de cuentas hablamos, los “excedentes de vocación” se podan y posteriormente redistribuyen hacia áreas necesitadas de población estable. O bien, puestos a discurrir en aras a una solución convincente, a la política llegan los mejores y sin más sueldo que la recompensa de servir a España, honor más que suficiente, por un periodo breve para no “sentar cátedra ni desvarío ni ruina de toda clase”. Hay “vocaciones”, tan gravosas, tan onerosas, que mejor extirparlas en su génesis y en la “genética” de los depredadores bípedos implumes.
La mascarada de los opulentos Por Miguel Ángel Olmedo Lunes , 21 de septiembre de 2009En las postrimerías del estío, cuando las vacaciones de aleatoria duración y festejo concluyen, por mor de la siniestra tradición las afueras de una localidad plácida, silenciosa, verdeada por el clima, aislada de otras contiendas y el interés de los medios de comunicación, se tiznan con los rescoldos de la bufonada. Acuden en número medido, ni poco ni mucho, ni tantos ni menos, los habituales de la farsa, de la agitación y la propaganda. Esos nuevos rojos de siempre, bien pagados y bien comidos, que reproducen sin gracia ni armonía pero voceando y con gesto elocuente un pasado inextinguible enarbolando las banderas de la tiranía y la aniquilación. Desventurado escenario leonés que acoge a su pesar y a modo de castigo por dar la espalda a la horda tales muestras de mefítica historia. Son unas horas, pero cuán lentas y bochornosas transcurren. *** En la sometida Europa soviética tras la II Guerra Mundial, tras el Telón de acero, allá sin excluir una parcela pública o privada se ejercitaba el socialismo, el verdadero e intransferible socialismo, donde en las ocasiones pertinentes se cantaba ronqueando La Internacional y los puños de los adictos amenazaban sin remedio todo lo que fuera vida, a trasmano y de boca a oído circulaba el chiste del desespero. Comentaba alguien, casi preguntando: —¿Sabías que el socialismo es el mayor experimento del siglo XX? El interpelado acudía a otra pregunta, sin respuesta: —Si lo es, ¿por qué no se experimenta primero con animales? Los millones de funcionarios de la revolución socialista ayudaban a organizar, consolidar y extender el gobierno policial que, pese a la “buena voluntad y mejor predisposición” de sus “ciudadanos” los arrestaba y espiaba; pese a que muchos de esos asimilados de grado colaboraban en la formación de los jóvenes para convertirlos en revolucionarios a imagen de sus dirigentes, acababan detenidos, interrogados, torturados y eliminados por sus convenientemente aleccionados discípulos. El Estado, por mandato de sus implacables y perpetuados dirigentes, ordenaba la fabricación de aparatos de escucha en todos los ámbitos, para que los padres y los hijos se escucharan en secreto; para que los vecinos no guardaran confidencias; para que la jerarquía rectora conociera sin intermediarios el parecer íntimo de los eslabones. *** Las gentes de Rodiezmo, el lugar leonés que ensucia el socialismo en el ocaso estival de los políticos, denuestan a los revolucionarios y sus símbolos negándoles el voto. Los “ignorados y ofendidos” desvían su espectáculo coral de pañuelo y puño de calles y casas desligadas de la revolución, pero no olvidan que hay que marginar al municipio rebelde en asuntos de utilidad para sus habitantes. *** Qué imagen. Captados sobre la tarima, bajo la carpa, henchidos de orgullo revolucionario los iconos de la hipócrita progresía. Qué fotografía para la posteridad renovada anualmente: ricos y famosos sin formación intelectual, inoculados de doctrina, vanidad y codicia, megalómanos al servicio del poder político, mostrándose cual parias de la Tierra, miserables explotados, desdichados oprimidos, famélicos de viandas y justicia y harapientos. Qué cuadro. Los espectros de un pasado añorado, redivivos a los sones de su marcha guerrera, despojados de lustres, complementos de moda, maquillaje y atuendo lucidor. Qué escenario: más de cien millones de víctimas mortales sosteniendo la puesta en escena del afán irrenunciable. No obstante, hay que agradecer a los socialistas el recordatorio, ya sea anual, trimestral, mensual, semanal o diario. Ellos son lo que fueron, y serán mañana lo que hoy evidencian. Fueron revolucionarios en origen, apátridas, insidiosos y tiranos; son como fueron, serán como son y así lo certifica su historia. Hay que agradecerles el constante recuerdo, pues es sabido que en las sociedades acomodaticias cunde la desmemoria, prolifera el relativismo conformista dirigido y se propagan las componendas como el fuego de los pirómanos en ambientes secos y ventosos.
La ciencia infusa Por Miguel Ángel Olmedo Lunes , 24 de agosto de 2009Valga la ironía, trepidante y zurradora, que el título intencionadamente expande, para señalar con ánimo tan acusador como reiterativo la serie de vicios que perfilan a esos individuos investidos de sumo poder político; que no por pasajero y tangible es baladí, que por humano y circunstancial es tirano, que por expreso deseo es punto y aparte, amo y señor de voluntades (apocadas, serviles) y haciendas (todas). Helos, los políticos de la política al uso, en sus untuosos autorretratos, en sus ademanes fingidos y en sus diatribas previsibles, como deidades del horizonte venidero: cerca y lejos, próximos y distantes, según tercie la coyuntura, el afán subsidiario o la encuesta realizada en tiempo y forma apremiante. Son poderosos porque ellos, el cortejo, los peones y la guardia son el poder omnímodo y perpetuado; un poder que se sustenta en la debilidad, la resignación y el miedo, también en la comodidad y la interesada aceptación. Un poder deificado a remedo de aquel que se supone, para glorificarlo o maldecirlo, superior y esencialmente inasible. Propaganda y consigna aderezan el conjunto. Este es un poder que aspira a ser único, que es patógeno sin antídoto en perspectiva, indefectiblemente aparejado a la agitación y al asedio, contumaz en el fraude y el artificio. Es la marca de la opresión impresa de pensamiento, palabra y obra con secuelas a la vista, oído, olfato, gusto y tacto. Engreídos los que mandan, y ciertamente mandan; aborregados los que sirven, y efectivamente sirven. Los hacedores de poder, velados creadores del proyecto, ebrios de vanidad del día a la noche y viceversa, adoradores de un culto voceado por la rosa de los vientos, han solidificado a esos ídolos con pies de barro producto de una dualidad inextricable: la estulticia ajena y el endiosamiento propio. Una generosa dosis de protección armada, disimulada la función, y el resultado certifica que para alcanzar un irrenunciable objetivo el fin siempre justifica los medios. Mientras, las hojas del calendario se suceden a velocidad que parece inconstante, demasiado lenta (para algunos), excesivamente rápida (para esos). Hasta que en una fecha indefinida, lo que es deja de ser. Ley natural dixit. Que no tarde, pido; y que lo vea en buena compañía. * * * Imaginemos que la ley natural ha dictado sentencia, pues de ilusión también se vive. Hoy es mañana, el inefable mañana que ajusta cuentas a los que sumaron y a los que restaron. La lectura de algunos epitafios evoca no tanto el pasado, aquello que fue, sino que imagina un futuro que rasga y rompe esa urdimbre de afrenta y opresión tejida durante un inacabable periodo de mal tiempo. Escribe a su estilo Camilo José Cela un epitafio dedicado a un poeta: Pasó como el huracán; sopló, devastó, arruinó, se hizo casero y murió. Y sus versos, ¿dónde están? que yo, honrando al maestro literato, traslado escarneciendo a esos arribistas de la política al uso a quienes, reitero, señalo y acuso. Que el lector identifique con fisonomías y por actos a los aludidos sin nombrar.
Pacientes de paciencia Por Alcides Sábado, 25 de julio de 2009 Hermosa o perversa, cuán intrínseca es la paciencia. Adorable, encubridora, sagaz y resignada es también la paciencia; compañera de cortos trayectos y de recurrentes circunlocuciones que prueban la carencia. Con entusiasmo que asusta de tener capacidad para ello, cierta paciencia prodigada al mercadeo corona las postas y los postes de la monotemática comunicación paternalista, dirigista y proteccionista. Providente diario de avisos multimedia, tan inmune a la Verdad como impune a la Justicia. Estado del bienestar cuyo nombre se perpetúa de boca a oído y de esfínter a cloaca, cuya obra se resalta en caracteres de pronóstico, cuyo arraigo se enaltece hasta la alienada aceptación del sumiso, estrujado y humillado contribuyente. Aturdido, obnubilado pagador de dispensas, prebendas, sinecuras, poltronas y momios, es el forzoso y forzado contribuyente que a cambio, por así decir, recibe un irisado envoltorio de consejos, orientaciones, parabienes, sahumerios, sonrisas y vagarosas promesas de incierto, unas, o imposible cumplimiento, las restantes. Los derechos, sospecha el afectado al sometimiento y la imposición risueña, procaz y falsaria, son nominales en la estricta traslación al papel mojado: hipótesis, suposiciones, planteamientos, sincretismos, eclecticismos y, llevado el escenario y protagonistas velados al romanticismo gótico, utopías apócrifas. Conoce el afectado a la vuelta de tuerca y la proclama, que como contribuyente irredimible si no ramonea dentro del cercado, o sea, cumple con lo exigido y exigible en la sociedad que nos ocupa, o sea, obedece, será llamado al orden y a la sanción debida a causa de esa proterva falta que mala simiente esparce; disculpándose en el acto y sin argumento. Puesto a solicitar reciprocidades, imbuido de idealización teledirigida, el contribuyente todavía en trance de domeñar —buscando se encuentran algunos ejemplares dignos de estudio y conservación— manifiesta con decoro y probidad que en vez de igualitarista igualdad prefiere la libérrima libertad, aceptando el sacrificio, esfuerzo y empeño que optar a ella supone. Pues ley o moral por humanos dictadas no son quienes para trazar los caminos que el resuelto viajero aspira a descubrir y ya puestos transitar. Loable aspiración, me digo. Me dicen que la infiltración preordenada, encauzada según los canales al uso, harto reconocibles, preservados y a resguardo, no consiente declaraciones de intención o principio. Cosa sabida es. De ahí que la paciencia, donde cada cual halla un acomodo y su aneja justificación, sirva para un barrido como para un fregado, para el roto y para el descosido, columpiando el entretenimiento y la perseguida evasión momentánea, dibujando a la par unos rasgos de buena cara a la inefable borrasca que dura, se expande y procrea. Hay sociedades que tardan una barbaridad en darse cuenta de lo evidente. Y otras que, ya cegadas en todos los sentidos, acogen con gratitud el dogal que las oprime hasta la extenuación.
Idiotismos, asimilaciones, tendencias y otras especies contraproducentes Por Alcides Miércoles, 1 de julio de 2009 Un adagio que por ilustrativo y acusador, como otros que buscando se encuentran, padece severo confinamiento en la inducida ignorancia, tan del agrado al común de los mortales dirigidos y sus dirigentes. Reza lo siguiente: Se es como se piensa. Ni que decir tiene cuántas formas léxicas, coloquiales o menos, cultas o a la zaga, presenta el rescatado para la ocasión que impulsa a escribir; casi tantas como el número de lenguas que la madre latín ha dispersado con tiempo y constancia en una porción considerable del planeta Tierra. —Permítame la apostilla, que viene a cuento: Para ser hay que pensar. —Bien traída la acotación. Los mecanismos para ejercer el dominio fáctico de una sociedad, entendida como el conjunto de los individuos que la constituyen, sirven eficazmente también para destruir un sistema de valores. A nadie con dos dedos de frente se le escapa u oculta que la supresión de voces, palabras y frases, y la eliminación o adulteración de conceptos, ideas y significados, conduce a la descomposición intelectual del conjunto, primero, a la alienación servil a los promotores, después. —Al cabo, puestos a desvelar el proceso, lleva a la fosa común. Es una tarea metódica, instrumentalizada desde los ámbitos de poder y difusión, ejercida durante años para conseguir la casi total implantación —siempre hay que dar opción estadística a los irreductibles—, pero de resultados visibles desde el inicio y contagiosos a nivel de pandemia. —Qué fácil se asume el dictado de los medios de comunicación imperantes y las portavocías unísonas. —Pues, sí; tristemente es como señala. No vamos a engañarnos a estas alturas. —Mi conciencia me castigaría si me doy a lo contrario. Vayamos al examen de algunas muestras tomadas aquí, allá, acullá y donde quiera fijarse el lector, acuñadas por la caterva vírica del progresismo político y acogidas con manifiesta disciplina por el resto, social y político, a sus órdenes. —Empiezo, con su permiso. —Disponga de él, faltaría más. —Latinoamérica, latinoamericanos, latinos por Hispanoamérica (Iberoamérica, en su defecto y complementariedad), hispanoamericanos, hispanos. —Sí, señor. Nadie parece que en público sea hispanohablante; claro que poca gente en público proclama que habla en español. —Sigo. Coste cero, tolerancia cero, por gratis o gratuito o sin coste, intolerancia o sin tolerancia. A mí me gusta incidir en el emético estepaís, expresión cumbre de la posmodernidad, fusión cultural y cultual cimera del nuevo orden, pronunciada de carrerilla y con sonoridad biliosa y engolada, enseña reiterativa del desarraigo, la soberbia, el menosprecio y la cesión incontinente a los ideólogos del relativismo. —Hay qué ver y hay qué oír como la pronuncian unos y otros, maldita sea la falta de principios. —Malditos sean la cobardía, el acomodo y la estulticia titulada. Desprecio y descrédito obvios a lo nacional; probablemente porque es nacional. Nacional suena a Nación, a Nacionales, a España, a español, a Historia de España, a sentimiento nacional, a tradición, a raíz. —A victoria que reconcome a los derrotados, enemigos de fuera y dentro, en mayor número dentro, medrando en el interior. —Sempiternos enemigos y hasta hace unas fechas continuamente derrotados. La cosa pinta negra a la vuelta de la esquina. Negra para unos, roja para otros. Quizá los gustos se visten de colores como los campos en la primavera. De colores. —De color rojo y gualdo o de colores rojo y gualdo. ¿Qué es eso de la roja? —Otra maledicencia, otra perversión, otro peldaño que desciende al tenebroso abismo del silencio cómplice. Los colores nacionales, en todos los órdenes y en todas las esferas, son el rojo y el gualdo; el color gualdo en proporción doble al rojo. Cuesta aceptar una derrota completa, notoria, mayoritaria, esperada, sustancial e imprescindible. Valga un ejemplo que suele aflorar en tertulias que abordan la cuestión: el día que Israel pierda una batalla, además de la guerra habrá vivido su último día en ese fatídico. La derrota de los Nacionales entre 1934 y 1939 hubiera supuesto el fin de España; con su victoria, que fue la victoria Nacional, alcanzada oficialmente el 1 de abril de 1939, consiguió España seguir sumando días. Las pruebas son concluyentes. —¿Hasta cuándo? —No podría decirle. —Yo sí le digo que en el presente tenemos lo que nos merecemos, maldita sea. Pero no tenemos entre tanto funcionario ahormado al Presupuesto General del Estado en sus múltiples deficitarias derivaciones ni en el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, al menos reconocible de una ojeada o por un discurso convincente, nadie con quien identificarnos salvo... Resignarnos al mal menor arteramente establecido. —Qué asco. El mal menor, el menor de los males, la adhesión inquebrantable, la fidelidad sumisa. Sobrevuela con frecuencia el páramo renegrido un sonsonete urente: Respetamos la sentencia (aun sin compartirla o compartiéndola). —Yo respeto la memoria de mis difuntos, pongo por caso; las sentencias las acato o las apelo, si ha lugar. —Si procede, la sentencia judicial, que de ella se trata, se acata o se apela a instancia superior, por supuesto judicial. Lo de respetar es otra adaptación costumbrista para consumo indocto. —Salvo... Salvo que sea usted de la cuerda hipócrita progresista o nacionalista en mayor o menor grado expoliador y separatista, con lo cual las sentencias se las pasa por el forro, de ellas hace chanza y toma a chacota o las endosa, para redondear la faena de mofa y befa, a esos denunciantes de abusos de poder fáctico —que es el real— y otras prácticas por el estilo para que, hasta que el cuerpo aguante y cabeza y ánimo soporten con entereza, argumento y fuerza los asedios de concertadas querellas, clamen en el yermo por la evanescente Justicia. —Déjeme subrayar esto, ande. —Le extiendo mi aquiescencia. —Léase anteriormente, la ley de la enseñanza del español, las vacaciones fiscales, los cupos-conciertos de orquestación dineraria, las apropiaciones fraudulentas de bienes... Vocación de memoria la de algunos. Qué cierto es aquello de que los políticos y los cómicos perviven gracias a la mala memoria del espectador, del votante; y de una extraña simpatía que acepta el ser devorado por su criatura. —Continúo con la exposición. —No se prive. —Alégase por el interesado, y beneficiario de la nómina, que siente vocación de servicio público; lo que traducido a román paladino significa: aspiración a vivir del presupuesto público. Y esa supuesta vocación de servicio público la airean en tono de mitin compulsivo con visaje perturbado y ademanes de vesania. Prefiero elegir entre personas de marcado altruismo, inteligencia descollante para las causas justas y acendrada conducta, que tienden a lo largo de sus admirables existencias a mejorar las condiciones de vida de sus semejantes y demás seres vivos y elementos de la Naturaleza. Esto sí que es una utopía y no la que preconizan los rojiverdemorados. —Sin distinciones gregarias o ideológicas, a ser posible. —Es posible. —Incluso en la información meteorológica. Es el colmo. A la proliferación de errores que uno no sabe si achacar a falta de formación o a exceso de confianza o a simple necedad sin eximentes, ha saltado a escena una innovación posicional de muy hondo calado. Óyese con la suficiencia de la certeza por quien habla que, por ejemplo, lucirá el Sol (o cundirán las brumas) en la parte derecha del mapa. Sin especificar desde qué situación visual, si en anverso o reverso, si enfrente del mapa o el mapa frente al observador que busca conocer la acumulación nubosa o el despliegue radiante del astro rey. —No haga usted caso, que a lo mejor la referencia era política y no meteorológica. —Quiere usted decir que a lo mejor, tal vez por casualidad, la referencia era al juego del escondite o aquel otro todavía más intrigante: ¡Averigua dónde está! ¡Averigua quién es! Uno no sabe dónde está la derecha en el mapa meteorológico ni en la contienda política. En cambio, sé situar en el mapa, en la tierra, en el mar y en el cielo a Poniente y Levante, a Oriente y Occidente. ¿Será que me he abonado a la quisquillosidad? ¿Será que, indefectiblemente, la edad me condiciona? ¿Será que me encaramo en la intransigencia para no ceder un ápice en lo inaceptable? Sea como fuere, si le parece y porque la época invita, demos con los huesos y el seso en la nebulosa vacacional, unos días. Ya que no disponemos de vacaciones fiscales como los siempre afortunados, tomémonos un asueto discreto. Secundo la propuesta. Pase usted unos días agradables y en buena compañía. A ver si localizo la parte derecha y departo con ella de honras, reconocimientos, convicciones, logros y sentimientos. A ver.
Los que ganan, mandan y blindan Por Alcides Martes, 16 de junio de 2009 En fecha cercana, el 13 de mayo del corriente, en este mismo espacio publiqué un artículo titulado Los que mandan. Hoy, al cabo de un mes y dos días, reitero y afianzo mis argumentos de entonces. Si una frase bastara para definir y describir la situación social, política y económica de España, bien pudiera ser la siguiente: Ganan los de costumbre, perdemos los de siempre. Las elecciones al Parlamento europeo del pasado 7 de junio han ratificado el aserto anterior. Opinando desde mi criterio, vencieron en las urnas el Partido Popular cuya dirección preside Mariano Rajoy y las directrices nada opacas, nada encubiertas si miramos abiertamente, establecidas en letra y espíritu en el Congreso celebrado en Valencia; precedido por la excluyente declaración ilicitana. También han ganado los partidarios, millones, del socialismo real, vulgo tiranía, que ven incrementada su influencia en el actual ejecutivo que sí disimula, aunque mal, su querencia a la tiranía. Y han ganado los que suelen ganar desde el año 1976: los antiespañoles, vulgo nacionalistas o separatistas según el grado de osadía en juego, sañudos expoliadores sea cual sea el apelativo político. * * * No he oído decir que las elecciones al Parlamento europeo las haya ganado el PP, sino que las ha perdido el conglomerado de franquicias socialistas, que cuando interesa a los poderes fácticos denominan PSOE. Es más, los portavoces del PP anunciaron —tras la proclamación de la victoria del Congreso de Valencia por parte de uno de sus beneficiarios, desconozco si el principal, pero es el presunto cabeza de lista de las próximas elecciones generales, encaramado al palco de la calle Génova—, en realidad desglosaron las causas de la derrota socialista; omitiendo, quizá por una prudencia sobrevenida, las razones por las que ellos habían triunfado en aquellos comicios poco disputados y muy abstencionistas. No elevaron su voz los ganadores de la contienda alegando que ellos eran los portadores de la confianza y el buen hacer continuado; eluden proclamarse “buenos”, optando por señalar que el adversario es “malo o peor”. La verdad, se mire por donde se mire, es que el veredicto de las urnas concedió la victoria a las siglas PP y la derrota más significativa a todos los partidarios de derechas que concurrían bajo otras siglas. * * * En mi opinión, conviene remarcarlo en evitación de las manidas suspicacias improcedentes, los votantes de derechas disponíamos de una notable oportunidad para colocar a cada cual en su sitio: a la izquierda en su idolatrada izquierda, al centrismo en su acomodaticia centralidad y a la derecha en una ubicación preferente para influir y reivindicar. Estoy seguro que a casi nadie se le escapa que la mayoría de votantes del PP son personas de derecha o derechas... que se han abonado al pragmatismo del “mal menor” o el del “hay que unir fuerzas” (papeletas de voto) para derrotar electoralmente a la plaga, a la hidra, a la maldición, etcétera, etcétera. Solemos escuchar dentro y fuera de nuestros respectivos ambientes aquello de que “peor que estos nadie”, o “saquémoslos del Gobierno y luego ya nos apañaremos”, o “una vez en el Gobierno cambiarán lo que los socialistas han decretado, legislado, mandado, concebido, ejecutado, impuesto”. La credulidad como el miedo es libre. Valga como frase lapidaria (sin más comentarios). Era una ocasión pintiparada, insisto, para que la derecha votante dictaminara su rechazo a las componendas votando, no precisamente a la izquierda supuestamente socialdemócrata o centroizquierda, sino a la derecha o masivamente a la abstención. Claro —escucho voces atenuadas por una responsabilidad que ha vuelto a cernirse en cuanto Mariano Rajoy espetó urbi et orbi que el vencedor era él y su política— que nosotros hemos votado a Mayor Oreja y su puesta en escena de recuperación de principios y valores. Es decir: muchos de los votantes que han entregado su voto al PP lo han hecho por el cabeza de lista de estas elecciones al parlamento europeo. Pues bien, ya tienen ustedes a don Jaime en el sitial europeo, y a veintitrés más que disfrutarán de unas prebendas y unos emolumentos que nosotros no alcanzaremos en varias vidas aunque seamos más dignos, más inteligentes y muchísimo más valientes que los electos. Jaime Mayor les está muy agradecido y Mariano Rajoy y camarilla enormemente agradecidos. Nadie como los de derechas para dar satisfacciones al prójimo. * * * Al conglomerado de franquicias socialistas le duele la derrota meramente por soberbia y vanidad, pues yo no atisbo tal derrota en sus políticas, aunque puedan bailar algunos nombres en el futuro entrando y saliendo de los centros de poder. A Ruiz Gallardón también le escoció la derrota socialista por idénticos pecados capitales (y capitalinos), por lo que raudo y veloz (entiéndase la redundante sinonimia), junto a sus inefables aliados de PRISA (sonría el amable lector que me visita ante la caricatura léxica), ha reeditado el acoso y si no derribo sí aproximación a la cúpula de la calle Génova, 13. Le ha faltado tiempo a Rajoy Brey para confirmar dos aspectos de su archiconocida política: acercarse a los nacionalistas-separatistas-expoliadores y acercar al hijo pródigo con varios padres putativos de edades aleatorias. Así el cuadro, estas elecciones han servido para cimentar a Rajoy y sus políticas, a Gallardón y sus ambiciones, al socialismo y sus acentuadas tendencias de imposición y sometimiento y a alejar a los votantes de derechas de una esperanza para abocarlos al desespero o la infame resignación. * * * Hay que felicitar al PP de Rajoy-Gallardón pues además de la victoria electoral con los votos de las derechas (cautivas) y el redivivo centrismo de la Transición (plaga antecesora de la socialista), han conseguido penetrar y dirigir, con la anuencia de los socialistas, nacionalistas, etc., etc., la Cadena de Ondas Populares Españolas en versión radio y televisión, mire usted por donde, desplazando hacia algún confín de baja frecuencia y menor sonoridad a las voces “impertinentes”, “molestas”, “reveladoras” de las miserias que abundan en la política de los políticos al uso. Eso sí es una victoria. Una victoria para los de siempre. Una victoria de los que siempre ganan desde 1976. Ha faltado tiempo al PP de Rajoy Brey, departamento vasco, para reclamar el blindaje del cupo-concierto-y demás atribuciones fiscales; ya había dado muestras de su carácter combativo el tal Feijóo al delegar la responsabilidad de la política lingüística en un nacionalista, etc., etc., y el cumplimiento de la ley en una consulta a los padres evidenciando un ejemplo encomiable de valor cívico; puestos a lavarse las manos y nadar y guardar la ropa, adviértase la deriva social, política y económica de los dirigentes del PP en Cataluña o Baleares (próximamente en Valencia, no le quepa duda al esforzado lector). Precisamente en lugares como Vascongadas, Cataluña y Baleares el PP ha decrecido en número de votos; ¿casualidad u honradez y dignidad? Sin duda, esto sí que es una victoria de los de siempre: ganan, mandan y blindan a su antojo. Los votos han hablado con voz alta y clara.
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